El libro rojo de Montserrat XXIII. La confesión
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XXIII. La confesión

L a frase lo acompañó durante todo el día sin volverse más clara ni más borrosa.

Copió medio folio con una atención de la que apenas quedaba nada, tuvo que raspar tres veces la misma inicial y, en el refectorio, dejó enfriar el caldo mientras repasaba una y otra vez lo que había oído en la sacristía.

El maestro también se perdía en cuentas viejas.

Lo había dicho un hombre que había convivido con él durante muchos años, con el tono de quien recuerda una costumbre querida, y no había en la frase nada que no pudiera decir cualquiera.

Pero, a fuerza de darle vueltas, Bernat terminó fijándose en algo que a primera hora se le había escapado.

Nadie le había contado nunca que el maestro anduviera entre libros de cuentas.

Guillem le había hablado de preguntas, y Berenguer de visitas, y lo de las cuentas lo había deducido él solo, siguiendo el hilo de una luminaria.

El sacristán mayor, en cambio, lo sabía, y lo sabía con la naturalidad de quien habla de algo sabido por todos.

O lo había visto con sus propios ojos, o alguien se lo había dicho.

Una cosa no era más grave que la otra, se repitió Bernat, porque sabía que en cuanto empezara a escoger entre las dos ya no podría dejar de hacerlo.

Había una persona a la que podía preguntárselo.

Le llevó buena parte de la tarde admitirlo y casi el resto decidirse.

La orden de Vicenç seguía intacta dentro de él, y no pensaba tocar un solo libro ni pedir una sola ápoca.

Hablar con Guillem no era pedir las cuentas.

Se lo repitió así, con esas mismas palabras, y no quiso mirar demasiado de cerca lo endeble que sonaban.

Después de completas, cuando los hermanos se dispersaron hacia el dormitorio arrastrando las sandalias por el claustro, Bernat se quedó rezagado hasta que no hubo nadie a la vista y torció por el pasillo de la sacristía.

Había luz bajo la puerta. No era la luz fuerte de las horas de trabajo, sino la de una sola lámpara, amarilla y baja, y al empujar la hoja le llegó el olor de siempre, la cera, la lana, el aceite recién servido, mezclado esta vez con algo más agrio, como humo.

Bernat se aseguró de que Guillem estuviera solo.

Tenía extendido sobre la mesa larga un frontal de altar de lino bordado, tan grande que se le descolgaba por los dos lados, y lo revisaba a la luz de la lámpara pasando la yema del dedo por el borde en busca de algún hilo suelto.

Para la fiesta del jueves, pensó Bernat, acordándose del arcón de los ornamentos.

Tenía ojeras y el hábito arrugado de quien lleva horas inclinado y, cuando levantó la cabeza y vio quién entraba, no mostró la menor sorpresa.

Lo miró con una especie de cansancio y volvió al bordado.

—No tratéis de engañarme. La cera ya os la dieron esta mañana.

—No es por la cera.

—Ya me lo figuraba.

Bernat cerró la puerta a su espalda. En la escribanía junto a la ventana seguía el libro de tapas gastadas que había visto por la mañana, cerrado, con la pluma limpia encima, y sus ojos pasaron por él y se apartaron enseguida.

Fue hasta el extremo de la mesa por el lado contrario, agarró la punta del frontal que colgaba y la sostuvo sin pedir permiso, para aliviar el peso del lino.

Guillem, que había abierto la boca para decir algo, se calló y siguió con el borde, ahora con más facilidad.

Trabajaron así unos instantes sin decirse nada, con la lámpara chisporroteando entre los dos. Empezar con las manos ocupadas, pensó Bernat, era más fácil que empezar con la lengua.

—He estado esta mañana con fra Arnau.

Los dedos de Guillem se detuvieron sobre el lino. No fue un gesto brusco. Sencillamente dejaron de moverse, con la yema sobre un punto del borde, y así se quedaron un momento más largo de lo que hubiera hecho falta para comprobar una puntada.

—Lo imagino. Nadie más que él da la cera.

—Me preguntó si había estado mirando cuentas antiguas. Le dije que era por el cancionero. —Bernat aguardó un segundo—. Y, al despedirme, me dijo que el maestro también se perdía en cuentas viejas al final de sus días.

—¿Eso dijo?

—Sí.

Guillem retomó el borde, despacio.

—Pues es la verdad. Se perdía.

—Yo no lo sabía. Vos me dijisteis que preguntaba mucho, y me hablasteis de una nota sobre la luminaria, pero nunca me dijisteis que anduviera entre cuentas. Y fra Arnau lo sabía.

—Aquí todo el mundo sabía lo que hacía el maestro. Estaba siempre por medio. ¿Y vos qué le dijisteis? —preguntó Guillem, demasiado deprisa.

—Lo que os acabo de contar. La cera, el cancionero.

—Bien. —Guillem exhaló, y el aire le sacudió la llama—. Eso está bien.

—¿Por qué está bien?

—Porque es verdad.

Lo era, pero Bernat notó que no era eso lo que Guillem había querido decir, y no supo qué había querido decir en su lugar. Lo dejó pasar. Tenía otra cosa entre las manos, y sospechaba que no obtendría una segunda respuesta.

—En el archivo me dijisteis que aquello no era un error de cuentas —dijo Bernat—. Que no sabíais qué era. Si el maestro miraba esas mismas cosas, solo necesito saber qué preguntaba. Nada más.

—Ya os dije que preguntaba mucho.

—No me dijisteis qué.

Guillem soltó el borde del frontal y se quedó con las manos abiertas sobre la mesa, mirando el lino sin verlo. La lámpara le dibujaba en la pared una sombra grande y quieta, y durante un rato Bernat solo oyó el silbido tenue de la mecha.

Pensó en marcharse. Pensó también que, si se iba entonces, quizá no volvería a encontrar a Guillem así, tan cansado como para no defenderse del todo, y se quedó donde estaba, con la punta del frontal entre los dedos.

—Cosas de cera —dijo Guillem por fin—. Al principio, cosas de cera. Cuánta se gastaba en tal altar, cuántas veces al año se cambiaban los cirios de tal capilla. Yo se lo decía, porque para eso estoy, y él lo apuntaba en un trozo de pergamino que se guardaba en la manga, daba las gracias y se iba.

—¿Y luego?

—Luego empezó a venir a mirar los pliegos de las ápocas.

No a copiarlos. A mirarlos. Se sentaba ahí —señaló con la barbilla el taburete de la mesa pequeña— tres tardes seguidas con un legajo delante, y leía sin decir nada.

Y a media tarde, cuando sabía que fra Arnau iba a llegar para quedarse, se ponía a marcar con el dedo, línea a línea, y movía los labios.

—¿Movía los labios?

—Tarareaba. Bajito. Como si cantara las cifras. No se daba cuenta. —Guillem levantó los ojos por primera vez, los dejó un momento sobre la boca de Bernat y volvió a bajarlos—. Como vos cuando copiáis.

Bernat no contestó. No supo si se había puesto a tararear sin darse cuenta delante de Guillem y tampoco quiso averiguarlo.

Se le quedó en el pecho algo frío y pequeño.

Hasta entonces había sabido que había seguido algunas de las mismas preguntas del maestro.

Ahora Guillem acababa de señalar algo más difícil de apartar: hasta la manera de buscarlas se parecía.

—¿Cuánto duró eso?

—Lo que tardó en preparar las dos últimas piezas.

Unas semanas. Cada vez más. Se le veía la cara cambiada, ¿sabéis?

No de miedo. De... —buscó la palabra con la mano en el aire—.

De estar en otra parte. Le hablabais y contestaba tarde.

Faltó dos veces a la lección de la escolanía, él, que nunca había faltado a una.

Y a todo lo que le decíais os contestaba lo mismo: «Perdonad, Guillem, es una tontería, solo quiero comprobar una cosa».

—Es una tontería, solo quiero comprobar una cosa —repitió Bernat, muy bajo, y cayó en la cuenta de que él mismo lo había dicho, con otras palabras, a Vicenç, a Berenguer, a Mateu.

—Eso. —Guillem soltó un ruido corto con la garganta que no llegó a risa—. Igual.

—¿Os preguntó alguna vez por la luminaria de Sant Vicenç?

—Una. Si se había atendido aquel año. Le dije que sí, que constaba en el libro. Y él dijo: «Eso dice el libro». Nada más. Se quedó mirando el suelo como si el suelo tuviera que contestarle. —Guillem torció la boca—. Me pareció una manera extraña de hablar.

Bernat recordó a Berenguer diciéndole en el patio de la hospedería que los libros no se escriben solos. No se lo dijo a Guillem. Prefirió guardar aquel «eso dice el libro» junto a las otras cosas, sin mirarlo demasiado.

—Soltad, que lo doblo.

Bernat soltó. Guillem recogió el frontal, lo dobló en tres con una lentitud excesiva, con la exactitud de quien busca con qué llenar las manos, y lo llevó hasta el arcón del fondo. Bernat rodeó la mesa y se sentó, sin pensarlo, en el único sitio libre.

Solo al apoyar las manos en las rodillas advirtió que era el taburete de la mesa pequeña, el mismo donde el maestro había pasado tres tardes leyendo con los labios en movimiento.

No se levantó.

Le pareció que hacerlo habría sido darle a aquel asiento una importancia que no tenía. Desde allí veía la espalda de Guillem inclinada sobre el arcón.

—¿Y sabía alguien más que preguntaba?

—Ya os he dicho que aquí todo se sabe.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que hay.

—Guillem —dijo Bernat, procurando no subir la voz—. No os acuso de nada. Ni de esto ni de lo otro. Intento entender cuánto de lo que estoy haciendo ya lo hizo él, y qué le pasó por hacerlo.

—No le pasó nada por hacerlo.

—¿Cómo que no? Murió.

—Murió por un accidente.

Lo dijo con la voz plana de quien repite una frase gastada de tanto usarla.

Bernat lo dejó estar. Había en aquella frase algo que no le parecía mentira y tampoco del todo verdad. Esperó a que Guillem terminara. Esperó a que cerrara la tapa del arcón, con más cuidado del necesario, y se quedara un momento con las dos manos apoyadas encima.

Después habló con la suavidad de quien pisa el hielo.

—¿Lo visteis el día en que murió? ¿Cómo estaba aquella noche?

El silencio duró lo justo para que se oyera la lámpara.

—No.

—Solo quería saber si...

—Eso no. —Guillem se volvió. Tenía en la cara algo que Bernat no le había visto ni siquiera en el archivo, cuando le pidió que dejara la ápoca, y era menos miedo que otra cosa: una especie de agotamiento defensivo, como el que se siente cuando uno sostiene algo durante mucho tiempo y empiezan a flaquearle los brazos—.

De lo que preguntaba, os he dicho lo que sé. De eso no.

—Habláis de todo lo demás. De aquella noche, no. Y me pregunto por qué.

—Porque no tengo nada que decir.

—Guillem, decidlo.

—Ya os he dicho más de lo que debía. Más de lo que quería. —Guillem alzó una mano para cortarle la réplica, y la mano le temblaba un poco, aunque él pareció no advertirlo—. No me pidáis más, Bernat. Hacedme el favor.

No era hostilidad lo que salía por la boca de Guillem. Había una súplica tan cansada que Bernat comprendió que insistir ya no sería preguntar sino empujar, y él no era hombre para empujar a nadie contra una pared.

Se levantó del taburete.

Guillem cogió de junto a la puerta un cabo de vela metido en un candelero de barro, lo encendió en la lámpara y fue hacia la salida sin mirarlo.

Bernat no se movió. Sabía que había perdido lo que había ganado en aquel rato, y que no podría recuperarlo sin cruzar una línea que tampoco él quería cruzar.

Guillem abrió la hoja. El aire del pasillo entró frío y apagó a medias la llama, que se encogió y volvió a alzarse.

Se detuvo con una mano en el marco. Pero no se volvió.

Bernat veía solo su espalda, la nuca inclinada, los nudillos blancos sobre la madera.

—Aquella noche yo... —dijo.

La voz se le quedó en la garganta.

Bernat esperó. Esperó tanto que oyó la mecha de la lámpara, el goteo de la cera sobre el candelero y, a lo lejos, en el dormitorio, el crujido de un jergón.

Guillem abrió la boca dos veces, y las dos veces la cerró sin dejar salir nada. Negó con la cabeza, despacio, como respondiendo a alguien que no estaba en la sala.

Después salió, y la luz se fue con él por el pasillo, encogiéndose contra las paredes, hasta que ya no se oyó nada.