XVII. La obediencia
D urante dos días, Bernat intentó no pensar en ello más de lo estrictamente necesario, con el mismo empeño con que uno intenta no rascarse una herida que sabe que le va a doler si la toca.
Siguió con el cancionero y empezó a copiar los pasajes dudosos como creía que debían sonar, siguiendo la versión que su propia memoria le devolvía de tantos años de haberlos cantado, y no los giros extraños que el maestro había dejado escritos.
Asistió a los oficios que le correspondían, comió y trabajó y durmió con la misma regularidad de siempre y, sin embargo, en cualquier hueco que dejaba libre el resto de sus obligaciones, la misma pregunta volvía a ocupar el espacio con la insistencia de algo que no iba a marcharse solo.
El maestro había escondido, dentro de Inperayritz , una referencia deliberada a Sant Vicenç.
Esa misma referencia lo había conducido, por otro camino completamente distinto, hasta un pago real, hecho a un hombre real, relacionado documentalmente con la casa de Cardona.
Aquello ya no era, para Bernat, una cuestión de memoria musical ni de cuentas mal llevadas.
Lo que le faltaba, y lo que llevaba dos días sin poder averiguar por más vueltas que le daba, era el porqué.
Se sorprendió, mientras raspaba con cuidado una letra mal trazada en un folio, dándole vueltas a algo que hasta entonces no había necesitado pensar en absoluto: cuánto sabía, en realidad, del maestro.
Lo conocía como músico, y como tal lo conocía bien, quizá mejor que cualquier otro escolà que hubiera pasado por Montserrat en los últimos veinte años; conocía su manera de exigir, su paciencia infinita para corregir un mismo pasaje durante una tarde entera, su costumbre de canturrear mientras revisaba una copia, una manera casi idéntica que Bernat había heredado de él sin darse cuenta de cuándo la había aprendido.
Conocía también al maestro en comunidad: sus rutinas, su trato con los demás hermanos, su devoción sobria, sin alardes, que nunca había necesitado explicarse a nadie porque se veía en lo que hacía cada día.
Pero de todo lo anterior a Montserrat, de la vida que el maestro había llevado antes de tomar los hábitos —cuando había sido músico laico antes de entrar en religión, ya de adulto—, no sabía casi nada.
No recordaba haberle oído hablar nunca de dónde procedía exactamente, ni de a quién había servido con su música antes de llegar allí, ni de qué circunstancias lo habían llevado a cambiar una vida de músico al servicio de una casa noble o de una catedral por la vida más humilde y regular de un monasterio de montaña.
Nunca se lo había preguntado. Nunca había tenido ningún motivo para hacerlo.
Un maestro era, para un escolà, todo lo que tenía delante en el monasterio, y a nadie se le ocurría normalmente indagar en lo que un hermano había sido antes de convertirse en lo que era ahora.
Lo que hubiera dejado atrás pertenecía, en buena medida, a la vida que había decidido abandonar al entregarse a Dios.
Aquel vacío, que hasta ese momento nunca le había parecido un vacío sino simplemente el orden natural de las cosas, empezó a pesarle en cuanto se preguntó, por primera vez, si algo de aquella vida anterior podía explicar lo que ahora tenía delante.
Si el maestro había servido, en algún momento de su vida laica, en una casa noble, o había tratado con familias como la de Cardona en algún encargo, algún favor recibido o negado, alguna deuda antigua, cualquiera de esas cosas pequeñas y humanas que podían enconarse durante años sin que nadie más se enterara, entonces quizá la elección de Sant Vicenç no fuera un mensaje dirigido a nadie de Montserrat, ni una denuncia formal de nada, sino algo mucho más pequeño y más comprensible: la manera privada que un hombre había encontrado, casi al final de su vida, de dejar constancia de un agravio que llevaba cargando en silencio desde mucho antes de hacerse monje.
La idea le pareció, en cuanto la sostuvo con algo de claridad, más manejable que cualquiera de las que había tenido hasta entonces.
No explicaba a Guillem, ni su miedo, ni por qué el pago había salido de verdad de la sacristía de Montserrat hacia un hombre relacionado con Cardona.
Pero explicaba, al menos, por qué el maestro había elegido precisamente ese santo, esa referencia, ese destino: no un mensaje para el futuro, sino una huella privada de su propio pasado, escrita en el único lenguaje que dominaba de verdad y que nadie más sabría leer.
El problema era que él tampoco sabía leerla, porque no conocía absolutamente nada de aquella vida anterior.
Y la única persona de Montserrat de la que Bernat tenía noticia que hubiera conocido al maestro antes de que llegara era Mateu Roig, un anciano que vivía en una casa apartada de la comarca, retirado ya de casi todo trato con el mundo, al que el propio maestro había ido a visitar de vez en cuando durante los últimos años, con la fidelidad tranquila con que se visita a alguien con quien se comparte algo que nadie más comparte.
Decidió que necesitaba hablar con él.
No podía, sin embargo, simplemente marcharse a verlo sin decir nada a nadie.
Un novicio no salía de Montserrat cuando le apetecía, ni siquiera para un asunto tan modesto como visitar a un anciano conocido de un hermano fallecido, y Bernat, que llevaba dos años entendiendo perfectamente los límites de su propia posición dentro de la casa, sabía que tenía que pedir permiso antes de hacer nada.
Aquello formaba también parte de la vida que había elegido: no decidir siempre por sí mismo dónde ir ni cuándo hacerlo.
Esperó a que llegara un momento en que Vicenç no estuviera atrapado entre dos audiencias distintas, cosa que no era fácil, y lo encontró por fin, a media tarde, saliendo de la cámara prioral con una expresión que a Bernat le pareció, sin poder asegurarlo del todo, algo más cansada de lo habitual.
—Padre prior, si tenéis un momento.
—Un momento tengo. Decidme.
—Quería pediros permiso para ir a visitar a Mateu Roig. Al que visitaba el maestro.
Vicenç lo miró con la misma paciencia con que llevaba escuchándolo desde hacía días, pero Bernat notó, en la forma en que se detuvo antes de responder, algo que no había estado allí las primeras veces que habían hablado de aquel asunto.
—¿Y para qué queréis ver a Mateu Roig, si puede saberse?
—Quiero preguntarle por la vida del maestro antes de venir a Montserrat. Si tuvo algún trato, en aquellos años, con alguna casa noble. Con Cardona, en concreto.
—Bernat... —Vicenç suspiró con el cansancio de un hombre que ha visto crecer, día tras día, algo que empezó siendo pequeño y que ya no sabe muy bien dónde va a terminar—.
Empezasteis preguntando por una nota que no os sonaba bien.
Después, por unas cuentas mal llevadas. Ahora queréis ir a preguntar por antiguos asuntos de un hombre muerto con una de las casas más importantes de la comarca.
¿Os dais cuenta de hasta dónde ha llegado esto?
—Me doy cuenta, padre prior. Y por eso mismo creo que merece una última pregunta antes de dejarlo correr del todo.
—¿Y si Mateu no sabe nada? ¿O si lo que sabe no tiene ninguna relación con lo que estáis pensando?
—Entonces lo dejaré correr. De verdad.
Vicenç se quedó un momento callado, mirándolo con una atención que a Bernat le pareció distinta de la que le había dedicado en conversaciones anteriores, como si estuviera sopesando algo que iba más allá de la simple petición de un permiso.
Cuando por fin habló, lo hizo con un tono que ya no tenía la ligereza con que había tratado el asunto la primera vez que hablaron de Inperayritz .
—Escuchadme bien. No creo que haya nada oscuro en todo esto, Bernat.
Creo que el maestro fue un hombre meticuloso hasta el extremo y que probablemente arrastraba, de su vida anterior, algún recuerdo que le pesaba más de lo que él mismo hubiera querido.
Eso es lo que creo que vais a encontrar si habláis con Mateu.
Y si es así, quiero que ahí se acabe. No quiero que dentro de una semana vengáis a pedirme permiso para ir a preguntar a otro sitio, ni que sigáis dándole vueltas a esto durante meses mientras el resto de vuestro trabajo se queda a medias.
—No lo haré, padre prior.
— Id a ver a Mateu. Preguntadle lo que necesitéis preguntarle.
Pero esta será la última pregunta que hagáis sobre este asunto.
Y, sea lo que sea lo que os diga, quiero que me entreguéis de una vez ese cancionero y que dejéis descansar a un hombre que ya lleva bastantes semanas muerto y que se merece, como cualquier cristiano, que recemos por él y lo dejemos descansar en paz.
Bernat asintió, con una mezcla de alivio y de algo parecido a la vergüenza, porque en el fondo comprendía perfectamente la razón de Vicenç, y porque él mismo, en ese instante, creía sinceramente que aquello podía ser verdad: que Mateu le daría una explicación humana y pequeña, un nombre, un agravio antiguo, una historia triste pero comprensible, y que con eso el asunto entero encontraría por fin su sitio, dejaría de ser una pregunta sin fondo y se convertiría en algo que un hombre podía guardar, con tristeza pero sin miedo, como se guardan tantas otras historias de los muertos que uno ha querido.
—Gracias, padre prior. No os arrepentiréis.
—Eso espero. La última pregunta, Bernat. Lo digo en serio.
Vicenç se marchó por el corredor, y Bernat se quedó allí un momento, con el permiso ya concedido y la sensación extraña de haber ganado algo que, sin embargo, no terminaba de tranquilizarlo del todo.
No dudaba de su propia intención de cumplir lo prometido.
Lo que no podía prometer, aunque en ese momento todavía no lo supiera con la claridad con que lo sabría después, era que la respuesta de Mateu fuera a dejarlo satisfecho con una sola pregunta.