El libro rojo de Montserrat XXI. La prudencia
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XXI. La prudencia

B ernat entró y cerró la puerta a su espalda con más cuidado del necesario.

Llevaba el hábito limpio, pero la cara delataba una noche sin dormir, y en la mano derecha, sin doblar, sostenía dos hojas pequeñas de pergamino cubiertas por esa letra que Vicenç había visto en los márgenes de tantos cuadernos del scriptorium.

No se acercó a la mesa hasta que el prior levantó la vista.

Vicenç conocía bien aquella manera de entrar.

Era la del muchacho que ha ensayado por el camino lo que va a decir.

—Padre prior, ¿tenéis un rato? No es por el cancionero. O no solo.

Vicenç dejó la pluma sobre el tintero. Un hermano lego asomó la cabeza por la puerta entreabierta para preguntar algo sobre la leña, y el prior lo despidió con un gesto sin escucharlo hasta el final, cosa que no solía hacer. Después señaló el taburete que había frente a la mesa.

—Sentaos.

Bernat se sentó en el borde, con las hojas sobre las rodillas y las manos encima, como quien protege algo.

No era la costumbre entre ellos. Cuando el muchacho venía con una duda de copia, hablaba de pie, con la deferencia de quien pide poco, y el prior la despachaba rápido.

Que esta vez lo hubiera invitado a sentarse decía ya bastante de cómo esperaba que fuese la conversación.

—Estuvisteis en casa de Mateu Roig.

—Sí, padre prior.

—¿Y qué os dijo?

—Que el maestro nunca tuvo problemas con Cardona. Ni con ninguna casa, que él supiera. Sirvió a una rama de los Luna, después a otra familia cerca de Manresa, y de ahí pasó al monasterio. No recordaba ningún agravio con nadie.

—Entonces ya lo tenéis —dijo Vicenç sin dureza, casi con alivio, porque era exactamente lo que había esperado que ocurriera—. Un hombre muerto que no le debía nada a nadie. Eso es todo lo que podíais averiguar por ese camino.

—Sí, padre prior. Por eso he venido.

El prior esperó. Bernat bajó la vista un momento hacia las hojas que tenía sobre las rodillas y volvió a levantarla, y a Vicenç le llamó la atención lo poco que se parecía aquel gesto al del muchacho que dos semanas atrás había venido a preguntarle qué versión de una canción debía copiar.

Aquel se disculpaba por molestar. Este parecía disculparse por lo que iba a decir.

—Si no era un problema del maestro, tiene que ser otra cosa —dijo por fin—. Y creo que lo es. Pero me cuesta explicarlo, porque son cosas de tres clases distintas y no sé por cuál empezar.

—Empezad por lo que podáis enseñarme.

Bernat empezó por las cuentas. Habló de la luminaria de Sant Vicenç, del asiento que la daba por atendida y del recuerdo que tenía él de la capilla barrida para la fiesta, con los mismos cirios consumidos de semanas atrás.

Habló después de la ápoca que había encontrado en el archivo de sacristía, con la suma pagada por la cera de aquella luminaria.

Vicenç lo escuchó sin interrumpirlo, con los dedos entrelazados sobre la carta del canónigo, y notó que el muchacho se corregía a sí mismo a cada paso: decía «me parece» donde podría haber dicho «es», y separaba con cuidado lo que había leído de lo que recordaba.

—La ápoca existe —dijo el prior cuando Bernat se detuvo—. Eso lo habéis visto.

—La he leído dos veces.

—Bien. Y los cirios. Decís que no hubo cirios nuevos.

—Lo recuerdo así. Ayudé a preparar aquella capilla.

—Recordáis una semana de hace meses, Bernat —dijo Vicenç con suavidad—. No digo que os equivoquéis. Digo que un recuerdo es un recuerdo. Solo eso.

—Lo sé, padre prior. No lo traigo como cosa cerrada.

—¿Quién recibió el dinero?

—Un procurador. Guerau Serra.

Vicenç no movió un músculo de la cara, pero sí sintió el nombre en la conversación de una manera que no había previsto. Hacía apenas unos días que lo había tenido delante, en aquella misma cámara, con su capa de camino y su modo seco de resolver las cosas.

—Guerau cobra por su trabajo —dijo—. Sirve a Cardona y trata con la cera que Cardona nos proporciona.

Si se le pagó cera para una luminaria, puede haberse pagado a cuenta, por adelantado, y haberse servido después.

O haberse destinado a otro altar. Los cirios se mueven de una capilla a otra más de lo que creéis, sobre todo en invierno, cuando no alcanzan para todas.

—Entonces debería constar la entrega —respondió Bernat, sin levantar la voz.

—Quizá consta y no la habéis visto.

—Puede ser...

Era una respuesta honrada, y Vicenç la anotó en silencio como tal. El muchacho no discutía por discutir. Aceptaba la posibilidad y la dejaba abierta, y eso hacía más difícil descartarlo todo con un gesto.

Bernat pasó entonces a lo que había dicho que era de otra clase.

Habló de las dos piezas, de las notas que el maestro había introducido y de la manera en que las había escondido, y a Vicenç le costó seguirlo desde las primeras frases.

No porque el muchacho hablara mal, sino porque hablaba de una cosa que él sabía escuchar pero no juzgar.

Distinguía un canto bien cantado de otro mal cantado, y para el resto dependía de que alguien se lo cantara primero.

—¿Podéis cantármelo?

Bernat cantó. Lo hizo muy bajo, casi sin abrir la boca, con la mirada puesta en el brasero. Primero unas frases que Vicenç reconoció enseguida como la antífona de Sant Vicenç, la que había oído cada año en su fiesta desde que era novicio. Después, sin pausa, algo que era Inperayritz , o casi.

Lo escuchó con la cabeza un poco ladeada, como se escucha algo dicho desde el otro lado de un muro.

Había un punto en que las dos cosas se parecían, eso sí lo oyó.

Se parecían como se parecen dos caminos que comparten un tramo antes de separarse.

Pero era el oído de un prior, no el de un maestro de canto, y no podía decir más.

—Todo el canto llano se parece un poco a sí mismo —dijo cuando Bernat calló.

—Ya lo sé. Yo pensé lo mismo durante días.

—¿Y qué os hizo dejar de pensarlo?

—Que no es un parecido. Es la misma frase, modificada y disimulada. Y que el maestro lo hizo dos veces. En la otra pieza está Sant Pere.

Lo dijo con la seguridad tranquila de quien ha comprobado algo tantas veces que ya no necesita alzar la voz para sostenerlo. Vicenç sintió, por primera vez desde que Bernat había entrado, la incomodidad de no poder contradecirlo con nada.

—Sant Pere —repitió.

—Hay en los libros de fundaciones una memoria de Sant Pere vinculada a la casa de Empúries. Lo comprobé esta mañana, antes de venir.

—Y Sant Vicenç os lleva a Cardona por el dinero de la luminaria.

—Sí.

—Y dos casas os llevan a un hombre.

—A un hombre que fue visto con gente de las dos en fechas cercanas. Me lo dijeron en la hospedería.

Vicenç se figuró quién se lo habría dicho y prefirió no oír el nombre.

Se levantó y fue hasta la ventana para no tener a Bernat delante mientras ordenaba en su cabeza lo que acababa de oír.

Abajo, en el patio, un mulo esperaba atado a una argolla y alguien discutía con el hortelano por unas cestas.

La vida de la casa seguía en su sitio, con sus quejas y sus retrasos, la misma que él tenía que sostener cada día con la cera de un proveedor, los paños de otro y la buena voluntad de todos.

Cardona había mandado cera cuando otros no cumplían. Guerau había dejado abierta, en nombre de la casa, la posibilidad de ayudar a costear parte de un camino que Montserrat difícilmente podía afrontar por sí sola. Eso también era cierto, y no lo había inventado Vicenç para tranquilizarse.

—¿Sabéis lo que me estáis diciendo?

—Que hay algo que no entiendo, padre prior. Y que dos casas están dentro de ello.

—No. Me estáis diciendo el nombre de dos casas de las que dependemos, unido a unas cuentas, unas notas de canto y lo que os contó alguien en una hospedería.

—Vicenç se volvió—. Y me lo decís vos, que lleváis semanas removiendo esto.

Un novicio. No es lo mismo hablar de ello aquí que hacerlo en el claustro.

—No lo he hablado en el claustro.

—Me alegro. Porque una palabra dicha así vuela más deprisa de lo que creéis, Bernat, y lo que no se puede sostener se paga después. Si estáis en lo cierto, se pagará de otra manera. Pero si no lo estáis, lo pagará Montserrat, y lo pagaréis vos antes que nadie.

—Yo no acuso a nadie.

—No con esas palabras.

Bernat guardó silencio. No pareció ofendido. Parecía más bien alguien a quien acababan de señalar lo que él mismo ya temía, y tardó un momento en volver a hablar.

—Lo que sé es que una vez podría ser descuido, padre prior. Y que el maestro no era hombre de descuidos. Dos veces, con la misma mano y el mismo cuidado, y cada una señalando a un lado, y los dos lados cruzándose en una misma persona... ya no sé si llamarlo casualidad.

—Podríais llamarlo devoción. Los músicos ponen un canto dentro de otro por muchas razones, y algunas son piadosas.

—Lo pensé. Pero un homenaje no se esconde así.

Vicenç lo miró. Le había respondido rápido, sin dudar, y con una precisión que a él le habría llevado más tiempo. No dijo nada. Se sentó de nuevo y apoyó los antebrazos en la mesa.

—Os dije que la visita a Mateu sería la última pregunta.

—Lo sé.

—Y después de Mateu habéis seguido preguntando.

—Sí. —Bernat no bajó los ojos—. Cuando Mateu dijo que no había agravio, ya no quedaba ninguna explicación que pudiera comprobar por ese camino. Quise saber si lo de la segunda casa estaba solo en mi cabeza. Y no lo estaba.

No había ni una pizca de desafío en la voz, y eso, curiosamente, fue lo que hizo a Vicenç entender por primera vez que aquello no iba a detenerse solo.

No era la obstinación de un muchacho que se resiste a una orden.

Era otra cosa más difícil de tratar. Bernat era incapaz de dejar una contradicción una vez que la había comprobado, y ninguna promesa, ni la suya ni la de nadie, iba a cambiar eso sin ayuda.

—Escuchadme bien —dijo el prior—. No voy a deciros que estáis loco, porque no lo estáis.

Tampoco voy a deciros que os equivocáis, porque no lo sé.

Lo que sí sé es lo que puedo afirmar delante de otras personas, y con esto no puedo afirmar nada.

Las cuentas de sacristía las lleva el sacristán mayor y responde de ellas ante mí.

Si hay un error en ellas, o algo peor, es asunto suyo y mío, no de un copista.

Lo que yo haga con lo que me habéis contado, lo haré yo, cuando y como corresponda.

—¿Y si tardáis?

Aquello ya le pareció a Vicenç una insolencia.

—Lo haré cuando corresponda, muchacho —dijo, recalcando cada sílaba.

Bernat asintió despacio.

—A partir de hoy no volveréis a preguntar por las cuentas de sacristía, ni a pedir sus libros, ni sus ápocas, ni a consultarlos de ningún modo, sea cual sea la excusa, sin que yo os lo haya permitido antes y directamente.

Si necesitáis cera para el cancionero, la pedís como siempre. Pero las cuentas no. ¿Está claro?

—Está claro, padre prior.

Lo dijo sin titubear, con la fórmula debida, y Vicenç comprobó que aceptaba la orden en la forma.

Lo que no habría sabido decir era si la había aceptado por dentro.

Bernat recogió las hojas de encima de las rodillas y las dobló una vez, luego otra, con un cuidado que parecía menos el de guardarlas que el de asegurarse de que no se le cayera nada, y se levantó del taburete.

—Gracias por escucharme.

—Terminad vuestro cancionero, Bernat. Terminadlo de una vez.

—Sí, padre prior.

Salió como había entrado, cerrando la puerta sin ruido. Vicenç se quedó mirando la madera un rato más largo del que la despedida exigía.

Había hecho lo que tenía que hacer. Lo sabía.

Un prior no podía permitir que un novicio revisara los libros de la sacristía por su cuenta ni hablara de casas benefactoras basándose en unas cuentas, unas melodías y lo que le habían contado en una hospedería, y si alguien le preguntaba al día siguiente por qué había puesto un límite, tendría una respuesta que daría sin sonrojarse.

Y, sin embargo, sentado a solas, rehecho el silencio de la cámara con el brasero crepitando a sus pies, no conseguía apartar del todo dos cosas que el muchacho había dicho.

No eran la música ni la ápoca. Era el mismo hombre.

Guerau servía a Cardona, de eso no cabía duda.

Llegaba en su nombre, trataba sus suministros y resolvía asuntos para la casa con la naturalidad de quien llevaba años haciéndolo.

Pero Vicenç nunca había sabido, ni se le había ocurrido preguntar, para quién más trabajaba.

Lo había dado por sabido, como se da por sabido lo que no importa.

Ahora se descubrió calculando con cuántas casas más trataría, y cuánto de lo que había visto siempre en él —aquella sequedad eficaz, aquel modo de no necesitar nunca que le explicaran nada— era simple oficio.

Podía preguntárselo el día que volviera antes de que acabara el mes.

Bastaría una frase de pasada. Pero preguntar era dejar ver que dudaba.

Y dudar de un procurador delante de él era, de algún modo, dudar también de la casa que representaba.