XXX. La confirmación
Los animales resoplaban vaho, y los hombres de Ramon se movían despacio, con esa torpeza de manos que da el no dormir, hasta que el primer tramo de camino, ya con algo de claridad por levante, les fue soltando el cuerpo.
Cinco carros en fila no eran cosa fácil de mover al mismo paso, y Ramon había aprendido hacía tiempo que la única manera de que llegaran juntos era no pretender que fueran todos a la misma velocidad: dejaba que el suyo, con la Grisa, marcara el paso de en medio, con Pere Sala por delante, que conocía mejor el primer tramo, y el de Sant Fruitós cerrando la fila con los dos carros de refuerzo que habían contratado en Manresa, más lentos por ir cargados hasta los topes con la cebada.
El primer contratiempo llegó antes de mediodía, y fue de los que Ramon ya esperaba: uno de los carros de refuerzo se hundió hasta el cubo en un tramo de barro que la lluvia de la noche había dejado blando, y hubo que descargar media docena de sacos para aligerarlo antes de que las mulas pudieran sacarlo de allí entre todos, empujando, con las botas hundidas hasta el tobillo.
Perdieron con eso más de una hora, y Ramon la contó, mentalmente, como se cuenta un gasto: no era grave, siempre que no se repitiera muchas veces más antes de Bagà.
No se repitió, pero el camino les fue cobrando su peaje de otras maneras.
Una rueda del carro de Pere Sala empezó a chirriar de un modo que a Ramon no le gustó nada, y tuvieron que parar antes de lo previsto para desmontarla y ver que el eje, sin estar roto, se había desgastado más de lo debido; lo arreglaron con lo que llevaban, grasa y una cuña nueva, y siguieron con menos confianza en aquella rueda de la que habrían querido.
Una noche tuvieron que dormir al raso porque el pueblo que esperaban encontrar antes del anochecer resultó estar más lejos de lo que decía el itinerario que Ramon llevaba de memoria de otros viajes, y pasaron la noche con los hombres turnándose para vigilar el fuego y los animales, envueltos en las mantas, oyendo el viento bajar de la sierra con un silbido que no invitaba a dormir tranquilo.
Así fueron pasando los días, uno detrás de otro, con la clase de monotonía trabajosa que Ramon conocía bien de tantos otros viajes: cargar, tirar, parar, comer de pie, volver a cargar.
Perdió la cuenta exacta de cuántas noches llevaban fuera de Manresa, aunque no la de las jornadas de camino que aún les quedaban.
Fue ya bien entrados en el trayecto, en una venta pequeña a la que llegaron con la última luz del día, donde encontraron alojo para los animales y un rincón junto al fuego para ellos mismos.
Compartían el fuego con otros dos grupos: unos arrieros que bajaban de vender lana más al norte, y un mercader solo, con un mozo, que iba y venía por aquellos pasos buscándose la vida.
Empezaron, como empieza siempre esa clase de conversación entre desconocidos que comparten fuego por una noche, hablando del tiempo, de si el paso de más arriba estaba ya cerrado por el barro o todavía se podía cruzar, de cuánto habían pagado por el peaje del último puente.
—Yo, si fuera vosotros, evitaría el camino de la ermita —dijo uno de los arrieros—. Hace tres días vi hombres armados por allí, más de los que se ven normalmente en esta época.
—¿Armados de quién?
—Eso no lo sé. No me quedé a preguntarles, como comprenderéis.
El mercader, que había estado callado hasta entonces royendo un hueso, levantó la vista con el interés de quien conoce el terreno mejor que los demás.
—Se dice que son de Foix. Que anda moviendo gente por estos pasos desde hace semanas.
—¿Cuántos?
—A mí me dijeron cien. A otro con el que hablé hace dos días le dijeron doscientos. Cada uno cuenta lo que le han contado a él, y el que lo cuenta seguro que ya se lo inventó de otro.
Ramon escuchaba sin meterse en la conversación, más pendiente del fuego y del trozo de pan que se estaba calentando en la punta de un palo.
Hombres armados, aunque fueran los menos que decían, en la misma zona por donde iban a tener que pasar antes de llegar a Bar, no era una noticia que le sirviera para dormir mejor.
—¿Y qué buscan? —preguntó, sin poder contenerse del todo.
—¿Y quién sabe lo que busca un noble? —se rio el arriero, sin ganas—. Su mujer es hija del rey difunto, y por eso él se cree con derecho a algo. Yo lo que sé es que, si se mueve gente armada por un camino, ese camino se vuelve peor para todos los demás, sea lo que sea lo que anden buscando.
—¿Habéis visto vosotros algo, viniendo hasta aquí? —preguntó el mercader, dirigiéndose ya a Ramon.
—Nada. Camino tranquilo. Pero llevamos cinco carros, y con cinco carros uno no quiere sorpresas.
—Tened cuidado por la parte de la ermita, entonces, si es que pasáis por ahí.
—No pasamos. Vamos hacia Bar, más al este.
—Peor todavía —dijo el mercader, sin ninguna intención de asustarlo, solo constatando algo que a él, viajero de más experiencia en aquellos pasos, le parecía evidente—.
De Bar para allá es tierra que unos dicen que es del rey y otros dicen que todavía es de Foix.
Yo no sabría deciros de quién es hoy, y menos de quién será dentro de unos días.
Ramon no dijo más sobre el asunto aquella noche. Comió su pan, cuidó del fuego y se durmió pensando más en la rueda de Pere Sala que en hombres armados de los que no había visto ni la sombra.
Pero al día siguiente, mientras retomaban el camino, lo comentó con Pere y el de Sant Fruitós.
—Con que no nos crucemos con ellos, me basta —dijo Pere Sala—. Yo no llevo nada que a un soldado le interese robar. Cebada y vino no valen tanto como para pelearse por ellos.
—A menos que tengan hambre —dijo el de Sant Fruitós, y se rieron los tres, aunque Ramon, mientras se reía, ya estaba pensando en si convenía cambiar el orden de la marcha para que los carros más lentos no quedaran nunca demasiado atrás del resto.
Cuando llegaron a Bagà, los carros dejaron de servirles.
Los guardaron allí, con buena parte de los aparejos que ya no necesitarían, y repartieron la carga entre las bestias de bast que habían dispuesto para el tramo de montaña.
Les llevó buena parte de una mañana ajustar los pesos, comprobar que ningún odre quedara demasiado expuesto y distribuir los sacos de forma que ninguna mula cargara más de la cuenta.
Después siguieron hacia los pasos con la recua más estirada y lenta que los carros, pero mucho más adecuada para aquellos caminos.
El resto del camino hacia Bar transcurrió sin más incidentes que los propios de cualquier viaje largo: una mula que cojeó dos días y se recuperó sola, una noche de lluvia que les obligó a cubrir la carga con más cuidado del habitual, una discusión breve con un guarda de paso que quería cobrarles más y que Ramon resolvió a fuerza de paciencia y de recordarle, con calma, el precio real del peaje.
Volvieron a oír hablar de Foix una vez más, en boca de un pastor que cruzaron por el camino y que les dijo, sin que nadie le preguntara, que se anduvieran con ojo, que por allí arriba las cosas estaban revueltas desde hacía semanas.
Ni cifras nuevas, ni detalles nuevos. Solo el mismo nombre, otra vez, saliendo de otra boca distinta.
Llegaron a Bar sin ver a ningún hombre armado, ni de Foix ni de nadie, y entregaron la carga con la misma normalidad con que se entrega cualquier otra: un hombre que los esperaba, con una lista en la mano, que fue contando sacos y odres y cajas hasta comprobar que todo estaba, que firmó lo que había que firmar y que les pagó el resto de lo acordado sin discutir una sola moneda.
Ramon no vio nada en aquel lugar que le hiciera pensar dos veces en lo que acababan de descargar: un almacén como otro cualquiera, gente ocupada en sus cosas, ningún soldado a la vista.
Se quedaron una noche, descansaron las bestias y a la mañana siguiente emprendieron el regreso con la recua descargada y el ánimo más ligero que trae siempre volver a casa con el trabajo bien hecho.
En Bagà recuperaron los carros y volvieron a enganchar las bestias. La vuelta les llevó menos jornadas sin carga que cuidar, pero Ramon las sintió más largas, quizá porque ya no había nada nuevo que resolver en cada tramo, solo caminar.
Pasaron cerca de la venta donde habían oído hablar de Foix la primera vez, aunque no se detuvieron allí, y en otra parada, ya más cerca de Manresa, un grupo de peregrinos que bajaban también hacia el sur mencionó, de pasada, en la charla de sobremesa, que en el norte la cosa seguía revuelta y que algunos habían decidido no seguir su camino más allá de cierto punto por precaución.
Ramon lo escuchó sin sorprenderse ya. Empezaba a parecerle, más que un rumor suelto, algo que de verdad estaba ocurriendo, aunque siguiera sin saber ni cuánto ni para qué.
Al llegar a Manresa entregaron las cuentas del viaje al mercader que había cerrado el encargo con Guerau y dieron por terminado el trabajo.
Ramon habría agradecido quedarse unos días sin ver un camino, pero todavía tenía pendiente la segunda partida de sal y paños para Montserrat que había dejado aplazada antes de marcharse a Bar.
El mercader seguía queriendo enviarla, y Ramon había dado su palabra antes de que apareciera el trabajo de Guerau.
Dejó descansar a la Grisa y, dos días después, tomó de nuevo el camino hacia Montserrat.
Fue durante la subida, con la silueta de la montaña asomando otra vez entre la niebla de la tarde, cuando le vino a la cabeza la conversación de antes de partir.
Bernat, en la portería, preguntando dos veces por lo mismo. Bernat, con esa cara que se le puso al oír «Foix», una cara que Ramon había apuntado entonces sin darle mucha importancia y que ahora, con todo lo que había oído por el camino, le parecía menos casual de lo que le había parecido aquel día.
Y de paso, se dijo, si veía a Bernat, se lo comentaría. No hacía falta más motivo que ese.
El cancionero había avanzado más en aquellas semanas que en muchas de las anteriores.
Había pasado a limpio buena parte de lo que quedaba, corregido errores menores y dejado casi terminadas varias de las piezas que todavía requerían trabajo.
Las dos melodías del cuaderno de su maestro estaban también copiadas como Bernat creía que debían sonar, sin las alteraciones que ahora sabía que habían sido deliberadas.
El cuaderno original, en cambio, seguía donde lo había dejado. No lo había vuelto a abrir.
No porque hubiera dejado de pensar en él, sino porque durante aquellos días había agradecido tener delante trabajos cuya dificultad terminaba en el borde del pergamino: una nota mal situada, una palabra que corregir, una línea que volver a trazar.
Problemas que podían resolverse sin preguntarse quién mentía y quién no.
Por eso, cuando Ramon regresó, Bernat llevaba semanas sin obtener una sola respuesta nueva.
Ramón se lo encontró en el claustro, saliendo de una tarea con un cesto vacío en las manos, y Bernat, al verlo, se acercó con más viveza de la que Ramon recordaba de encuentros anteriores.
—Ya estáis de vuelta.
—Por aquí ando, amigo mío —dijo Ramon—. Bar, ida y vuelta, sin más percances que una rueda que me dio más trabajo del que quería.
—¿Todo bien, entonces?
—Todo bien. —Ramon dudó un instante, y después, porque se lo había prometido a sí mismo días atrás sin necesidad de mayor razón, añadió—: Oíd. Aquello que os dije antes de partir, de que íbamos hacia tierra de Foix. Pues por el camino oí hablar de eso más de lo necesario.
—¿En más de un sitio?
—En dos, por lo menos. Uno en una venta, subiendo.
Otro ya de vuelta, con unos peregrinos. Cada uno contaba una cosa distinta: unos que eran cien hombres, otros que doscientos, otros que ni siquiera eso.
Pero todos decían lo mismo de ese nombre.
Mateu de Foix, moviendo hombres por los pasos del norte.
—¿Visteis algo vos mismo?
—Nada. Ni un hombre armado en todo el viaje, ida y vuelta.
Pero eso no quiere decir que no los haya, solo que a mí no me tocó cruzármelos, que buena suerte fue.
—Se pasó la mano por la nuca, cansado todavía del camino—.
Pensé que querríais saberlo. No sé por qué os interesa tanto, pero la otra vez se os puso una cara al oírlo que no era la de quien pregunta por curiosidad.
Bernat no respondió enseguida, y Ramon, que no era hombre de esperar respuestas que no llegaban, no insistió. Se quedó allí un momento más, dándole tiempo por si quería decir algo, y cuando vio que no llegaba nada, se despidió con la misma naturalidad de siempre.
—Voy a cobrar una cosa que me deben y a dejar descansar a la Grisa. Si necesitáis algo, ya sabéis dónde encontrarme.
—Gracias, Ramon. De verdad.
—No hay de qué, viejo amigo.