XXII. La vigilancia
B ajó a la sacristía a media mañana con una sola idea en la cabeza, y se la fue repitiendo escalón a escalón, como se lleva a la vista un papel en regla para enseñárselo a quien lo pida: necesitaba cera.
Al scriptorium le quedaba la justa para dos días de trabajo con mucha luz o cuatro con poca, y Vicenç le había dicho, con una claridad que no dejaba espacio a más interpretaciones, que la cera del cancionero se pedía como siempre.
Bernat no había olvidado lo que venía justo antes de esa frase.
La lista de cosas que ya no podía tocar seguía dentro de él, ordenada y exacta, y cada paso hacia aquella puerta tenía algo de la cautela con que se cruza un puente que ya cedió una vez.
No iba a mirar ningún libro. No iba a preguntar nada que no fuese cuántas libras y para cuándo.
Pediría tres, esperaría a que se las pesaran y subiría de nuevo con el encargo hecho, y nadie, ni el prior ni él mismo, tendría motivo para reprocharle nada.
La puerta estaba entornada. Dentro olía como olía siempre a aquella hora, a cera y a ese fondo dulzón del incienso que se queda en las paredes de una sacristía aunque pasen días sin quemarlo.
No había ninguno de los hermanos que solían andar por allí ayudando, y tampoco estaba fra Guillem.
Su taburete, junto a la mesa pequeña donde remendaba, seguía vacío, con la capa vieja doblada encima.
El sacristán mayor trabajaba solo en el otro extremo de la sala, de espaldas a la puerta, inclinado sobre la mesa larga donde se guardaban los cirios por tamaños.
Fra Arnau era un hombre de edad madura, alto y de rostro consumido, con la barba corta empezando ya a encanecer y las manos siempre muy limpias.
Llevaba un manojo de llaves sujeto al cinto por una cuerda de cáñamo que él mismo debía de haber renovado más de una vez.
Bernat lo conocía como se conoce a quien forma parte del suelo que uno pisa cada día: lo había visto en los oficios, lo había visto cruzar el claustro con las llaves tintineando y había cambiado con él, en dos años, las frases que se cambian con quien uno no trabaja diariamente.
Nunca había hablado con él de otra cosa que no fuese cera, pergamino o cordel, y casi siempre a través de Guillem.
Ahora, por primera vez, lo tenía delante sin nadie en medio.
Arnau iba sacando los cirios de una caja, uno a uno, y los hacía girar despacio entre los dedos, mirándolos a contraluz de la ventana.
Los buenos los iba colocando en hilera sobre el paño, ordenados por tamaño.
Los que tenían una grieta o un nudo de mecha mal centrado los dejaba caer sin ruido en un caldero de cobre a sus pies, donde se derretirían de nuevo para hacer otros.
—Fra Arnau.
—Bernat. —Levantó un instante la vista antes de volver a examinar el cirio que tenía entre las manos, con una sonrisa tranquila—. Pasad, pasad, que estáis dejando escapar el poco calor que hay. Decidme qué necesitáis.
—Tres libras para el scriptorium, si se puede. Hasta que llegue la partida del mes que viene.
—Se puede, se puede.
Fue hasta el armario del fondo, escogió una llave del manojo sin buscarla y la giró en la cerradura con un chasquido corto.
Sacó de dentro un pan de cera envuelto en un paño, lo puso sobre la balanza pequeña que había en un estante y fue añadiendo y quitando pesas de bronce con la punta de los dedos, con una precisión que a Bernat le recordó, sin que pudiera evitarlo, la de los grandes copistas ajustando un renglón.
—Me han dicho que el cancionero está casi terminado.
—Casi. Faltan las dos últimas piezas, y luego la encuadernación.
—El prior está contento contigo. No suele decirlo, pero se le nota.
—Arnau ajustó una pesa—. Lo cierto es que fue una buena idea reunirlo todo en un solo libro.
Cada vigilia me pasan por aquí peregrinos preguntando cómo era tal estrofa, y yo, que no distingo un canto de otro, no sé qué contestarles.
Con un libro bien hecho se acabarán las preguntas.
—Espero que sí, fra Arnau.
—Lo tendréis bonito. Sé de buena mano que sois cuidadoso.
No era un halago que pidiera respuesta, y Bernat respondió con un gesto, sin excederse.
Arnau envolvió la cera en un paño limpio, la dejó sobre la mesa y se sentó ante la pequeña escribanía que había junto a la ventana, donde tenía abierto un libro de tapas gastadas.
Mojó la pluma y anotó algo mientras iba diciendo en voz baja lo que escribía:
—Tres libras de cera, para el scriptorium, entregadas a Bernat.
Bernat sabía muy bien qué libro era aquel. Sabía cuántas hojas más atrás, en otros libros de tapas iguales, había una línea que decía que unos cirios habían sido comprados. Tenía la orden de Vicenç tan cerca que casi la sentía sobre la espalda.
La puerta se abrió a su espalda y entró un hermano lego con un cántaro vacío en la mano y mucha prisa.
—Fra Arnau, preguntan en la cocina si hay aceite para las lámparas de hoy.
—Dos medidas, no más. Lo que sobre, para vísperas. Y que no lo derramen, que la última vez se perdió media jarra.
—Sí, fra Arnau.
—Y decidle a fra Pere que el jueves necesitaré los dos mozos para mover el arcón de los ornamentos. Que no se le olvide.
—Se lo digo.
Arnau sirvió el aceite él mismo, midiendo con un cazo de asa larga, y el lego se fue con el cántaro pegado al pecho. Bernat, que había observado todo desde el rincón donde se había quedado, reparó en una cosa pequeña y sin importancia.
Todo lo que salía de aquella sala salía por las manos del sacristán mayor.
La cera, el aceite, los paños, hasta la orden de mover un arcón: cada cosa pasaba por él antes de irse a otra parte de la casa. Era, naturalmente, su oficio, y le habría parecido una tontería fijarse en ello un mes atrás.
—Perdonad —dijo Arnau—. Entre vísperas y la fiesta del jueves, esto parece un mercado. ¿Por dónde íbamos?
—Por nada. Ya está todo.
—Esperad, que os ato eso.
Lo envolvió con una cuerda fina y lo aseguró con un nudo doble.
—Vi el otro día que alguien había andado entre las cuentas de hace meses —dijo fra Arnau con el mismo tono con que había hablado del aceite y del cancionero, sin mirarlo, atento al nudo—. Había un libro cerrado del revés. Pensé que seríais vos con lo de la cera. ¿Buscabais algo en particular?
Bernat sintió la pregunta bajar por dentro como una gota fría.
No fue el fondo lo que le alarmó, porque podía ser una pregunta razonable, la que haría cualquier sacristán que encuentra un libro cambiado de sitio.
Fue la exactitud. Había hablado de cuentas de hace meses, no de cuentas sin más, y aquellas eran justamente las que Bernat había tocado.
Podía ser casualidad. Podía ser que hubiera pocos libros que consultar en una casa que los guardaba tan bien ordenados, y que en un archivo de anaqueles pequeños cualquier movimiento se notara al primer vistazo.
Se preguntó quién habría dicho algo, o si nadie había dicho nada, y desechó la pregunta antes de acabar de formularla, porque no había nada que pudiera hacer con ella.
—Sí, era yo —dijo Bernat, intentando disimular la incomodidad con una ligera sonrisa—.
El prior me pidió que calculara cuánta cera necesitaría el scriptorium para el invierno, y para eso tuve que ver cuánto se había gastado en otros meses.
Solo miré lo de la cera. Los asientos del scriptorium y alguno del año pasado, para comparar con las mismas fechas.
Se dio cuenta, al terminar, de que había hablado un poco más deprisa de lo que hablaba siempre, y de que había añadido un detalle, lo del año pasado, que nadie le había pedido. Era verdad, y precisamente por serlo le sonó, mientras lo decía, como si lo hubiera ensayado.
—Ya. —Arnau asintió y dio un último tirón al nudo—. Eso se puede preguntar. Os habría dicho las cifras de memoria si me lo hubierais pedido. Ese scriptorium gasta más cera de la que parece.
—No quería molestaros.
—No molestáis, Bernat.
Lo dijo con la misma cordialidad con que lo había dicho todo. Se quedó un momento con el paquete en las manos, y Bernat esperó que volviera a hablar del aceite o de la fiesta del jueves. Pero Arnau, todavía mirando el nudo, hizo una segunda pregunta, tan pequeña que apenas se notaba como pregunta.
—¿Y hasta dónde retrocedisteis? Los libros de hace dos años están mal cosidos. Si se les toca demasiado, se deshacen.
—Solo el de este año y el anterior.
—Bien. A los viejos conviene dejarlos en paz. —Le tendió el paquete—. Tened cuidado al llevarlo, que la cera se ensucia con nada.
Bernat lo cogió. Pesaba lo que tenía que pesar y estaba frío de haber pasado la noche en el armario. Esperó a sentir en la conversación algo que le permitiera saber a qué atenerse: una pausa un poco larga, un cambio de tono, una mirada que se le clavara.
No hubo nada.
Arnau había vuelto ya a su mesa y se había puesto a limpiarse los dedos con un trapo, uno a uno, con la misma meticulosidad de antes.
Por un instante, Bernat pensó que había leído demasiado en lo que no era más que el cuidado de un hombre que respondía de las cosas de la casa, y que sus propias semanas de sobresaltos lo habían vuelto incapaz de oír una pregunta sin buscar detrás una segunda intención.
Le pareció incluso que podía sentirse aliviado.
—Gracias, fra Arnau.
—No hay de qué.
Estaba ya en el umbral, con el paquete contra el pecho y la mano en el borde de la puerta, cuando el sacristán volvió a hablar, sin alzar la voz y sin dejar de limpiarse los dedos.
—Vuestro maestro también se perdía en cuentas viejas, al final.
Lo dijo con una ligereza casi cariñosa, como se recuerda una costumbre de alguien querido. Añadió todavía una sonrisa breve, del tipo que se dedica a un recuerdo triste que ya no duele del todo, y volvió a tomar de la mesa un cirio para mirarlo a contraluz.
Bernat se quedó donde estaba un instante, sin saber qué se esperaba que contestara, ni si se esperaba algo.
—Sí —dijo—. Eso he oído.
—Que tengáis buena mañana.
Salió al corredor y cerró la puerta tras de sí, con cuidado, sin ruido, y se quedó allí mismo unos segundos, con la espalda contra la piedra fría y el paquete de cera apretado entre los brazos. Le parecía que la frase venía con él, en el paquete, más pesada que las tres libras.
Nada en ella era otra cosa que un recuerdo, una observación afectuosa sobre un hombre difunto, dicha por alguien que había convivido con él muchos años.
Bernat la repasó con el cuidado con que se repasa una línea sospechosa antes de darla por buena, palabra por palabra, y no encontró en ninguna de ellas ni una sombra.
Solo el «también».
Subió despacio la escalera. No supo decidir, al llegar arriba, si acababa de oír un recuerdo o un aviso, y comprendió, con una incomodidad que no le abandonó en toda la mañana, que las dos cosas podían decirse exactamente con las mismas palabras.