El libro rojo de Montserrat XXXI. La sospecha
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XXXI. La sospecha

S e sentó con la intención sincera de terminar el pliego que tenía a medias desde por la mañana, y durante un rato lo intentó de verdad: mojó el cálamo, comparó la letra del modelo con la suya, trazó dos líneas con el mismo cuidado de siempre.

Pero al llegar a la tercera se dio cuenta de que llevaba un buen rato mirando la misma palabra sin copiarla, y de que la cabeza, sin que él la hubiera invitado a hacerlo, se había ido a otro sitio completamente distinto: a un mesón que él nunca había visto, en un camino que él nunca había recorrido, donde hombres que no conocía hablaban de otros hombres armados moviéndose por los pasos del norte.

Dejó el cálamo en su soporte. No iba a fingir que podía copiar nada mientras aquello le ocupara la cabeza de aquel modo.

Foix ya no era, desde esa misma tarde, solo un nombre que alguien le había puesto a una dirección geográfica, un dato frío para situar un destino en un mapa que él no necesitaba dibujar porque nunca lo vería.

Foix era, ahora, hombres que se movían, de verdad, por caminos de verdad, según más de una boca distinta, en el mismo norte hacia el que Guerau Serra acababa de mandar con Ramon cebada, vino y cajas de ornamentos.

Bernat se obligó a empezar por ahí, por lo más reciente, porque era lo que había hecho que todo lo demás, de golpe, dejara de parecerle una colección de rarezas sueltas.

Guerau había contratado el transporte. Eso lo sabía de primera mano, por Ramon, que no tenía ningún motivo para mentirle y que ni siquiera sabía que aquella información le importaba tanto.

El destino era Bar. Bar quedaba, según quienes conocían aquellas tierras mejor que Ramon, hacia una zona que unos llamaban del rey y otros seguían vinculando a Foix, sin que nadie pareciera capaz de decir con certeza quién mandaba allí aquella semana.

Y en ese mismo norte, según más de un viajero, en más de una parada, se hablaba de hombres armados relacionados con el propio Foix.

Podía ser que aquello no significara nada.

Un transporte de cebada y vino no era un ejército.

Los mesones estaban siempre llenos de rumores exagerados, y él mismo había oído a Ramon decir que cada uno contaba una cifra distinta, cien hombres, doscientos, ninguno visto con sus propios ojos.

Un noble que reclamaba la Corona para su esposa podía mover gente por aquellas tierras sin que eso tuviera relación alguna con cinco carros de un mercader de Manresa.

Lo intentó sostener así un rato, como quien prueba una tela a la luz para ver si el color aguanta, y notó que aguantaba mal.

Porque el transporte de Guerau no era el único hilo que llevaba hacia aquel camino.

Bernat volvió, sin proponérselo del todo, a las tres anotaciones que había encontrado días antes en el archivo, aquellas partidas de cera y ornamentos y «socorro religioso» enviadas a comunidades sin nombre propio, siempre hacia el norte, repetidas con fórmulas parecidas a lo largo de los años.

Había pensado entonces que quizá no significaban nada más que caridad entre casas religiosas.

Ahora, con Guerau moviendo ese mismo tipo de mercancía hacia aquella dirección, la coincidencia dejaba de sonarle a caridad y empezaba a sonarle a método.

Si alguien quisiera mover recursos hacia el norte sin que nadie los mirara dos veces, no necesitaría inventar nada extraño.

Le bastaría con hacerlo bajo la forma más aburrida y más intachable que existiera dentro de las cuentas de un monasterio rico: cera para un altar, ornamentos para una capilla, ayuda para hermanos necesitados.

Nadie revisaba dos veces ese tipo de gasto.

Él mismo no lo habría hecho, de no haber sabido ya qué buscar.

Y detrás de eso estaba Cardona. Un dinero que había salido de la sacristía de Montserrat por unos cirios que jamás ardieron, recibido por un hombre, Guerau, cuyo nombre aparecía también en los libros de fundaciones de esa misma casa.

Y detrás de Cardona, más atrás todavía, la propia música: el giro de Inperayritz , deformado con la misma mano firme con que se deforma algo a propósito, escondiendo dentro la antífona de Sant Vicenç, el santo de la luminaria irregular.

No era una antífona de Cardona. Era una antífona de un santo, y ese santo llevaba, por el camino largo de una cuenta falsa y un pago real, hasta Cardona.

Bernat se obligó a mantener esa distinción con la misma exactitud con que la habría mantenido copiando dos versiones distintas de un mismo pasaje, porque sabía que confundir el camino con el destino era, precisamente, la clase de error que un mal copista comete cuando tiene prisa por llegar a una conclusión.

Y después estaba Empúries, que había llegado por otra vía completamente distinta, sin que él la hubiera puesto allí a propósito: Berenguer, recordando sin que nadie lo forzara demasiado, hombres de esa casa alojados en la hospedería en fechas próximas a los de Cardona, recibidos por el mismo procurador.

Dos casas. Un hombre.

Y ahora ese mismo hombre, con nombre y apellido, contratando un transporte real hacia un destino real, en la misma dirección donde otros hombres hablaban de la presencia de Foix.

Intentó, una vez más, separarlo todo.

Quizá Cardona tratara con Montserrat por razones que nada tenían que ver con Empúries, y las dos coincidieran en el mismo procurador solo porque Guerau trabajaba, sencillamente, para más de una casa.

Quizá el transporte hacia Bar fuera, de verdad, lo que decía ser: cebada y vino para una comunidad religiosa que los necesitara, sin ninguna relación con lo que ocurriera en aquellas montañas.

Quizá los rumores de Foix, por muy repetidos que estuvieran, fueran solo eso, el ruido de fondo con que los caminos siempre hablan de sí mismos.

Cada una de esas explicaciones, sostenida sola, podía ser verdad.

Un copista honrado tenía que admitir eso.

Lo que ya no podía sostener era las cuatro a la vez.

Podía creer en una casualidad. Podía, con esfuerzo, creer en dos.

Pero Cardona y Empúries convergiendo en el mismo hombre, ese mismo hombre moviendo ahora carga real hacia un destino real, ese destino situado en la misma dirección donde se hablaba de un noble en armas, y las cuentas del propio monasterio mostrando, desde hacía dos años, un mecanismo capaz de mover ese tipo de recursos hacia aquellas tierras sin levantar ninguna sospecha: aceptar todo eso como una serie de accidentes sin relación entre sí exigía más fe en la casualidad de la que Bernat, como copista, como músico, como hombre que llevaba media vida desconfiando de cualquier coincidencia que se repitiera dos veces, era capaz de reunir.

No tenía prueba de nada de aquello. Eso lo sabía con la misma claridad con que sabía que un asiento mal llevado no demuestra un robo.

No sabía si Cardona y Empúries actuaban juntas a propósito o si cada una, por su cuenta, buscaba algo distinto que solo por azar apuntaba en la misma dirección.

No sabía si Guerau conocía el alcance completo de lo que transportaba, o si era, él también, una pieza que se movía sin ver el dibujo entero.

No sabía qué pretendían conseguir, ni siquiera si alguien lo dirigía desde dentro de la Corona de Aragón, ni si alguien en Montserrat, además del maestro y quizá de Arnau, sabía algo de todo esto.

Lo que sí sabía, y ya no podía dejar de saberlo, era que las piezas que había ido encontrando por separado, cada una con su propia explicación pequeña y razonable, empezaban a ocupar posiciones que se sostenían unas a otras mejor de lo que se sostenía ninguna por sí sola.

Pero con eso no podía ir a ningún sitio.

No podía presentarse otra vez ante Vicenç con una acusación construida con rumores, cuentas de cera y el nombre de un procurador que trataba, con toda legitimidad aparente, con distintas casas.

Lo sabía, y la propia certeza de que no podía actuar todavía le pesaba más que la propia sospecha.

Fue entonces, sentado frente al pergamino a medio copiar, cuando pensó en el maestro, y esta vez no como el hombre que había dejado dos piezas alteradas para que él las encontrara, sino como alguien que, antes que él, debía de haber llegado a un punto parecido: la certeza de que algo grave estaba ocurriendo, y la imposibilidad de demostrarlo con lo que tenía entre las manos.

El maestro había hecho preguntas parecidas a las suyas.

Había mirado cuentas parecidas. Había inquietado a Guillem con la misma clase de insistencia con que él mismo lo había inquietado semanas después.

Y unos pocos días después de todo eso, había muerto encerrado en una dependencia baja que casi nadie usaba, en unas circunstancias que la comunidad entera seguía llamando accidente.

Bernat no sabía si aquella muerte tenía relación con lo que ahora empezaba a entender sobre Cardona, Empúries y Bar. No tenía manera de saberlo, y se prohibió a sí mismo dar ese salto sin haber comprobado nada.

Pero si el maestro había llegado a ver algo parecido a lo que él veía ahora, entonces su muerte dejaba de poder mirarse, sin más, como la desgracia simple que todos habían aceptado.

Guillem sabía algo. Guillem había estado a punto de decírselo en la sacristía, con la mano en el marco de la puerta, y no había podido.

Bernat llevaba días dejando que aquel silencio se quedara donde estaba, respetando la frontera que Guillem le había marcado sin palabras.

Ya no estaba seguro de poder seguir respetándola.

No era, comprendió, la pregunta de qué había descubierto el maestro la que más le urgía ahora.

Ya sabía, más o menos, hacia dónde podía haber apuntado aquello.

Lo que necesitaba saber, lo que nadie le había dicho todavía y que quizá solo Guillem pudiera decirle, era qué había hecho el maestro después de descubrirlo, y qué había ocurrido exactamente, aquella noche, para que un hombre tan cuidadoso con cada detalle de su propio oficio acabara muerto en un rincón de su propia casa sin que nadie lo encontrara a tiempo.