El libro rojo de Montserrat XIV. El temor
22%

XIV. El temor

B ernat volvió a la sacristía dos días después, ya con una idea bastante más precisa de lo que necesitaba que la que había llevado la primera vez.

Si el libro de cuentas decía que se habían pagado cirios nuevos para la luminaria de Sant Vicenç, tenía que existir, en algún lugar, la ápoca que acreditara aquel gasto: los pagos de la sacristía dejaban constancia de a quién se había entregado el dinero y por qué, precisamente para que las cuentas del año pudieran revisarse después sin depender solo de la memoria de quien las llevaba.

Bernat no sabía todavía qué esperaba encontrar exactamente.

Sabía, eso sí, que si el pago existía de verdad, el documento que lo demostraba tenía que estar guardado en alguna parte, y que Guillem, que conocía aquel archivo mejor que nadie, era la persona más indicada para decirle dónde buscar.

Lo encontró remendando una capa vieja, sentado junto a la misma mesa donde lo había visto la última vez, con la aguja entrando y saliendo de la tela con la regularidad de quien lleva media vida haciendo el mismo gesto.

—¿Otra vez por aquí?

—Otra vez.

—¿Qué se os ha ocurrido ahora?

Bernat se sentó en el banco de enfrente, sin prisa, dispuesto a explicarlo con la misma calma con que explicaría cualquier duda de su oficio, porque en el fondo eso era exactamente lo que era: una duda de oficio que se había vuelto más grande de lo que él mismo hubiera querido.

—La luminaria de Sant Vicenç. El libro dice que se pagaron cirios nuevos, pero yo sé que no los hubo. Si de verdad se pagó algo, tiene que existir una ápoca, ¿no? Algún documento donde conste a quién se le entregó el dinero.

Guillem no levantó la vista de la costura.

—¿Y qué más os da eso a vos?

—Nada, en realidad. Pero si voy a copiar un cancionero entero pensando en el maestro, y resulta que una de las cosas que hizo antes de morir fue interesarse por esa misma luminaria, prefiero entender qué fue lo que le llamó la atención. Aunque solo sea para dejarlo descansar en paz.

—A veces lo mejor que podemos hacer por los muertos es rezar por ellos y dejar sus cosas donde están.

—Puede ser. Pero esta no puedo dejarla donde está. Me la encuentro cada vez que abro ese cuaderno.

Guillem terminó la puntada que tenía entre manos, cortó el hilo con los dientes y se quedó un momento con la capa extendida sobre las rodillas, como si estuviera decidiendo algo que no tenía nada que ver con la costura.

—Las ápocas de los gastos de sacristía se guardan aparte de los libros de cuentas. Por años, en un arcón del archivo. Yo las ordené hace tiempo, así que sé más o menos dónde debería estar la que buscáis.

—¿Me ayudáis a buscarla?

—No sé si me apetece.

—No os pido que lo hagáis por mí. Os lo pido porque vos sabéis dónde está y yo tardaría el doble.

Guillem soltó un resoplido que no era ni sí ni no, dejó la capa a un lado y se levantó con la misma desgana con que se levanta un hombre que sabe que va a acabar haciendo algo que preferiría no hacer, pero que tampoco encuentra una razón lo bastante sólida para negarse del todo.

Bajaron juntos al archivo, y Guillem, una vez allí, se movió entre los anaqueles con seguridad.

Sacó primero un arcón mediano, cubierto de polvo por arriba pero ordenado por dentro con un cuidado que Bernat reconoció enseguida, y empezó a repasar los legajos año por año, murmurando fechas, descartando unos, apartando otros, hasta que dio con el que le interesaba.

—Aquí. El mes en que murió el maestro.

Sacaron los documentos y los extendieron sobre la mesa: ápocas por la compra de aceite, por la reparación de un candelabro, por tela para un frontal nuevo, cada una con su fórmula breve y el nombre correspondiente, un rastro material de todo el gasto ordinario de una casa que necesitaba llevar cuenta hasta del último dinero que salía de sus arcas.

Bernat los fue apartando uno a uno, sin prisa, buscando el concepto que le interesaba entre tantos otros que no le decían nada, mientras Guillem, a su lado, cada vez más callado, seguía la búsqueda con una atención que ya no se parecía a la desgana con que había empezado.

Fue Bernat quien lo encontró, hacia la mitad del montón: un pliego pequeño, y la fórmula habitual de aquel tipo de documentos, que decía, sin ninguna ambigüedad posible, que se había entregado una suma determinada por la cera de la luminaria de Sant Vicenç, en la fecha exacta que él ya conocía de memoria por haber ayudado a preparar aquella misma capilla.

Lo leyó dos veces, despacio, para asegurarse de que no había ningún error en lo que estaba viendo.

No era una simple anotación de cuentas, sujeta a los descuidos y las prisas con que a veces se llevaba un libro.

Era una ápoca, un documento de pago, con su fórmula precisa, la cantidad entregada y el nombre de quien la había recibido: cera para la luminaria de Sant Vicenç.

El dinero había salido de verdad. Alguien lo había recibido de verdad.

Y aquellos cirios, fuera lo que fuera lo que hubieran costado, no habían aparecido nunca en el altar donde deberían haber ardido.

—¿Quién es este? —preguntó Bernat, señalando el nombre que figuraba al pie del documento como receptor de la suma.

Guillem se quedó mirando el pliego por encima del hombro de Bernat durante un instante más largo de lo que hubiera hecho falta solo para leerlo.

—Un procurador. Gestiona asuntos de varias casas de la comarca. Viene por aquí de vez en cuando, para tratos de cera, de grano, de lo que haga falta.

—Guerau Serra.

—Ese mismo.

Bernat repitió el nombre para sí mismo, en silencio, con la sensación incómoda de haberlo visto antes en algún sitio sin conseguir situarlo del todo.

No en una conversación, ni en boca de ningún hermano de la casa.

En un documento. En algún lugar donde acababa de pasar horas enteras leyendo nombres, fechas y advocaciones sin encontrar lo que buscaba entonces.

—Esperad aquí.

—¿Adónde vais?

—A comprobar una cosa.

Bernat subió a la sala de fundaciones con el nombre todavía repitiéndose dentro de la cabeza, y no tardó tanto como había temido en encontrar, en uno de los legajos de memorias recientes que ya había repasado días antes, una escritura relacionada con la casa de Cardona en la que aparecía la misma firma que acababa de leer al pie de la ápoca: Guerau Serra, procurador encargado de gestionar en la comarca ciertos asuntos en nombre de la casa.

No aparecía como donante, ni como fundador de nada, sino simplemente como el hombre a través del cual se tramitaban determinados pagos y encargos que los Cardona tenían repartidos por distintos monasterios y parroquias de la zona, Montserrat entre ellos.

Bernat cerró el legajo y se quedó un momento de pie junto al anaquel, sintiendo cómo las piezas, sin llegar todavía a formar ningún dibujo completo, empezaban al menos a tocarse entre sí.

El dinero había salido de la sacristía de Montserrat.

Lo había recibido un hombre concreto, con nombre y oficio conocidos.

Y ese mismo hombre gestionaba asuntos de la casa de Cardona en la comarca.

No era ya, como había podido pensar hasta entonces, una cifra mal copiada o una fecha confundida.

Era un pago real, hecho a una persona real, relacionada por escrito con una casa noble, por unos cirios que él mismo podía jurar que jamás habían ardido en el altar que decían justificar.

Volvió al archivo con el documento todavía en la mano y encontró a Guillem exactamente donde lo había dejado, aunque ya no fingiendo ocuparse de nada más: de pie junto a la mesa, con los brazos cruzados, mirando la ápoca como quien hubiera temido desde el principio que algo así acabara, tarde o temprano, encima de aquella mesa.

—Guerau Serra gestiona asuntos de la casa de Cardona —dijo Bernat, sin necesidad de preguntar nada, dejando el documento junto a la ápoca para que las dos cosas quedaran una junto a otra, como dos piezas que finalmente encajaban—.

El mismo hombre que recibió el dinero por unos cirios que nunca llegaron al altar.

Guillem no dijo nada durante un momento que se hizo demasiado largo para el tamaño de la frase que Bernat acababa de pronunciar.

—Eso no demuestra nada —dijo por fin, con la firmeza forzada de quien necesita que una frase sea verdad.

—No digo que demuestre nada. Digo que no encaja.

—Las cosas no encajan a veces y no pasa nada.

—Guillem.

—¿Qué?

—¿Por qué me habéis enseñado esto, si no queríais que llegara hasta aquí?

Guillem apartó la vista, y por primera vez desde que Bernat lo conocía tuvo la sensación clara de estar viendo, no a un hombre incómodo por una conversación que preferiría no tener, sino a alguien que estaba asustado, aunque se esforzara por no dejarlo ver del todo.

—Dejadlo, Bernat.

—¿Que deje qué?

—Esto. Todo esto. La luminaria, el pago, ese nombre, lo que sea que estéis pensando ahora mismo. —Guillem bajó el tono de voz, aunque no había nadie más en el archivo para oírlos—. No sigáis preguntando. Ni a mí ni a nadie más.

—¿Por qué no?

—Porque no. —Guillem recogió la ápoca de la mesa con un gesto casi brusco y la devolvió al legajo de donde había salido, como si guardarla de nuevo pudiera deshacer el hecho de que Bernat la hubiera leído—.

Hacedme caso por una vez. Terminad vuestro cancionero, entregad vuestra copia y dejad todo lo demás donde está.

—Guillem, si de verdad es solo un error de cuentas, no tenéis ningún motivo para pedirme esto con esa cara.

—No es un error de cuentas.

Guillem lo dijo casi sin querer y, en cuanto las palabras salieron de su boca, pareció arrepentirse. Cerró los labios de golpe.

—Olvidad que he dicho eso.

—¿Qué es, entonces?

—No lo sé. —Y esta vez su voz sí sonó a verdad, aunque a una verdad incompleta, de las que se dicen para no tener que decir otra cosa peor—. No lo sé, Bernat. Solo sé que no quiero tener nada más que ver con esto y que vos tampoco deberíais.

Bernat lo miró un momento, buscando en su cara algo que le permitiera entender de dónde salía aquel miedo tan repentino, y no encontró nada más que lo que ya había visto: un hombre que sabía más de lo que estaba dispuesto a contar y que ahora, además, parecía tener miedo de saberlo.

No insistió más. Recogió sus propias notas, le dio las gracias por la ayuda con una cortesía que sonó extraña incluso a sus propios oídos después de lo que acababan de decirse, y salió del archivo con la sensación de que, por primera vez, ya no estaba únicamente resolviendo una duda de copista.