XV. La revelación
E n el scriptorium, de noche, solo se oía el eco lejano del oficio que se rezaba en la iglesia, apagado casi del todo por la distancia y por el grosor de los muros. Había pedido una vela de más, con la excusa de adelantar trabajo.
Se sentó en su sitio de siempre, con Inperayritz abierta delante, y durante un rato largo no hizo nada más que mirarla, sin cantar, sin tararear siquiera, con la mente todavía puesta en la ápoca que Guillem le había mostrado esa misma tarde y en la casa de Cardona que aparecía, sin que él la hubiera buscado allí, al final del rastro de aquel dinero.
No sabía todavía qué tenía que hacer con esa información.
Sabía, eso sí, que necesitaba volver a la música, porque la música era lo único de todo aquel asunto que de verdad conocía a fondo, lo único donde podía trabajar con sus propias herramientas en vez de con conjeturas sobre gente que no le había dicho ni la mitad de lo que sabía.
Cantó el giro tal como el maestro lo había escrito, despacio, como tantas otras veces en los últimos días, y sintió lo mismo que siempre había sentido: aquella sensación de reconocer algo sin conseguir darle nombre o forma, como una palabra en la punta de la lengua.
Lo cantó una segunda vez, y una tercera, cerrando los ojos, dejando que la voz encontrara su propio camino sin que la cabeza la dirigiera, tal como le habían enseñado de niño que había que hacer cuando una pieza no acababa de asentarse del todo.
Empezó, con paciencia, a separar mentalmente las dos partes de aquel giro: la que reconocía como propia de Inperayritz , la que llevaba cantando desde siempre sin ningún problema, y la que se apartaba de ella, ese breve tramo donde su conocimiento y el pergamino del maestro dejaban de estar de acuerdo.
Cantó solo esa parte, aislada del resto de la frase, una y otra vez, intentando oírla sin el peso de la melodía que la rodeaba, como quien limpia una moneda vieja frotándola despacio hasta que empieza a distinguirse, debajo de la suciedad, algún relieve que antes no se veía.
Y cuanto más la cantaba sola, más le sonaba a otra cosa distinta de Inperayritz .
Ni canción de peregrinos ni nada que hubiera cantado nunca en las vigilias.
Sonaba, si acaso, a algo más solemne, más medido, del tipo de melodía que se cantaba en los oficios propios de un santo concreto, no en el repertorio libre de la devoción popular.
Se levantó, dio unos pasos por el scriptorium para desentumecer las piernas sin dejar de tararear por lo bajo y volvió a sentarse con la sensación de estar cada vez más cerca.
Probó a cantar la frase completa de otra manera, sustituyendo mentalmente el giro escrito por el maestro por lo que él mismo habría cantado de memoria, y después al revés: cantando solo el giro sin la pieza alrededor, buscando en su memoria algún oficio, alguna antífona, algún canto propio de una fiesta concreta que pudiera parecerse a aquello.
Repasó, sin mucho orden, las advocaciones que conocía mejor: la Virgen, Sant Benet, algún otro santo cuya fiesta se celebraba con oficio propio en Montserrat.
Al llegar a una de ellas, no fue el nombre lo que reconoció primero, sino la continuación.
Cantó de nuevo el giro y, en vez de regresar a Inperayritz , probó a prolongarlo como recordaba de aquel oficio.
Las notas siguientes encajaron. Volvió atrás, corrigió mentalmente las pequeñas desviaciones que separaban ambas melodías y repitió la frase una vez más.
Esta vez no hubo duda: era la antífona de Sant Vicenç.
Cantó la antífona de memoria, tal como la había cantado él mismo en la fiesta del santo, año tras año.
Al llegar al pasaje correspondiente, la semejanza dejó de admitir dudas.
El maestro había tomado aquel giro y lo había modificado apenas, lo suficiente para hacerlo encajar dentro de Inperayritz como si siempre hubiera pertenecido allí.
En la antífona sonaba completo y reconocible; dentro de la otra pieza, torcido lo justo para confundirse con una melodía que no era la suya.
Durante un instante, a Bernat le incomodó incluso aquello.
Una antífona no era solo una sucesión de notas que pudiera tomarse de un sitio y ponerse en otro.
Era parte del oficio, un canto destinado a la alabanza de Dios y a la memoria del santo.
El maestro lo sabía mejor que nadie. Si había utilizado precisamente aquella melodía para ocultar algo dentro de otra, tenía que haber tenido una razón para hacerlo.
No se fio de la primera impresión. Volvió a cantar las dos, una detrás de otra, la antífona y el giro escrito por el maestro, comparándolas nota por nota.
Y cuanto más las comparaba, menos margen quedaba para la casualidad.
No era un parecido vago, del tipo que cualquier melodía religiosa podía tener con otra por el simple hecho de compartir un mismo modo o una misma tradición.
Era la misma frase, reconocible bajo las pequeñas modificaciones necesarias para acomodarla dentro de otra pieza, con tanto cuidado que solo alguien que conociera de memoria las dos habría podido, con mucha atención, notar que algo no encajaba del todo.
Se quedó quieto un momento, con las manos apoyadas sobre la mesa, dejando que aquello se asentara del todo antes de seguir pensando en nada más.
Por eso lo conocía. No de ningún cancionero de peregrinos ni de ninguna vigilia nocturna, sino de la propia liturgia de Montserrat, de una fiesta que se celebraba cada año sin que nadie, hasta ahora, hubiera tenido ningún motivo para relacionarla con aquel cancionero.
El maestro había tomado la antífona de Sant Vicenç, la había modificado con una habilidad que a Bernat le costaba no admirar incluso en aquel momento, y la había escondido dentro de Inperayritz de tal manera que ni el copista más atento la habría reconocido sin haber tenido antes algún motivo ajeno a la propia música para fijarse en ella.
Y ese motivo ajeno, comprendió Bernat con una claridad que le heló algo por dentro, había sido exactamente el que él mismo había tenido: la luminaria.
La misma luminaria que constaba atendida sin haberlo sido.
El mismo dinero que había salido de la sacristía de Montserrat hacia un hombre que gestionaba asuntos de la casa de Cardona.
El mismo santo, Sant Vicenç, apareciendo en dos lugares distintos, música y cuentas, que hasta esa misma noche Bernat había estado tratando como dos preocupaciones separadas, unidas solo por la coincidencia de haber surgido ambas de la mano del mismo hombre en las mismas semanas.
Ya no podía seguir tratándolas por separado.
El maestro no había introducido aquella referencia en Inperayritz por casualidad ni por simple capricho devocional, como Bernat había querido creer.
Había puesto dentro de aquella pieza una alusión deliberada a Sant Vicenç, y esa misma alusión lo conducía, por otro camino completamente distinto —el de las cuentas, el de la ápoca, el del nombre vinculado a Cardona—, hasta el mismo punto exacto.
La música y el dinero no eran dos misterios que hubieran tropezado el uno con el otro por accidente.
Eran, de algún modo que Bernat todavía no comprendía del todo, la misma cosa vista desde dos costados distintos.
Se preguntó, sin encontrar todavía ninguna respuesta que le convenciera, para qué.
No sabía si aquello era una denuncia que el maestro había querido dejar sin arriesgarse a escribirla abiertamente, o una simple señal para sí mismo, un modo de recordar dónde había llegado en sus propias averiguaciones, o algo completamente distinto que ni siquiera alcanzaba a imaginar.
No tenía ninguna certeza sobre el propósito.
Tenía, eso sí, una certeza mucho más pequeña y mucho más firme: aquello no era casualidad, ni homenaje, ni descuido.
Era una elección tan deliberada como firme había sido siempre el trazo del maestro sobre el pergamino.
Miró, casi sin querer, hacia el otro cuaderno, el de Mariam, matrem , todavía cerrado sobre la mesa, con su propia anomalía esperando desde hacía días.
Si Inperayritz escondía una referencia a Sant Vicenç, ¿qué escondería la segunda pieza?
Alargó la mano hacia el cuaderno, lo abrió por el pasaje que ya conocía de memoria y cantó el giro una vez, dos veces, buscando ahora con una atención distinta, sabiendo por fin qué clase de cosa debía buscar: una referencia escondida, tan cuidadosamente disimulada como la primera.
No la encontró. La melodía seguía sonándole a algo ajeno al repertorio de Montserrat, tan familiar y tan escurridiza como la primera vez que la había cantado, pero ningún nombre de santo, ninguna antífona conocida, se le presentó esta vez con la misma claridad con que se le había presentado Sant Vicenç.
Se quedó con la sensación de estar mucho más cerca de entenderla que antes y, sin embargo, todavía sin la respuesta completa entre las manos.
Cerró el cuaderno, dejando aquella pregunta pendiente para otro momento, porque había otra cosa que ya no podía seguir posponiendo dentro de su propia cabeza.
El maestro había preguntado por cuentas que no le correspondían.
Había dejado una nota extraña sobre una luminaria que no era asunto suyo.
Había introducido, con un cuidado extremo, referencias dentro de las dos últimas piezas del cancionero que solo alguien dispuesto a dedicarles muchas horas de atención podría llegar a descubrir.
Y pocas semanas después de todo eso había muerto, encerrado por accidente en una dependencia baja que casi nadie usaba, un final que la comunidad entera había aceptado sin buscarle más explicación que la de una desgracia como tantas otras en el mundo.
¿Había llegado el maestro hasta el mismo punto exacto donde él mismo se encontraba ahora?
¿Y fue después de eso cuando acabó encerrado en aquella dependencia que nadie frecuentaba, en unas circunstancias que de pronto, sin que Bernat pudiera evitarlo, ya no le parecían tan simplemente desafortunadas como le habían parecido siempre?
No tenía ninguna prueba de nada de aquello.
Lo sabía con la misma claridad con que sabía que un asiento mal llevado en un libro de cuentas no demostraba, por sí solo, ninguna maldad.
No podía afirmar que el maestro hubiera muerto por lo que sabía, ni siquiera que hubiera muerto de un modo distinto al que todos creían.
Pero la pregunta, una vez formulada dentro de su cabeza, ya no se dejaba callar con la misma facilidad con que se habían dejado callar otras durante su vida, y Bernat, sentado solo en el scriptorium a esas horas de la noche, con la vela cada vez más corta y el resto del monasterio en silencio a su alrededor, sintió por primera vez desde que todo aquello había empezado algo que ya no podía llamar simple curiosidad ni inquietud.
Sintió, sencillamente, miedo.
Un miedo pequeño todavía, pero real, del tipo de miedo que no se disuelve solo con repetirse a uno mismo que probablemente no hay nada que temer.