El libro rojo de Montserrat V. La entrega
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V. La entrega

S alieron de Manresa a oscuras, cuando las campanas de la Seu todavía no habían tocado a prima, y Bernat insistió en cargar él mismo con su hato, aunque pesaba poco: una túnica de repuesto, unas calzas que su madre había remendado la noche anterior a la luz del hogar, y una manta de lana basta doblada en cuatro y atada con una cuerda.

Se lo habían dicho a mediados del invierno, una noche junto al fuego, con la lluvia golpeando el tejado, y él había comprendido lo que su padre quería decirle antes de que acabara la frase.

Un clérigo de la Seu, que conocía a un monje de la casa, había hablado por él, y había sitio para un niño más entre los que cantaban.

Lo recibirían pasada la Candelaria, si el camino lo permitía.

Bernat no había preguntado nada, ni hacía falta.

La Señora de Montserrat había cumplido lo que parecía haberle prometido aquella noche de vigilia, y él, que durante meses había guardado el secreto como se guarda una brasa en el hueco de la mano, sin atreverse a contárselo a nadie, sintió al oírlo una alegría tan completa que tardó un buen rato en advertir que su madre, al otro lado del fuego, no levantaba los ojos de la costura.

Durante la primera parte del camino, ella apenas habló.

Caminaba junto a él y, cada pocos pasos, sin motivo aparente, le tocaba la cabeza o le recolocaba el cuello de la túnica, y Bernat lo soportaba con la paciencia de los niños que consideran un poco fuera de lugar tanta atención en un día tan importante.

Su padre iba delante, con un paso más rápido que el habitual.

Todo el mundo estaba serio porque el día lo merecía, y él, que había decidido estar a la altura, caminaba con la espalda recta y el hato bien sujeto, seguro de que lo que iba a suceder era lo que tenía que suceder.

Llegaron al monasterio a media mañana. Sin la multitud de la víspera de la fiesta, el patio parecía más grande y bastante menos misterioso: se veían mulas atadas junto al muro, un hermano lego acarreando leña, dos mujeres esperando ante la portería para pedir pan, el humo de las cocinas subiendo casi recto hacia el cielo.

Bernat miró la puerta de la iglesia con tanta insistencia que su madre le tuvo que tirar de la manga.

—Después. Primero hay que presentarse.

El monje que los recibió en la portería se llamaba fra Dalmau.

Era un hombre mayor, con las mangas del hábito manchadas de tinta, y se agachó para ponerse a la altura de Bernat antes de dirigirle una sola palabra.

Le preguntó cómo se llamaba, cuántos años tenía y si sabía el Pater noster y el Ave Maria , y Bernat los recitó de un tirón, con tanto empeño que el monje sonrió.

Luego le pidió que escuchara. Cantó una frase corta, de cuatro o cinco notas, y le pidió que la repitiera, y Bernat la repitió exactamente.

Fra Dalmau la cantó otra vez, ahora con un pequeño cambio al final, y le preguntó si era la misma.

—No —dijo Bernat—. La última baja más.

El monje lo miró un instante sin decir nada, se incorporó y se volvió hacia el padre, que había dejado sobre el banco de la portería una talega de harina y un queso envuelto en un paño, lo que su casa podía ofrecer.

Hablaron un rato en voz baja, con las cabezas muy juntas, y Bernat dejó de atender enseguida, porque por una de las galerías que daban al patio cruzaba en ese momento una fila de niños.

Eran más de los que había imaginado, y caminaban de dos en dos, con túnicas oscuras de lana y el paso pausado de quien lo ha hecho todos los días desde hace tiempo.

Los reconoció sin esfuerzo: eran los que cantaban arriba en la vigilia.

Hasta entonces los había pensado como una sola voz clara por encima de las demás, y le sorprendió descubrir que eran tantos niños, algunos de su edad, otros bastante mayores, con las narices rojas de frío y el aspecto corriente de cualquier muchacho de Manresa, y que ninguno miraba hacia el recién llegado.

Solo uno, bajito, de su misma edad, con los ojos enrojecidos, lo observó de arriba abajo con un interés desolado y apartó la vista enseguida.

Bernat se irguió un poco. Pensó que dentro de unos días él también estaría en aquella fila, y que nadie se fijaría en él porque ya sería uno de ellos.

Fra Dalmau los llevó al dormitorio de los niños, una sala larga y baja sobre una de las galerías, con ventanas estrechas y dos hileras de jergones de paja pegados a las paredes, cada uno con su manta doblada a los pies.

El monje le señaló un jergón bajo la segunda ventana, que tenía la paja algo aplastada en el centro, y dijo que dormiría allí.

Su madre extendió sobre él la manta que habían traído, la alisó dos veces con las manos, la dejó otra vez como estaba y se quedó mirándola.

—Vuestro camino de vuelta es largo —dijo fra Dalmau, dirigiéndose a los padres—, y conviene que lo empecéis antes de que baje la luz.

Bernat tardó un momento en entender la frase. Pensó que se refería al camino hasta la hospedería, y se volvió hacia su madre con una sonrisa.

—¿Os quedaréis esta noche, madre? ¿En la hospedería? Así mañana…

Su madre miró a su padre. Fue una mirada muy breve, pero Bernat la vio, y en el estómago se le asentó algo frío que no tenía nombre.

—No, hijo —dijo su padre—. Mañana tengo que estar en casa antes de que amanezca.

—Pero… —Bernat buscó algo que decir y solo encontró la pregunta que le rondaba—. ¿Cuándo volveréis?

—Cuando podamos —respondió su padre, tras un silencio.

—Antes de que te des cuenta —añadió su madre, con una voz demasiado ligera.

—No prometáis lo que no sabéis, mujer —dijo el padre.

—No prometo nada. Es lo que se dice.

Bernat no sabía cuánto era «antes de que te des cuenta».

Sabía, en cambio, que cuando su madre decía «ahora mismo» a veces tardaba media tarde, y que «cuando podamos» era lo que su padre decía de las deudas y de las cosas que no sabía cuándo podría resolver.

Se quedó callado, con las manos cada vez más frías, intentando calcular cuántos días podían tardar en volver después de un camino que él acababa de hacer en una mañana, y la cuenta no le salió.

Bajaron los cuatro hasta la portería, sin hablar.

Bajo el arco, su madre se arrodilló delante de él y le peinó el flequillo con la palma humedecida de saliva.

Bernat esperó con la barbilla alta, como se espera cuando uno sabe que le están mirando.

Entonces ella le puso en la mano un pequeño bulto de tela doblada y le cerró los dedos encima.

—Para cuando tengas frío. Llévalo debajo de la túnica y no lo pierdas.

—Obedece a los monjes en todo —dijo su padre, que se había quedado de pie, con las manos a la espalda—. Escucha lo que te enseñen y apréndelo bien. No des trabajo. Nosotros rezaremos por ti, y tú reza por nosotros. Preguntaremos por ti en cuanto podamos.

—Dejadme un momento, que no he terminado —dijo la madre.

—No lo alarguéis, que es peor.

Ella se levantó de golpe, como si le hubiera costado más de lo que había calculado, y besó a Bernat en la frente con una fuerza que le hizo cerrar los ojos.

Cuando volvió a abrirlos, sus padres ya cruzaban el arco.

Fra Dalmau se había colocado a su lado, con una mano en su hombro, y desde allí, bajo la bóveda de la portería, Bernat alcanzaba a ver el primer tramo del camino de bajada, un trecho de piedra suelta que descendía entre las encinas hasta perderse tras un recodo del roquedal.

Su madre se volvió una vez. Alzó la mano, y Bernat alzó la suya, sin pensarlo, con el bulto de tela todavía apretado en el puño.

Esperó a que se volviera otra vez, y contó diez pasos, y luego veinte.

Su padre le puso una mano en la espalda para que siguiera andando, con un gesto que no tenía nada de duro, pero que no admitía discusión, y ella siguió.

Se fueron haciendo pequeños. El pardo de la túnica de su madre se confundió con el de la tierra y las piedras, y Bernat dejó de distinguirla de su padre, y los vio ya solo como una mancha que descendía hacia el recodo.

Esa noche, en el dormitorio, fra Dalmau apagó la última lámpara y se fue, y al poco rato se oyeron las respiraciones, los movimientos de la paja y la campana lejana de algún oficio.

Bernat estaba tumbado de lado, con la manta hasta la barbilla, mirando la ventana que la noche había vuelto gris.

Desde el jergón de al lado alguien susurró.

—Si vas a llorar, hazlo debajo de la manta. A mí no me importa, pero los mayores se ríen.

Era el niño bajito de los ojos enrojecidos. Bernat había sabido aquella tarde que se llamaba Jaume y que llevaba allí diez días.

—Yo lloré siete noches —añadió—. Ya casi no duele.

Bernat no respondió. Pasó un rato, y Jaume volvió a hablar.

—Ese jergón era de uno que se fue por Navidad.

—¿Se fue?

—Lo mandaron de vuelta a su casa. No conseguía aprender los responsorios.