VII. La escucha
L os demás niños habían salido ya hacia el refectorio, y el ruido de sus pasos por la galería se fue apagando hasta que Bernat se quedó solo con el maestro en la sala pequeña donde se guardaban las hojas de canto.
Era una habitación estrecha, con un pupitre inclinado bajo la única ventana, que daba a poniente, y un arcón de roble cerrado con llave en el que se conservaban los modelos de la casa.
A esa hora de la tarde, a finales de otoño, el sol entraba muy bajo y alargaba sobre el pergamino la sombra de la mano que escribía, de modo que Bernat había aprendido a inclinar el cuerpo hacia la derecha para no trabajar a oscuras.
Tenía diez años y llevaba cerca de dos en Montserrat.
Ya no lloraba en la cama, o al menos no de manera que se oyera, y había dejado de contar los días que faltaban para que sus padres subieran a verlo, aunque seguía sabiendo, sin necesidad de contarlos, cuántos habían pasado desde la última vez.
Copiaba una antífona de la Señora, corta, de las que los niños cantaban en las vísperas del sábado, sobre un retal de pergamino de buena piel, fino y sin agujeros, de los que la casa reservaba para trabajos de más cuidado.
El maestro Francesc lo había sacado del arcón aquella misma tarde y se lo había puesto delante sin una palabra, y a Bernat no se le escapaba que los demás niños escribían sus ejercicios en recortes llenos de remiendos.
No sabía si aquello era una merced o una manera de exigirle más, porque en un pergamino así un borrón costaba más, y había decidido que daba lo mismo, ya que en un caso y en otro lo que había que hacer era hacerlo bien.
El modelo, una hoja vieja y oscurecida por los años, estaba sujeto sobre el atril con una piedra plana de río, y Bernat tenía por costumbre revisar cada línea dos veces antes de dar una copia por buena, de modo que cuando llegó a la mitad de la pieza ya había repasado la primera parte tres.
El maestro era un hombre delgado, de unos cuarenta y cinco años, de manos largas y huesudas, que llevaba el hábito con una rigidez que todavía dejaba adivinar que no lo había vestido toda su vida.
Había entrado en la casa ya adulto. Con los niños era seco.
Corregía con una palabra y pasaba al siguiente, no felicitaba casi nunca y tenía poca paciencia con quien cantaba sin escuchar, de modo que los más pequeños le tenían miedo y los mayores un respeto que se le parecía bastante.
Bernat, que en aquellos años no había conseguido arrancarle más que algún gesto de aprobación, lo admiraba sin reservas.
—Trae lo que llevas —dijo el maestro, sin levantar la vista de la hoja que estaba leyendo en su mesa.
Bernat le llevó la copia, con la tinta todavía fresca en los últimos signos, y el maestro la sostuvo con las dos manos cerca de la ventana.
La leyó con el dedo, siguiendo las líneas de izquierda a derecha, y mientras leía le salía de la boca cerrada un zumbido grave, casi sin palabras, que subía y bajaba con el canto.
Bernat lo había oído otras veces sin pararse a pensar en él, igual que se oye el crujido de una viga.
De pronto el zumbido se cortó a mitad de la segunda frase, como una carreta que topa con una piedra, y el dedo se quedó clavado sobre un signo. —Aquí.
Bernat se acercó con el estómago encogido y miró el signo. Era el penúltimo de la frase, y lo había puesto una línea más arriba de lo que decía el modelo, o de lo que el modelo habría dicho si una gota de cera no hubiera caído justo encima muchos años atrás.
—¿Esto qué es?
—Lo que decía la hoja, maestro.
—¿Lo que decía o lo que te pareció?
—Había una mancha encima. Puse el que pensé que era.
—¿Lo pensaste o lo oíste?
—Lo pensé.
El maestro esperó sin decir nada más, y Bernat, que había aprendido que el silencio de aquel hombre no era un permiso, buscó algo con que defenderse y solo encontró lo que le parecía razonable.
—Cantada de una manera o de otra, casi no se nota. ¿Queréis que lo raspe?
—Cántalas. Las dos.
Bernat se aclaró la voz y cantó la frase tal como la había escrito, bajito, con los ojos en el signo.
Al llegar a la nota alta la voz subió y se quedó allí, sin nada donde apoyarse, y la frase siguiente, que él conocía de memoria y que empezaba siempre igual, tuvo que arrancar desde más arriba de lo que esperaba, con un descenso que le sobraba, como cuando se pisa un escalón que no está.
La cantó de nuevo con la nota que le habían enseñado en las vísperas, la de abajo, y esta vez la frase se cerró sola y la siguiente salió de ella sin esfuerzo.
Se quedó callado, con la boca todavía entreabierta.
—Es distinta —dijo.
—¿Cuánto?
—No mucho. Pero la segunda frase no sabe de dónde viene.
El maestro lo miró un momento con una expresión que Bernat no supo leer y dejó la hoja sobre la mesa.
—Una nota no está sola —dijo—. No importa solo cuál es, sino de dónde viene y adónde obliga a ir a la que sigue.
Si mueves una, la siguiente tiene que venir de otro sitio, y la otra detrás de ella, y cuando llegas al final de la frase ya no estás donde crees estar.
Y lo peor no es eso. Lo peor es que quien copie de tu hoja no sabrá que la moviste, ni quien copie después de la suya, y dentro de unos años cantarán en otra casa, con toda tranquilidad, algo que nadie compuso.
Y esto se canta a la Señora. Si lo haces mal porque no te has parado a escuchar, es como llevarle una ofrenda que sabes que no es buena.
Al que me enseñó a mí le habría bastado oírte decir que apenas se nota para mandarte a limpiar los cuencos del refectorio hasta Pascua —añadió el maestro.
—¿Y vos qué hacíais?
—Aprendí a no decirlo. Raspa eso.
Bernat tomó el cuchillito y levantó la tinta con la punta, despacio, para no adelgazar demasiado la piel ni hacer que la tinta nueva se extendiera hacia los lados, y volvió a trazar el signo en su sitio.
El maestro lo miró hacer con los brazos cruzados y, cuando Bernat sopló sobre la tinta para secarla, le dijo que a partir de aquel día, antes de dar por buena una línea, la cantara, aunque fuera con la boca cerrada.
—Que piensen que rezas.
Volvió a su mesa y retomó su hoja, y casi enseguida el zumbido grave volvió a sonar.
Bernat se había sentado de nuevo en el pupitre para esperar a que la tinta terminara de secarse, y durante un rato resistió la tentación, porque sabía que el maestro no soportaba las preguntas que se hacían por hacer.
Pero esta no era de esas, o él decidió que no lo era.
—¿Por qué hacéis ese ruido, maestro?
—¿Qué ruido?
—El de la boca cerrada. Cuando leéis. Os paráis justo donde hay un fallo. Yo lo he visto.
—Preguntas más que un notario. ¿Te lo han dicho?
—Fra Dalmau dice que sí.
—Fra Dalmau tiene razón. —El maestro se pasó el dorso de la mano por la barba mal afeitada y suspiró, como quien se resigna a algo que sabe que va a tener que hacer de todas formas—.
Una música escrita que no puedes oír en la cabeza sirve de poco.
Los signos son para quien sabe qué sonido guardan.
Para quien no, son rasguños en una piel, y si copias sin oír, copias rasguños.
Por eso me paro: porque he oído algo que los ojos no iban a ver. No sé hacerlo de otro modo.
Bernat lo pensó un momento, mirando la hoja que el maestro tenía delante, y se fijó en que el zumbido de antes no era de ninguna pieza de la casa. No tenía la lentitud de las antífonas ni su manera de reposar al final de cada frase, sino un vaivén más ligero, casi de baile.
—Lo que tarareáis ahora no es de las nuestras.
—No lo es.
El maestro tardó en seguir, y Bernat creyó que no iba a contestar.
—La aprendí en una casa de señores, hace mucho, cuando todavía no llevaba hábito y comía donde me dejaban cantar. Se la oí a un criado de gente que andaba cerca de los Luna. Necesité oírla tres veces para sacarla entera.
—Yo soy de Manresa.
—Ya lo sé. Me lo dijiste el primer día, tres veces seguidas.
—¿Conocéis la Seu?
—Canté allí una Pascua, con el instrumento a la espalda, y subí la cuesta con tanto peso que luego me cobraron por un vaso de agua. No me fijé en ningún niño.
Bernat tardó un momento en comprender que aquello era una broma, y cuando lo comprendió el maestro ya había vuelto a su hoja con la cara tan seria como antes.
Se le escapó una sonrisa, que se apresuró a esconder bajando la mirada, y estaba a punto de preguntar por el criado de los Luna cuando el maestro dejó la hoja sobre la mesa.
—Ya que tienes tan pocas ganas de copiar —empezó el maestro—, vamos a ver para qué sirve ese oído que fra Dalmau dice que tienes. Ponte ahí, de cara a la pared. No mires la hoja.
La pared estaba fría y olía a cal. Bernat oyó que el maestro se aclaraba la garganta y empezaba a cantar la antífona desde el principio, con la voz seca y afinada de quien nunca había cantado para gustar a nadie, y siguió la línea con todo el cuerpo, frase por frase, hasta que el maestro se detuvo después de la segunda.
—¿Qué he hecho?
—En la primera. La cuarta nota. La habéis subido.
—¿Cuánto?
—La habéis puesto en el espacio de arriba.
—Otra vez.
Esta vez el maestro cantó la pieza entera, y Bernat notó que la voz se movía más despacio en los pasajes donde él no esperaba cambio alguno, como quien pisa con cuidado sobre hielo.
Cuando terminó, Bernat tardó más en contestar, porque lo que había oído no era una nota fuera de sitio sino una frase conocida que volvía un poco distinta de como se había ido.
—Es la del final. La que repite la del principio. La primera vez era de una manera y la segunda no ha vuelto igual. La habéis bajado un poco.
—Otra vez —dijo el maestro, sin confirmar nada.
Bernat esperó el cambio con todo el cuerpo, la frente casi pegada a la cal, y lo esperó con tanta atención que cuando la antífona terminó seguía esperándolo.
Repasó la primera frase, la segunda, la que volvía, buscando el hueco donde algo podía haberse movido, y no lo encontró, y dudó, porque no encontrar nada era peor que encontrar algo mal.
—No habéis cambiado nada —dijo, y enseguida—. ¿O sí?
—Decidme vos.
Bernat permaneció quieto unos instantes.
—No. Es igual. Habéis cantado la misma.
Se volvió sin que nadie se lo hubiera permitido y vio al maestro riendo, una risa corta y seca por la nariz, con los hombros sacudidos, que no le había visto nunca.
Duró poco. Cuando se le pasó, el maestro se frotó los ojos con el índice y el pulgar y volvió a ponerse serio, aunque algo en la cara le había quedado más blando.
—Eso es más difícil que lo otro —dijo—. Hay cantores que se pasan la vida oyendo diferencias que no existen para no reconocer que no han oído ninguna. Saber cuándo no hay nada que encontrar también es escuchar. Anda, siéntate.