El libro rojo de Montserrat XXXII. La culpa
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XXXII. La culpa

L o encontró en el cuarto donde se guardaban los cabos de vela y la cera vieja que todavía servía para reaprovechar, una dependencia estrecha junto a la cocina, sin más luz que la que entraba por un ventanuco alto, adonde Guillem bajaba de vez en cuando a separar lo que podía fundirse de nuevo de lo que ya no servía para nada.

Estaba de rodillas ante un cesto, con las manos manchadas de cera negra, y no levantó la cabeza enseguida cuando oyó los pasos.

—Fra Guillem.

—Si venís a lo de siempre, ya os dije todo lo que sé.

—No —dijo Bernat cerrando la puerta a su espalda—. Vengo por lo de la otra noche.

Guillem siguió con los cabos de vela, separando uno tras otro, y Bernat esperó, de pie, sin acercarse más de lo necesario, hasta que el silencio se hizo demasiado largo para que Guillem pudiera seguir fingiendo que no lo había entendido.

—Venía a disculparme.

Guillem soltó una risa breve, sin humor, y dejó caer un cabo de vela dentro del cesto.

—¿Por qué? ¿Por haberme hecho hablar o por venir otra vez a intentarlo?

—Por haberos apretado más de lo que debía —respondió Bernat.

—Y, sin embargo, aquí estáis.

—Sí.

Guillem levantó por fin la cabeza.

—Entonces no vengáis a pedirme perdón como si hubierais decidido dejarlo. No me sirve de mucho una disculpa que viene seguida de la misma pregunta.

Bernat trató de sostenerle la mirada sin mucho éxito.

—No he venido a fingir que voy a dejarlo.

—Eso ya lo había entendido.

—Pero tampoco quería volver a hablaros como la otra noche.

—¿Y cómo queréis hablarme?

—Como a alguien que lleva semanas cargando con algo que no sabe cómo decir.

La expresión de Guillem cambió apenas, pero fue suficiente. Bajó de nuevo la vista hacia sus manos.

No sabéis lo que llevo cargando.

—No. Por eso he venido.

—Os dije que lo dejarais.

—Lo sé.

—Os lo pidió el prior.

—También lo sé.

—Y aún así seguís preguntando a todo el que se cruza en vuestro camino.

—Ya no.

Guillem levantó los ojos.

—¿No?

—No he preguntado nada desde la última vez que hablamos. A nadie.

—Pero habéis vuelto aquí.

—Así es.

Guillem lo observó durante unos instantes.

—No sé cómo lo hacéis, Bernat, pero no dejáis de pareceros a él. También cuando hacéis eso.

—¿Cuando hago qué?

Guillem apartó el cesto y se limpió una mano contra la otra, aunque la cera negra no desapareció.

—Él también decía que solo quería comprender una cosa. Después era otra. Y otra. Y cuando quise darme cuenta, ya preguntaba por asuntos que no le correspondían y yo estaba deseando que dejara de hacerlo porque cada vez que abría la boca tenía la sensación de que algo iba a romperse.

Bernat se quedó quieto, sorprendido por esa rabia contenida con la que Guillem hablaba.

—Aquella noche ibais a decirme algo.

Guillem cerró los ojos.

—Sí.

—Dijisteis «aquella noche yo».

—Sé perfectamente lo que dije.

—Entonces sabéis por qué he vuelto.

—Sí.

—Pero por supuesto no voy a obligaros.

Guillem abrió los ojos de nuevo y lo miró con una dureza que Bernat no le había visto hasta entonces.

—No digáis eso ahora. Ya me habéis obligado a recordar bastante.

—Tenéis razón.

Aquello pareció desarmar a Guillem más que cualquier explicación. Bajó la vista hacia los cabos de vela, removió uno con los dedos y lo dejó otra vez en el mismo sitio.

—Dios sabe que no quería hacerle daño —Guillem respiró hondo—. El maestro llevaba semanas preguntando. Ya os lo dije. Cuentas, cirios, quién había estado por aquí. Y un día se lo dije a fra Arnau.

—¿Qué le dijisteis?

—Que el maestro andaba revisando cuentas que no eran de su oficio.

Que preguntaba por la luminaria de Sant Vicenç, por quién había recibido tal pago, por cosas de sacristía que a mí me tocaba saber y a él no.

—Guillem se puso las manos en la nuca, cansado—.

No pensé que estuviera haciendo nada malo al decirlo.

Arnau es el sacristán mayor. Si alguien andaba metiendo la nariz en sus cuentas, me pareció que debía saberlo.

Era mi superior. Era lo que correspondía.

—¿Y qué hizo él?

—Al principio, nada. Escuchó. —Guillem tragó saliva—.

Pero después me preguntó, deprisa, más deprisa de lo que suele preguntar nada, qué estaba mirando exactamente el maestro.

Si sabía desde cuándo. Si había dicho por qué.

Y cuando le respondí que no lo sabía, se quedó callado un momento, y luego siguió con lo que estaba haciendo como si no hubiera pasado nada, pero yo...

—se detuvo—. Yo salí de allí con la sensación de haber dicho algo que no debía.

No sé explicarlo mejor. No hubo ninguna palabra rara. Fue todo lo demás.

—¿Qué es todo lo demás?

—El silencio de después. La manera en que dejó de mirarme a la cara.

—Guillem negó con la cabeza, como quien intenta y no consigue encontrar la forma exacta de una cosa que solo sintió él—.

No sé deciros más. Solo que me pasé el resto del día incómodo, sin saber por qué, y que por la noche esa incomodidad se me había hecho tan grande que ya no pude quedarme quieto.

—¿Qué hicisteis?

—Fui a buscar al maestro —dijo ya sin pausas, como quien, una vez que ha empezado a caminar por una cuesta, prefiere terminarla antes de que las piernas le fallen del todo—.

Fui a su celda. No estaba. Pensé que andaría en el scriptorium, aunque era tarde para eso, y fui también allí.

Tampoco. Miré en la capilla pequeña, donde a veces se quedaba a rezar solo cuando algo le pesaba.

Nada. —A Guillem se le quebró la voz al llegar a esa parte, apenas un instante, y se recompuso enseguida—.

Su capa no estaba donde solía dejarla, y eso me lo confirmó, o eso creí.

Pensé: se ha asustado, ha salido a que le dé el aire, o a buscar a alguien fuera que pudiera ayudarlo.

Me pareció lo más razonable. Un hombre asustado busca la puerta, no un rincón.

Bernat notó que se le helaba la sangre.

—¿Y no volvisteis a buscar dentro?

—No esa noche —dijo Guillem apretando los labios—.

Me dije que si había salido, mejor. Que allá fuera, lejos de Arnau, lejos de mí, estaría más seguro que dentro de estos muros.

Me acosté pensando que por la mañana volvería, con la cabeza más fría, y que entonces yo le explicaría lo que había hecho y le pediría perdón, a él y a Dios por haber hablado, y que entre los dos decidiríamos qué hacer.

—Y ya no volvió...

—No volvió. —Guillem se quedó mirando el ventanuco alto, por donde entraba ya poca luz—.

Pasaron los días. Nadie sabía nada de él.

Al principio se pensó que había ido a resolver algún asunto suyo, de los de antes, de cuando era músico de casa, y que volvería cuando le pareciera.

El prior mandó preguntar por él en Manresa, por si había bajado allí, y no dio con nada.

Yo... —se detuvo otra vez, y esta vez el silencio duró tanto que Bernat estuvo a punto de romperlo él mismo—.

Yo no dije nada de lo que había pasado entre nosotros.

Ni a Vicenç, ni a nadie. Me dije que contarlo no lo iba a hacer volver, y que si lo contaba tendría que explicar también lo que le había dicho a Arnau, y no me atreví.

—¿Y Arnau? ¿Qué hizo Arnau esos días? —preguntó Bernat con la voz algo temblorosa.

—No lo sé. Seguía con sus cuentas, con su trabajo, igual que siempre. No hablamos más del asunto. Ni él me lo mencionó a mí, ni yo me atreví a preguntarle.

Bernat se quedó callado un momento, dejando que aquello se asentara.

Había llegado a aquella conversación temiendo, sin querer nombrarlo del todo, encontrar una mano concreta, un cuchillo, una puerta forzada, algo que le permitiera señalar a alguien y decir: esto fue lo que ocurrió, este es el culpable.

Lo que tenía delante era mucho más pequeño y, por eso mismo, mucho más difícil de llevar: un hombre que había hablado más de la cuenta con su superior, una reacción que no llegaba a amenaza pero que bastó para asustarlo, un hombre que quizá había intentado ponerse a salvo de algo que ni siquiera Guillem sabía nombrar, y una noche entera de búsqueda a medias que se había detenido demasiado pronto.

—¿Cuánto antes de encontrarlo ocurrió esto?

Guillem tardó en responder. Cuando lo hizo, la voz ya no le salía firme ni podía disimularla.

—Semanas. Esa dependencia baja... la de las cosas viejas, la que casi nadie usa desde que se cambió el almacén de arriba...

—Guillem cerró los ojos—. Es traicionera. Si no fuera porque había que recoger unos toneles viejos, no lo habríamos encontrado nunca.

—¿Estáis seguro de que Arnau no fue tras él, o que sabía que el maestro estaba allí?

—No puedo poner la mano en el fuego por nadie. Solo Dios sabe lo que hizo cada cual aquella noche. Pero creo que nadie de esta casa pensaba en ese lugar hasta que lo encontramos allí.

—¿Por qué no?

—No lo sé, Bernat —dijo, ahora sí con la voz rota del todo—.

Aquella noche pensé en todos los sitios donde un hombre asustado podría estar, y ese nunca se me ocurrió.

Llevaba meses sin usarse ni una sola vez.

Pensé en la puerta, en el camino, en Manresa, en cualquier lugar que estuviera lejos de aquí, porque me parecía que eso era lo que hace un hombre con miedo: alejarse.

No pensé que pudiera esconderse tan cerca, dentro de los mismos muros donde había empezado a temer algo.

No sé por qué no lo pensé. Llevo semanas dándole vueltas y no encuentro la razón.

He rezado por ello más veces de las que puedo contar, y siempre termino en el mismo sitio: simplemente no miré.

Y él estaba allí todo ese tiempo, mientras yo me decía que se le pasaría, que volvería, que todo se arreglaría solo.

Se quedó encogido sobre sí mismo, con los hombros temblando en silencio, y Bernat no encontró nada que decir que no sonara, en aquel momento, a una crueldad innecesaria o a un consuelo vacío que Guillem no le habría creído de todos modos.

Tampoco le correspondía absolverlo. Se sentó en el borde de un arcón cercano, sin acercarse más, dándole el único tipo de compañía que le pareció honesto: quedarse junto a él.

Comprendió, mientras el llanto de Guillem se iba apagando poco a poco, que la imagen que había estado temiendo, la de una mano directa cerrándose sobre el maestro, podía no corresponderse con aquello que había ocurrido.

Pero Arnau seguía en el centro de aquello, sin que Bernat pudiera decir con certeza qué parte le correspondía.

No había amenazado al maestro con palabras que Guillem hubiera oído.

Y supuestamente no lo había perseguido, ni encerrado, ni tocado.

Solo había preguntado, con prisa, con una intensidad que a Guillem le pareció suficiente para asustarse él mismo.

Bernat no sabía si aquello bastaba para llamarlo culpable de nada, ni sabía qué había hecho Arnau con lo que Guillem le había contado, ni qué había pensado, ni qué había temido él a su vez.

Solo sabía que, en la cadena de hechos que había precedido a la muerte del maestro, Arnau ocupaba un lugar que ya no podía ignorar, y que Arnau era, en ese mismo momento, el hombre que ya sabía que Bernat también preguntaba.

—Guillem.

—¿Qué?

—Habéis hecho bien en contármelo.

Guillem levantó la cara, todavía húmeda, con una expresión que no era de alivio sino de algo más parecido al agotamiento de quien ha soltado, por fin, un gran peso, sin saber todavía si eso lo hace más ligero o simplemente lo deja más expuesto.

—No he hecho bien en nada de todo esto, Bernat. Ni entonces ni ahora.

—Habéis hecho bien en contármelo esta noche —repitió Bernat, con la misma calma, sin corregirle en lo demás, porque no era el momento de discutir aquello, y porque, en el fondo, tampoco estaba del todo seguro de que Guillem se equivocara.

Se quedaron los dos en silencio un rato más, con la luz del ventanuco ya casi apagada del todo.