El libro rojo de Montserrat XXVII. La discreción
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XXVII. La discreción

E n Manresa, encontró primero al mercader de las lentejas, que le pagó el resto de lo acordado y le confirmó lo de la segunda partida: sal y paños, tres días de ida, si el tiempo aguantaba.

Ramon lo dejó apalabrado para dentro de una semana, ni un día antes, porque quería que la Grisa descansara la pata que se había resentido en la última bajada, y salió de allí con el ánimo de quien ha cerrado bien la mañana.

Fue en el mesón del Pont, donde solía comer cuando andaba por la ciudad y donde se enteraba de más encargos que en ningún otro sitio, donde el mozo le dijo que un hombre lo había estado buscando.

Era un lugar bajo y oscuro, con bancos corridos junto a las paredes, olor a vino derramado, y un trasiego continuo de hombres que entraban a comer y salían antes de que las bestias acabaran de descansar.

—¿Qué hombre?

—Uno de fuera. Ha dejado dicho que, si veníais, lo esperarais. Que tenía trabajo.

Ramon no necesitó preguntar más. Se sentó a una mesa junto a la ventana, pidió vino aguado y pan, y no había terminado de untarlo cuando entró Guerau Serra.

Se sentó enfrente sin que nadie lo invitara y sin quitarse la capa.

—Ramon.

—Me dicen que me buscabais.

—Necesito hombres y bestias. Una buena recua. Y no más tarde de la semana que viene.

—Depende de la carga y de adónde vaya.

—Cebada. Vino. Y unos ornamentos para una capilla —dijo Guerau sin darle más peso a una cosa que a la otra—. Todo hacia el norte. Bar.

Ramon conocía Bar de un par de viajes hechos años atrás, de los tiempos en que todavía subía hasta aquella parte del Pirineo con lana y otras cargas.

Sabía que hasta Bagà podían aprovecharse los caminos más anchos, pero después empezaba otro viaje: había que dejar atrás los carros y repartir la mercancía entre animales para cruzar hacia la Cerdanya.

El collado podía ser benigno un día y cerrarse al siguiente, y a aquellas alturas del año, con el frío ya afilándose, cada jornada de retraso hacía el paso un poco menos seguro.

Hizo las cuentas de cabeza antes de responder.

—¿Cuánta cebada?

—Veinte cargas. El vino, en odres, otras diez o doce. Los ornamentos ocupan poco, pero quiero que vayan bien protegidos.

Ramon dejó el pan sobre la mesa.

—Hasta Bagà puedo llevar parte en carro. Para pasar de allí necesitaremos mulas. Muchas. Y hombres que conozcan el collado.

—Por eso os busco a vos. Me han hablado de hombres que conocen esos caminos, y vuestro nombre ha salido más de una vez.

Ramon sonrió sin poder disimular su satisfacción.

—Yo mismo.

Preguntó por el pago, y Guerau se lo dijo sin regatear ni un dinero de más ni de menos: la mitad al cargar en Manresa, la otra mitad a la entrega, con un recargo aparte si el camino los obligaba a demorarse más de dos noches de las previstas.

Preguntó quién respondía si algo se estropeaba por el camino —agua en el vino, cebada mojada, alguna caja golpeada durante el paso de la montaña—, y Guerau contestó que eso corría de su cuenta siempre que Ramon pudiera demostrar que no había sido descuido suyo ni de sus hombres.

Le pareció razonable.

Preguntó, por último, si necesitaba llevar hombres de armas o algún acompañante, porque en los últimos años se hablaba de gente poco recomendable por algunos pasos.

—No. Bastan los traginers y sus mozos. El camino está tranquilo esta temporada.

—¿Cuántos hombres queréis?

—Los suficientes para llevar la carga hasta Bagà y hacer allí el cambio a las bestias. No quiero que se pierda un día porque falten manos.

Ramon hizo otra cuenta rápida.

—Yo pongo la Grisa y otra mula que tengo alquilada. Pere Sala puede reunir algunas más. Si no son suficientes, preguntaré a los hermanos Coma.

—Hacedlo. Cuanto antes salgáis, mejor. Y una cosa más. Que no se hable demasiado de adónde va esto. Ni siquiera en los mesones del camino. No es un secreto, pero prefiero que cada hombre se ocupe de su carga sin que medio pueblo sepa qué lleva ni para quién.

—Eso es fácil de pedir y difícil de mandar con tantos hombres y mozos.

—Decidles que hagan lo que puedan. No pido más.

Ramon lo dejó pasar sin darle demasiada importancia.

No era la primera vez que un cliente con dinero le pedía discreción.

Años atrás había llevado paños cuyo valor no convenía pregonar por los caminos, porque cuanto menos se hablaba de una carga cara, menos ganas le entraban a nadie de aligerarla por su cuenta.

Guardó aquella condición junto con las demás: peso, plazo, destino, noches de camino.

Guerau se despidió con un gesto breve, dejó sobre la mesa unas monedas de más de lo que costaba el vino que ni siquiera había probado y salió del mesón sin volver la cabeza.

Ramon terminó el pan que le quedaba, pagó su parte y empezó a ordenar lo que tenía por delante: avisar a Pere Sala aquella misma tarde y, si no podía reunir suficientes bestias, buscar a los Coma; comprar forraje para el viaje, porque no quería depender de encontrar pasto donde empezara la montaña; y revisar, antes que ninguna otra cosa, el eje de su propio carro, que ya le había dado un aviso en la última cuesta y no pensaba fiarse dos veces de la misma queja.

Encontró a Pere Sala en su corral, cargando estiércol. Aceptó casi de inmediato en cuanto oyó el pago. Los Coma no hicieron falta, porque Pere conocía a otro traginer de Sant Fruitós que andaba sin trabajo aquella semana y podía aportar varias bestias y un mozo.

Quedaron en juntarse todos en Manresa dentro de cinco días. Llevarían en carro lo que pudieran hasta Bagà y allí repartirían la carga entre las mulas para afrontar los pasos. Cuanto antes salieran de madrugada, más horas de luz ganarían antes de que la montaña empezara a mandar sobre ellos.

Ramon pasó el resto de la tarde entre el herrero, que le ajustó el cerco de la rueda mala, y el almacén que Guerau utilizaba en Manresa. Allí, un criado le hizo dejar una cruz en un papel donde figuraban las cargas, el pago y el destino.

En un rincón estaban ya los sacos de cebada y varios odres.

Más allá vio las cajas de los ornamentos, envueltas en paja y aseguradas con una doble vuelta de cordel, como cualquier objeto de valor que no se quiere que se golpee por el camino.

No les prestó más atención.

Un día después, con buena parte del viaje ya dispuesto, aceptó un porte menor hasta Montserrat: varios rollos de cordel grueso que habían encargado y que nadie había incluido en una carga que había salido el día anterior.

Era poco trabajo, estaba pagado y le permitía comprobar una vez más cómo respondía la Grisa antes de marcharse varios días hacia el norte.