El libro rojo de Montserrat X. La luz
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X. La luz

A unque todavía le quedaban unas cuantas páginas por copiar, Bernat empezó a pensar en lo que vendría después.

Cuando terminara el cancionero tendría que encuadernarlo, y para entonces necesitaría cordel fuerte para coser los cuadernos y suficiente pergamino para las guardas y los refuerzos.

No quería descubrir, llegado el momento, que en el scriptorium no quedaba bastante de una cosa o de la otra y tener que dejar el trabajo a medias mientras esperaba nuevo material.

Era fra Guillem quien llevaba la cuenta de esas cosas —cordel, cera, pergamino de reserva, todo lo que la sacristía guardaba y repartía según las necesidades de la iglesia y de la casa—.

Así que, a media mañana, con la lista mental de lo que le faltaba ya bien ordenada en la cabeza, Bernat bajó hasta la sacristía con la intención de preguntarle de cuánto podía disponer sin tener que esperar a que llegara nuevo material.

La sacristía, a esa hora, tenía su propio ajetreo silencioso.

Era una estancia más pequeña de lo que parecía desde fuera, de muros gruesos y un único ventanuco alto por el que entraba una luz blanca y estrecha que apenas alcanzaba el fondo.

Olía a cera, a lino guardado y al resto del incienso que parecía haberse quedado prendido para siempre en la madera de los arcones.

Allí casi nada estaba por estar: los paños acabarían cubriendo un altar, la cera ardería ante Santa María o algún santo, el aceite mantendría encendidas las lámparas y hasta los objetos más pequeños tendrían, tarde o temprano, un lugar en el oficio divino.

Bernat siempre había pensado que había algo tranquilizador en eso, en que hasta las cosas más ordinarias pudieran terminar puestas al servicio de Dios.

Guillem estaba de rodillas frente a un arcón bajo, sacando de él, uno tras otro, los paños que se usarían en la próxima fiesta y extendiéndolos sobre un banco para revisarlos a la luz del ventanuco; algunos los doblaba de nuevo con cuidado y los devolvía al arcón, otros los apartaba a un lado, sin duda porque necesitaban un remiendo o un lavado antes de volver a usarse.

Tenía a mano, sobre una mesa pequeña arrimada al muro, un cuaderno de cuentas abierto y un cálamo listo, y de tanto en cuanto interrumpía la revisión de los paños para anotar algo, siempre con el mismo gesto medido.

—Fra Guillem.

—¡Bernat! —dijo, sin apartar la vista del paño que tenía entre las manos, comprobando con el pulgar uno de los bordes deshilachados—. Si venís por la cera para las vísperas, ya le dije a Berenguer que la reparta él esta semana, que yo ando corto de manos.

—No, no es por eso. Es por el cancionero. Voy a necesitar pergamino para las guardas y los refuerzos, y cordel bueno, del grueso. No sé cuánto queda disponible sin que tenga que esperar a que llegue más.

Aquello sí hizo que Guillem levantara la cabeza un momento, con el interés puntual de quien de pronto tiene delante una pregunta que puede responder con precisión.

—¿Cuánto necesitáis?

—No mucho. Es un solo volumen, aunque grueso. Prefiero pedir de más que quedarme corto a mitad de la costura.

—Eso siempre. —Guillem se levantó y se acercó a un armario estrecho pegado al muro del fondo, del que sacó dos rollos de cordel de distinto grosor y los sopesó un instante en la mano, como calculando—.

Este os servirá. Del pergamino hay menos de lo que me gustaría, pero para las guardas y el refuerzo de un solo volumen debería bastar. Venid, os lo enseño.

Bernat lo siguió hasta un arcón más pequeño, donde Guillem fue apartando pliegos hasta dar con los que buscaba.

Mientras lo hacía, comentó, con esa mezcla de orgullo y fastidio con que los hombres hablan de las cosas que tienen a su cargo, que aquel arcón llevaba meses sin revisarse a fondo y que, en cuanto tuviera un rato, pensaba ponerlo en condiciones.

Bernat, que conocía bien esa clase de conversación, asintió con la naturalidad de quien entiende perfectamente aquella preocupación, y durante un rato la charla se quedó ahí, entre pergaminos y cordeles, sin ninguna otra intención que la de resolver lo que había ido a buscar.

Fue mientras Guillem contaba los pliegos, apartándolos de dos en dos sobre la mesa, cuando Bernat, casi sin premeditarlo, dejó caer la pregunta que en realidad llevaba también en la cabeza desde hacía días.

—Fra Guillem, ¿sabéis qué se hizo con todos los pliegos del maestro? Los que tenía guardados en el arcón bajo del scriptorium. Cuando fui a mirarlos, me pareció que faltaban algunos.

Guillem no dejó de contar, y su respuesta tardó un instante más de lo que habían tardado las anteriores.

—Se recogieron sus cosas como se pudo aquellos días. No sé deciros más.

—¿Ayudasteis a recogerlas?

—Un poco. Como todos.

Era una respuesta correcta, razonable, y sin embargo Bernat notó algo distinto en el modo de decirla: más corta que las frases que Guillem había empleado hasta entonces para hablar del cordel o del pergamino, sin el mismo detalle, casi como si hubiera decidido de pronto que aquella parte de la conversación no le interesaba.

Guillem terminó de contar los pliegos, los apiló con un golpecito seco contra la mesa para igualar los bordes y se los tendió a Bernat sin mirarlo del todo a los ojos.

—Con esto tenéis de sobra. Si os falta cordel, avisadme antes de que se acabe la semana.

—Gracias —dijo Bernat, tomando los pliegos—.

Es que hay algo que no me cuadra. En las dos últimas piezas que dejó preparadas hay unos giros que no coinciden con lo que yo recuerdo haber cantado siempre.

Se lo comenté al prior, y me dijo que probablemente el maestro había cambiado algo a su gusto, sin más.

Pero quería ver si había alguna nota suya que lo explicara, y por eso fui a mirar el arcón.

Y ahí es donde vi que faltaban pliegos, sobre todo de esas dos piezas.

Guillem se quedó un momento callado, ordenando otra vez, sin ninguna necesidad real, el cordel que ya había medido antes, enrollándolo un poco más apretado.

—No sabría deciros. El maestro, en sus últimas semanas, también preguntaba mucho. De todo. De las cuentas, de quién había pasado por aquí, de cosas que a mí, la verdad, me parecían no venir a cuento con nada.

Bernat sintió que se le aguzaba la atención, aunque procuró que no se le notara ni en la cara ni en la voz.

—¿Qué preguntaba, exactamente?

—No sé, Bernat. Cosas. —Guillem se encogió de hombros en un intento de parecer despreocupado que a Bernat le pareció, precisamente por lo forzado, todo lo contrario—.

Ya sabéis cómo era. Se le metía algo en la cabeza y no lo dejaba correr hasta que lo entendía del todo.

Yo pensaba que era cosa de la edad, o de que llevaba demasiadas horas encerrado aquí dentro sin salir apenas al aire.

—¿También os preguntaba a vos?

—A mí y a cualquiera que se cruzara con él, me parece.

—Guillem volvió a los paños que tenía sobre el banco, dándole la espalda a medias—.

Mirad, Bernat, no sé qué buscáis exactamente, pero yo no guardo secretos de nadie.

Lo que pasó, pasó. El hombre murió por un descuido, como otros mueren de unas fiebres o en el camino.

Dios sabe por qué llama a unos antes que a otros, pero no creo que nos corresponda buscar un sentido oculto en cada muerte.

Y lo que hiciera o dejara de hacer durante sus últimas semanas no creo que tenga mucho que ver con lo que necesitáis para vuestro cancionero.

Era, pensó Bernat, una forma bastante razonable de cerrar la conversación, y probablemente cierta además: no había ningún motivo real para pensar que las preguntas que el maestro hiciera sobre cuentas o sobre visitas tuvieran nada que ver con dos giros melódicos mal recordados.

Y, sin embargo, la forma en que Guillem lo había dicho le dejó la sensación de que aquella conversación no había llegado por sí sola a su fin, sino que alguien acababa de empujarla un poco más de lo necesario para cerrarla.

—No busco nada en concreto —dijo Bernat, con calma, dispuesto a no forzar más de lo que la conversación permitía—. Solo quería entender por qué esas dos piezas no coinciden con lo que recuerdo. Ya sabéis cómo soy con estas cosas.

—Sí, ya lo sé. —Guillem soltó por fin algo parecido a una media sonrisa—. Sois iguales los dos, vos y él. Capaces de perder media semana por una nota que a nadie más le importa.

Bernat dejó pasar el comentario sin devolverlo, aunque le tocó por dentro con más fuerza de la que hubiera esperado, y se dispuso a despedirse, satisfecho a medias, con los pliegos de pergamino bajo el brazo y el cordel guardado en la bolsa que llevaba al cinto.

Guillem volvió a sus paños y Bernat alcanzaba ya la puerta cuando lo oyó llamarlo.

—Bernat...

Se volvió. Guillem tenía todavía un paño entre las manos, pero no había seguido doblándolo. Permaneció así un instante, mirando la tela como si hubiera algo en ella que necesitara decidir antes de hablar.

—Ahora que lo decís... hubo una cosa. —Se detuvo otra vez—.

Entre sus anotaciones, cuando ayudamos a ordenar sus cosas, había una nota suelta sobre la luminaria de Sant Vicenç.

Algo sobre que había que revisarla, o comprobarla; no recuerdo bien las palabras exactas.

Nunca entendí qué quería decir. Esa luminaria la lleva el sacristán mayor, no el maestro de canto, y él no tenía ningún motivo para meterse en eso.

Se lo comenté a Berenguer en su momento y ni él supo darme una razón.

Cuando terminó, Guillem dobló por fin el paño que aún sostenía y lo dejó sobre el banco con un alivio que el peso de aquella tela no justificaba.

—¿Conserváis todavía esa nota?

—No sabría deciros. —Esta vez su tono sonaba ya más tranquilo—. Andará por ahí, con el resto de sus pliegos, o se quedaría en la sacristía con las demás cuentas de luminarias. No le di más vueltas entonces y tampoco pienso dárselas ahora.

Bernat asintió, le dio las gracias otra vez por el material y salió de la sacristía con los pliegos bajo el brazo y una pregunta nueva instalándose, despacio, junto a las otras dos que ya llevaba cargando.