XXIV. La conciencia
R egresó al dormitorio sin cruzarse con nadie y llegó a su celda guiándose con la mano por el muro, sin encender luz alguna hasta haber corrido la cortina de sayal que hacía de puerta.
El ala norte entera era una hilera de casillas de tablas pegadas unas a otras, cada una con su jergón, su banco, su clavo para el hábito y un ventanuco con postigo que daba a la ladera.
La suya era de las últimas, con el muro de piedra de un lado y, del otro, un tabique tras el cual un hermano de más edad dormía con un ronquido lento y regular que a Bernat le había parecido un consuelo durante sus primeras noches allí.
Sacó de la manga el cabo de vela que se concedía a los copistas para repasar algo antes de acostarse, lo encendió con la yesca y se quedó mirando cómo la llama se erguía hasta dibujar en el techo bajo un círculo de luz amarilla.
Hacía frío. Por las rendijas del postigo entraba un aire con olor a una lluvia que todavía no había llegado.
Se descalzó. Colgó el escapulario del clavo y alisó los pliegues con las dos manos, como hacía todas las noches, porque eran gestos que el cuerpo cumplía solo mientras la cabeza andaba en otra parte.
Vertió agua en la jofaina y se lavó la cara y las manos, y al frotarse las palmas le subió, dulzón, el olor de la cera que había cargado por la mañana.
Lo apartó de sí con un gesto de impaciencia.
No quiso preguntarse por qué aquel olor le molestaba tanto esa noche.
Se arrodilló junto al jergón para rezar lo que le quedaba de la jornada.
Empezó con las palabras que sabía desde niño, las mismas que decía cada noche sin haber tenido nunca que pensarlas, y a mitad de la segunda frase perdió el hilo.
Se le había puesto en medio la voz de Guillem, esa voz gastada que se le quebraba en la garganta, y detrás de ella el aire frío del pasillo y la llama encogiéndose contra la pared.
«Aquella noche yo».
Siguió rezando, y las palabras seguían saliendo, pero como pasan las cuentas de oración entre dedos que no atienden. Al terminar no habría sabido decir si había pedido algo.
Se quedó de rodillas, con la frente casi rozando la manta.
La frase seguía abierta delante de él, con una docena de finales posibles, cada uno más plausible que el anterior, y notó que la cabeza empezaba a probarlos por su cuenta, ajustándolos a lo que ya sabía con la facilidad con que un copista repone mentalmente una palabra medio borrada.
Los apartó todos.
No eran suyos. Guillem había estado a punto de decir algo y no había podido, y lo que faltaba de aquella frase le pertenecía a él y a nadie más; si Bernat lo inventaba, acabaría creyéndolo, y no había cosa que aborreciera más en su oficio que un renglón repuesto a fuerza de conjeturas.
Se sentó al borde del jergón, con las manos entre las rodillas. En unas horas la campana lo sacaría de allí para maitines, y lo sensato era acostarse.
También lo era lo otro, y esta vez no lo apartó.
Lo pensó por primera vez con todo su peso, como quien coge entre las manos algo que lleva días mirando de reojo.
Nadie se lo impedía, y alguien a quien respetaba se lo había ordenado.
Al día siguiente subiría al scriptorium, mojaría el cálamo y terminaría lo que le quedaba.
La luz caería sobre el atril a media mañana, como siempre, y el pergamino ardería un instante por dentro antes de dejarse leer.
Dentro de unas semanas llevaría al prior el volumen cosido, con las tapas todavía olorosas a cola, y Vicenç lo abriría por cualquier página y pasaría el dedo por las iniciales, sin entender del todo lo que veía pero reconociendo el trabajo bien hecho.
Y hablarían, como se le había prometido el primer día, de su futuro allí.
La imagen tenía una nitidez casi dolorosa. Podía olerla.
Había vuelto a Montserrat por su voluntad, pero antes se había ido sin ella.
Recordó la mañana en que dejó de servir para la escolanía, con la voz partida y el hatillo al hombro, y cómo nadie le explicó del todo que aquel lugar había dejado de ser suyo.
Lo supo por la manera en que los demás dejaron de mirarlo.
Dos años de manos firmes y letra clara, de ser útil sin hacer ruido para que aquel sitio volviera a ser suyo: el banco del refectorio donde Jaume le apartaba un hueco sin que hiciera falta pedírselo, las campanas que conocía por su nombre, el atril con la luz.
Ahora tenía al alcance la manera de conservarlo todo, y no había cobardía en quererlo.
Era lo más natural que había querido nunca.
Y estaba Vicenç.
Bernat lo vio otra vez tal como lo había dejado otras tantas tardes, sentado entre montones de papeles, con la carta de un canónigo a medio contestar, sin alzar la voz una sola vez.
Lo había invitado a sentarse, cosa que no hacía nunca.
Lo había dejado hablar hasta el final, le había hecho las preguntas que él mismo se habría hecho, y solo entonces había puesto el límite, con una calma más difícil de contradecir que cualquier enfado.
Al contarle sus pruebas en voz alta, Bernat las había oído pesar menos que dentro de su cabeza: una ápoca, dos giros de canto y lo que le había dicho un hermano de la hospedería, dichos uno tras otro a un hombre que gobernaba una casa entera, sonaban a poco más que una suma de rarezas.
El prior tenía razones, y desobedecerle no era cosa que Bernat pudiera imaginar sin que se le formara en el estómago una culpa pequeña.
La orden, además, había sido precisa: ni los libros de sacristía, ni sus ápocas, ni ninguna consulta de las cuentas sin permiso directo.
Repasó las palabras una a una y, en cuanto las tuvo delante, vio lo que llevaba días haciendo.
Había hablado con Berenguer, con Mateu, con Guillem.
Había cantado un giro en voz baja hasta reconocerlo.
Nada de eso era, hablando con rigor, una cuenta de sacristía.
Se había agarrado a esa diferencia cada vez que la conciencia le apretaba, y aquella misma noche, bajando a la sacristía, se había dicho que hablar con Guillem no era pedir los libros.
El prior no le había prohibido un gesto. Le había pedido que lo dejara. Si al día siguiente volvía a preguntar, ya no habría dónde refugiarse.
Se tendió en el jergón con el hábito puesto, a probar si el cuerpo, al menos, quería obedecer. El techo bajo se movía con la llama. Del otro lado del tabique llegaba el ronquido, y Bernat lo escuchó un rato como se escucha algo que da la medida exacta de lo que uno tiene.
Un hermano dormía a dos palmos de él, sin nada que temer, en la casa de la que él quería seguir formando parte.
La comunidad había dicho del maestro que murió por un accidente, y Guillem había repetido esas palabras. Bernat no tenía ninguna razón para creer que alguien quisiera hacerle daño.
Ninguna.
Y, sin embargo, habría sido un necio si hubiera obrado como si esa posibilidad no existiera, cuando el maestro había preguntado cosas parecidas a las suyas, había inquietado a las mismas personas, y a un sacristán amable le había bastado una frase dicha de espaldas, sobre un nudo, para que él se pasara un día entero dándole vueltas.
Ignoraba qué precio había pagado el maestro por llegar hasta donde llegó. Ignoraba incluso si hubo precio. Quizá aquel temor no fuera más que el de un hombre que sabe demasiado poco.
Pero era un temor concreto.
Se incorporó. No iba a dormir así, y se dijo, para no alimentar al miedo, que probablemente exageraba. Se obligó a apartar lo que sabía de lo que temía, como se aparta el trigo de la paja.
Puso a un lado lo de la noche del maestro, lo de Arnau, lo que Guillem no había dicho: nada de aquello era conocimiento, y no pensaba tratarlo como tal.
Quedaba lo que podía tocar.
Una ápoca, con una suma pagada por unos cirios que él recordaba no haber visto arder. Dos giros de canto, escritos con la misma mano segura, que señalaban a dos santos y a dos casas. Un hombre que había recibido aquel dinero y al que habían visto tratar con hombres de ambas.
Ninguna sospecha suya había puesto eso allí.
Y ninguna explicación pequeña —ni el descuido, ni el homenaje, ni el viejo agravio— había resistido a la primera prueba. Seguían siendo demasiadas cosas reales sin explicar para dejarlas caer como fantasías de un copista cansado.
Metió la mano en la manga del hábito colgado y sacó las dos hojas pequeñas de pergamino, dobladas por la mitad, las que había llevado al prior y guardado luego sin volver a desdoblar.
Las abrió sobre las rodillas. Allí estaban sus propias letras, apretadas y pulcras, el nombre de las dos piezas, el lugar exacto de cada giro, las notas de la reconstrucción tachadas y vueltas a escribir y, al pie, con tinta más reciente, los nombres de los dos santos.
Nadie más las había leído.
Si las acercaba a la llama se consumirían en un instante, y con ellas todo lo que había escrito sobre aquel asunto.
Las sostuvo a un palmo de la llama, sintiendo el calor en la yema de los dedos.
Tardó en comprender por qué no podía hacerlo, y no era por las hojas. Quemarlas no le devolvería la ignorancia.
Se acostaría igual sabiendo que el maestro había escondido un santo dentro de una pieza y otro dentro de otra, y que dos casas convergían en un solo hombre, pero sin nada escrito con lo que comprobar por la mañana si lo recordaba bien.
Su memoria ya le había jugado una mala pasada con Inperayritz , y las últimas semanas le habían enseñado más de lo que hubiera querido sobre lo poco que se puede fiar uno de ella frente al pergamino.
Dejar de preguntar no era desaprender. Era vivir con ello sin volver a mirarlo, y esa clase de silencio tenía también sus consecuencias.
Lo pensó hasta el final, porque era lo único honrado.
Supuso que se detenía. Se vio entonces con el libro terminado entre las manos, con Mariam, matrem cosida en su sitio y el nombre de Sant Pere borrado de su propia copia, aunque todavía vivo en la del maestro, y supo que no podría sostener a la vez las dos cosas.
Había elegido ya qué versión copiar. Lo que no podía elegir ahora era fingir que no sabía lo que había borrado al hacerlo.
O aceptaba aquello y no volvía a mirar atrás, o seguía preguntando sin poder ya hacerse el ciego.
Y el hombre que fingiría no haber visto nada no era alguien en quien pudiera convertirse a voluntad, por más que lo deseara.
Miró el fondo de la llama. No se le ocurrió a quién acudiría si aquello resultaba ser lo que empezaba a parecer. Bastaba con saber lo que no haría.
No lo guardaría para protegerse ni lo dejaría dormir entre las hojas de un libro bien cosido.
Qué haría, no lo sabía. Sabía solo que no sería no hacer nada.
Volvió a doblar las dos hojas por su pliegue, despacio, y las devolvió a la manga. El gesto era mínimo, y le costó más que todo lo anterior, porque al hacerlo entendió que ya no podría contárselo de otro modo.
A partir del día siguiente, si volvía a preguntar, no sería porque una respuesta se hubiera llevado a la siguiente ni porque no supiera parar.
Lo haría sabiendo lo que podía perder, sabiendo lo que Vicenç le había ordenado y cuál era su propio lugar en aquella casa, y sería una decisión suya, de la que tendría que responder con su futuro.
Apagó la vela con los dedos, sin soplar.
La oscuridad devolvió el frío, el ronquido del otro lado y el hueco del ventanuco donde apenas se distinguía un poco de cielo. Se tendió otra vez sin desvestirse del todo, porque en unas horas volverían a llamarlo, y estuvo mucho rato con los ojos abiertos.
No tenía miedo, o no solo miedo. Tenía la calma extraña de haber dejado de fingir que lo que le estaba ocurriendo no era todo su mundo en ese momento.