XVI. La confianza
A ntes de mediodía, Vicenç ya había despachado más asuntos de los que le habría gustado tener que despachar: una disputa entre dos aldeas vecinas por el uso de un camino que discurría por tierras del priorato; la petición de un hermano joven, recién llegado de otra casa, que quería permiso para escribir a su familia con más frecuencia de la habitual, concedida sin mayor dificultad; y una carta, todavía sin contestar sobre la mesa, de un canónigo de Vic que insistía, por tercera vez ese año, en un asunto de límites de una finca que Vicenç prefería resolver en persona antes que por escrito, para evitar que las palabras, mal medidas en una carta, empeoraran algo que de viva voz se arreglaría en diez minutos.
Fue en medio de aquella carta cuando fra Guillem asomó la cabeza por la puerta para anunciarle que Guerau Serra esperaba abajo, tal como habían quedado la semana anterior.
—Que suba.
Vicenç apartó la carta del canónigo a un lado de la mesa, no porque hubiera dejado de importarle, sino porque sabía por experiencia que la visita de Guerau no solía alargarse más de lo necesario, y prefería tener acabado aquel asunto antes de volver a los demás.
Guerau era, de todos los procuradores que trataban con la casa, uno de los que más agradecía recibir: llegaba siempre con los asuntos ya claros en la cabeza, sin necesidad de que Vicenç le explicara dos veces la misma cosa, y resolvía en una sola visita lo que con otros agentes de la comarca podía llevar tres.
Entró con la misma puntualidad de siempre, todavía con la capa puesta por el frío del camino.
Rondaría los cuarenta años, quizá alguno más, y era un hombre alto, de cuerpo seco y hombros rectos, con el cabello oscuro empezando a clarear en las sienes y una barba corta, bien recortada, que endurecía un rostro de facciones más bien estrechas.
Tenía los ojos oscuros y atentos, de esos que parecían detenerse solo el tiempo necesario en cada cosa antes de pasar a la siguiente.
Vestía con buena ropa, aunque sin lujo: paño resistente, botas de camino bien cuidadas y ningún adorno que dijera más de él de lo que hacía falta.
—Padre prior.
—Guerau. Sentaos, si queréis, aunque no creo que tengamos para mucho.
—Prefiero quedarme de pie, si no os importa. El camino me deja las piernas más tiesas que otra cosa.
Vicenç asintió y fue directamente a lo que le interesaba resolver primero, que era la cuestión de la cera para el invierno.
Montserrat necesitaba abastecerse antes de que los caminos se pusieran difíciles con las primeras nieves, y la casa de Cardona, a través de Guerau, llevaba ya dos años sirviendo una parte de ese suministro con una regularidad que Vicenç apreciaba: en un mundo donde tantos encargos se retrasaban, se incumplían o llegaban a medias, tener a alguien que cumplía lo pactado sin necesidad de reclamaciones era, sencillamente, un descanso.
—¿Para cuándo tenéis previsto el próximo envío?
—Antes de que acabe el mes, si el tiempo no empeora. Ya sabéis que, en cuanto empiezan las heladas en el paso, todo se retrasa el doble.
—Contad con ello. El sacristán se pondrá nervioso si no llega antes de la fiesta.
—No se pondrá nervioso. Llegará a tiempo.
Lo dijo con la misma sequedad tranquila con que decía casi todo, y Vicenç, que ya conocía ese tono, no lo interpretó como descortesía, sino como la seguridad de un hombre que llevaba muchos años cumpliendo lo que prometía y no necesitaba insistir en ello con más palabras de las justas.
Pasaron después a un asunto menor, el de unos paños que la hospedería necesitaba renovar antes del invierno y que Cardona podía proporcionar a mejor precio que los mercaderes de la comarca, gracias a algún acuerdo que la propia casa tenía con tejedores de más al norte.
Vicenç escuchó las condiciones, hizo un par de preguntas concretas sobre plazos y calidad y aceptó sin más regateo del que la cortesía exigía, porque conocía de sobra la calidad de lo que Cardona solía enviar y no tenía ningún motivo para pensar que aquella vez fuera a ser distinto.
—¿Algo más de vuestra parte, padre prior?
—Una cosa, ya que estáis aquí. —Vicenç se levantó para buscar entre los papeles de la mesa una nota que había apartado precisamente para aquella ocasión y la repasó un instante antes de hablar—.
El hermano hospedero se queja de que el año pasado llegó menos aceite del que se había acordado y, aunque no fue vuestra parte la culpable, si recuerdo bien lo que me explicasteis entonces, prefiero decíroslo ahora para que quede claro antes de que vuelva a pasar.
—Lo recuerdo. Fue un problema del molino, no nuestro. Pero lo tendré en cuenta este año, para que no vuelva a repetirse la queja aunque la culpa no sea de Cardona.
—Con eso me basta.
Vicenç volvió a sentarse, satisfecho con la manera en que Guerau había asumido, sin necesidad de discutir ni de justificarse más de lo debido, una responsabilidad que ni siquiera era completamente suya.
Era, pensó, el tipo de trato que hacía que gobernar una casa como Montserrat resultara, en algunos aspectos, más llevadero de lo que la gente de fuera imaginaba: no todos los asuntos requerían el mismo desgaste, y cuando una relación funcionaba bien, como funcionaba aquella, lo mejor que un prior podía hacer era no complicarla con exigencias que no hacían falta.
Hablaron todavía un rato más de cosas menores: el estado de los caminos que subían a Montserrat, deteriorados en un tramo por las últimas lluvias y que convendría reparar antes de que el tránsito de peregrinos aumentara de nuevo en primavera; la posibilidad, que Guerau mencionó casi de pasada, de que la casa de Cardona pudiera interesarse en costear parte de aquella reparación, ya que sus propios carros eran de los que más sufrían el mal estado del camino; y una pregunta de Vicenç sobre lo que se decía de los pasos de la Cerdanya, donde corrían rumores de movimientos de hombres del conde de Foix.
Guerau respondió con la misma parquedad con que respondía a casi todo: él solo sabía lo que se comentaba en los caminos, y en los caminos se comentaba de todo y lo contrario sin que nadie supiera a ciencia cierta qué creer.
—Sea lo que sea lo que ocurra allá arriba —dijo Guerau, recogiéndose la capa para marcharse—, dudo que llegue a afectarnos gran cosa por aquí.
—Dios quiera que tengáis razón.
Se despidieron con la misma sobriedad con que se habían saludado, sin más gesto que un breve movimiento de cabeza por parte de Guerau y la fórmula de cortesía habitual por parte de Vicenç.
Fue ya con la mano en la puerta, casi como una idea que se le hubiera ocurrido en el último instante, cuando el prior recordó lo que en realidad quería haberle dicho desde el principio de la visita y que, entre una cosa y otra, había ido postergando.
—Una última cosa, Guerau. El sacristán me ha dicho que, además de la cera y los paños, este año necesitaremos reponer algunos ornamentos para las capillas laterales y algo de vino para las misas del invierno.
Nada urgente, pero si podéis incluirlo en el mismo envío del mes que viene, nos ahorraríamos un segundo viaje.
—Decidme cantidades y lo incluyo. Un envío o dos, para nosotros es lo mismo.
—Pediré al sacristán que os lo detalle todo por escrito antes de que os marchéis, para que nada quede olvidado por el camino.
—Así será, padre prior.
Poco después, el sacristán llegó con la lista ya preparada —tenía por costumbre dejarlo todo anotado de antemano, una de las virtudes que Vicenç más apreciaba en él— y Guerau la repasó por encima, asintió y la guardó junto con sus propios papeles sin hacer ningún comentario más.
—Con esto quedará todo en el mismo envío, entonces. Cera, paños, ornamentos, vino. Antes de que acabe el mes.
—Antes de que acabe el mes —confirmó Vicenç—. Y gracias, Guerau, como siempre, por hacerlo todo tan sencillo.
—Para eso estoy.
Lo dijo con esa media sonrisa seca que era lo más parecido a una broma que Vicenç le había visto gastar nunca, y se despidió por fin, bajando la escalera con el mismo paso firme con que había subido, dejando al prior con la sensación tranquila de haber resuelto en poco más de media hora todo lo necesario.
Vicenç volvió a su mesa, apartó definitivamente la carta del canónigo de Vic y anotó, con su propia letra, en el registro de encargos previstos para el mes siguiente, la lista de lo que llegaría con el próximo envío de Cardona: cera, paños, ornamentos menores, vino para las misas de invierno.
Una anotación más entre las decenas que llevaba haciendo desde que era prior, sin ningún motivo para pensar que aquella, en concreto, mereciera más atención que cualquiera de las otras que había escrito esa misma semana.