XXXIII. El juicio
L levaba desde media mañana con el registro de diezmos del último trimestre extendido sobre la mesa, comparando lo recaudado en los masos del llano con lo del año anterior, cuando la suma no le convencía del todo y prefería entenderla antes de firmar la cuenta como buena.
Era un trabajo lento, de columnas y sumas, del tipo que Vicenç prefería hacer él mismo antes que delegarlo del todo, porque sabía que un prior que dejaba de mirar sus propios números terminaba gobernando de oídas.
Fue en mitad de la tercera columna cuando un hermano joven asomó la cabeza y le dijo que Bernat pedía hablar con él, y que parecía importante.
—Que pase.
Bernat entró y cerró la puerta con un cuidado que a Vicenç le llamó la atención antes que ninguna otra cosa. Llevaba una expresión que Vicenç reconoció enseguida como distinta de la de sus visitas anteriores.
—Prefiero estar de pie, padre prior, si no os importa.
Vicenç no insistió. Apartó el registro de diezmos hacia un borde de la mesa.
—Decidme.
—He encontrado algo que no puedo seguir guardando solo.
—¿Otra vez, Bernat? —Y soltó un resoplido interminable—. Os estáis convirtiendo en un verdadero dolor de cabeza. De verdad os lo digo, muchacho.
—Padre prior, hay dinero de esta casa que no fue adonde dicen los libros que fue. No es la primera vez. He encontrado tres partidas más, de los dos últimos años, con la misma forma: cera, ornamentos, ayuda religiosa, siempre hacia comunidades del norte sin nombre propio.
Vicenç dejó de apoyarse en el respaldo.
—¿Habéis vuelto al archivo?
Bernat tardó apenas un instante en responder.
—Sí.
—Os lo prohibí.
—Lo sé.
—Os prohibí expresamente volver a esas cuentas sin mi permiso.
—Lo sé, padre prior.
Vicenç lo miró en silencio. Sintió subir el enfado, no tanto por los libros como por la facilidad con que Bernat parecía haber decidido que podía escoger qué parte de una orden obedecer y cuál no.
—Luego hablaremos de eso. Ahora decidme qué habéis encontrado.
Bernat asintió.
—Tres partidas de los dos últimos años. No demuestran nada por sí solas, pero muestran una forma de sacar recursos de esta casa hacia el norte sin que nadie tuviera motivo para mirar dos veces.
—Eso ya me lo dijisteis, en parte, hace semanas. Una luminaria, un pago.
—Esto es más. El hombre que recibió aquel pago, Guerau Serra, aparece también en los libros de fundaciones de Cardona. Y hace unos días contrató una partida de cinco carros para llevar cebada, vino y ornamentos hacia Bar.
—¿Cómo sabéis eso?
—Me lo dijo Ramon, un traginer habitual de estos caminos. Él mismo llevó la carga.
—Un traginer lleva cebada donde le pagan por llevarla. Eso no demuestra nada más que un encargo.
—Lo sé. Pero Bar parece estar ligado a los dominios de Foix. Y Ramon, en el mismo viaje, oyó hablar más de una vez de hombres armados moviéndose por la zona. Vinculados a Mateu de Foix.
Ahí Vicenç sintió que el peso de la conversación cambiaba, aunque procuró que no se le notara en la cara. Foix no era un nombre cualquiera. Aquello no era un asunto que un prior pudiera escuchar con la misma calma con que escuchaba una queja sobre cirios.
—¿Acaso visteis vos esos hombres?
—No. Lo oyó Ramon, de otros viajeros. En más de un sitio.
—¿Y sabéis quién la recibió allí?
—No. Ramon llegó hasta allí, pero no sabe quién estaba detrás. Solo que entregó lo que llevaba y le pagaron.
—Entonces no sabéis si esa carga tuvo alguna relación con lo que se dice de Foix.
—No lo sé con certeza. Sé que el dinero salió de aquí.
Sé que fue a un hombre relacionado con Cardona.
Sé que ese mismo hombre trató también, según lo que averigüé, con gente de Empúries.
Sé que ese mismo hombre acaba de mandar carros hacia una tierra ligada a Foix. Ya no consigo creer que sea casualidad.
Vicenç se recostó un poco en el asiento, sin apartar los ojos de él.
Había en la voz del muchacho una firmeza distinta de la de aquella primera visita, cuando hablaba de notas que no le sonaban bien y él mismo había tenido que contener las ganas de sonreír ante tanto cuidado puesto en tan poca cosa.
Esto era distinto. No había en Bernat ni rastro de la exageración de un hombre que ve fantasmas donde no los hay.
—¿Y Empúries? ¿De dónde sale eso?
—De la hospedería. Berenguer recuerda haber alojado a hombres de las dos casas, en fechas cercanas, recibidos por el mismo procurador.
—¿Os lo dijo él directamente, o lo dedujisteis vos de lo que os dijo?
—Me lo dijo él. Con cierto reparo, pero me lo dijo.
Vicenç asintió, despacio, sin que el gesto comprometiera todavía ningún juicio. Cada pregunta que hacía tenía la misma función que llevaba usando toda la vida para separar el grano de la paja en cualquier queja que le llegara: quién lo vio, quién lo dijo, qué consta y qué se supone.
Con Bernat, comprobó, la mayoría de las respuestas resistían esa prueba mejor de lo que había esperado. Lo que no resistía era la unión entre ellas, y eso era precisamente lo que más le inquietaba, porque una unión que no se podía demostrar tampoco se podía descartar sin más.
—Decidme una cosa, Bernat. Si yo mandara llamar a Guerau Serra ahora mismo y le preguntara por todo esto, ¿qué creéis que me respondería?
—Que la cera se destinó a otro altar. Que el transporte a Bar era comercio corriente. Que trata con Cardona y con Empúries porque trabaja para más de una casa. Y probablemente ninguna de sus respuestas sería, por sí sola, una mentira demostrable.
—Exacto —dijo Vicenç inclinándose un poco hacia delante—.
Eso es lo que me preocupa de lo que me traéis.
No que sea falso. Que, aun siendo cierto, no hay una sola pieza de todo esto que yo pudiera poner delante de nadie sin que me la deshicieran en unos segundos.
Y si yo hago una acusación así, contra Cardona, contra Empúries, y me equivoco, el daño no lo pagáis vos. Lo paga esta casa entera, durante años.
Hizo una pausa.
—Y yo respondo por esta casa. Ante los hombres y ante Dios.
—Lo sé, padre prior. Por eso no he venido a pediros que acuséis a nadie. He venido porque no podía seguir sabiendo esto yo solo.
Aquella respuesta, más que ninguna otra cosa dicha hasta el momento, hizo que Vicenç dejara de mirar la conversación como un problema de prudencia institucional y empezara a mirarla como lo que en el fondo también era: un muchacho cargando, desde hacía semanas, con algo que le venía demasiado grande, y que había hecho bien al no seguir cargándolo en silencio.
Aunque hubiera llegado hasta allí por un camino que Vicenç no podía aprobar.
—¿Y el maestro? —preguntó, porque la pregunta llevaba un rato esperando su turno—. Me dijisteis hace tiempo que quizá había llegado a algo parecido.
—Preguntaba por cosas semejantes en sus últimas semanas. Cuentas viejas, cosas pequeñas. Vos mismo me lo dijisteis.
Vicenç recordó, con una punzada que no esperaba, su propia frase, dicha entonces casi con cariño: entretenido demasiado en cosas pequeñas.
Algo en la forma en que Bernat había elegido las palabras, cuidadosas, cerradas justo antes de decir más de lo que parecía dispuesto a decir, le indicó que había allí una puerta que el muchacho no quería abrir todavía, y Vicenç, que llevaba media vida aprendiendo a distinguir entre una puerta cerrada por vergüenza y una puerta cerrada por prudencia, decidió no forzarla esa tarde.
—Escuchadme —dijo, y él mismo se sorprendió del tono tan grave con el que le había salido la palabra—.
No voy a deciros que esto no es nada. Sería mentiros, y no lo he hecho con vos hasta ahora.
Hay demasiadas coincidencias juntas para que yo pueda cerrar los ojos.
Pero tampoco voy a acusar a dos casas nobles y a un procurador con lo que tengo, que es una ápoca, unas cuentas que admiten más de una lectura, el testimonio de algunos hombres de esta casa y rumores recogidos por un traginer en el camino.
Se inclinó nuevamente hacia Bernat.
—A partir de ahora esto lo comprobaré yo. A mi manera, con mi tiempo y con la discreción que esto exige. No vos.
—¿Cuánto tiempo?
—El que haga falta. —Vicenç se levantó, dando por hecho que la conversación se acercaba a su final natural—. Tengo maneras de comprobar ciertas cosas sin que nadie fuera de estos muros lo advierta. Empezaré por ahí.
—¿Y mientras tanto?
—Mientras tanto, no haréis nada —dijo, mirándolo de frente, sin dejar resquicio a la duda—.
Y esta vez quiero que entendáis bien lo que significa nada.
No volveréis a las cuentas. No preguntaréis a Berenguer, ni a Guillem, ni a nadie más.
No hablaréis de esto con ese tal Ramon si vuelve a subir.
No buscaréis otra manera de llegar a la misma respuesta.
No haréis nada por vuestra cuenta, Bernat, nada, hasta que yo haya hablado con vos de nuevo. ¿Me habéis entendido?
—Sí, padre prior.
—Necesito oíros decirlo. Decidme que lo entendéis.
—Lo entiendo.
Vicenç lo sostuvo con la mirada un momento más, buscando en su cara algo que le dijera si aquella promesa iba a sostenerse o si se rompería otra vez en cuanto saliera por la puerta.
Esta vez no podía ignorar que Bernat ya había desobedecido una orden semejante.
—Obedecer también forma parte de vuestra vocación —dijo—. No solo buscar la verdad. Hay ocasiones en que un hombre tiene que aceptar que Dios no le ha encargado resolverlo todo con sus propias manos.
Bernat bajó ligeramente la cabeza.
—Sí, padre prior.
—Id a descansar. Rezad, aunque creáis que no podéis. Y confiad en que esto ya no es solo cosa vuestra.
Bernat asintió y salió por la puerta.
Vicenç se quedó de pie un rato, con el registro de diezmos todavía esperando sobre la mesa, sin volver a él enseguida.
Tenía ahora, además de una columna de cifras que no le cuadraba del todo, un nombre, Guerau Serra, que necesitaba empezar a mirar con otros ojos, y una responsabilidad que ya no podía devolver al chico que acababa de salir por aquella puerta.
Hasta entonces había podido permitirse contener sus sospechas, observar y esperar. Después de aquella conversación, ya no.
Si Bernat estaba equivocado, Vicenç tendría que descubrir dónde empezaba el error antes de que dañara a la comunidad.
Y si no lo estaba, tendría que descubrir hasta dónde llegaba aquello antes de que el daño fuese mayor.
En cualquiera de los dos casos, era ya asunto suyo.
Y, pensó mientras volvía a mirar el registro abierto sobre la mesa, que esperaba que Dios le concediera bastante prudencia para no equivocarse.