XII. La ofrenda
S alió de la hospedería con la sensación de llevar encima más preguntas de las que había entrado a buscar, y en vez de subir directamente al scriptorium, donde le esperaba todavía media docena de folios por copiar, torció hacia el claustro y dejó que los pies lo llevaran sin rumbo fijo, como hacía siempre que necesitaba pensar sin que nadie le exigiera nada mientras tanto.
A esa hora el claustro tenía el ir y venir tranquilo de media mañana: dos novicios cargaban entre los dos un cesto de ropa hacia los lavaderos, un hermano mayor tomaba el sol apoyado contra una columna con los ojos cerrados.
Bernat caminó despacio, con las manos escondidas en las mangas del hábito por el frío que todavía no había terminado de irse de las paredes, y trató de poner en orden, uno detrás de otro, todo lo que llevaba acumulado en apenas tres días.
Tenía dos piezas en las que el maestro había dejado variaciones trazadas con la misma mano firme, sin ningún rastro de descuido.
Tenía, dentro de una de ellas, un giro que le sonaba a algo que no era de allí, sin conseguir situarlo en ningún sitio concreto.
Tenía unos pliegos ausentes, que podían haberse perdido sin más motivo que el desorden de una muerte repentina.
Tenía a Guillem, incómodo, mencionando que el maestro preguntaba por cosas que no le correspondían, y dejando caer, casi contra su voluntad, el nombre de una luminaria.
Y tenía, ahora, una anotación que no encajaba con lo que él mismo recordaba haber visto, y a Berenguer, que hasta ese mismo día jamás le había cerrado una conversación con tanta prisa.
Cada uno de esos hechos, por separado, tenía una explicación pequeña y razonable.
Bernat se lo repitió a sí mismo mientras cruzaba el claustro por segunda vez.
El problema, pensó, no era ninguno de esos hechos aislados.
El problema era que llevaba ya tres días encontrándose, uno tras otro, con pequeñas explicaciones que no acababan de sostenerse del todo.
Quiso, con una determinación que reconoció en sí mismo como algo más parecido a la necesidad de descansar que a la curiosidad, encontrar una sola idea capaz de explicarlo todo a la vez, del mismo modo en que una sola nota bien resuelta podía deshacer la tensión de una frase musical entera.
Y mientras pensaba en eso, sin buscarlo del todo, la idea le llegó casi completa, como suelen llegar las ideas que uno ya tenía medio hechas sin saberlo.
El maestro era un hombre devoto, más incluso que muchos de los que Bernat había conocido en Montserrat, y tenía fama, merecida, de guardar pequeñas costumbres personales de piedad que nunca explicaba a nadie: una oración concreta antes de empezar a copiar, una reverencia particular ante ciertas imágenes, un cuidado casi excesivo por cerrar bien cada trabajo antes de una fiesta señalada.
¿Y si aquellas dos variaciones no fueran más que eso?
¿Una ofrenda discreta, sembrada dentro de la propia música, a algún santo por el que sintiera una devoción especial o a cuya intercesión atribuyera algún favor recibido, sin necesidad de que nadie más lo supiera nunca?
No sería la primera vez que un religioso dejaba dentro de su propio trabajo una señal de devoción que solo él entendía del todo.
Y explicaría, de paso, por qué el maestro se había interesado por la luminaria de Sant Vicenç sin que le correspondiera: quizá quería asegurarse, antes de morir, de que aquel altar concreto quedara bien atendido, precisamente porque guardaba con el santo una deuda de gratitud personal que Bernat no tenía por qué conocer.
La idea le pareció, cuanto más la sostenía, más razonable que cualquiera de las que había manejado hasta entonces y, sobre todo, mucho más tranquilizadora.
Un hombre agradeciendo en privado un favor recibido por intercesión de un santo no era ningún misterio oculto.
Era, al contrario, la clase de cosa que ocurría constantemente entre gente devota, sin que nadie le diera después mayor importancia que la que merecía.
Si aquello era cierto, entonces las dos anomalías dejaban de ser un enigma y se convertían, simplemente, en un gesto piadoso que a él, como copista, no le correspondía deshacer ni corregir, sino respetar.
Siguió caminando, ya con la idea tomando forma más firme, y pensó en la segunda pieza con la misma lógica: si Inperayritz guardaba una ofrenda a Sant Vicenç, quizá Mariam, matrem llevara otra semejante, dirigida a algún otro santo, con algún motivo propio que Bernat todavía no alcanzaba a imaginar.
No hacía falta que fuera el mismo. Bastaba con que el maestro hubiera querido, en sus dos últimas piezas, dejar dos pequeñas señales de gratitud privada antes de morir, sin sospechar siquiera que moriría tan pronto.
Cuanto más vueltas le daba, más le gustaba aquella explicación, y precisamente por eso, porque le gustaba demasiado, Bernat se obligó a desconfiar un poco de ella.
Sabía, por su propio oficio, que las explicaciones que a uno más le convenían no siempre eran las más ciertas, y que un buen copista no daba nunca por bueno un pasaje solo porque fuera el que más le apeteciera copiar.
Si el maestro había dejado de verdad una ofrenda devocional en aquellas dos piezas, tendría que existir en algún lugar un rastro de esa devoción: una fundación vinculada a Sant Vicenç, una memoria antigua, algún encargo de misas o de luminarias relacionado con un favor recibido, cualquier cosa que un hombre piadoso dejara normalmente registrada cuando de su gratitud nacía una obligación que debía perdurar.
Los monasterios guardaban ese tipo de cosas con cuidado, precisamente porque una promesa hecha ante Dios no terminaba necesariamente con la muerte de quien la había hecho.
Decidió, sin darle a la decisión más solemnidad de la que merecía, ir a comprobarlo.
Los libros de fundaciones y memorias se guardaban en una sala distinta de la de las cuentas corrientes, más pequeña todavía, donde se archivaban las escrituras de todo aquello que alguna vez se había donado a Montserrat con una obligación unida a ello: una misa perpetua, un aniversario, una luminaria costeada a cambio de que se rezara por el alma de quien la sufragaba.
Era una estancia seca y silenciosa, con olor a pergamino viejo, polvo y cera de sellos, iluminada por un único ventanuco que dejaba una franja estrecha de claridad sobre la mesa de consulta.
Los legajos llenaban los estantes casi hasta el techo, atados con cordeles oscurecidos por los años y señalados con rótulos que algunas manos habían renovado varias veces mientras los documentos permanecían allí, sobreviviendo a quienes los habían mandado escribir.
Bernat había estado en aquella sala pocas veces, casi siempre acompañando a otro hermano que necesitaba consultar algo concreto, y le costó un rato recordar bien cómo estaban ordenados los legajos, agrupados por advocación y, dentro de cada advocación, por fecha de la donación.
Encontró primero, sin mucha dificultad, la sección dedicada a la Virgen, la más abundante de todas por ser el destino natural de casi cualquier devoción de un peregrino que llegaba a Montserrat; después la de Sant Benet, bajo cuya regla vivían todos ellos, con varias memorias antiguas bien documentadas; y finalmente, ya al fondo de un anaquel que no parecía consultarse muy a menudo, dio con un legajo delgado bajo la advocación de Sant Vicenç.
Se sentó con él en la mesa pequeña que había junto al ventanuco y empezó a leer con el mismo cuidado con que leía cualquier documento de trabajo, buscando algo que le permitiera cerrar aquella hipótesis de una vez.
Encontró, al principio, algunas escrituras antiguas, de más de cien años atrás, relacionadas con la fundación de la propia luminaria; encontró una memoria de misas encargadas por una familia de la comarca, también vieja, cuyos descendientes ya ni siquiera vivían en la zona; encontró, incluso, una nota breve sobre una reparación de la imagen del santo, hecha varias décadas antes, que por un momento le pareció prometedora hasta que comprobó la fecha y descubrió que no tenía ninguna relación posible con el maestro, que por entonces ni siquiera había nacido.
Nada de aquello encajaba con lo que buscaba.
Ninguna de aquellas memorias mencionaba al maestro, ni ningún favor reciente, ni ninguna devoción particular que pudiera explicar por qué un hombre que llevaba treinta años en Montserrat hubiera decidido, en sus últimas semanas de vida, dejar una ofrenda escondida a aquel santo en concreto.
Amplió la búsqueda, por si acaso el rastro que buscaba no estuviera clasificado exactamente bajo la advocación de Sant Vicenç, sino en algún otro apartado relacionado: revisó las memorias más recientes, ordenadas simplemente por año en otro legajo distinto, buscando cualquier mención al santo que pudiera haberse archivado fuera de su sitio natural.
Entre ellas pasó también por una memoria bajo la advocación de Sant Pere.
La recorrió por encima y la dejó a un lado: no mencionaba a Sant Vicenç ni al maestro.
Revisó también, por pura tenacidad, un cuaderno donde se anotaban las peticiones de misas particulares hechas por los propios hermanos de la casa, pensando que quizá el maestro hubiera encargado alguna sin que quedara registrada como fundación propiamente dicha.
Encontró peticiones de otros hermanos, incluso una del propio Vicenç, de años atrás, por el alma de su predecesor. Pero no encontró ninguna del maestro.
Se quedó, al cabo de un buen rato, con las manos apoyadas sobre la mesa y el legajo ya cerrado delante de él, sintiendo una decepción más pequeña de lo que hubiera esperado, quizá porque en el fondo ya sospechaba, mientras leía, que no iba a encontrar lo que buscaba.
Si el maestro había tenido de verdad un motivo de gratitud hacia Sant Vicenç lo bastante fuerte como para dejarlo escondido dentro de una pieza musical, resultaba extraño que no hubiera dejado ningún rastro de ese motivo en ningún otro lugar, ni una memoria, ni un encargo, ni una sola línea escrita por su propia mano que lo explicara.
Podía, se dijo, no haber quedado registrado en absoluto.
No todas las devociones privadas de un hombre tenían por qué figurar en los libros de la casa; un favor personal, recibido quizá en otro lugar, en otra etapa de su vida antes de llegar a Montserrat, no dejaría necesariamente ningún rastro allí, por mucho que él quisiera honrarlo después dentro de su propio trabajo.
Podía también haber buscado en el legajo equivocado, o haberse dejado algo por revisar entre tantos papeles viejos y mal ordenados.
Y cabía la posibilidad, sobre todo, de que el motivo de aquella ofrenda, si era eso lo que era, fuera precisamente demasiado íntimo para figurar en ningún registro, algo que el maestro hubiera querido guardar solo para sí mismo, confiado en que nadie más necesitaría entenderlo jamás.
Bernat devolvió el legajo a su sitio, cerró el estante y salió de la sala de fundaciones con la hipótesis todavía en pie, pero más delgada de lo que había estado una hora antes, como una prenda que uno sigue llevando puesta aunque ya note que empieza a quedarle floja.
No podía decir que estuviera equivocado.
Solo podía decir que allí donde había esperado encontrar algo que la sostuviera no había encontrado nada, y que aquella ausencia, pequeña pero real, se sumaba ya a las otras ausencias y evasiones que llevaba acumulando desde hacía tres días sin que ninguna, por sí sola, le pareciera todavía motivo suficiente para dejar de creer en la explicación más sencilla.
Mientras recorría el corredor de regreso, sin embargo, hubo otra cosa que empezó a incomodarlo más que la falta de documentos.
Si el maestro había querido ofrecer aquellas variaciones a Sant Vicenç o a cualquier otro santo, ¿por qué las había introducido de una forma tan difícil de advertir?
Bernat mismo habría pasado por alto la de Mariam, matrem si la primera no le hubiera enseñado dónde mirar.
Una devoción podía no dejar rastro en los libros.
Lo que le costaba más entender era por qué necesitaba esconderse también dentro de la música.
No encontró respuesta antes de llegar al final del pasillo.