El libro rojo de Montserrat XI. El testimonio
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XI. El testimonio

E ntre los encargos ordinarios que Bernat tenía pendientes para cerrar bien el cancionero estaba el de cotejar el gasto de cera consumida durante los últimos meses en el scriptorium, un trámite sencillo que Vicenç le había pedido semanas atrás para saber cuánto material adicional debía preverse antes de que llegara el invierno.

Era, en sí mismo, un trabajo sin ningún interés especial, del tipo que Bernat solía dejar para los ratos en que la vista ya no le servía para la copia fina y necesitaba, aun así, seguir siendo útil con algo.

Pero desde que Guillem le había mencionado, casi sin querer, aquella anotación extraña sobre la luminaria de Sant Vicenç, Bernat había decidido que aquel mismo encargo le daba la excusa perfecta para bajar al archivo de cuentas de sacristía y, ya que estaba allí, echar un vistazo también a lo que Guillem no había sabido explicarle.

No era, se dijo mientras bajaba la escalera estrecha que llevaba al archivo, ni siquiera una excusa.

Tenía de verdad que revisar el gasto de cera, y aquellos libros guardaban, mezclado con todo lo demás, el registro de las luminarias de cada altar: cuántos cirios se habían repuesto, cuándo, a cargo de qué partida.

Si iba a mirar unos números, bien podía mirar los otros también.

El archivo era una sala estrecha y baja, más fría que las dependencias de arriba, con dos ventanucos altos que dejaban entrar apenas la luz suficiente para trabajar durante las horas centrales del día.

Siempre olía a la humedad que subía por los muros de piedra.

En estantes de madera oscura se guardaban, ordenados por años y por tipo de asiento, los libros de cuentas de la casa: gastos de cocina, compras de grano, jornales pagados a los trabajadores seglares que ayudaban en las obras del monasterio y también, en una balda aparte, los registros de cera y ornamentos destinados al culto.

Hasta aquello que ardía ante Dios terminaba, tarde o temprano, convertido en una cifra y una línea de tinta.

Bernat conocía el sitio de sobra, pero nunca había tenido motivo para consultarlo con la atención con que se dispuso a hacerlo aquella mañana.

Empezó, como correspondía, por lo que había ido a buscar: el libro del año en curso, abierto por el mes en que se encontraban, repasando entrada por entrada el consumo de cera del scriptorium.

Las anotaciones eran breves, casi todas con la misma fórmula: tantas libras de cera, para tal uso, a cargo de tal partida.

Y Bernat fue anotando en una hoja aparte, con su propia letra, las cifras que necesitaba para el encargo de Vicenç, sin que nada de aquello le llevara más esfuerzo que el de sumar bien y no confundir un mes con otro.

Cuando terminó con la cera del scriptorium, en vez de cerrar el libro, siguió pasando hojas hacia atrás, buscando lo otro.

Las luminarias de los distintos altares se registraban en un apartado separado, ordenadas por advocación, y Bernat repasó primero, casi sin darse cuenta, dos o tres entradas que no le interesaban —la luminaria de Santa María, que se atendía casi cada semana por ser la más visitada; la de Sant Benet, con gasto regular y sin ninguna sorpresa— antes de dar, dos páginas más adelante, con la que buscaba.

Luminaria de Sant Vicenç. Atendida. Cirios nuevos, cantidad ordinaria a cargo de la partida de sacristía.

Leyó la línea una vez, sin que nada en ella le llamara la atención más allá de la que ya llevaba puesta de antemano por la mención de Guillem.

Estaba escrita con la misma letra que el resto del libro, sin ninguna corrección visible, en el lugar que le correspondía por fecha, exactamente como cualquier otra entrada ordinaria de aquel registro.

De no haber sido por la conversación del día anterior, Bernat la habría pasado por alto sin detenerse ni un instante más de los que se detenía en cualquier otra línea de aquel libro.

Fue al fijarse en la fecha cuando algo, muy despacio, empezó a no encajarle.

Aquella fecha le resultaba conocida, y no por ningún motivo relacionado con las cuentas.

La recordaba porque coincidía con los días en que él mismo había estado ayudando a preparar el altar de Sant Vicenç para la pequeña celebración que se hacía cada año en honor del santo; Bernat había sido, de hecho, uno de los que se encargó de barrer la capilla y de comprobar que hubiera suficiente cera encendida para la ocasión, precisamente porque el sacristán andaba entonces enfrascado en otros preparativos de mayor importancia y había repartido las tareas menores entre quien tuviera un rato libre.

Lo recordaba con bastante claridad porque le había parecido un poco pobre para la fecha que era, que los cirios de aquel altar fueran los mismos, ya bastante consumidos, que llevaban ardiendo desde semanas atrás.

No había cirios nuevos. Se acordaba de haberlo pensado entonces, sin darle ninguna importancia, achacándolo a que el sacristán mayor tendría otras prioridades aquella semana.

Volvió a leer la anotación. Cirios nuevos, cantidad ordinaria. La misma fecha, el mismo altar, el mismo concepto que él recordaba, con bastante claridad, no haber visto cumplido.

Se quedó un momento con el libro abierto sobre las rodillas, repasando mentalmente si podía estar equivocado en algo tan sencillo como una fecha.

Podía, por supuesto. Su memoria de aquella semana concreta no era perfecta, y bien podía haber confundido el día exacto en que barrió la capilla con otro distinto, más cercano o más lejano de la fecha que ahora tenía delante en el libro.

Cabía también la posibilidad de que el registro se hubiera anotado con retraso, como ocurría a veces con este tipo de asientos menores, cuando el sacristán apuntaba de memoria, días después, lo que debía haberse anotado el mismo día y se equivocaba sin querer en la fecha exacta.

O cabía la posibilidad que hubiera un error de pluma, una entrada duplicada, un concepto mal trasladado de un borrador a otro.

Ninguna de esas opciones tenía nada de extraordinario.

Los libros de cuentas de cualquier casa, por bien llevados que estuvieran, acumulaban esa clase de pequeños desajustes con el tiempo, y a nadie se le ocurría normalmente darles más vueltas de las necesarias.

Y, sin embargo, Bernat no podía evitar sentir una incomodidad parecida, aunque más pequeña, a la que ya conocía de los días anteriores: otra vez un papel decía una cosa y su propia memoria, sin que él la hubiera buscado, otra.

Cerró el libro por esa página, marcándola con una tira de cuero que solía usar para no perder el sitio, y se quedó un rato pensando qué hacer con aquello.

No era nada comparable a las anomalías de Inperayritz o de Mariam, matrem .

Aquí no había ninguna elección deliberada que él pudiera detectar, ningún trazo firme que sugiriera una decisión consciente: solo un asiento de cuentas que, si estaba mal, sería un descuido corriente de los que probablemente se repetían media docena de veces al año en cualquier registro de aquel tamaño.

Pensarlo de otro modo le pareció casi una falta de caridad hacia quien fuera que llevara aquellas cuentas, y Bernat no tenía ningún motivo real para sospechar de nadie solo porque una fecha no le cuadrara del todo con un recuerdo suyo, tampoco perfecto.

Con todo, y precisamente porque el maestro parecía haber mostrado interés por aquella misma luminaria sin que nadie supiera explicar por qué, decidió que preguntar no podía hacer ningún daño.

Devolvió el libro a su estante, recogió su hoja de anotaciones sobre la cera y subió de nuevo hacia la hospedería, donde solía encontrarse a esa hora con Berenguer, que llevaba la acogida de los peregrinos y que, por la naturaleza de su oficio, tenía trato frecuente con el sacristán para todo lo relacionado con cirios, ornamentos y provisiones destinadas al culto durante las vigilias.

Lo encontró donde esperaba, en el pequeño patio de la hospedería, entre el olor del grano recién descargado, la paja caída alrededor del carro y el ir y venir de quienes entraban y salían de la casa.

Berenguer supervisaba a dos peregrinos que ayudaban a descargar unos sacos, con esa mezcla de autoridad tranquila y cortesía práctica que empleaba con todo el que pasaba por allí, fuera huésped o hermano de la comunidad.

Se movía con la soltura de quien llevaba años ocupándose a la vez de hombres cansados, bestias, alimentos y camas, y había aprendido a resolver casi cualquier necesidad antes de que quien la tuviera terminara de explicársela.

—Bernat. ¿Venís a que os dé trabajo, o solo a mirar?

—Vengo con una pregunta pequeña, si tenéis un momento.

—Los tengo contados, pero decidme.

Empezaron, como era natural, con lo más sencillo: Bernat le preguntó por la cera que se había gastado en la hospedería aquellos meses, un dato que necesitaba de todos modos para su encargo, y Berenguer respondió con la misma soltura de siempre, sin ninguna vacilación, incluso quejándose un poco, con humor, de lo deprisa que se consumían los cirios cuando llegaban tantos peregrinos juntos.

Fue una conversación normal, del tipo que Bernat había mantenido con él muchas otras veces, y durante un buen rato no hubo en ella nada distinto de cualquier otra.

—Y una cosa más —dijo Bernat, cuando ya parecía que iban a despedirse—.

He estado revisando el libro de luminarias, y hay un asiento que no me cuadra.

El de Sant Vicenç, hace unos meses. Dice que se pusieron cirios nuevos, pero yo ayudé a preparar esa capilla para su fiesta y no recuerdo que los hubiera.

¿Sabéis si hubo algún error al anotarlo?

El cambio, aunque pequeño, fue perceptible. Berenguer, que hasta ese momento había respondido sin pensarlo demasiado, tardó un instante de más en contestar, y cuando lo hizo su voz había perdido algo de la soltura de antes.

—No sabría deciros. Yo no llevo esas cuentas, eso es cosa del sacristán mayor.

—Ya, pero os ocupáis de repartir la cera, ¿no? Pensé que quizá recordaríais si se llevaron cirios a esa capilla o no.

—A veces me entero, a veces no. No puedo estar al tanto de cada altar, Bernat, bastante tengo con lo mío.

—Berenguer se volvió hacia el carro, como si de pronto necesitara comprobar algo en la descarga que unos momentos antes no había necesitado comprobar—.

Si el libro dice que se puso cera, se pondría. Los libros no se escriben solos.

—No digo que se escriban solos. Solo digo que no coincide con lo que recuerdo haber visto.

—Pues a lo mejor lo recordáis mal. —El tono cortante sorprendió a Bernat por venir de quien venía—. Mirad, tengo que acabar con esto antes de que llegue el carro de la tarde. Si os preocupa tanto, preguntadle al propio sacristán, que es quien puede aclararlo. Yo no sé más de lo que os he dicho.

—Claro. Perdonad la molestia.

—No es molestia. Andad, id con Dios.

Bernat se quedó un momento en el patio, viendo a Berenguer volver a su tarea con una concentración que un momento antes no tenía, y con la misma sensación incómoda que ya había sentido el día anterior en la sacristía: la de haber tocado, sin buscarlo, un punto que un instante antes no parecía tener ningún peso y que, en cuanto lo nombraba en voz alta, dejaba de comportarse con la misma naturalidad de todo lo demás.

No tenía ninguna prueba de que Berenguer supiera algo que no quisiera contarle.

Podía, perfectamente, no tener ni la menor idea sobre aquellos cirios y sentirse simplemente incómodo por no poder ayudar a un hermano que le preguntaba algo que él no sabía resolver, o por no querer parecer que discutía las cuentas del propio sacristán mayor a sus espaldas.

Cualquiera de esas explicaciones era, por sí sola, tan razonable como la que había encontrado para la fecha del libro.

Pero la fecha que no encajaba, y Bernat, mientras salía del patio de la hospedería hacia el claustro, no pudo evitar pensar que llevaba ya tres conversaciones distintas, en apenas dos días, en las que alguien parecía dispuesto a hablar de casi cualquier cosa salvo, exactamente, de aquello que él más necesitaba entender.