El libro rojo de Montserrat XX. La elección
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XX. La elección

S ubió al scriptorium después de completas, como venía haciendo desde que el cancionero entró en su recta final, con una sola vela y con el silencio de la casa ya asentado.

Durante la cena apenas había probado el pan.

Ahora, mientras arrimaba el atril a la luz y se soplaba los dedos para devolverles algo de blandura, se dio cuenta de que llevaba toda la tarde repitiéndose el mismo nombre por dentro: Empúries.

Lo que le pesaba no era el nombre, sino la manera en que había llegado.

Por la mañana, en casa de Mateu, había hablado de una segunda casa como quien habla de una certeza, y la mirada del anciano le había devuelto con mucha suavidad lo poco que tenía para sostenerlo: dos alteraciones en dos piezas y una necesidad casi física de que cada una condujera a un lugar distinto.

Había salido de allí avergonzado, y durante todo el camino de vuelta no se había librado de una duda que le parecía más honrada que cualquier verdad.

Quizá estaba cortando el mundo a la medida de su propio descubrimiento, como el copista que, por haber visto dos veces el mismo error, empieza a encontrarlo en cada línea.

Pero a Berenguer no se lo había puesto él en la boca.

Berenguer había hablado entre fardos y peregrinos, distraído, y de su memoria había salido por su cuenta el nombre de una casa por la que Bernat ni siquiera había pensado en preguntar.

Aquello no podía habérselo inventado. Existía una segunda casa, con hombres que habían comido y dormido bajo el mismo techo que él, y esos hombres habían sido recibidos por el mismo procurador, Guerau Serra, que había recibido el pago por una cera que nunca llegó a la luminaria a la que estaba destinada.

Lo que no sabía era si esa casa tenía algo que ver con lo que había escrito el maestro.

Comprendió, mientras extendía sobre la mesa las hojas de anotaciones que llevaba días guardando bajo el cuaderno de Mariam, matrem , que esa era la única pregunta que podía intentar responder aquella noche sin la palabra de nadie más.

Prefirió no pensar todavía en lo que había prometido al prior.

Con Inperayritz había trabajado a ciegas, tanteando durante días una familiaridad que se le escapaba, y con Mariam, matrem había abierto aquel mismo pasaje sin saber qué buscaba.

Ahora lo sabía, y eso cambiaba el modo de empezar.

Recordó lo que había aprendido con la primera pieza.

No atender tanto a las notas como a la manera de proceder del maestro: no había copiado la antífona tal cual, sino que la había modificado y encajado dentro de la melodía de siempre, poniendo su cuidado sobre todo en los bordes, en el punto donde lo ajeno entraba en lo propio y en el punto donde salía, porque el oído de quien canta se detiene precisamente en las costuras.

Si había repetido la operación en la segunda pieza, entonces lo que Bernat había tomado durante días por un adorno distinto, aquel modo raro de llegar a la nota final que tanto le había costado señalar, no era lo que el maestro quería esconder. Era lo que había puesto encima para esconderlo.

El adorno no era el contenido. Era la tela.

Abrió el cuaderno del maestro por el pasaje que ya conocía de memoria y, en lugar de cantarlo de corrido, empezó unas cuantas notas antes del lugar donde su voz se torcía.

Fue avanzando despacio, deteniéndose en cada punto donde notaba que la melodía dejaba de ir hacia donde Mariam, matrem la llevaba siempre.

La tinta del cuerno se había espesado con el frío de la noche, y tuvo que calentarla un momento con el aliento antes de mojar la pluma.

Con un punto de tinta sobre su hoja marcó el primer lugar donde le pareció que lo ajeno entraba, y con otro el último, allí donde la línea recuperaba el camino de la pieza como quien vuelve al sendero principal después de haberse perdido un trecho.

El tramo era corto, mucho más que el de Inperayritz : apenas el aire de una frase, unas pocas notas encerradas entre dos pasos que sí pertenecían a la pieza.

Por eso se le había escapado tanto tiempo.

Por eso, pensó, el maestro había necesitado disimularlo con más esmero.

Cuanto más breve era lo escondido, más fácil resultaba que un oído atento lo señalara como intruso.

Lo cantó aislado, tal como estaba, y no le dijo nada.

Era un puñado de notas sin pie ni cabeza, que se detenían en aquel remate torcido con la sensación de una frase cortada a la mitad.

Probó a bajarlo un poco, a subirlo, a cantarlo más despacio, como había hecho días atrás con el giro de Inperayritz , esperando que el cambio de altura le devolviera algo conocido, y solo consiguió cansarse la garganta. Por ahí no era.

Fue entonces cuando volvió a pensar en el remate.

En la primera pieza, la deformación mayor estaba precisamente en la unión donde el maestro había obligado a la melodía ajena a doblarse para entrar en la suya.

Si allí ocurría lo mismo, el remate torcido no formaba parte de lo escondido, sino que era la argamasa que lo sujetaba a la pieza.

Sobre la hoja trazó con el cálamo, muy ligero, las notas tal como el maestro las había escrito y, debajo, las mismas notas sin las dos últimas, sustituidas por la nota hacia la que Mariam, matrem habría llevado naturalmente la frase en aquel punto. Cantó lo de abajo.

Y el fragmento, que antes se rompía en seco, quedó suspendido en el aire de otra manera, no cortado sino a medio decir, con la voz pidiendo seguir.

Bernat la dejó continuar.

Cantó, sin escribir nada, lo que la memoria parecía reclamar después, y la melodía que salió no pertenecía a Mariam, matrem ni a ninguna canción de peregrinos.

Subía por grados, con una anchura serena, hasta un punto alto donde se sostenía un instante, y caía luego de una sola vez, ancha y grave, como una losa dejada en el suelo.

No la reconoció por el nombre. La reconoció por el gesto, por el modo que tenía de subir y de caer, que era el de las melodías del oficio, las que se cantaban en coro en las fiestas y que un escolà aprendía no como canciones, sino como una parte del calendario.

Así que hizo lo que habría hecho con cualquier duda de aquella clase: recorrer el año.

Repasó las fiestas como se repasa una lista de cirios.

Pasó por Sant Benet, con su oficio largo, y por Sant Miquel, a la entrada del otoño, que tenía otra clase de ímpetu.

Descartó a Sant Vicenç sin esfuerzo, porque esa melodía la llevaba grabada desde hacía pocas noches y aquella no era ella.

Las fue cantando por dentro una tras otra, buscando cuál subía así y caía así, y las fue apartando todas hasta que llegó al verano, a la fiesta de los dos apóstoles, y a una de las antífonas de Sant Pere que había cantado tantas veces en los maitines de aquella celebración.

Puso a prueba la sospecha de la única manera que sabía: acomodó sobre la melodía reconstruida las palabras de la antífona.

In plateis ponebantur infirmi.

Las sílabas fueron encontrando su lugar sobre la frase con una naturalidad que no había conseguido en ninguno de los intentos anteriores y, cuando llegó al final del fragmento, aquello que llevaba días sonándole incompleto adquirió por fin una forma que reconocía.

Aun así no se fio.

Volvió al pergamino del maestro y fue comparando cada nota del tramo escrito con la línea que acababa de reconstruir, no por parecido general sino una por una.

Todas estaban allí, un poco desplazadas, dos o tres suavizadas hasta volverse casi adornos, el arranque escondido dentro de una frase de Mariam, matrem que lo recibía sin sobresalto.

Era la misma manera de proceder que en Inperayritz , con la misma mano y el mismo cuidado en las costuras, aunque no idéntica: el maestro había puesto allí menos melodía y más disfraz, como si supiera que aquella segunda vez el escondrijo tenía que ser más pequeño y más hondo.

Sant Pere.

Tardó un momento en darse cuenta de que, con el nombre del santo, se le había puesto delante otro.

Los legajos de fundaciones que había revuelto días atrás le volvieron entonces a la memoria.

Había pasado por una dedicada a Sant Pere y la había apartado casi sin leerla porque nada en ella parecía tener relación con el maestro ni con Sant Vicenç.

No recordaba el contenido exacto. Solo que estaba allí y que la casa de Empúries figuraba vinculada a su sostenimiento.

No lo daría por bueno hasta volver a tener el documento delante de los ojos, a la luz del día.

Pero no le costó creerlo, porque encajaba con lo que había dicho Berenguer sin que ninguna de las dos cosas se hubiera hecho a la medida de la otra.

Puso una hoja junto a la otra.

En la de la izquierda estaba Inperayritz , con la melodía de Sant Vicenç dentro y, detrás de Sant Vicenç, por el camino largo de las cuentas, una cera que nunca llegó al altar, un dinero que salió, un hombre que lo recibió y ese mismo hombre vinculado en otros documentos a Cardona.

En la de la derecha estaba Mariam, matrem , con la melodía de Sant Pere dentro y, detrás de Sant Pere, si su memoria no lo engañaba, la casa de Empúries, cuyos hombres habían sido recibidos en Montserrat por el mismo procurador que había tratado con los de Cardona en aquellas mismas fechas.

Bernat pensó en algo que conocía bien por su oficio.

Si dos escrituras mostraban el mismo cuidado y la misma forma de proceder, aunque cada una señalara en una dirección distinta, y las dos direcciones acababan cruzándose en un mismo hombre, ya resultaba difícil llamarlo casualidad sin traicionar aquello que él mismo sabía reconocer cuando comparaba dos manos sobre el pergamino.

El maestro lo había sabido.

Eso era lo que más le costaba sostener. No había sabido una cosa, sino dos, y las había puesto a salvo en las dos últimas piezas que le quedaban por preparar, donde solo alguien que las cantara con el oído atento podría encontrarlas.

Y no había escrito una acusación, un nombre, una línea clara en el margen de un libro de cuentas.

Lo había escondido de tal manera que habían hecho falta muchos días de trabajo, y la ayuda no buscada de una luminaria, de una ápoca y de la memoria de un hermano de la hospedería, para que un hombre que lo había tratado media vida consiguiera empezar a leerlo.

Bernat no alcanzaba a imaginar por qué. Tampoco para qué: qué unía a aquellas dos casas, qué había visto el maestro que valiera tanto cuidado y hasta dónde llegaba lo que sabía cuando dejó de preparar piezas y ya no volvió a hacerlo.

Pensó, como era inevitable, en el modo en que aquel hombre había muerto, y notó que la pregunta de la otra noche seguía en su sitio, sin haber crecido ni menguado.

No era lo que tenía delante esa noche. Lo que tenía delante eran dos señales construidas del mismo modo y dos caminos que parecían empezar a tocarse.

Acercó un poco la vela para ver mejor las dos hojas y cayó en la cuenta de algo que le arrancó casi una sonrisa amarga.

Las había escrito él sin darles ninguna importancia, como se apunta la tinta gastada o el número de pliegos pautados, por esa vieja precaución del oficio de no fiarse de la memoria.

Eran una costumbre de copista. Ahora miraba aquellos dos trozos de pergamino, con sus letras apretadas y sus puntos de tinta, y ya no reconocía en ellos lo que había escrito.

Entonces miró su propia copia del cancionero.

En Mariam, matrem , el pasaje empezaba a estar escrito como él recordaba que debía sonar, limpio de aquellas notas extrañas que el maestro había introducido.

Lo había hecho deliberadamente, convencido de que su obligación como copista era fijar la versión correcta de la pieza y no perpetuar una alteración cuyo sentido desconocía.

Como había hecho ya con las primeras páginas de Inperayritz .

Hasta aquella noche no había tenido ningún motivo para arrepentirse. Ahora comprendía lo que aquella decisión significaba. En el cuaderno del maestro, Sant Pere seguía allí, escondido entre las notas. En la copia de Bernat empezaba a desaparecer.

Pasó la yema del dedo, sin tocarla del todo, sobre la línea que él mismo había escrito.

No era un error. Si volviera atrás y tuviera que copiar la pieza únicamente como canto para los peregrinos, probablemente elegiría las mismas notas.

Eran las que recordaba, las que había oído durante años, las que creía verdaderas.

Pero ahora sabía también que al corregir al maestro había borrado algo que este había querido dejar.

Y por primera vez desde que Vicenç le había confiado el cancionero, Bernat comprendió que ya no bastaba con decidir cuál de las dos versiones sonaba como debía. Tenía que decidir cuál de las dos debía sobrevivir.