XXXIV. La promesa
V olvió al scriptorium con la firme intención de hacer exactamente lo que le había prometido a Vicenç: nada.
Se sentó ante uno de los pliegos y copió medio folio con la misma disciplina de siempre, sin permitirse pensar más allá de la línea que tenía delante.
Era, se dijo, la manera más honesta de obedecer: no solo callarse, sino ocupar la cabeza.
Durante un buen rato, casi lo consiguió.
El sol ya se inclinaba hacia poniente cuando el hermano hospedero le pidió que bajara a la portería a recoger un fardo con pergamino para refuerzos que había quedado a nombre del scriptorium y que un traginer había dejado esa misma tarde.
Era el mismo recado de siempre, el mismo que llevaba haciendo desde que empezó el cancionero, y Bernat bajó sin pensar en nada más que en contar bien los pliegos antes de dar la entrega por buena.
—Otra vez yo —dijo Ramon, haciéndole sitio en el poyo con un gesto de la cabeza—. Vine a dejar un recado y, de paso, pensé en ver a mi amigo Bernat.
Bernat se sentó junto a él. Ramon partió un trozo de pan y se lo ofreció a la Grisa, que lo tomó de sus dedos.
—Ocurre que...
Bernat volvió la cabeza.
—¿Qué?
—No sé si os servirá de algo. Pero cada vez que sale el nombre de Guerau o de Bar os cambia la cara. Y desde que volví del norte estáis como si llevarais veinte noches sin dormir.
Bernat bajó la vista.
—Estoy bien.
—Ya. —Ramon sonrió apenas—. Por eso he pensado que era mejor contároslo.
Si no os importa, lo olvidáis y ya está.
Guerau anda buscando otra vez gente para completar una partida hacia el norte.
A Pere Sala lo abordaron hace dos días. Todavía no sé si me tocará a mí, pero por cómo hablan los que nos dedicamos a esto, no tardará en salir otra carga. Una carga desde aquí, Bernat.
—¿Desde Montserrat? ¿Hacia dónde? —dijo Bernat, con el pulso acelerado.
Ramon lo miró un instante antes de responder.
—Bar. Otra vez. Estas cosas se saben pronto entre nosotros. Si Guerau necesita hombres y animales, los necesita ya, no dentro de un mes. Cada semana que pasa se pone peor el camino.
Bernat tardó un instante en comprender todo lo que encerraban aquellas dos palabras. Desde Montserrat.
Aquello significaba que, si Ramon estaba en lo cierto, alguien dentro de la casa sabía que iba a prepararse aquella carga, aunque Bernat todavía no supiera quién ni bajo qué nombre, aunque pudiera intuirlo.
—¿Sabéis cuándo saldrán?
—No. —Ramon dejó caer la mano sobre el cuello de la Grisa—. Pero por vuestra cara, entiendo por qué tenía que decíroslo.
Bernat sintió que se le quedaba el aire a medias en el pecho mientras Ramon seguía hablando de la Grisa, del camino, de si convenía o no aceptar esta vez si le llegaba la propuesta, y Bernat asintió sin oír del todo lo que decía, porque la cabeza ya se le había ido a otro lugar completamente distinto: a la cámara prioral, apenas unas horas antes, a la voz de Vicenç diciéndole que no hiciera nada por su cuenta hasta que él mismo hubiera comprobado la información.
Pero Vicenç no sabía nada de aquello. No sabía que hubiera otra partida en marcha, ni que pudiera salir en días. Cuando Bernat le habló esa tarde, ninguno de los dos sabía que Guerau estuviera buscando hombres para otro transporte desde el propio Montserrat.
Pensó, con una punzada de esperanza, que podía subir en ese mismo momento y contárselo.
Se levantó del poyo con esa idea ya medio decidida, y solo al dar el primer paso hacia el claustro comprendió lo poco que tenía en realidad para llevarle.
Ramon le había dicho que Pere Sala había sido abordado.
Que probablemente saldría otra carga. Que sería pronto.
Nada de aquello era un documento, ni un testigo dispuesto a jurarlo, ni siquiera una fecha.
Era, exactamente, el tipo de información de camino que Vicenç, esa misma tarde, había tratado de separar de aquello que podía demostrarse.
Aun así, podía contárselo. Y dejar que fuera el prior quien decidiera.
Obedecer también forma parte de vuestra vocación. Recordó las palabras de Vicenç con una claridad que le resultó incómoda. Dios no le había encargado resolverlo todo con sus propias manos.
Volvió a mirar a Ramon.
Si subía y se lo contaba, Vicenç haría lo que acababa de prometerle: comprobaría, preguntaría con discreción, esperaría hasta tener algo que pudiera sostener. Y quizá fuera exactamente lo correcto. Pero quizá, cuando terminara de hacerlo, aquella carga llevara días de camino.
Volvió al poyo despacio. Ya no podía fingir que no veía la elección que tenía delante.
Podía subir a Vicenç con una información que él mismo sabía insuficiente y aceptar lo que el prior decidiera hacer con ella.
O podía utilizar lo único que tenía a mano ese misma día, antes de que la oportunidad se marchara junto con la mula que descansaba frente a él: un hombre que conocía caminos y contactos que Bernat nunca conocería, y que podía llevar una palabra más lejos de lo que él mismo podría llevarla sin abandonar Montserrat.
Se quedó un rato más sentado junto a Ramon, sin decir nada, dejando que la charla se apagara sola mientras la tarde terminaba de cerrarse sobre el patio de la portería.
Sabía exactamente lo que estaba a punto de romper.
No se engañó pensando que técnicamente no era lo mismo, que hablar con un amigo no era lo mismo que volver a las cuentas, que un aviso verbal no era una acusación.
Vicenç había sido demasiado claro para permitirle esa comodidad.
Era, en el fondo, precisamente lo que le había prohibido: actuar por su cuenta.
Y lo iba a hacer de todos modos. No porque hubiera dejado de creer en la prudencia de Vicenç, ni porque creyera que su juicio valía más que el del prior.
Lo hacía porque aquella prudencia, tan razonable en la cámara prioral un rato atrás, le parecía ahora un lujo que quizá ninguno de los dos podía permitirse.
Y sabía que, si se equivocaba, no podría pedir a Dios que convirtiera su desobediencia en obediencia solo porque sus intenciones hubieran sido buenas.
—Ramon.
—¿Qué?
—Necesito pediros algo. Y no es un recado de los de siempre.
Ramon lo miró con una atención distinta de la que le había prestado hasta entonces.
—Decidme.
—Si esa partida sale hacia Bar, necesito que alguien lo sepa. Alguien con capacidad de hacer algo con esa información, no solo de oírla. Que ese nuevo transporte puede tener algo que ver con Foix.
Ramon dejó de masticar el trozo de pan que le quedaba entre los dedos.
—¿Que puede tener que ver con Mateu de Foix? ¿Eso lo decís en serio?
—Lo digo en serio.
—¿Y a quién queréis que se lo diga? Yo no trato con nadie que decida esas cosas, Bernat. Yo trato con mercaderes, con otros traginers, con quien me paga.
—Alguno de esos mercaderes tendrá, a su vez, con quién hablar. No os pido que lleguéis vos mismo hasta donde haga falta. Os pido que lo dejéis dicho a alguien en quien confiéis y que sepa a quién más decírselo.
Ramon se quedó mirándolo un rato más, y Bernat se preguntó si estaría calculando, de la misma manera que calculaba una carga o un plazo, cuánto le costaría aquel favor si algún día alguien le preguntaba por qué lo había hecho.
—No voy a preguntar quién creéis vos que anda detrás de esto —dijo por fin—. No quiero saberlo, y por lo que veo, vos tampoco queréis decírmelo. Pero si he de llevar ese aviso, que sea corto. Algo que se pueda decir en una frase, porque yo no voy a ir explicando cosas de Montserrat por los caminos.
—Que puede salir de aquí, pronto, un nuevo transporte de Guerau Serra hacia Bar. Que quien reciba el aviso debería saber que puede estar relacionado con los movimientos de Foix por el norte. Nada más.
Ramon lo repitió una vez, en voz baja, y Bernat comprendió que lo hacía para grabárselo bien, no para dudar de él.
—Se lo diré a alguien de Manresa en quien confío para estas cosas. Un hombre que trata con más gente de la que trato yo, y que sabrá mejor que yo a quién puede interesarle algo así. No os prometo más que eso.
—Es más de lo que tengo ahora.
—No sé si os hago un favor o si os estoy metiendo en un lío peor. Ni sé si me lo estoy metiendo yo. Pero os conozco desde que erais un crío, Bernat, y si decís que esto va en serio, os creo.
—Gracias.
—No me las deis todavía. Ya me las daréis si sale bien.
Bernat lo ayudó, sin que se lo pidiera, a comprobar por última vez los amarres del carro vacío que Ramon llevaba para la vuelta a Manresa, y el traginer se marchó con la Grisa, no sin antes mirar a Bernat por última vez mientras este cruzaba el claustro.
Bernat subió despacio hacia el dormitorio, sin cruzarse con nadie, y se tendió en el jergón sin conseguir que el sueño le llegara del todo.
No sentía la satisfacción de quien acaba de hacer lo correcto, ni tampoco el arrepentimiento limpio de quien sabe que se ha equivocado.
Sentía, sobre todo, la extrañeza de haber puesto una palabra en camino sin saber ya quién la llevaría después, ni a quién llegaría, ni qué harían con ella, ni si aquello serviría para algo o si solo habría servido para desobedecer una orden razonable de un hombre que confiaba en él.
Intentó rezar. Al principio las palabras le salieron de memoria, demasiado deprisa, y tuvo que empezar de nuevo.
Esta vez no pidió que Dios le demostrara que había hecho bien.
Ni siquiera se atrevió a pedir que aquello saliera como esperaba.
Pidió únicamente que, si había obrado por soberbia, llegara a comprenderlo antes de hacer más daño.
Y que la palabra que acababa de poner en camino no llegara a las manos equivocadas.