XVIII. La memoria
L a casa de Mateu Roig quedaba a poco más de una hora de camino de Montserrat, en un recodo del valle donde el terreno se abría lo justo para dejar sitio a un huerto pequeño y un corral con dos cabras que lo miraron pasar con la misma indiferencia con que miraban, seguramente, a cualquiera que se acercara por aquel sendero.
Era una casa baja, de piedra basta, con una sola planta y una puerta de madera oscurecida por los años.
Del tejado salía un hilo fino de humo que el aire frío deshacía casi enseguida.
A Bernat, que llevaba dos años sin alejarse de Montserrat salvo para algún recado breve, el simple hecho de caminar durante tanto tiempo por un sendero abierto le había producido una sensación extraña.
Casi la impresión de estar haciendo algo que no le correspondía, aunque llevara el permiso de Vicenç bien asentado en la conciencia.
Durante buena parte del camino había tenido la montaña a su espalda y, más de una vez, se había sorprendido volviéndose para verla, como si necesitara comprobar que Santa María seguía allí.
Mateu lo vio desde la puerta antes de que Bernat tuviera que llamar.
Era un hombre muy viejo, con la espalda vencida ya hacia delante por los años, con el cabello completamente blanco y una barba corta del mismo color.
La piel se le plegaba alrededor de la boca y de los ojos, pero estos seguían claros, con la viveza de quien había decidido mucho tiempo atrás que la vejez podía quitarle fuerzas, pero no la curiosidad por quien se acercaba a su puerta.
—¿Qué hace por aquí un novicio de Montserrat?
—Permitidme que me presente. Mi nombre es Bernat, y...
—Pasad, pasad. Hace frío para estar de pie hablando en la puerta, y a mis huesos ya no les gustan estas cosas.
La casa por dentro era pequeña y ordenada.
Un hogar bajo ardía junto al muro, llenando la estancia de olor a leña y dejando una franja de calor que apenas alcanzaba los dos bancos colocados a sus lados.
Había poco más: una mesa recia, algunos utensilios colgados de la pared, un arcón junto al lecho y, sobre una repisa, una pequeña imagen de la Virgen ennegrecida por el humo de muchos inviernos.
Mateu, después de ofrecerle un poco de vino caliente que Bernat aceptó más por cortesía que por sed, se sentó frente a él.
—Así que el prior os ha dejado venir a preguntarme cosas del maestro.
—¿Cómo lo sabéis?
—Porque me mandó recado ayer, avisándome de que quizá vendría alguien a visitarme. —Mateu sonrió—. Vicenç es prudente. No le gusta que la gente se presente en la puerta de nadie sin que el otro lo espere.
Bernat asintió, agradecido en el fondo por aquella prudencia que no había pedido pero que ahora le facilitaba las cosas, y se tomó un momento antes de empezar, porque no quería que la conversación sonara desde el principio a lo que en realidad era.
—Quería preguntaros por su vida de antes. Antes de Montserrat.
—Ah... —Mateu se recostó un poco, con la mirada puesta en el fuego como quien busca algo entre recuerdos muy antiguo—. De eso hace ya mucho. Yo lo conocí cuando todavía era músico al servicio de una casa. Éramos jóvenes los dos, aunque él siempre pareció más viejo de lo que era, incluso entonces.
—¿A qué casa servía?
—A los Luna. Una rama menor, no la principal, pero bien situada.
Tocaba y enseñaba a cantar a los hijos de la familia, y a veces componía algo para las fiestas grandes.
Yo hacía trabajos de otro tipo para la misma casa, y así nos conocimos, y así seguimos siendo amigos mucho después de que cada uno tomara su propio camino.
Bernat escuchó con atención, notando que aquel dato de una casa vinculada a los Luna y no a Cardona, no encajaba en absoluto con lo que él había ido a buscar.
Esperó, sin embargo, porque sabía que una sola frase no bastaba para descartar del todo lo que había construido con tanto cuidado en los últimos días.
—¿Y con la casa de Cardona? ¿Tuvo algún trato, alguna vez?
Mateu lo miró un momento antes de responder, con la misma curiosidad con que lo había recibido en la puerta, aunque ahora un poco más afilada.
—¿Por qué preguntáis eso?
—Por nada en concreto. Solo quería saber si hubo algo. Un encargo que no terminó bien, una deuda, cualquier cosa que pudiera haberle dejado un mal recuerdo de aquella casa.
—No que yo sepa —dijo Mateu sin ninguna vacilación, con la misma sinceridad tranquila con que había hablado de los Luna—.
Y si hubiera existido algo así, me extrañaría mucho no saberlo, porque en aquellos años nos lo contábamos todo.
Sirvió a los Luna, después a otra familia cerca de Manresa durante un tiempo, y de ahí, ya mayor, decidió entrar en religión.
No recuerdo que Cardona entrara nunca en esa historia. Ni para bien ni para mal.
—¿Estáis seguro?
—Todo lo seguro que puede estar un hombre de mi edad de algo que pasó hace tantos años.
—Mateu volvió a sonreír, sin ofenderse por la insistencia—.
Pero sí, bastante seguro. Si hubiera tenido algún trato con esa casa, aunque fuera pequeño, me lo habría contado.
Le gustaba contarme esas cosas, sobre todo cuando algo le había salido mal.
Se quejaba mejor que nadie que yo conociera.
Bernat sintió que la explicación que llevaba preparada, la que esperaba encontrar confirmada con dos o tres preguntas, empezaba a deshacérsele entre las manos. Intentó, todavía, sostenerla un poco más.
—¿Y algún disgusto más reciente? Ya desde Montserrat. Alguna visita, algún encargo relacionado con esa casa.
—Desde que entró en religión no volvió a tener trato con ninguna casa noble.
Su vida quedó dentro de aquellos muros, salvo cuando venía a verme, que era casi lo único que conservaba de fuera.
—Mateu se quedó un momento callado, con los ojos otra vez en el fuego—.
Era un hombre de costumbres muy fijas. Cuando decidía algo, no había quien lo moviera.
Y cuando se equivocaba, tampoco había quien le hiciera dejarlo pasar sin corregirlo.
Me acuerdo de una vez en que un copista de la casa de los Luna dejó una nota fuera de sitio en un cuaderno.
Algo tan pequeño que nadie más lo habría notado nunca, y él se pasó media semana sin hablar de otra cosa hasta que consiguió que lo corrigieran.
Decía que esa manía se la había pegado su maestro de cuando era niño.
Que no se puede dejar nunca una nota fuera de sitio, porque tarde o temprano alguien la canta.
Bernat sonrió, con una calidez sincera que no tenía nada que ver con la investigación que llevaba encima, porque aquella anécdota le devolvía por un instante al hombre real que había conocido, exigente hasta la exasperación con cualquier detalle que a los demás les pareciera insignificante.
Asintió sin necesidad de decir nada. No hacía falta explicarle a Mateu cuánto se reconocía él mismo en aquella misma manía.
—Así que no hay ningún agravio con Cardona.
—No que yo conozca. Y creedme: si lo hubiera, no os lo estaría ocultando. No tengo ningún motivo para hacerlo, y menos ahora que él ya está ante Dios y poco pueden importarle nuestras viejas rencillas.
Bernat se quedó un momento en silencio, con la copa de vino ya fría entre las manos, sintiendo que la explicación que había venido a buscar se le había escapado del todo y que, en su lugar, no le quedaba nada más que la misma pregunta sin fondo que llevaba días arrastrando.
Si el maestro no tenía ningún motivo personal contra Cardona, entonces la referencia que había escondido dentro de Inperayritz no señalaba hacia atrás, hacia su propia vida, sino hacia algo que estaba ocurriendo ahora, en el presente, algo que él había descubierto en sus últimas semanas y que no tenía nada que ver con viejas rencillas.
Y si eso era así, la segunda pieza, Mariam, matrem , que llevaba tantos días sin querer revelarle su secreto, tenía que señalar hacia algo parecido. Otra referencia. Quizá otra casa.
—¿Sabéis si tuvo, en aquellos años o después, algún trato con alguna otra casa?
—preguntó Bernat, casi sin darse cuenta de que la pregunta ya no buscaba confirmar nada concreto, sino simplemente abrir de nuevo un espacio que Cardona ya no podía ocupar—.
No me refiero solo a Cardona. Esa otra casa con la que hubiera podido tener algún roce, alguna deuda, algo que se pareciera a lo que os he preguntado antes.
Mateu no respondió enseguida. Se quedó mirándolo con una atención distinta de la que le había dedicado hasta entonces, la misma con que un hombre repasa una frase que acaba de oír para asegurarse de haberla entendido bien.
—¿Por qué me preguntáis así? Como si dierais por hecho que tiene que haber otra.
—No doy nada por hecho. Solo pregunto.
—No es lo mismo preguntar «¿tuvo algún roce con otra casa?
» que preguntar como acabáis de hacerlo vos, que suena a que ya sabéis que hay una segunda casa esperando a que yo os diga cuál es.
—Mateu se inclinó un poco hacia delante, sin hostilidad, pero con una firmeza nueva en la mirada—.
Y yo no os he dicho en ningún momento que hubiera una segunda, Bernat.
Así que ¿por qué habláis como si la hubiera?