XXVI. La providencia
A la Grisa le pesaba la cuesta desde el último vado, y Ramon lo sabía por el ruido de los cascos antes de mirarla: el paso corto y arrastrado de la mula vieja cuando el camino empieza a ser más piedra que tierra.
Iba a su altura, con la mano izquierda en el ronzal y la derecha libre para pasársela por el cuello, que era lo único que la Grisa entendía como un aviso de que el trabajo no era castigo.
Detrás, el carro de Ramon Vidal crujía a cada bache con una queja seca del eje que no le gustaba nada. Habría que untarlo antes de bajar, y mirar de paso el cerco de la rueda derecha, que se había aflojado desde Monistrol.
El muchacho caminaba al otro lado con el hombro pegado al costado de la carga, listo para empujar en cuanto Ramon le hiciera la seña.
Era larguirucho, todavía desgarbado por la edad, con brazos que parecían demasiado largos para el resto del cuerpo.
Estaba con él desde la primavera y ya sabía lo que importaba: no dejar nunca que el carro empujase a la mula en las bajadas, no dar de beber al animal con el arreo puesto y no hablar mientras se contaban los sacos.
Era callado y no había dado todavía un disgusto, lo cual, en un mozo de catorce años, no era poco.
La carga no era grande, pero bastaba para que la última rampa fuese un asunto serio: veinte sacos de garbanzos y lentejas, tres odres de aceite bien cosidos y colocados en el centro, y ocho de sal, que eran los que más le preocupaban, porque la sal con la humedad del camino pesa más de lo que costó y se lo hace pagar a la mula.
Todo iba para la hospedería de Montserrat, por encargo de un mercader de Manresa que pagaba la mitad al cargar y el resto a la entrega, sin haberse retrasado nunca ni un día.
Ramon llevaba años yendo y viniendo por aquellos caminos, y prefería con mucho esa clase de cliente.
No por lo que pagaba, que era lo justo, sino porque no regateaba delante de la carga, no mandaba a nadie a contar los sacos por segunda vez ni descubría a última hora que se había equivocado en el peso.
Un cliente así valía más que otro que pagara más y le hiciera esperar ocho horas en la puerta.
Lo que sí llevaba rondándole por la cabeza desde que salió de Manresa era la vuelta.
Bajar en vacío por aquel camino no era un buen negocio, era un gasto.
La Grisa comía lo mismo con carga que sin ella, el muchacho también, y él no cobraba nada por cada legua que recorría con el carro vacío.
Si en el monasterio había algo que bajar, un fardo de lana para un tejedor de Monistrol, un par de cestos, una carta que no corriera prisa, el viaje se compensaba.
Si no, tendría que buscarlo por el camino, y a aquellas alturas del año, con los mesones medio vacíos, no era seguro encontrarlo.
Estaba además lo del mercader, que al despedirse le había dicho que a la vuelta pasara por su casa, que tenía otra partida para Montserrat, pero que no quería cerrarla hasta ver cómo salía aquella.
Ramon había dicho que sí sin preguntar más.
Dos buenas partidas en apenas unos días eran exactamente lo que hacía de un trabajo un buen trabajo, y prefería no hacerse ilusiones hasta tener la segunda acordada.
En la última revuelta, donde el camino se ensanchaba lo justo para que se cruzaran dos mulas sin rozarse, se detuvo.
Dejó descansar a la Grisa quince respiraciones, le acercó al hocico un poco de agua de la calabaza y le levantó las patas delanteras para mirarle los cascos.
Tenía una piedrecilla metida en la ranilla derecha.
La sacó con la punta del cuchillo, y la mula resopló con algo que, en una persona, habría sido alivio.
—Ahora arriba —le dijo. Y luego, al muchacho—: A la rueda.
Subieron los últimos cien pasos con el muchacho empujando y Ramon tirando del ronzal, hablándole a la Grisa en voz baja.
Montserrat le parecía siempre, desde abajo, un mal sitio para poner un camino.
Había subido allí una veintena de veces, y aunque todo el mundo hablaba de la montaña santa, de la Virgen y de las promesas con que llegaban los peregrinos, él pensaba sobre todo en la pendiente y en lo que costaba cada saco de sal.
En la portería había el ajetreo de siempre a aquella hora: dos peregrinos con el bordón en la mano preguntando a un lego dónde debían presentarse, una mujer sentada en el suelo con un niño dormido en el regazo y, contra el muro exterior, donde se dejaban los carros, otro traginer con la mula ya desenganchada, que lo saludó con un gesto de cabeza y sin ganas de conversación.
El portero salió a su encuentro secándose las manos en el hábito. Era un lego viejo, sordo de un oído, que se colocaba siempre de manera que Ramon tuviera que hablarle por el bueno y con el que llevaba años entendiéndose sin necesidad de decir gran cosa.
—Llegáis tarde. Antes de vísperas hay que tenerlo todo dentro, y ya sabéis que después no se abre.
—Llego a la hora que me deja el camino —dijo Ramon desatando las cuerdas de la lona—. ¿Dónde va cada cosa?
—Los sacos al almacén de la hospedería, por la puerta baja, no por la del claustro. El aceite también. Y la sal, a la despensa grande, que el año pasado la mandaron a sacristía y hubo lío.
—Eso sería cosa de otro.
—Fue cosa de todos. Empezad ya.
El portero echó un vistazo al papel del mercader que Ramon le había tendido, recorrió con el dedo las distintas partidas y mandó a un muchacho que andaba por allí a avisar a la hospedería de que empezaban a descargar. Ramon señaló entonces el pequeño bulto anotado al final de la relación.
—Esto va aparte. Para los que escriben.
El portero miró el renglón.
—Agallas. Sí. Dejadlas ahí, junto al banco. Ya las subirán al scriptorium.
Ramon asintió y siguió desatando la carga. Para él eran solo otro encargo pequeño entre veinte sacos, tres odres y ocho cargas de sal.
Estaban bajando el último odre de aceite cuando Ramon fue a buscar debajo del asiento el pequeño talego de agallas que llevaba envuelto aparte. Lo dejó junto al banco, donde le había indicado el portero, y volvió al carro.
Oyó entonces llegar unos pasos por el corredor de la portería.
Venía un novicio caminando algo inclinado hacia delante, como de quien lleva la cabeza en otra parte.
No parecía dirigirse al carro ni a la carga; simplemente atravesaba la portería camino de otra dependencia.
Ramon lo miró un instante sin saber por qué, hasta que de pronto le pareció verlo con unos palos bajo el brazo, cuesta de la Seu arriba, hacía una eternidad.
—¿Bernat? ¿El de Manresa?
El novicio se detuvo. Tardó un instante, y Ramon vio cómo lo reconocía, primero con los ojos, después con la boca, que se le torció en algo que no era todavía una sonrisa pero iba camino de serlo.
—Ramon.
—Válgame Dios. —Ramon se limpió las manos en las calzas y después le puso una en el hombro, apretando, como para comprobar que era de carne y hueso—. Miraos. Con el hábito y todo. Cuando os fuisteis de Manresa me dijeron que os habíais ido a un monasterio, y yo pensé que era una manera de hablar.
—Pues no lo era.
—Ya lo veo.
Lo veía y no acababa de ver lo que esperaba.
El Bernat que él recordaba era un muchacho flaco y formal que a los dieciséis años ya tenía cara de hombre serio.
El que tenía delante había ganado algo de altura, aunque seguía siendo delgado, con el cabello oscuro cortado al modo de la casa, y unas ojeras hondas que no eran de las que deja una sola noche mala.
Seguía siendo serio, pero la seriedad había cambiado de peso, como cambia la de cualquiera que lleva un tiempo sometiendo sus días a una regla.
—Ha pasado tiempo —dijo Bernat.
—Dos años largos. ¿Os trata bien la vida de aquí?
—No me quejo.
—Eso es lo que dicen los que se quejan por dentro. —Ramon sonrió, y Bernat sonrió también un poco—. Tenéis cara de no dormir. ¿Os dan de comer?
—Me dan de comer. Es el trabajo.
—Ya. —Ramon le tendió el talego—. Vuestro. Y comprobad que no falte nada, que si falta lo pago yo y no me hace gracia.
Bernat lo cogió y, en lugar de dar las gracias y guardarlo, lo desató allí mismo, metió los dedos, sacó una agalla, la apretó entre el pulgar y el índice, la olió y después raspó con la uña la corteza para ver el color de dentro.
Ramon lo miró hacerlo con una satisfacción que le sorprendió a él mismo.
—Están bien —dijo Bernat.
—Claro que están bien. Las compró el mercader, que entiende de eso, y yo las he traído sin mojarlas.
—Ramon rio—. Como hacíais vos con las muescas, ¿os acordáis?
Un palo para llevar la cuenta de los viajes de piedra a la Seu, una muesca por carga, y nunca os fallaba una.
Y cantando por lo bajo. Todo el día cantando.
Decía el maestro de obras que era la única cuenta de la obra de la que podía uno fiarse, y que tenía que ser por lo del canto.
—Me acuerdo. Vos decíais que asustaba a vuestras mulas.
—Y era verdad. La Grisa era joven entonces, aunque tampoco tanto. Se ponía nerviosa. —Ramon señaló con la barbilla a la mula, que descansaba con la cabeza junto al muro—. Ya veis que se ha hecho a todo.
—Está igual.
—Está peor, pero no lo digáis delante de ella.
Se rieron los dos. Fue una risa corta, más de reconocerse que de gracia.
Ramon le preguntó qué hacía ahora en el monasterio, y Bernat dijo que copiaba. Libros. Ahora, uno de cantos.
—Vos y vuestros cantos —dijo Ramon.
No había desprecio en ello, sino la extrañeza respetuosa de quien mira un oficio que no es el suyo: sentarse todo el día a escribir, sin cargar piedra, sin barro en las botas, sin que nadie le grite desde una cuesta.
Pero había visto trabajar a aquel muchacho en Manresa y no dudaba de que también fuera capaz de aquello.
—¿Y vos? ¿Seguís con vuestros viajes?
—Con la Grisa y con lo que salga. Hago lo que sea. —Ramon se apoyó contra el carro—. Mercaderes de Manresa, sobre todo, que pagan bien y avisan con tiempo. Un par de molinos. Algún monasterio como este. Y alguna vez las casas, aunque de las casas es mejor no esperar mucho.
—¿Alguna casa de por aquí?
—Las de la comarca, alguna vez. En el mesón de Monistrol dicen que hay procuradores que pagan muy bien. A mí me da igual, la verdad: con quien trato yo es con quien me da la mano, y a esos no les he visto ni la cara.
Ramon miró al cielo, que había empezado a cargarse por poniente.
Siguió hablando de lo que costaba una quartera, del paso de Monistrol, de lo que subía el forraje cuando llegaba el frío, y Bernat escuchaba con el talego contra el pecho, asintiendo en los momentos en que le tocaba, con el gesto de quien atiende aunque tenga la cabeza en otra parte.
Desde el fondo del corredor se oyó entonces una voz, la de algún hermano que reclamaba a Bernat, y este levantó la cabeza como quien sale de un pozo.
—Me llaman.
—Id. El trabajo no espera.
—Me ha alegrado veros, Ramon.
—Y a mí. —Ramon lo miró un momento más, con la mano todavía apoyada en el carro—. Si bajáis a Manresa algún día, ya sabéis dónde encontrarme: donde estén las mulas.
Bernat sonrió otra vez, un poco más que antes, y se fue por el corredor.
Ramon lo siguió con la vista hasta que dobló la esquina y volvió a la rueda, que necesitaba una cuña nueva en el cerco y no iba a ponérsela sola.
Para cuando la dejó bien asentada, el portero había regresado con un hermano de la hospedería, que traía en una mano una bolsa y en la otra el papel. Hubo que repasar otra vez todo lo descargado.
—Uno de los odres suda —dijo el hospedero, señalando con el dedo la boca de uno de los tres.
Ramon lo levantó, lo giró, lo apretó con las dos manos y comprobó con el pulgar la unión del tapón. Era el tapón, mal asentado, no la piel. Lo sacó, le dio una vuelta de cordel y lo volvió a encajar a golpes cortos con el mango del cuchillo.
—Pesadlo, si queréis. Si falta algo, lo repongo de mi bolsa.
—No hace falta. —El hospedero lo miró de arriba abajo—. Está bien.
Le añadió que otro hermano tenía dos cestos de nueces para mandar a un tejedor de Monistrol, si no le importaba llevarlos.
Ramon dijo que no le importaba. Ajustó por ellos lo que correspondía y lo dio por bueno, porque en su cuenta lo que importaba no era tanto el precio como que el carro no bajara vacío.
Cuando se quedó solo, con el muchacho ya llevando a la Grisa al abrevadero, se sentó un momento con un mendrugo y un trozo de queso duro. El viaje había salido bien, y la vuelta, con las nueces, también.
Mientras masticaba fue ordenándose los próximos días con la misma costumbre con que otros rezan: bajar a Monistrol y dejar las nueces; después Manresa, cambiar la cincha de la mula si podía, y ver qué le ofrecía el mercader por la partida que saldría en unos días después de haber ido tan bien la primera.
Sal y paños, le había dicho. Para unos compradores nuevos. Tres días de ida y otros tantos de vuelta, con carga a la ida y quizá otra a la vuelta si el tiempo no se torcía.
Si el precio era razonable, la tomaría. Si no, buscaría otra. Para una mula y un carro no había más ciencia que esa.
Se limpió las migas de las calzas. Al otro lado del muro, la campana pequeña empezó a llamar a los hermanos. Ramon sacó del arcón un bote de grasa y fue hasta la rueda derecha, y luego al eje, y lo untó despacio con los dedos, hasta que dejó de crujir.