XIII. La tentación
E l primer cesto de cebollas pesaba más de lo que aparentaba, y Jaume tuvo que afianzar bien los pies sobre la tierra removida del huerto antes de levantarlo del todo y llevarlo hasta el carro que esperaba junto al muro bajo, donde ya se iban amontonando los que había ido llenando desde primera hora.
La tierra estaba todavía húmeda y oscura entre los surcos, y el olor de las cebollas recién arrancadas se mezclaba con el de las hojas pisadas y el estiércol.
Le gustaba aquel trabajo, el de la recolección antes de que llegara el frío de verdad, porque tenía un principio y un final que se podían medir: un huerto lleno de surcos por vaciar al empezar la mañana y, al terminar, si todo iba bien, ni una cebolla ni una col olvidada entre la tierra que el invierno acabaría por pudrir sin remedio.
No todas las tareas de Montserrat tenían esa claridad.
En aquella uno sabía qué se le había pedido y cuándo podía darlo por cumplido.
Por eso Jaume la prefería a otras, aunque le costara la espalda y las manos se le quedaran manchadas de tierra negra hasta bien entrada la tarde.
—Os falta la hilera de más allá —dijo, señalando con la barbilla hacia el fondo del bancal, donde Bernat se había quedado atrás, con un cesto a medio llenar entre las manos y la mirada perdida en algún punto que no era ni la tierra ni las cebollas.
—Voy.
Bernat se agachó otra vez, arrancó dos cebollas más y las echó al cesto, pero lo hizo con el mismo aire distraído, y a Jaume no le pasó del todo inadvertido que llevaba ya un buen rato trabajando así, presente de cuerpo pero con la cabeza puesta en otro sitio.
No le dio, sin embargo, más vueltas de las que merecía.
Bernat siempre había sido de esa clase de personas capaces de perderse dentro de sus propios pensamientos mientras las manos seguían haciendo lo que tenían que hacer, y Jaume, que había aprendido hacía tiempo a no esperar de él la misma conversación fácil que mantenía con otros, se limitó a seguir con su propia hilera, tarareando por lo bajo, sin ninguna melodía concreta, solo por el gusto de llenar el silencio con algo.
Terminaron la primera parte del bancal casi a la vez y se sentaron un momento sobre el muro bajo, a la sombra corta que daba el edificio de la hospedería, a dejar que los brazos descansaran antes de seguir con la siguiente hilera.
Desde allí se veía bien la portería, con su ir y venir habitual de aquella hora: dos peregrinos que acababan de llegar preguntando por dónde debían presentarse, un hermano lego cargando un fardo de ropa recién lavada hacia los tendederos y, más allá, junto al muro exterior, un carro tirado por una mula vieja del que un hombre de mediana edad, con las mangas remangadas hasta el codo, iba descargando sacos de grano de uno en uno, ayudado por otro más joven que parecía su mozo.
Jaume los miró un momento sin ningún interés especial, pues los traginers entraban y salían de Montserrat casi todos los días, con mercancía de un tipo o de otro.
Volvió enseguida la atención a lo que de verdad le importaba en ese momento, que era descansar un poco antes de que el hermano hortelano volviera a pasar revista.
—¿Os ha dicho algo el hortelano de si podemos parar a comer antes de terminar el segundo bancal?
—¿Qué? —dijo Bernat, tardando un instante de más en responder, como quien tiene que volver de algún sitio antes de oír bien la pregunta—. No sé. No se lo he preguntado.
—Ya lo veo. —Jaume sonrió, sin ninguna acritud, y le dio un codazo suave en el costado—. ¿Dónde andáis hoy, que no estáis ni medio aquí?
—Estar, estoy.
—Sí, vos y las cebollas, y quién sabe qué más.
Jaume había aprendido, en los dos años que llevaban trabajando codo con codo en tareas como aquella, que Bernat tenía sus rachas: días en que no paraba de hablar de cualquier detalle de sus pautados, de una nota que le había costado corregir, y días en que se cerraba sobre sí mismo como una almeja sin que hiciera falta preguntarle nada para saber que algo le rondaba la cabeza.
No le parecía preocupante. Le parecía, simplemente, la forma de ser de su amigo, tan distinta de la suya propia que a veces, cuando se paraba a pensarlo, no acababa de entender cómo dos personas tan diferentes podían llevarse tan bien.
Retomaron el trabajo cuando el sol ya calentaba lo justo para hacerlos sudar bajo el hábito, y avanzaron durante un buen rato en un silencio cómodo, interrumpido solo por el ruido seco de las cebollas cayendo dentro de los cestos y, de vez en cuando, algún comentario suelto sobre lo grandes o pequeñas que habían salido las cebollas de una hilera o sobre lo poco que había dado otra aquel año.
Fue en una de esas pausas, mientras Jaume se enderezaba para aliviar la espalda y miraba distraídamente hacia la portería, cuando notó que Bernat, a su lado, se había quedado quieto otra vez, con las manos suspendidas sobre el cesto sin llegar a soltar la cebolla que tenía entre los dedos.
—Bernat.
—¿Qué?
—Que lleváis parado un buen rato.
—Perdonad. —Bernat sacudió la cabeza, casi como quien se despierta, y terminó de dejar la cebolla en el cesto con un gesto algo más brusco de lo necesario—. Estaba pensando en una cosa del cancionero.
—Otra vez el cancionero.
—Es que quedan solo dos piezas y quiero que salgan bien.
—Ya os sale bien todo lo que hacéis, no necesitáis romperos la cabeza.
—Jaume volvió a su propia hilera, aunque sin perder del todo el hilo de la conversación—.
Lo que no entiendo es cómo conseguís meteros tanto en cuatro notas escritas en un pergamino.
Yo, si algo no me sale a la primera, lo intento una vez más, y si no sale a la segunda, ya me busco otra cosa que hacer.
—Por eso nunca termináis nada a tiempo.
—Termino lo que hace falta terminar —soltó Jaume mientras se le escapaba una risa corta—. Lo demás, que se resuelva solo o que se quede sin resolver. Yo duermo igual de bien de las dos maneras.
Siguieron así un rato, alternando el trabajo con esa clase de charla sin destino que a Jaume le gustaba especialmente, porque no exigía nada de ninguno de los dos más que la compañía del otro mientras las manos hacían lo suyo.
Le contó a Bernat, sin que este pareciera demasiado interesado pero tampoco del todo ausente, una disputa que había tenido esa misma mañana con otro novicio por culpa de un cubo mal colocado, y se rió él solo al llegar a la parte en que el cubo había terminado volcado sobre los pies del otro.
Bernat sonrió en el momento justo y asintió donde tocaba asentir, pero Jaume notó que aquella sonrisa llegaba con un pequeño retraso, como el eco de algo que ha tardado un instante de más en atravesar una pared gruesa.
Cargaron entre los dos un cesto ya lleno hasta el carro, y fue mientras lo dejaban en su sitio, con el esfuerzo compartido obligándolos a coordinar los movimientos sin necesidad de hablar, cuando Jaume, todavía con el resuello de la carga, soltó lo que llevaba un rato pensando medio en broma.
—¿Sabéis qué os pasa? Que no sabéis dejar las cosas quietas. Si os dijeran que hay una puerta que no debéis abrir, no dormiríais tranquilo hasta abrirla, aunque solo fuera para ver qué hay detrás y volver a cerrarla.
—No es verdad.
—Sí que lo es. Yo, en cambio, si me dicen que no abra una puerta, ni me acerco.
Ya tengo bastante con lo que veo sin necesitar ver también lo que no me toca ver.
—Jaume se sacudió las manos contra el hábito, satisfecho de su propia lógica—.
Por eso yo nunca me meto en líos. El día que os dé por meter la nariz donde no os llaman, ya veréis lo que os pasa.
—Puede ser.
—No puede ser. Es. —Jaume le dio otro golpecito amistoso, esta vez en el hombro, y volvió hacia el bancal silbando, sin darle a lo que acababa de decir más peso que el de cualquier otra broma de las que se hacían continuamente entre los dos, del mismo tipo que las que se hacían sobre el cubo volcado o sobre quién de los dos comía más rápido.
Bernat lo siguió sin responder nada más, y durante un rato la conversación se quedó ahí, disuelta otra vez en el ritmo del trabajo, hasta que Jaume, al agacharse para arrancar una col particularmente terca, le preguntó, casi sin pensarlo, qué era exactamente lo que tanto le preocupaba de esas dos últimas piezas.
—No es que me preocupe. Es que hay algo que no acabo de entender.
—¿Qué cosa?
Bernat se quedó un momento callado, con la col a medio arrancar entre las manos, y Jaume, esperando una respuesta, notó cómo su amigo parecía sopesar cuánto decir y cuánto callarse.
—Nada importante. Cosas de copista.
—Menuda explicación.
—Es que no tengo otra.
Jaume se encogió de hombros, sin insistir.
Podría haber preguntado más, pero no lo hizo porque tampoco sentía la necesidad real de saberlo.
Si Bernat quería contarle algo, ya se lo contaría cuando le apeteciera, y si no quería, tampoco era asunto suyo forzarlo.
Había aprendido, viviendo entre tantos hermanos con sus propias preocupaciones, que la mayoría de las puertas cerradas no escondían nada que mereciera la pena forzar, y que insistir demasiado solía estropear más amistades de las que arreglaba.
Solo una vez más, ya cerca de la hora sexta, Jaume lo sorprendió con la mirada puesta más allá del huerto, hacia los muros del monasterio que se alzaban sobre ellos, aproximadamente en dirección al scriptorium, como si algo de allí arriba siguiera llamándolo incluso con las manos metidas en la tierra.
No dijo nada esta vez. Se limitó a terminar de llenar su propio cesto, a cargarlo hasta el carro y a esperar a que Bernat, un momento después, hiciera lo mismo con el suyo, sin que ninguno de los dos necesitara comentar en voz alta lo que ambos, de maneras distintas, ya sabían: que aquel día, y quizá los siguientes, Bernat tenía la cabeza en otro sitio, y que Jaume, que no era hombre de forzar las cosas, prefería dejarlo tranquilo con lo que fuera que le rondara dentro, confiado en que, fuera lo que fuera, tarde o temprano se le pasaría, como se le pasaban a todo el mundo la mayoría de las cosas que un día parecían tan importantes.