El libro rojo de Montserrat XXV. El oficio
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XXV. El oficio

C uando el maestro de obras le entregó el palo, a finales del invierno, apenas se detuvo a explicarle el trabajo.

Era un trozo de fresno del largo de un antebrazo, sin corteza y pulido por las manos de otros muchachos que lo habían usado antes que él.

Le dio también un cuchillo pequeño, de hoja estrecha.

La tarea era sencilla: cada vez que una carga de piedra entrara en la obra, ya fuera en carro o a lomos de una bestia, Bernat debía hacer una muesca.

Al final del día entregaría el palo, y con aquellas marcas podrían saber cuánta piedra había llegado durante la semana y cuánto correspondía pagar a los hombres que la transportaban.

No era un trabajo importante, sino uno de esos que se daban a los muchachos que todavía estaban aprendiendo. Pero eso a Bernat le daba igual.

Había sido su padre quien se lo había conseguido, hablando con un conocido que conocía a un cantero que conocía al maestro de obras.

Bernat lo sabía, y sabía también que tenía que agradecérselo, aunque todavía no había encontrado el modo de hacerlo en voz alta.

Hacía otras cosas, por supuesto: acarreaba agua para el mortero, barría el polvo de cal de las barracas de los canteros, devolvía punteros y cuñas a quien los reclamaba, y los primeros días había vuelto a casa con la espalda molida y los dedos llenos de grietas.

Pero lo del palo era lo suyo, y se le notaba.

La Seu crecía por tramos. Había partes del templo ya cubiertas y en uso mientras en otras seguían levantándose muros, de modo que a un lado se oían las mazas, el chirrido de las poleas y los gritos de los hombres que avisaban de una cuerda o de una piedra en el aire, y al otro, a pocos pasos, los canónigos rezaban las horas como si lo de fuera no existiera.

Todo estaba cubierto de un polvo fino y blanquecino que se metía en las pestañas y en el pan, y olía a sudor de bestia y a piedra recién cortada, que tenía un olor propio, agrio y limpio a la vez.

Bernat se sentaba en un poyo junto al portal por el que entraban las cargas, con el palo apoyado en una rodilla y el cuchillo en la otra mano, y hacía una muesca cada vez que una carga cruzaba el umbral.

Los palos de los días anteriores los guardaba atados con un bramante en un hueco del muro, a su espalda, y los repasaba al terminar la jornada con el pulgar, uno por uno, aunque no hacía falta: sabía que el lunes habían sido cuarenta y dos, el martes treinta y siete, y que el miércoles, con la lluvia, solo veintidós.

Mientras contaba, tarareaba. Lo hacía con la boca casi cerrada, sin darse cuenta, la línea de lo primero que le venía a la cabeza, un responsorio o un fragmento de antífona, y el zumbido seguía la frase sin querer soltarla, igual que lo había aprendido en una sala pequeña de Montserrat.

La voz que le salía ya no se parecía a la de antes.

En tres años se había asentado en algo más hondo y más ancho, que todavía lo sorprendía a veces, como sorprende descubrir que el cuerpo ocupa un espacio que antes no ocupaba.

Su padre apareció aquella mañana con un pedazo de pan envuelto en un paño y una cebolla, y se detuvo delante del poyo con las manos en la cintura, mirando el portal y no a él.

—Come algo. ¿Cuántas llevas?

—Dieciocho, padre. ¿Habéis comido vos?

—Ya comeré.

Le cogió el palo sin pedírselo, pasó el pulgar por las muescas moviendo los labios, y se lo devolvió con un gesto breve de la cabeza. Se quedó un momento más mirando cómo descargaban un carro de bloques desbastados, y antes de marcharse le quitó el polvo de la cabeza con dos dedos.

Ramon Vidal llevaba tres semanas entrando piedra por aquel portal.

Ramon Vidal llevaba tres semanas entrando piedra por aquel portal.

Era un hombre de brazos recios y manos endurecidas por las cuerdas, con el cabello oscuro casi siempre cubierto de polvo.

Cuando los caminos estaban demasiado blandos para las cargas largas, el maestro de obras contrataba las recuas que podían subir y bajar de la cantera sin descanso, y la suya era de las que mejor cumplían: tres mulas atadas en fila, con la piedra repartida a ambos lados de las albardas.

La última era la Grisa, la más joven, que se detenía ante cada charco como si le hubieran encomendado medirle la hondura.

Ramon la regañaba sin levantar la voz, con la paciencia seca de quien lo hace más por costumbre que por esperar que le hagan caso.

La primera mañana, después de que las tres bestias cruzaran el portal y Bernat hiciera las tres muescas correspondientes, Ramon se quedó mirándolo un momento.

—¿Siempre cuentas así?

—¿Así cómo?

—Cantando.

Bernat no se había dado cuenta de que lo hacía y cerró la boca.

—No estaba cantando.

Ramon miró a la Grisa y después volvió a mirarlo a él.

—Entonces debo de tener una mula que oye voces.

Bernat sonrió a pesar suyo.

—Tarareaba.

—Eso sí me lo creo. —Ramon señaló el palo con la barbilla—. ¿Cuántas llevas?

—Veintidós.

—¿Y no necesitas contarlas otra vez?

—No.

Ramon arqueó una ceja, como si aquello le pareciera bastante más extraño que el canto.

—Ya veremos esta tarde.

Tiró del ronzal para hacer avanzar a la Grisa y, después de unos pasos, se volvió.

—Ramon.

Bernat tardó un instante en comprender que le estaba dando su nombre.

—Bernat.

—Bien, Bernat. Si al final del día te salen todas, dejaré de decir que distraes a mis mulas.

—Vos habéis empezado a decirlo.

—Y todavía puedo dejar de hacerlo.

Cuando el maestro de obras no lo necesitaba allí, Ramon desaparecía dos o tres días por sus caminos de siempre y volvía con el barro de otros sitios en las patas de la recua.

A la pregunta de Bernat, que había empezado a hacerla sin querer, respondía con el tono de quien dice que viene de la fuente: de Cardona, de Berga, una vez de Santpedor, otra de Bagà.

Bernat, que en toda su vida apenas había conocido Manresa, Montserrat y los caminos que unían ambos lugares, lo escuchaba con una atención que no habría sabido justificar.

Una mañana de abril, poco antes de sexta, la obra estaba en lo más recio de la jornada.

Habían entrado dos carros de la cantera, una recua de Santpedor y varias mulas de las que bajaban cargadas desde más arriba, y Bernat llevaba veintiocho muescas en el palo cuando, dentro de la parte cubierta de la iglesia, alguien dio la entonación con que se abría un canto.

Levantó la cabeza antes de saber que lo hacía.

Las mazas siguieron golpeando a su alrededor y las poleas chirriando en lo alto, pero algo en su oído apartó todo aquello, y lo que quedó fue la voz de los canónigos iniciando una antífona de sexta que conocía.

La había cantado en Montserrat en tiempo pascual y reconoció la primera frase antes de que terminara.

En la segunda venía una subida larga que podía seguir todavía sin pensar, como se sigue de noche un camino recorrido muchas veces.

Se había puesto de pie sin darse cuenta, con el palo en una mano y el cuchillo en la otra. Dio dos pasos hacia la iglesia. Luego otro.

Una puerta lateral había quedado entornada. Por la abertura apenas veía un trozo de penumbra, el resplandor de unos cirios y la espalda de uno de los canónigos, pero no necesitaba ver más.

Entraron las demás voces.

Cantaban juntas la misma línea, pero Bernat podía distinguirlas dentro del conjunto: una más grave y áspera, otra algo nasal, otra joven y blanda que se adelantaba apenas al tomar aire.

En la segunda frase, esta última entró una fracción tarde.

Las demás la cubrieron de inmediato y probablemente nadie que estuviera allí habría reparado en ello.

Bernat sí.

Sintió en el estómago el pequeño tirón conocido, aquel deseo de corregir lo que estaba fuera de sitio, y advirtió que movía los labios siguiendo la antífona.

Después empezó a cantarla.

Muy bajo.

La voz de los hombres llevaba la pieza más abajo de donde la recordaba de la escolanía, y Bernat encontró allí un lugar para la suya.

La subida que de niño había cantado con una voz fina y clara le salió ahora más oscura, apoyada en el pecho, distinta y, sin embargo, reconocible.

Durante un instante dejó de pensar en cómo sonaba. Se limitó a seguirlos.

La pieza era la misma. Eso bastaba.

Por el portal entró otra mula cargada de piedra. Bernat hizo una muesca casi sin apartar los ojos de la puerta. Entró la segunda. Otra muesca. Entonces oyó una voz detrás.

—Tres. Traigo tres, Bernat.

No respondió.

—¿Me oyes?

Bernat siguió escuchando el canto.

—¡Bernat!

La Grisa, que tenía las orejas levantadas hacia el interior de la iglesia, resopló, y Ramon, detenido a su lado con el ronzal en la mano, tocó al muchacho en el hombro.

Bernat parpadeó. Miró las tres mulas con sus albardas cargadas. Miró el palo. Había dos muescas nuevas. Hizo la tercera.

—Creía que no me habías visto —dijo Ramon.

—Os he visto.

—Pues no lo parecía.

Bernat volvió los ojos hacia la puerta.

—Estaban cantando.

Ramon miró también hacia allí, escuchó unos instantes y después se encogió de hombros.

—Eso ya lo había notado. La Grisa también parece querer entrar. Anda, que ya me has contado y la piedra no se descarga sola.

No habían acabado de descargar la primera carga cuando llegó el maestro de obras.

Había visto desde lo alto del andamio al muchacho plantado junto a la puerta de la iglesia con la cabeza vuelta, y bajaba con la plomada golpeándole el muslo y un gesto de poca paciencia.

Era un hombre grueso, de manos tan agrietadas por la cal que parecían de barro cocido, y no acostumbraba a hablar si podía evitarlo.

—Muchacho. ¿Cuántas?

—Treinta y una.

—Treinta —dijo uno de los hombres que ayudaban en la descarga—. Yo he contado treinta. Y este se ha quedado mirando la iglesia desde que empezó el canto, que lo he visto.

—Treinta y una —repitió Bernat.

El maestro de obras le tendió la mano. Bernat le dio el palo. El hombre pasó el pulgar sobre las muescas, moviendo los labios, una a una, hasta el final. Luego volvió a contarlas.

—Treinta y una.

El otro frunció el ceño.

—Habré pasado una.

—Tres he traído yo —dijo Ramon, que seguía junto a la Grisa con una mano sobre el cuello de la mula—. La última la han mandado al tajo de atrás. Vos estabais mirando el carro que venía después.

El hombre murmuró algo que no se entendió.

El maestro de obras devolvió el palo a Bernat y se quedó un momento mirándolo con los ojos entornados, como se mira una herramienta que ha resultado mejor de lo esperado.

—Es la única cuenta de esta obra de la que puede uno fiarse —dijo, a nadie en particular—. Y tendrá que ser por lo del canto.

Hubo risas entre los hombres que habían dejado un momento las cuerdas para escuchar.

Ramon, que había presenciado todo con la cara impasible, le dio una palmada en el hombro al pasar.

—Cuenta y canta. Yo, si me pongo a cantar, ya me he perdido antes del segundo recodo.

Cuando los hombres volvieron a lo suyo, Bernat se quedó todavía un momento mirando la puerta entornada.

La antífona seguía, ya cerca del final, y sabía exactamente por dónde iba: cuándo tomarían aire antes de la frase larga, en qué sílaba se alargaría el sonido y cuál sería la última nota antes del silencio.

Pensó, durante lo que dura una respiración, en dónde estaría él si aún perteneciera a una fila de cantores.