El libro rojo de Montserrat XXIX. El silencio
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XXIX. El silencio

E l nombre le salió con la misma naturalidad con que se dice el nombre de cualquiera al que uno conoce de años, sin prisa, sin subir la voz, como si llevara allí el tiempo justo y no un instante más.

Bernat cerró la puerta del archivo a su espalda, con cuidado de que el pestillo encajara del todo, y se dio la vuelta procurando que la cara no dijera nada que no quisiera decir.

—Fra Arnau.

—Hacía días que no os veía por aquí abajo. —Y empezó a caminar, no hacia la sacristía sino hacia el otro extremo, en dirección al claustro, y con un gesto leve con la mano invitó a Bernat a acompañarlo—. ¿Habéis encontrado lo que buscabais?

—Creo que sí.

—Me alegro. El prior me dijo que no volvierais a estas cuentas sin su permiso.

Lo dijo sin detenerse, con la misma cadencia tranquila con que había dicho lo anterior, y a Bernat le costó, en el primer instante, decidir si aquello era una acusación disfrazada de recordatorio o un recordatorio disfrazado de nada en absoluto.

Salieron al claustro. La tarde ya se inclinaba hacia la oscuridad, y dos hermanos cruzaban por el lado opuesto, hacia la cocina, con un cesto entre los dos; más allá, un novicio barría hojas caídas contra el pie de una columna, sin prisa, mirando hacia ellos de reojo.

—Lo sé —dijo Bernat.

—Entonces sabréis también que no debería haberos encontrado ahí.

No era del todo una pregunta, y Bernat no lo tomó como tal.

Se quedó un paso por detrás mientras avanzaban, buscando, sin conseguirlo, algún indicio en la manera de caminar de Arnau que le dijera cuánto sabía en realidad: si solo lo había visto entrar, si alguien se lo había dicho, si llevaba tiempo esperando junto a esa puerta con la certeza de que tarde o temprano volvería.

No encontró nada.

Arnau caminaba como caminaba siempre, con las manos ahora sueltas a los costados, mirando hacia delante.

—¿Cómo lo sabíais? —preguntó Bernat, procurando que la pregunta sonara a simple curiosidad y no a lo que en realidad era.

—Todo lo que pasa en este archivo pasa por mí, Bernat.

Igual que casi todo lo que entra y sale de la sacristía.

—Arnau se detuvo un instante junto a una de las columnas del claustro, con una mano apoyada en la piedra, y Bernat no habría sabido decir si era un gesto de descanso o de costumbre—. No hace falta más misterio que ese.

Podía ser cierto.

Era, de hecho, exactamente el tipo de explicación que Bernat habría aceptado sin pensarlo dos veces una semana atrás, y sin embargo ahora, con Guerau Serra y Bar y Foix todavía calientes dentro de la cabeza, no conseguía que la explicación le llenara del todo el hueco que le había dejado la pregunta.

No lo dijo. Asintió, con la misma cortesía de siempre, y esperó.

—¿Y qué buscabais, si puede saberse?

—Una anotación de hace tiempo.

—¿La encontrasteis?

—Sí.

Arnau se quedó mirándolo un momento más de lo que dura una pregunta corriente, con esa clase de silencio que no exige respuesta pero que tampoco se cierra por sí solo, y Bernat sostuvo la mirada porque apartarla le habría parecido peor que cualquier otra cosa que pudiera decir.

Detrás de ellos, el novicio que barría las hojas terminó su tramo de claustro y se alejó hacia otra galería, arrastrando la escoba con un ruido seco contra la piedra.

—El prior es un hombre prudente —dijo Arnau, reanudando el paso—. Si os prohibió algo, tendría sus razones. Y si vos habéis vuelto a pesar de eso, también tendréis las vuestras. No es asunto mío juzgar entre las dos.

—Entonces, ¿por qué me esperabais?

Se lo preguntó sin pensarlo demasiado, casi arrastrado por la propia inercia de la conversación, y en cuanto lo dijo comprendió que había sido la pregunta equivocada, la que le devolvía a Arnau más poder del que ya tenía sobre la escena.

Arnau se detuvo del todo esta vez y se volvió hacia él con una expresión de paciencia con la que se responde a un niño que todavía no ha aprendido a medir sus palabras.

—No os esperaba, Bernat. Pasaba por aquí y os vi salir. Aunque, si os soy sincero, tampoco me habría extrañado encontraros. Lleváis semanas con más preguntas de las que corresponden a un copista.

—Solo quiero terminar bien el cancionero.

—Ya lo sé. Todos lo sabemos ya. No habéis dejado a nadie sin avisar.

El maldito cancionero. —Arnau retomó el paso, más despacio ahora—.

¿Necesitáis ayuda con algo en concreto? Si es una cuenta, un nombre, una fecha que no os sale, decídmelo y os lo resuelvo yo mismo sin que tengáis que volver a bajar aquí a escondidas del prior o a preguntar a medio Montserrat.

Era, pensó Bernat, la oferta más peligrosa que le habían hecho en toda aquella semana, precisamente porque no tenía nada de amenazante.

Si aceptaba, tendría que decir qué buscaba, y con eso pondría en manos de Arnau, del hombre que llevaba las cuentas de la sacristía, el nombre de Guerau, el de Cardona, el de Empúries. Todo lo que había estado juntando con tanto cuidado.

Si lo rechazaba sin más, podía parecer que ocultaba algo, que era, exactamente, lo que estaba haciendo.

—No es nada en concreto —dijo, al fin—. Ya está resuelto. No necesito volver.

—Bien.

Sonó, si a algo sonó, a que la respuesta le daba igual, o a que ya la esperaba, o a que había obtenido de ella exactamente lo que había ido a buscar, y Bernat no supo decidir cuál de las tres cosas era.

Siguieron caminando en silencio unos pasos, hasta la esquina del claustro donde el corredor se abría hacia la sacristía por un lado y hacia el refectorio por el otro, y allí Arnau se detuvo, como quien llega naturalmente al final de un trayecto.

—No voy a deciros a quién me recordáis, porque ya lo sabéis de sobra —dijo, casi de paso, con la misma ligereza con que ya lo había dicho una vez—. Pero para él también estaba resuelto todo, y luego volvía a preguntar.

Bernat no dijo nada.

Esperó a que Arnau añadiera algo más, alguna precisión, alguna referencia que le permitiera medir mejor lo que acababa de oír, y no llegó nada.

Arnau se limitó a asentir, una sola vez, con la misma cortesía de siempre, y siguió hacia la sacristía sin mirar atrás.

Bernat se quedó en la esquina del claustro y comprendió, sin necesitar decírselo con palabras demasiado solemnes, que Arnau no le había preguntado nada que él no hubiera podido responder sin mentir del todo, y que él, sin embargo, había elegido cada palabra con el mismo cuidado con que se elige una nota que debe sonar bien delante de alguien que sabe escuchar.

Había dejado que Arnau se marchara con menos de lo que había venido a buscar, y no con la sensación incómoda de un hombre que ha mentido por debilidad, sino con la más fría de saber exactamente por qué había callado y a qué precio.

Se dio media vuelta hacia el scriptorium, pensando que en algún momento de la noche le vendría el impulso de bajar de nuevo, de aclarar aquella respuesta a medias, de decirle a Arnau que sí, que buscaba algo más, que quizá convendría que alguien con autoridad lo supiera.

El impulso no llegó.