VIII. La señal
A ntes de sentarse, releyó una última vez las tres versiones que llevaba anotadas del pasaje de Inperayritz y, sin darle más vueltas, apuntó la que a él le sonaba más cercana a lo que recordaba haber cantado siempre, con un pequeño ajuste que le pareció el más prudente de todos.
Quedaba escrito. Quedaba decidido. Solo le quedaba hacer la copia completa.
Y con esa sensación de asunto cerrado, cogió el segundo cuaderno, el último que le quedaba por copiar del cancionero, y lo abrió con el ánimo de terminar cuanto antes.
Pasó la vista por la tornada y la murmuró casi sin darse cuenta, con la facilidad de algo repetido demasiadas veces:
—Mariam matrem virginem attollite, Ihesum Christum extollite concorditer.
Mariam, matrem no le había dado nunca ningún problema.
Era una pieza que conocía casi tan bien como Inperayritz , quizá mejor, porque se cantaba con más frecuencia en las vigilias de verano, cuando llegaban más peregrinos y las noches eran lo bastante templadas para alargar los cantos hasta bien pasada la medianoche.
Empezó a copiar con el mismo método de siempre: leía dos o tres notas, las trazaba, comparaba, tarareaba por debajo para comprobar que la mano seguía a la voz y no al revés.
Durante un buen rato todo fue exactamente como debía ser.
La letra del maestro corría clara sobre el pergamino, sin ninguna vacilación, y Bernat avanzó por el folio con la tranquilidad de quien por fin ha dejado atrás una complicación y puede volver a hacer, sin más, el trabajo que le correspondía.A mitad de la segunda estrofa, algo, de nuevo, le hizo aflojar la mano.
Pero no como en Inperayritz . Allí la discrepancia había sido clara desde la primera vez que la cantó, un giro que se torcía hacia un lado mientras su memoria insistía en llevarlo hacia el otro.
Aquí era distinto: algo mucho más leve, apenas una sombra de duda, tan pequeña que durante un instante estuvo a punto de dejarla pasar sin más, convencido de que no era nada, de que su propia cabeza, todavía escaldada por el asunto del día anterior, buscaba problemas donde no los había.
Siguió copiando dos líneas más. Pero la duda no se disolvió del todo, sino que se quedó ahí, en algún rincón de su atención, insistiendo lo justo para que no pudiera olvidarla.
Volvió atrás.
Tarareó de nuevo el fragmento, esta vez despacio, cerrando los ojos como siempre hacía.
Y ahí estaba, apenas perceptible, un giro que su voz quería resolver de una manera y que la letra del maestro, mirada ahora con toda la atención que no le había dedicado la primera vez, resolvía de otra.
No era una nota entera fuera de sitio. Era, si acaso, un adorno distinto en el mismo punto exacto, un modo distinto de llegar a la misma nota final, tan sutil que un oyente cualquiera, incluso alguien acostumbrado a cantar aquella pieza desde niño, podría no haberlo notado jamás.
Bernat, sin embargo, llevaba toda la vida entrenado precisamente para notar esa clase de cosas y, además, llevaba un día entero con el oído alerta por una anomalía parecida en la pieza anterior.
Si no hubiera sido por Inperayritz , pensó, casi con seguridad habría copiado aquello sin detenerse ni un instante.
Comprobó el modelo con el mismo método de siempre: buscó primero un error material, un raspado, una corrección, cualquier señal de que la mano del maestro hubiera dudado al escribirlo.
No encontró nada de eso. El trazo, en aquel punto exacto, era tan firme como en el resto de la página, ni más apretado ni más pálido, sin ningún indicio de que aquella parte hubiera sido escrita de manera distinta a las demás.
Quien había escrito aquella nota lo había hecho con la misma seguridad con que había escrito las demás.
Bernat se recostó un momento contra el respaldo del banco, dejando el cálamo sobre el soporte, y se quedó mirando uno y otro cuaderno abiertos ante sí: el de Inperayritz , ya cerrado sobre la copia terminada, y el de Mariam, matrem , todavía a medio trasladar.
No necesitó pensarlo mucho para que la comparación se le impusiera sola.
Las dos anomalías no se parecían por la nota exacta que cambiaban, ni por el lugar concreto de la pieza donde aparecían, sino por algo más difícil de nombrar: la misma seguridad en el trazo, la misma ausencia de cualquier señal de descuido, la misma sensación de estar ante una elección y no ante un accidente.
Bernat empezó a admitir, con más resistencia interior de la que le hubiera gustado reconocer, que probablemente no se trataba de una casualidad aislada.
El maestro parecía haber introducido, con la misma mano firme, dos variaciones en dos piezas distintas del mismo cancionero, precisamente las dos últimas que había dejado preparadas antes de morir.
Una sola diferencia podía explicarse por cien motivos: una variante que él conocía mejor, un gusto personal, un recuerdo distinto del que Bernat tenía.
Dos diferencias del mismo tipo, precisamente en las dos últimas piezas, empezaban a formar algo que ya no podía llamar simplemente azar sin sentir que se estaba engañando a sí mismo.
Y, sin embargo, seguía sin tener ni la más remota idea de para qué.
Se dijo, porque era lo más razonable que se le ocurría, que quizá el maestro había estado ensayando alguna forma nueva de ornamentar esas dos piezas concretas, quizá pensando en presentárselas después a Vicenç como una mejora, o quizá simplemente porque, en sus últimas semanas, tal como el propio prior le había dicho el día anterior casi de pasada, se entretenía más de lo habitual en cosas pequeñas, dándole vueltas a detalles que a cualquier otro le habrían parecido menores.
No era una mala explicación. Era, de hecho, bastante parecida a lo que él mismo llevaba haciendo durante dos días con aquellas mismas piezas, y la idea de reconocerse tan parecido al maestro en ese sentido concreto le produjo una especie de incómoda simpatía hacia un hombre que ya no podía explicarle nada.
Buscó una hoja suelta entre las que tenía preparadas para anotaciones de trabajo y escribió dos líneas breves: el nombre de cada pieza, el lugar aproximado dentro de ella donde aparecía la diferencia, unas pocas palabras describiendo el tipo de giro sin necesidad de anotar la música entera.
No lo hizo pensando que aquello fuera a servirle para nada concreto, más allá de no tener que fiarse solo de la memoria si volvía a necesitar comparar ambos casos.
Era, se dijo, el mismo tipo de cuidado que aplicaba a cualquier otro aspecto de su oficio: quien trabaja con la pluma aprende pronto que la memoria sola no basta, y que apuntar las cosas, aunque parezcan pequeñas, ahorra disgustos más adelante.
Guardó la hoja bajo el cuaderno de Mariam, matrem y volvió al pasaje, decidido esta vez a entenderlo del todo antes de decidir qué copiar.
Cantó el giro de nuevo, despacio, tratando de encontrar en su propia memoria algún punto de referencia que le permitiera situarlo, algo que le dijera de dónde podía haber sacado el maestro aquella forma concreta de resolver el pasaje.
La primera vez no encontró nada. La segunda, tampoco, aunque empezó a notar algo parecido a un cosquilleo en la cabeza, esa sensación incómoda de tener una palabra en la punta de la lengua sin conseguir que salga del todo.
Se levantó, dio una breve vuelta por el scriptorium para despejarse y volvió al banco con la cabeza algo más clara. Cantó el giro una tercera vez.
Y entonces, de golpe, sin que hubiera hecho nada distinto de las dos veces anteriores, lo reconoció.
No supo decir, en ese primer instante, de dónde.
No era de ninguna de las piezas del cancionero que estaba terminando, de eso estaba completamente seguro; conocía aquel repertorio entero de memoria, folio por folio, y ninguna otra pieza de Montserrat sonaba así.
Tampoco era de ningún canto de la escolanía de su infancia, ni de nada que hubiera aprendido en los años que pasó fuera, en Manresa, donde la música que se oía era de una clase muy distinta, más llana, sin aquel vuelo.
Era, sin embargo, muy familiar, con esa clase de familiaridad que no necesita explicación para reconocerse a sí misma, aunque no consiga explicarse a los demás.
Lo había oído antes. En algún sitio. De algún modo.
Se quedó con el cálamo otra vez suspendido sobre el pergamino, sin escribir, repasando mentalmente todos los lugares donde había oído cantar en su vida —la escolanía, las vigilias de Montserrat, alguna capilla de Manresa donde había ayudado de más joven, un par de procesiones en las que había cantado de niño— y en ninguno de ellos conseguía situar aquel giro concreto.
Era como buscar un rostro conocido entre una multitud de desconocidos, sabiendo con certeza que estaba ahí, en alguna parte, sin conseguir que se le presentara del todo.
Cerró el cuaderno con más cuidado del que la situación exigía, guardó la hoja de anotaciones junto a la que ya tenía de Inperayritz y se quedó sentado un momento más, con las manos quietas sobre la mesa, sintiendo por primera vez desde que había empezado con aquello algo que no era exactamente nerviosismo, pero que se le parecía bastante: la certeza tranquila y un poco incómoda de que aquella melodía no tenía absolutamente nada que hacer en un cancionero copiado para las vigilias de los peregrinos de Montserrat y de que, sin embargo, allí estaba.