XXVIII. La caridad
A Bernat lo fueron a buscar poco antes de la cena. El muchacho de la hospedería apareció en la puerta del scriptorium y esperó a que uno de los hermanos le indicara que podía hablar.
—Hay un traginer abajo que pregunta por vos.
Bernat levantó la vista del pliego.
—¿Por mí?
—Dice que se llama Ramon.
Bernat no necesitó más.
La última vez que se habían visto días atrás habían hablado apenas el tiempo de una descarga, y Ramon había seguido con su trabajo como hacía siempre, sin parecer hombre que buscara conversación cuando tenía una mula esperando.
Lo encontró junto a la portería. Esta vez no había carro. La Grisa estaba atada a una argolla del muro, con dos rollos gruesos de cordel sujetos a un lado de la carga, y Ramon acababa de soltar el segundo cuando lo vio llegar.
—¡Bernat! Mañana bajo temprano y no sabía cuándo volvería a pasar por aquí.
—¿Os quedáis esta noche?
—Nos quedamos la Grisa y yo. Ha subido bastante por dos rollos de cordel y no pienso hacerla bajar ahora. Mañana vuelvo a Manresa.
—¿Solo habéis venido por eso?
Ramon señaló con la barbilla los rollos que acababa de dejar junto al muro.
—Cordel para la sacristía. Se quedó sin pedirlo la última vez. Me pagaban por subirlo y tenía dos días antes del próximo viaje.
—¿Qué viaje?
—Esta vez me han dado trabajo para unos cuantos días.
—Entonces habéis hecho bien en venir a despediros.
—No exageréis. Voy al norte, no a Tierra Santa.
Bernat sonrió.
—¿Quién os manda esta vez? ¿El mismo mercader de Manresa?
—Guerau Serra. Un procurador de Cardona. —Ramon empezó a aflojar una de las correas de la Grisa mientras hablaba—. Cebada, vino y unas cajas de ornamentos. Para una capilla o una comunidad de allí arriba. Buen pago, buen plazo, si el tiempo no se tuerce.
Bernat procuró que no se le notara en la voz lo que acababa de producirle aquel nombre.
—¿Hacia dónde exactamente?
—Bar. ¿Lo conocéis?
—No.
—Yo estuve por esa parte hace años. Hasta Bagà iremos con los carros. Después habrá que repartir la carga entre las mulas para cruzar los pasos. Voy con otros dos. Están en Manresa preparando las bestias y el resto de la carga.
—¿Y dónde cae Bar?
—Más allá de Bagà, hacia la entrada de la Cerdanya, Casa de Foix. Este año todo anda revuelto por esos montes. Yo, mientras me dejen pasar con las mulas, no pregunto quién manda.
—Foix —repitió Bernat, más para sí que para nadie.
Ramon seguía ocupado con la Grisa, pero le pareció advertir algo extraño en la forma de decirlo.
El rey Joan I había muerto de forma repentina unos meses atrás, sin dejar un hijo varón que pudiera sucederlo, y la Corona de Aragón había recaído en su hermano Martí, que se encontraba todavía lejos, en Sicilia, cuando llegó la noticia.
Mientras regresaba, era su esposa, María de Luna, quien sostenía el gobierno en su nombre.
Pero la sucesión no había sido aceptada por todos.
Joana, la hija mayor de Joan I, estaba casada con Mateu de Foix.
Y Mateu sostenía que, muerto el rey sin hijos varones, los derechos de su esposa estaban por delante de los de Martí.
No se había limitado a reclamarlo mediante cartas y emisarios.
Había reunido hombres al otro lado de los Pirineos y había entrado en los dominios de la Corona dispuesto a hacer valer aquella pretensión por las armas.
Y Bar no era un lugar cualquiera dentro de todo aquello.
El castillo había pertenecido a los dominios de Castellbò, unidos a la casa de Foix, y guardaba uno de los accesos hacia la Cerdanya.
Aquel mismo año había quedado atrapado en la guerra entre Mateu de Foix y los partidarios de Martí, hasta el punto de que las noticias sobre quién lo dominaba llegaban mezcladas y tarde.
—¿Y qué lleváis exactamente en esas cajas de ornamentos?
—No lo sé —dijo Ramon encogiéndose de hombros—. Cajas cerradas, con paja dentro para que no se golpeen. No es cosa mía abrirlas, ni ganas tengo. Con que lleguen enteras es suficiente.
Ramon miró a Bernat con una curiosidad nueva.
—¿Por qué tanto interés? No es propio de vos preguntar por cargas ajenas.
—Curiosidad de copista —dijo Bernat, con la misma frase que ya le había servido otras veces y que esta vez le sonó, incluso a él, más gastada que nunca—. Nada más.
—Ya...
Ramon no insistió. Volvió la atención a la Grisa, que ya empezaba a buscar con el hocico algo que comer, y recogió las correas que había dejado en el suelo.
—Mañana bajo al alba. Pasado mañana nos juntamos todos en Manresa y salimos. Cuidaos, Bernat. Si Dios quiere, os veo a la vuelta.
—Buen camino, Ramon. Que Dios os guarde.
Ramon no sabía que acababa de entregarle a Bernat algo que pesaba mucho más de lo que pesaban los dos rollos de cordel que había subido hasta allí.
Para él era un encargo, un destino, un plazo y un pago.
Para Bernat era la primera vez que el nombre de Guerau Serra dejaba de ser únicamente una firma, una ápoca y el recuerdo de unas visitas para convertirse en algo que se movía.
Sabía que no podía seguir aquella partida, ni averiguar qué había realmente dentro de las cajas, ni empezar a preguntar por el camino sin descubrirse.
Pero sabía también algo que sí podía comprobar: si desde Montserrat habían salido antes cosas semejantes hacia aquella misma dirección bajo hombres tan inocentes como el de Ramón.
Hacerlo era desobedecer al prior. Y esta vez no buscó una palabra distinta para nombrarlo.
Aquella decisión ya la había tomado una noche, a solas, con dos hojas de pergamino a un palmo de una vela, y no pensaba volver a tomarla cada vez que llegara el momento de ponerla en práctica.
Entró en el archivo a mediodía del día siguiente, cuando sabía que estaría vacío.
Fue directamente al anaquel donde se guardaban las partidas de ayudas y limosnas, que había hojeado días atrás sin buscar lo que buscaba ahora.
No tocó primero los libros de cera ni las ápocas de sacristía.
No porque creyera que eso hiciera menor su desobediencia, sino porque aquella vez sabía exactamente qué quería encontrar.
Sacó el libro del año en curso y lo fue repasando mes a mes, con el mismo método paciente de siempre: leer cada asiento, descartar lo que no servía, anotar lo que pudiera servir en una hoja aparte. Todo ello sin dejar de mirar la puerta y sospechar de cualquier paso que escuchara.
La mayoría de las entradas eran exactamente lo que su nombre decía: ayuda a una familia necesitada de la comarca, socorro para reparar el tejado de una parroquia cercana, cera destinada a una pequeña iglesia frecuentada por peregrinos.
Nada de eso apuntaba hacia ningún lado en concreto.
Fue retrocediendo, año por año, con la misma cautela con que había aprendido a no fiarse de una sola coincidencia, y hacia la mitad del libro anterior encontró la primera entrada que lo hizo detenerse.
Una partida de cera y ornamentos enviada como socorro a una casa de religiosos situada, según la propia anotación, hacia las montañas del norte, sin más precisión de lugar.
La cantidad no era escandalosa. Pero la dirección general, hacia el norte, hacia la misma región donde acababan de situarle Bar, hizo que Bernat copiara el asiento en su hoja y siguiera buscando con más atención.
Encontró una segunda, meses después, con una fórmula muy parecida: ayuda de cera y vino a otra casa religiosa, también en aquel lugar sin un nombre concreto que Bernat pudiera reconocer.
Y una tercera, más antigua, del año anterior, con el mismo patrón: cera, ornamentos, alguna vez vino, siempre hacia el norte, siempre bajo un concepto que cualquiera habría podido leer sin encontrar en él motivo alguno para detenerse.
Un monasterio ayudando a otro. Una casa con recursos socorriendo a otra que los necesitaba. Caridad. No había nada extraño en ello.
Bernat se quedó mirando las tres anotaciones copiadas una debajo de la otra sobre su hoja y comprendió algo que hasta entonces no había necesitado formular.
No hacía falta inventar una categoría para mover algo sin que nadie preguntara.
Bastaba con utilizar una que ya existiera.
Una que se empleara con normalidad. Una que nadie en su sano juicio pensara en revisar dos veces.
Cera para una luminaria. Socorro a una casa religiosa. Ornamentos para una capilla lejana.
Cualquiera de aquellas fórmulas podía ser, cada vez, exactamente lo que decía ser. Y cualquiera podía no serlo. Con solo mirar el libro, nadie tendría manera de conocer la diferencia.
Bernat volvió a leer las tres entradas.
No sabía todavía si aquello guardaba relación alguna con Guerau, con Cardona o con el transporte del que Ramon acababa de hablarle.
No había un solo nombre escrito en ninguno de aquellos asientos que le permitiera unirlos.
Y tres ayudas hacia el norte en dos años tampoco eran, por sí solas, nada extraordinario.
Pero tenía una repetición que antes no había visto y, desde el día anterior, sabía que Guerau Serra estaba organizando ahora el movimiento de cebada, vino y cajas cerradas hacia una plaza relacionada con los Foix.
No era una prueba. Era otro lugar donde mirar.
Guardó los libros donde correspondía, cada uno en su anaquel, con el mismo cuidado exacto con que los había encontrado. Alineó incluso el lomo del último con el que tenía al lado, por una precaución que habría resultado ridícula unos días atrás.
Después dobló la hoja de anotaciones y la guardó junto a las demás. Apagó la vela que había llevado consigo y abrió la puerta.
Fra Arnau estaba al otro lado.
No fingía estar de paso ni llevaba entre las manos ningún objeto que justificara su presencia en aquel corredor concreto, a aquella hora, frente a la puerta exacta del archivo.
Estaba de pie, con las manos cruzadas por delante, como quien lleva un rato esperando y no tiene ninguna prisa por dejar de hacerlo.
Cuando Bernat salió, Arnau lo miró con una calma que ya no podía confundirse con la de un encuentro casual.
—Bernat...