VI. La consulta
B ernat guardó los pliegos sueltos del maestro exactamente como los había encontrado, ni uno fuera de su sitio, y se quedó un rato más de rodillas junto al arcón, pensando qué hacer con aquel vacío que no sabía nombrar de otra manera.
Podía dejarlo correr. Nadie, salvo él, iba a advertir jamás la ausencia de unas hojas entre los pliegos de un maestro muerto, y menos aún que fueran precisamente las correspondientes a las dos piezas que él estaba terminando de copiar.
Pero llevaba ya un día entero dándole vueltas a una discrepancia musical que nadie más consideraba digna de atención, y sabía, por experiencia propia, que ese tipo de dudas no se le pasaban solas por mucho que intentara convencerse de lo contrario.
Antes de que se hiciera de noche, decidió que hablaría con Vicenç.
No para que el prior le resolviera nada, sino porque necesitaba saber si debía seguir buscando una repuesta o si, por el contrario, le correspondía copiar lo que tenía delante y dejar de darle más vueltas de las que merecía.
Subió hasta la cámara prioral cuando ya empezaba a caer la tarde, con paso más lento de lo habitual, ensayando por el camino la manera de contarlo.
No quería que sonara a queja ni a excusa, ni tampoco a un asunto más grave de lo que en realidad era; solo quería explicarlo con la misma sencillez con que se explicaba cualquier duda de oficio, un pergamino que no bastaba, un pautado que había que rehacer.
Practicó mentalmente las primeras frases dos o tres veces, descartó las que sonaban demasiado alarmistas y llegó a la puerta con algo parecido a un discurso ya preparado, aunque sabía, por las pocas veces que había estado allí antes, que rara vez las cosas salían exactamente como uno las había pensado por el camino.
Fra Guillem, que hacía de escribano cuando el trabajo se acumulaba, salía en ese momento con un fajo de cartas bajo el brazo.
Era un hombre de algo más de treinta años, ancho de hombros y de manos grandes, con una barba corta en la que empezaban a aparecer más canas que pelo oscuro.
Le hizo un gesto con la cabeza para que esperara un instante antes de pasar.
Desde el hueco de la puerta, Bernat alcanzó a ver parte de la cámara: la mesa larga de Vicenç cubierta de papeles dispuestos en varios montones, cada uno con un orden que solo el prior parecía conocer; un mapa antiguo de las tierras que el priorato tenía arrendadas más abajo, en el llano, desenrollado sobre uno de los extremos; y al propio Vicenç, de pie junto a la ventana.
Era un hombre ya entrado en años, de cuerpo seco y rostro estrecho, con el cabello casi enteramente gris y unas cejas oscuras que todavía endurecían la mirada cuando escuchaba con atención.
Tenía las manos cruzadas a la espalda mientras escuchaba a un hombre de mediana edad, vestido como cualquier hombre de la comarca, que acompañaba cada frase con movimientos cada vez más impacientes de las manos, como quien lleva rato exponiendo un problema y empieza a sospechar que no recibirá la solución que esperaba.
—... y si no llega antes de la fiesta, padre prior, la hospedería se quedará sin cera para toda la semana. Con los peregrinos que se esperan este año, no es poca cosa.
Bernat entendió, sin necesidad de más, que hablaban de algún proveedor de la comarca, de encargos y demoras que nada le incumbían.
—No faltará cera —respondió Vicenç con calma—.
Hablad con el sacristán mayor antes de marcharos.
Él sabrá cuánto queda y qué puede esperar.El hombre no pareció del todo convencido, pero asintió, recogió su capa del respaldo de una silla y salió sin mirar apenas a Bernat, que se apartó a un lado del hueco de la puerta para dejarle paso.
Vicenç, entonces, se volvió hacia él con la misma expresión de quien no ha terminado todavía de despachar un asunto y ya está pensando cuánto tiempo le va a llevar el siguiente.
—Bernat —dijo, sin demasiado entusiasmo—. Entrad, si ha de ser breve. Tengo que revisar las cuentas del molino antes de vísperas.
—Puedo volver en otro momento, padre prior.
—Ya estáis aquí. Decidme.
Bernat entró y se quedó de pie frente a la mesa, sin que Vicenç le hiciera ademán de sentarse ni él se atreviera a hacerlo por su cuenta.
Desde allí, más cerca, la cantidad de papel resultaba todavía más evidente: cartas a medio contestar, una lista larga de nombres que debía de ser algún registro de hospedaje o de raciones, un cálamo distinto del suyo, más grueso, abandonado sobre un tintero medio seco.
Todo aquel mundo, pensó Bernat, no tenía nada que ver con el suyo, y sin embargo era el mismo hombre quien tenía que ocuparse de ambos a la vez, del cancionero y del molino, de la cera de la hospedería y del alma de cada hermano de la casa.
—Es sobre el cancionero —empezó Bernat, y supo, nada más decirlo, que había escogido bien las primeras palabras: lo bastante concretas para no parecer un rodeo y lo bastante neutras para no anunciar todavía un problema.
—¿Algo va mal?
—No exactamente. Es una duda de copia. —Bernat respiró antes de continuar, procurando que las palabras le salieran en el mismo orden en que las había ensayado por el camino—.
Estoy terminando Inperayritz , la primera de las dos piezas que me faltan por terminar.
En su cuaderno hay un pequeño giro que no suena como yo lo recuerdo de las vigilias.
Quise comprobarlo con algunos hermanos, por si era mi memoria la que fallaba.
Fra Andreu la canta de una manera; Pons, de otra parecida, pero no igual; Jaume, de otra distinta.
Y ninguna coincide del todo con lo que dejó escrito el maestro.
Vicenç lo escuchó sin moverse, con los brazos cruzados y la mirada fija en algún punto de la mesa, como quien ya sospecha adónde conduce una explicación antes de que termine.
—¿Y?
—No sé cuál de esas versiones debo copiar. Fui a buscar los pliegos sueltos del maestro, por si había dejado alguna nota que explicara por qué eligió esa forma y no otra. Pero faltan algunas hojas. No sé si se perdieron cuando recogimos sus cosas o si soy yo quien recuerda mal cuántas había.
Aquello último lo dijo más despacio, procurando que no sonara ni a acusación ni a alarma, y esperó la reacción de Vicenç.
El prior se frotó la frente un instante, con el gesto de quien ha escuchado ya, en años de gobierno, decenas de pequeños contratiempos parecidos y sabe exactamente en qué cajón colocarlos.
—Las canciones que se aprenden de oído cambian, Bernat.
Cambian de un lugar a otro, de una generación a otra, incluso de una vigilia a la siguiente si quien dirige el canto recuerda la melodía de otro modo.
No tiene nada de extraño que tres hermanos os canten tres versiones ligeramente distintas de algo que llevan media vida cantando sin mirar un pergamino.
—Ya lo pensé, padre prior. Pero el maestro escribió una cuarta versión, distinta de las tres.
—El maestro llevaba treinta años dedicado al canto.
Antes de venir aquí habría cantado esa pieza en más lugares de los que vos y yo hemos visto juntos.
Si escribió una versión distinta de la que recuerdan Andreu o Jaume, lo más sencillo es pensar que era la que mejor conocía o la que, por su oficio, juzgaba más correcta. No hace falta buscar otra explicación.
—¿Y las hojas que faltan?
—Sus cosas se recogieron deprisa, ya lo sabéis.
Había mucho que atender aquellos días. Es fácil que algún pliego se extraviara o que alguien lo aprovechara para otra cosa sin pensar que pudiera hacer falta después.
No sería la primera vez. —Hizo una pausa y añadió, con un tono algo más suave—: No busquéis donde quizá no haya nada que encontrar, Bernat.
A veces las cosas se pierden sin más motivo que el desorden.
Bernat asintió, aunque no del todo convencido, más por respeto a quien tenía delante que porque la explicación hubiera disipado la incomodidad que arrastraba desde el día anterior.
Sabía que insistir más podía empezar a parecer obstinación, y eso era precisamente lo último que quería que Vicenç pensara de él, ahora que su futuro dependía tanto de la opinión del prior.
—Entonces, ¿qué debo copiar? —preguntó, porque al final aquella era la única pregunta que de verdad necesitaba respuesta.
—Lo que vos, con vuestro oficio, consideréis que debe quedar escrito.
—Vicenç lo miró entonces con algo más de atención, como si recordara de pronto con quién estaba hablando—.
El maestro decía que pocos de los que habían pasado por la escolanía tenían vuestro oído.
Si él ya no está para decidir, os corresponde hacerlo a vos, no a Andreu, ni a Pons, ni a mí.
Escribid la versión que, por vuestro oficio, juzguéis más fiel al canto de esta casa.
Hacedlo según vuestro mejor juicio. Nadie puede pediros más; y si algún día alguien la canta de otro modo, volverá a cambiar por sí sola, como ha cambiado siempre.
Había en aquella forma de decirlo algo que a Bernat le costó nombrar: no era exactamente confianza, ni tampoco desinterés, sino una mezcla de ambas cosas que solo podía permitirse alguien con demasiados asuntos de mayor peso como para detenerse mucho tiempo en aquel.
Y, sin embargo, había también una consideración verdadera hacia él, hacia lo que el maestro había pensado de su oído.
—Lo haré con cuidado —dijo, porque no se le ocurrió nada mejor y porque era, además, la verdad.
—Sé que lo haréis.
Vicenç volvió a la mesa y tomó el primero de los pliegos de las cuentas del molino. Parecía haber dado por terminada la conversación cuando se detuvo.
—El maestro, en sus últimas semanas, también se entretenía demasiado en cosas pequeñas.
Le ocurría con algunas piezas lo mismo que os ocurre ahora: podía pasarse media tarde mirando un solo pasaje como si de él dependiera el mundo.
Yo se lo decía. Hay cosas que basta con que suenen bien; no necesitan ser perfectas.
Bernat sonrió, sin conceder a la observación más peso del que parecía tener.
En aquel momento no vio en ello más que el comentario afectuoso, algo resignado, de un superior que había reconocido la misma meticulosidad en dos hombres distintos y que, en el fondo, la encontraba más entrañable que preocupante.
—Puede que se me haya contagiado algo de él —dijo, sin pensarlo demasiado.
—Puede ser. No es lo peor que se os podría haber pegado.
—Vicenç ya tenía entre las manos el primer pliego de las cuentas, y su atención se había ido casi por completo hacia él—.
Andad, id a terminar vuestro cancionero.
Y decidle a fra Guillem, si lo veis, que necesito hablar con él antes de la cena.
Bernat se despidió con la deferencia acostumbrada y salió de la cámara prioral notando, en el propio gesto de cerrar la puerta a su espalda, que la conversación había terminado exactamente donde tenía que terminar y no en ningún sitio más.
No llevaba una respuesta distinta de la que ya tenía antes de entrar, pero llevaba, al menos, el peso repartido de un modo distinto: ya no era solo una decisión suya tomada a escondidas, sino una responsabilidad que el propio prior le había puesto encima, con toda su autoridad, aunque fuera de la forma más ligera posible.
Bajó despacio por la escalera que llevaba de vuelta al claustro, pensando que, en el fondo, Vicenç tenía razón en casi todo lo que había dicho.
Las canciones cambiaban. Las hojas se perdían.
Un prior no podía detenerse en cada detalle menor de la casa.
Y sin embargo, mientras cruzaba el claustro ya casi a oscuras, con la noche empezando a subir al monasterio, no consiguió del todo que aquella explicación le encajara tan bien como le había encajado a Vicenç mientras la decía.
No era desconfianza. Era, simplemente, que él tenía delante un pergamino concreto que debía llenar con algo concreto, y ninguna de las razones que acababa de escuchar, por sensatas que fueran, le decía todavía qué notas, exactamente, tenía que trazar.