El libro rojo de Montserrat XXXV. La inquietud
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XXXV. La inquietud

S e despertó antes de que la campana llamara a maitines, con la misma sensación con que se despierta alguien que ha dejado algo a medio hacer y sabe que ya no puede volver a tocarlo.

Ramon estaría, a esas horas, lejos de Montserrat, con su carro vacío y la frase de Bernat guardada en algún lugar de la cabeza.

No tenía sentido esperar noticias esa misma mañana, ni al día siguiente.

Un mensaje que viaja a pie de mula tarda.

Cuando sonó la campana, bajó con los demás al oficio.

Rezó, respondió donde correspondía y trató de mantener la atención en las palabras, pero más de una vez descubrió que había seguido recitándolas mientras la cabeza volvía a la portería y a Ramon alejándose con la Grisa.

Había pedido a Dios, antes de dormirse, que le permitiera reconocer su soberbia si se había equivocado.

Aquella mañana no recibió ninguna certeza.

Solo la misma incomodidad con la que se había acostado.

Lo que no había calculado, o no del todo, era lo que le esperaba en la propia casa.

Encontró a Vicenç a media mañana, cruzando el claustro con dos legajos bajo el brazo y la prisa de siempre, y el prior, al verlo, se detuvo con la misma naturalidad con que se detiene un hombre que tiene un minuto de sobra y quiere aprovecharlo para lo que le importa.

—Bernat, ¿cómo va el cancionero?

—Bien, padre prior. Quedan pocas líneas.

—Me alegro —dijo Vicenç, ajustando los legajos contra el costado—. Ya he empezado a mirar lo que hablamos. Con calma, como os dije. No quiero que corra ninguna palabra de esto hasta que sepa bien qué terreno piso.

—Lo entiendo.

—Bien. Confío en vuestra palabra.

Era, Bernat lo notó enseguida, la clase de frase que un hombre ocupado dice de pasada, dando ya por buena la respuesta antes de necesitarla, del mismo modo en que preguntaría si había cerrado bien un arcón.

Vicenç no esperaba, ni por un instante, que la respuesta fuera distinta de la que daba por supuesta.

—Lo sé, padre prior.

No era la primera vez que ocultaba algo a un superior. Le había dado a Arnau una respuesta pensada para no decir más de lo necesario, y no se había sentido, entonces, especialmente culpable por ello, porque Arnau no era quien le había dado una orden directa.

Esto era distinto, y Bernat lo sabía.

Podría haberlo corregido allí mismo. Podría haberle dicho que la tarde anterior había hablado con Ramon, que le había encargado llevar un aviso a Manresa y que había roto su palabra apenas unas horas después de darla.

No lo hizo.

Y no fue porque se le pasara la ocasión, ni porque alguien lo interrumpiera.

Fue porque, en el mismo instante en que la posibilidad se le presentó, comprendió que decirlo ahora no deshacía nada de lo ya hecho, y que lo único que conseguiría sería que Vicenç supiera, con la misma certeza con que antes creía lo contrario, que Bernat había roto su palabra en menos de un día.

Vicenç siguió su camino. Bernat permaneció un momento donde estaba, viendo alejarse al prior por el claustro.

A mediodía bajó al refectorio con el resto de la comunidad, donde encontró a Jaume guardándole sitio en el banco de siempre, con la misma cara despreocupada de quien no tiene ninguna preocupación mayor que si el potaje llevaría hoy suficiente tocino.

—¿Qué, ya habéis terminado con eso?

—Casi.

—Lleváis meses con el «casi» —dijo Jaume, pasándole pan sin que se lo pidiera, como hacía siempre—. El día que lo entreguéis, quiero veros la cara. Se os va a caer encima toda la paz del mundo.

Bernat sonrió, de verdad, porque la broma le llegó en el momento justo para recordarle que aquella mesa, aquel pan, aquel amigo que se quejaba del tocino, seguían existiendo exactamente igual que antes de que él pusiera nada en marcha la noche anterior.

Comieron entre bromas sobre otras cosas, sobre un hermano que se había quedado dormido en vísperas, sobre si nevaría antes de la fiesta, y durante ese rato Bernat consiguió, sin proponérselo del todo, no pensar en nada que no fuera aquella mesa.

Fue ya avanzada la tarde, cuando bajó por la zona de la portería para comprobar si había llegado un envío de cordel que se esperaba desde hacía días, cuando reparó, sin darle al principio ninguna importancia, en un hombre apoyado contra el muro exterior, junto al lugar donde los peregrinos solían dejar sus bultos antes de presentarse.

No era peregrino: no llevaba bordón ni la ropa gastada de quien lleva semanas de camino, sino una capa de buen paño, sin distintivo, y esperaba con la paciencia de quien tiene tiempo de sobra y ningún sitio concreto adonde ir.

Bernat lo miró un instante, sin que nada en particular le llamara la atención, y siguió a sus cosas.

El cordel tampoco había llegado, y mientras el hermano portero se disculpaba por el retraso del carretero, Bernat volvió a mirar hacia el muro exterior.

El hombre seguía allí, aunque ahora hablaba con otro, de estatura más baja, capa parecida, que se le había acercado desde el camino sin que Bernat lo hubiera visto llegar.

Hablaban con la calma de dos hombres que matan el tiempo, y sin embargo algo en la manera en que ninguno de los dos miraba hacia la portería, ni hacia el camino, ni hacia ningún destino visible, le pareció a Bernat, ya de vuelta hacia el interior, distinto.

Se dijo que probablemente no era nada.

Montserrat recibía gente de toda condición a diario.

No tenía ningún motivo real para pensar que aquellos dos tuvieran nada que ver con él, salvo el motivo que él mismo se había fabricado la noche anterior, y comprendió, con una punzada de incomodidad, que quizá estaba empezando a ver amenazas en cualquier rincón solo porque sabía, mejor que casi nadie en aquella casa, que había algo por lo que preocuparse.

Volvió a cruzar por delante de ellos al subir de nuevo hacia el claustro, y fue entonces cuando, sin buscarlo, cruzó la mirada con el primero de los dos hombres, el de la capa sin distintivo.

No fue una mirada larga. Duró lo que dura cualquier cruce de ojos entre dos desconocidos que se ven una sola vez, y el hombre no hizo ningún gesto, ni sonrió, ni apartó la vista con torpeza.

Simplemente lo miró, con la misma atención con que se mira a cualquiera que pasa, y siguió con su conversación.

Bernat siguió andando sin volver la cabeza otra vez, aunque el paso, sin que lo decidiera, se le hizo algo más rápido de lo habitual entre la portería y el primer arco del claustro.