El libro rojo de Montserrat IX. La vigilia
14%

IX. La vigilia

L a iglesia de Santa María, a la caída de la tarde, tenía un olor que Bernat conocía tan bien como el propio scriptorium: cera derretida, lana húmeda, polvo del camino y el aliento cargado de mucha gente reunida en un espacio que nunca había sido pensado para tantos a la vez.

Llevaba allí desde antes de que empezaran a llegar los peregrinos, ayudando a fra Guillem a repartir los cirios de repuesto entre los soportes de hierro que corrían junto a los muros laterales, y desde ese primer momento, sin que él mismo se hubiera dado cuenta de en qué instante exacto había empezado a hacerlo, se había puesto a mirar a la gente que iba entrando de una forma distinta a como la había mirado siempre.

Durante años, las vigilias nocturnas habían sido para él, simplemente, parte del ritmo de la casa: se cantaba, se rezaba, los peregrinos iban y venían según sus propias fuerzas y su propia devoción, y Bernat participaba de todo aquello desde dentro, como una pieza más de un mecanismo que llevaba funcionando mucho antes de que él naciera.

Esa noche, sin embargo, mientras terminaba de colocar los últimos cirios y se apartaba hacia una de las columnas que separaban la nave central de la lateral norte, desde donde solía seguir el canto sin molestar a nadie, se descubrió observando a la gente casi como si fuera la primera vez que la veía entrar en aquella iglesia.Había un grupo de mujeres mayores, seis o siete, que se habían instalado cerca del altar de Santa María desde primera hora y que llevaban ya un buen rato pasando entre los dedos las cuentas de sus oraciones, murmurando entre sí en voz baja.

Más atrás, junto a la puerta, un hombre joven con dos niños pequeños intentaba, sin mucho éxito, que se estuvieran quietos, con uno de ellos sin dejar de mirar hacia arriba, hacia los arcos que se perdían en la penumbra, con la boca abierta, como si esperara ver aparecer algo entre las sombras.

Había peregrinos que llevaban ya varios días de camino a sus espaldas.

Se les notaba en el modo de sentarse, despacio, con cuidado, y en la ropa cubierta de polvo del camino.

Y otros que, por la limpieza de sus prendas y la forma en que miraban alrededor, debían de haber llegado esa misma tarde, todavía extrañados por la iglesia y por la cantidad de gente que se apretaba dentro de sus tres naves.

Bernat se sorprendió fijándose en todo aquello con un detenimiento que nunca antes le había parecido necesario.

No buscaba nada en concreto, pero tampoco podía negar que, desde que llevaba dos piezas enteras del cancionero dándole vueltas en la cabeza sin encontrarles explicación, ya no conseguía ver aquella multitud exactamente como la había visto siempre.

Ahora veía personas sueltas, cada una con su propio cansancio, su propia prisa, su propia manera de ponerse ante Dios.

Cada una había subido hasta Santa María con algo que agradecer, que pedir o que cumplir, aunque él no pudiera saber qué.

El canto empezó, como siempre, con las piezas más sencillas del repertorio, las que cualquier peregrino con un mínimo de costumbre llevaba aprendidas de memoria desde niño, y Bernat se dejó llevar por ellas con la misma naturalidad de cualquier otra noche.

Cantó él también, en voz baja, mezclado entre los hermanos que se habían situado a un lado del presbiterio, y durante un buen rato no pensó en nada que no fuera la música misma: el modo en que las voces gruesas de los hombres se apoyaban en las más agudas de las mujeres, el murmullo de quienes seguían rezando sin sumarse al canto, el instante en que la iglesia entera, sin que nadie tuviera que dirigirla del todo, encontraba el mismo tono y se sostenía en él durante unos versos antes de que alguien, sin querer, se desviara un poco y arrastrara consigo a los más cercanos.

Percibió, mientras cantaban, las diferencias que siempre había sabido que existían pero que nunca se había detenido a observar con tanta atención: había quien conocía cada palabra de cada estrofa sin necesitar seguir a nadie, casi siempre los mismos rostros que llevaban peregrinando a Montserrat desde hacía años; había quien seguía la melodía general sin atreverse con la letra completa, moviendo apenas los labios en las partes que no dominaba; y había quien, sencillamente, se dejaba llevar por el sonido de los demás sin cantar apenas, contento con estar allí, de pie ante Santa María, formando parte de una oración que no necesitaba entender del todo para sentir que le hacía bien.

Bernat sabía, aunque su oficio se lo hiciera olvidar a veces, que para eso servía el canto antes que para ninguna otra cosa: para ayudar a rezar.

Después de dos o tres cantos más, breves y sencillos, llegó el turno de Mariam, matrem .

Bernat lo supo un instante antes de que empezara, por el modo en que fra Berenguer, que llevaba la voz esa noche, respiró hondo y elevó ligeramente el mentón.

Aquel gesto y aquella larga nariz mirando hacia el cielo, precedía siempre a esa pieza en concreto.

Y en cuanto las primeras notas salieron de las gargantas reunidas, la atención de Bernat se estrechó hacia un único punto: el pasaje exacto, mediada la segunda estrofa, donde lo escrito por el maestro decía una cosa y su memoria insistía en otra.

Cantó él también, como todos, pero cantando con una parte de sí mismo y observando con la otra, dividido entre la voz que le salía casi sola y los ojos que recorrían las caras más cercanas a la suya.

Nada. El giro pasó, la iglesia entera lo cantó como todos parecían conocerlo, cada uno con su propia variante mínima, pensó Bernat, pero ningún rostro se detuvo, ninguna cabeza se alzó, nada en aquel mar de voces mezcladas sugería que hubiera pasado algo distinto de lo que pasaba cada noche.

Bernat sintió, más que decepción, una especie de vergüenza por haber estado buscando algo sin saber siquiera qué forma podría tener.

Se dijo que Vicenç probablemente tenía razón.

Quizá aquello no era más que dos notas escritas de una manera un poco distinta a la que él recordaba, sin ningún propósito más allá del gusto o la costumbre de un hombre que ya no podía explicarse, y quizá él llevaba dos días concediéndole a un detalle pequeño una importancia que no merecía.

La idea le resultó, durante un rato, casi aliviadora.

Siguió cantando el resto de la vigilia con la misma naturalidad de siempre, dejando que el canto volviera a ser lo que había sido antes de que él empezara a diseccionarlo nota por nota: una forma de oración.

Un canto tras otro, algún peregrino que se emocionaba y no podía terminar una estrofa, un niño que se había dormido en el regazo de su madre y al que nadie quería despertar, el frío subiendo poco a poco desde el suelo de piedra a medida que avanzaba la noche.

Miró un rato al grupo de mujeres de las cuentas, que habían dejado de cantar y seguían ahora la música con los ojos cerrados, moviendo apenas los labios; miró también al hombre de los dos niños, que había conseguido por fin que el más pequeño se apoyara en su hombro mientras el mayor, ya vencido por el cansancio, se dejaba caer contra su costado.

Nada en aquellas escenas tenía que ver con lo que le rondaba la cabeza desde hacía dos días, y Bernat se sintió, durante un rato largo, simplemente parte de aquella vigilia, sin más preocupación que la de mantener el tono cuando le tocaba y rezar con los demás cuando no.

Fue ya bastante entrada la vigilia, cuando el cansancio empezaba a notarse en las voces y algunos de los peregrinos más mayores se habían sentado directamente sobre el suelo, con la espalda apoyada contra los muros, cuando llegó el momento de Inperayritz de la ciutat joyosa .

Era, de las dos piezas, la que más le pesaba a Bernat cantar aquella noche, porque había sido la primera en advertirle de que algo no encajaba, y porque ya conocía de memoria, casi contando los versos, en qué instante exacto llegaría el giro que su mano había tenido que decidir por su cuenta unos días antes.

Cantó las primeras estrofas casi sin oírse a sí mismo, con la mirada ya recorriendo, despacio, la parte de la nave que quedaba más cerca de donde él estaba.

Había allí, apoyado contra una de las columnas de la nave central, un hombre de mediana edad al que no recordaba haber visto antes en la iglesia, vestido con más cuidado que la mayoría de los peregrinos que llenaban el templo aquella noche: una capa de buen paño, oscura, gastada pero bien conservada, sin broches ni adornos que llamaran la atención.

A juzgar por lo poco sucia que llevaba la ropa, no debía de haber llegado hacía mucho.

Cantaba, o al menos movía los labios siguiendo a los demás, con la actitud de alguien que conocía la pieza sin necesitar demasiado esfuerzo para seguirla, ni tan distraído como los que solo imitaban el sonido general, ni tan entregado como las mujeres que rezaban junto al altar.

Bernat lo miró sin ningún motivo especial, del mismo modo en que había mirado ya, sin encontrar nada, a una docena de rostros distintos aquella misma noche.

Llegó el giro.

Y durante un instante, no más largo que el que tarda una nota en sonar y dar paso a la siguiente, el hombre de la capa gastada dejó de mover los labios.

No fue nada espectacular. No levantó la cabeza de golpe, no se llevó la mano a ningún sitio, no cambió de postura ni buscó con la mirada a nadie más entre la multitud.

Simplemente, durante ese único instante, su boca se detuvo, como si algo le hubiera hecho perder el hilo de la palabra que estaba a punto de pronunciar, y sus ojos, que hasta entonces habían permanecido vueltos hacia el altar como los de casi todos, se fijaron por un momento en algún punto que Bernat no habría sabido precisar.

Después, con la misma naturalidad con que se había detenido, volvió a cantar, retomando la pieza exactamente donde la había dejado, como si nada hubiera ocurrido en absoluto.

Bernat siguió cantando también, sin apartar del todo la mirada, notando cómo el corazón le latía un poco más deprisa de lo que aquel instante parecía merecer.

Intentó, sin conseguirlo del todo, no darle más importancia de la que tenía.

Cualquiera podía perder el hilo de una palabra durante un canto largo, sobre todo alguien que quizá no conociera la pieza tan bien como aparentaba, o que simplemente se hubiera distraído un instante con cualquier otro pensamiento, ajeno por completo a Montserrat, a la vigilia, a cualquier nota escrita o dejada de escribir por un maestro de canto ya muerto.

Había visto, esa misma noche, gestos parecidos en otras muchas personas sin que ninguno significara nada: alguien que tosía, alguien que se rascaba la nuca, alguien que bostezaba justo en mitad de una estrofa.

¿Por qué aquel instante concreto, de entre tantos otros iguales, tenía que significar algo más que cualquiera de ellos?

Y, sin embargo, no podía dejar de mirar hacia aquella columna, hacia aquel hombre que ya había vuelto a cantar como si nunca se hubiera detenido, con la misma actitud tranquila de antes, sin ninguna prisa, sin ninguna incomodidad visible, exactamente como un peregrino más entre los muchos que llenaban la iglesia aquella noche.

La pieza terminó. La vigilia siguió su curso, con unas últimas oraciones antes de que la gente empezara, poco a poco, a buscar sitio donde pasar lo que quedaba de la noche.

Algunos se acomodaban junto a los muros; otros permanecían todavía de rodillas, vueltos hacia Santa María, como si el cansancio del camino pudiera esperar un poco más.

Bernat se quedó donde estaba, junto a su columna, con la mirada todavía puesta, de manera casi involuntaria, en el lugar donde había visto al hombre de la capa gastada.

Ya no estaba allí. Se había movido, o se había sentado, o se había mezclado con el resto de la multitud que ahora se dispersaba despacio por las tres naves, y Bernat, por más que buscó entre las cabezas y los cuerpos que buscaban descanso, no consiguió volver a distinguirlo entre tantos otros.

Se quedó así, quieto, mientras el olor de la cera y el murmullo de las últimas plegarias volvían a ocupar el espacio que había dejado el canto, con la sensación incómoda de no saber muy bien qué acababa de presenciar, ni siquiera si había presenciado algo en absoluto.