XIX. La prueba
D urante todo el camino de vuelta desde la casa de Mateu, Bernat no consiguió quitarse de encima la sensación incómoda de haber dicho algo que no tenía derecho a saber.
No había mentido. No había inventado nada.
Pero había hablado de «la otra casa» como quien habla de algo que ya conoce, cuando en realidad no tenía más que dos alteraciones musicales y la sospecha, todavía sin ninguna base fuera de su propia cabeza, de que una de ellas señalaba hacia algún lugar que él aún no había sabido nombrar.
Mateu tenía razón en preguntarle de dónde había sacado aquello.
Bernat no lo sabía. O, peor todavía, temía saberlo demasiado bien: lo había sacado de necesitar que existiera una segunda casa, porque sin ella la referencia de Mariam, matrem se quedaba sin ningún sitio adonde ir, y él no soportaba dejar una pregunta sin resolver, aunque para resolverla tuviera que inventarse, sin darse cuenta, la forma que esperaba encontrar.
Se detuvo a mitad de camino, con Montserrat todavía lejos entre la niebla de la tarde, y se preguntó, con la honestidad que se debía a sí mismo antes que a nadie, si no estaba viendo una segunda casa sencillamente porque ya había decidido que tenían que existir dos.
No podía responder a esa pregunta desde dentro de su propia cabeza. Necesitaba algo que viniera de fuera, algo que él no pudiera haber puesto allí sin querer, para saber si la sospecha era real o si era, simplemente, la forma que toma la necesidad cuando se disfraza de descubrimiento.
Recordó entonces la promesa que le había hecho a Vicenç y sintió un peso distinto añadirse al que ya llevaba.
Había prometido que la conversación con Mateu sería la última pregunta sobre aquel asunto.
Una promesa hecha a su prior no era algo que pudiera torcer a su conveniencia sin más, y Bernat lo sabía.
Aun así, se dijo que no iba a abrir ninguna investigación nueva.
Solo necesitaba una comprobación pequeña, tan pequeña como fuera posible, que le permitiera saber si la sospecha tenía algún fundamento real o si debía, de una vez, dejarla morir del todo.
Y para eso, pensó, no había mejor sitio en todo Montserrat que la hospedería.
Quien recibía a los peregrinos, quien les asignaba cama y ración, quien los despedía días después, sabía, sin necesidad de preguntarlo expresamente, de dónde venía la gente y para quién trabajaba, sobre todo cuando no se trataba de peregrinos corrientes sino de hombres que llegaban con encargos concretos, enviados por alguna casa con intereses en la comarca.
Berenguer llevaba aquel oficio desde hacía años.
Lo encontró en plena actividad de la tarde, cuando la hospedería recibía siempre más movimiento: un grupo de peregrinos recién llegados esperaba junto a la puerta a que se les asignara sitio, dos mozos descargaban de un carro fardos de ropa de cama que había que repartir por las estancias, y Berenguer, en medio de todo aquello, repartía órdenes con la misma soltura tranquila con que Bernat lo había visto hacerlo docenas de veces.
—Esperad un momento, que ahora os atiendo —le dijo, sin mirarlo del todo, mientras indicaba a uno de los mozos dónde debía dejar los fardos—. Si venís por lo de la cera, ya os dije que esta semana...
—No es por la cera.
Algo en el tono de Bernat debió de sonar distinto de lo habitual, porque Berenguer se volvió hacia él con más atención de la que le había dedicado hasta entonces y terminó de dar las últimas indicaciones a los mozos antes de acercarse del todo.
—Decidme.
—Quería preguntaros por unas visitas. De hace algún tiempo. Gente relacionada con la casa de Cardona.
Berenguer se quedó un instante callado, con la misma expresión con que un hombre repasa mentalmente un registro que lleva de memoria antes de decidir qué parte de él va a compartir.
—¿Qué queréis saber?
—Si recordáis haber alojado a alguien de esa casa. Cuándo. Con quién trataron mientras estuvieron aquí.
—Pasa gente de Cardona a menudo, como pasa gente de tantas otras casas. No sabría deciros fechas exactas así, de memoria.
—¿Y en las últimas semanas? Antes de que muriera el maestro, o poco después.
La mención bastó para que algo cambiara en la postura de Berenguer, aunque fuera algo tan pequeño que Bernat no habría sabido nombrarlo si no llevara ya días entrenando la mirada en esa clase de cambios.
—¿Por qué me preguntáis por esas fechas en concreto?
—Porque el maestro también preguntaba. Por cosas parecidas, creo. Y no sé bien qué buscaba, pero me gustaría entenderlo.
Berenguer no respondió enseguida. Miró un momento hacia los peregrinos que seguían esperando junto a la puerta, como si buscara una excusa razonable para volver a su trabajo y dejar aquella conversación donde estaba, y Bernat, que no quería forzarlo, se quedó callado, dándole el tiempo que necesitara para decidir por su cuenta si quería seguir hablando.
—Sí que hubo gente de Cardona por esas fechas —dijo por fin, con una voz que ya no tenía la soltura de antes—. Un par de hombres, con recado para el sacristán, me parece. Se quedaron una noche, no más.
—¿Sabéis con quién trataron aquí, además del sacristán?
—Con el procurador que gestiona esos asuntos por la comarca. Guerau Serra. Viene con frecuencia, no solo por Cardona, así que no me pareció nada raro que estuviera aquí esos días.
Bernat guardó aquel nombre, que ya conocía de la ápoca, con la sensación extraña de ver confirmarse desde un ángulo completamente distinto algo que hasta entonces solo tenía delante en forma de documento escrito.
No dijo nada todavía sobre lo que aquel nombre significaba para él.
Solo siguió preguntando, con el mismo cuidado con que se sigue un hilo que no se quiere romper de un tirón.
—¿Vino solo por Cardona aquella vez?
—Que yo recuerde... —Berenguer se detuvo, con el gesto de quien intenta reconstruir algo—. No. Creo que no. Hubo otro grupo, más o menos por esas mismas fechas, o poco después; no podría juraros el orden exacto. Gente de Empúries.
Bernat sintió que algo se le quedaba quieto por dentro, aunque procuró que no se le notara en la cara ni en la voz.
Empúries.
Un nombre que él no había pronunciado. Que no había sugerido. Que Berenguer acababa de sacar de su propia memoria sin que nadie lo hubiera empujado hacia allí.
—¿Estáis seguro de que era Empúries?
—Sí. Me acuerdo porque uno de ellos se quejó de la comida, y yo pensé que para venir de tan lejos bien podía aguantar un plato de legumbres sin poner esa cara. —Berenguer soltó una risa breve, casi sin querer, aunque enseguida volvió a la seriedad de antes—. ¿Por qué os importa tanto esto, Bernat?
—Todavía no lo sé del todo. ¿Y a esos también los recibió Guerau Serra?
Berenguer tardó un momento en responder y, cuando lo hizo, Bernat notó que ya no hablaba con la misma naturalidad de antes, sino con la cautela de alguien que empieza a sospechar que la conversación se está adentrando en un terreno que preferiría no haber pisado.
—Sí. El mismo. Se ocupa de asuntos de varias casas por esta comarca, ya os lo he dicho. No tiene nada de raro que atendiera a los dos grupos, si ambos venían con encargos parecidos.
—Quizá sí tenga algo de extraño.
—¿Qué queréis decir?
Bernat no tenía todavía una respuesta que darle, y aquel mismo silencio pareció decirle a Berenguer más de lo que cualquier palabra habría podido decirle.
Se quedó mirando a Bernat con una atención nueva, distinta de la irritación con que había empezado la conversación, más parecida a la de alguien que empieza a comprender que las preguntas que acaba de responder no eran tan inocentes como había querido creer mientras las respondía.
—El maestro os preguntó por esto mismo, ¿verdad? Por esas visitas.
—Preguntó por algo parecido. No me dijo por qué.
Y ahora vos preguntáis lo mismo. —Berenguer se pasó una mano por la cara, con un gesto de cansancio que no tenía nada que ver con el trabajo de la hospedería—.
Nunca até esos dos grupos el uno con el otro, Bernat.
Dos casas distintas, un mismo procurador, nada que a mí me pareciera digno de pensar dos veces. Hasta ahora.
—No os estoy pidiendo que penséis nada. Solo necesitaba saber si era verdad.
—Pues ya lo sabéis. —Berenguer miró de nuevo hacia la puerta, hacia los peregrinos que seguían esperando, como si de pronto aquel trabajo ordinario le resultara un refugio mucho más deseable que la conversación que estaba teniendo—.
Y ahora me gustaría que hiciéramos como que no hemos hablado de esto.
—Berenguer...
—No, escuchadme. —Se volvió hacia él con una seriedad que Bernat no le había visto nunca, ni siquiera en los momentos de más trabajo y más prisa—.
Yo quería bien al maestro. Y si esto que os acabo de contar tiene algo que ver con lo que le pasó, no quiero saberlo, ni quiero que se sepa que fui yo quien os lo dijo.
No soy nadie para meterme en asuntos de casas nobles, ni quiero que mi nombre ande de boca en boca unido a preguntas como estas.
Bastantes quebraderos de cabeza me da ya mi trabajo.
—No voy a decir que lo supe por vos.
—Más os vale. —Berenguer respiró hondo y, cuando volvió a hablar, su voz ya no tenía nada de la aspereza de un momento antes, sino algo más parecido al alivio cansado de quien se ha quitado por fin un peso de encima—.
Yo no quiero saber más de esto, Bernat. De verdad.
Haced lo que tengáis que hacer, si es que tenéis que hacer algo, pero a mí no me preguntéis más.
Ya os he dicho más de lo que quería deciros y no me siento mejor por haberlo hecho.
Bernat asintió, le dio las gracias y se alejó de la hospedería dejando a Berenguer volver a sus fardos.
Caminó de vuelta hacia el claustro con dos nombres unidos ahora en su cabeza: Empúries y Guerau Serra.
Uno acababa de aparecer sin que él lo hubiera sugerido; el otro llevaba días repitiéndose por caminos distintos.
No se atrevía todavía a darle a aquella coincidencia más forma de la que honestamente podía sostener, pero sabía, con una certeza que ya no podía deshacer con ningún esfuerzo de voluntad, que la segunda casa que había mencionado sin querer delante de Mateu acababa de dejar de ser únicamente una sospecha suya.