IV. El discernimiento
E l claustro a media tarde tenía un ritmo distinto al de la mañana.
Ya no se oía el rumor de quien va y viene entre oficios, sino conversaciones más largas, apoyadas contra columnas o bancos, de hermanos que aprovechaban ese hueco del día para remendar una sandalia, pelar algo para la cena o simplemente dejar pasar el rato antes de que la siguiente campana los reclamara.
Bernat conocía bien ese ritmo y sabía también, por experiencia, quién solía estar dispuesto a cantar algo si se le pedía sin mucho ceremonial, y quién prefería que no le sacaran de su tarea por nada que no fuera estrictamente urgente.
Encontró a fra Andreu donde esperaba encontrarlo, sentado con un cesto de nueces entre las piernas, partiéndolas una a una contra la piedra con un golpe seco y preciso.
Fra Andreu era de los mayores del monasterio, de los pocos que quedaban de la generación que había servido bajo el prior anterior a Vicenç, y tenía fama de tener una gran memoria.
—Fra Andreu —dijo Bernat, acercándose—, ¿me permitís una pregunta extraña?
—Las preguntas extrañas suelen ser las más provechosas, muchacho. Las otras casi siempre traen consigo la respuesta.
Bernat sonrió, porque aquella respuesta era exactamente la que esperaba de él, y se sentó lo bastante cerca para que no tuviera que alzar la voz.—Quiero que me cantéis un fragmento de Inperayritz de la ciutat joyosa . Solo el principio, la primera estrofa. Nada más.
—¿Y eso por qué?
—Estoy terminando de copiarla y quiero comprobar una cosa.
Fra Andreu dejó el cesto de nueces a un lado, se aclaró la garganta con la parsimonia de quien no tiene ninguna prisa, y cantó.
Tenía una voz más ronca, gastada por la edad, pero segura, sin una sola vacilación, y Bernat, escuchándolo, sintió que la mayor parte de la melodía coincidía exactamente con lo que él mismo llevaba dentro desde niño.
La mayor parte. Porque en el mismo punto de siempre, en aquel giro breve que ya empezaba a conocer mejor de lo que le gustaría, fra Andreu cantó algo que no era ni lo que había cantado Jaume junto al pozo hacía un momento, ni lo que aparecía escrito en el cuaderno del maestro, aunque similar a su recuerdo.
—¿Va bien así? —preguntó fra Andreu, satisfecho, sin advertir que Bernat había tardado un instante de más en responder.
—Va bien —dijo Bernat—. Es solo que... ¿la habéis cantado siempre exactamente así? ¿Desde que erais escolà?
—Desde que era escolà, sí. ¿Por qué lo preguntáis con esa cara?
—Por nada. Curiosidad de copista.
Fra Andreu se rió, un sonido corto y desganado, y volvió a las nueces sin darle más importancia al asunto, como si la pregunta de Bernat fuera, cuanto más la pensaba, más rara todavía de lo que había prometido ser al principio.
Bernat se despidió con la cortesía de siempre y siguió su camino por el claustro, dándole vueltas a lo que acababa de oír.
Tres personas, dos pequeñas variantes distintas del mismo giro, ninguna de ellas exactamente igual a la otra, y ninguna de ellas exactamente igual a lo que el maestro había dejado escrito.
No eran tres canciones distintas: la melodía general era, sin lugar a dudas, la misma que todos conocían, la misma que se había cantado en Montserrat generación tras generación, pero con un punto pequeño y resbaladizo donde cada recuerdo parecía haberse pulido a su manera, sin que nadie se hubiera dado cuenta jamás, porque a nadie le había importado nunca lo bastante como para pararse a comprobarlo.
A nadie salvo a él, que tenía la obligación de fijar en piel algo que hasta ese momento solo había vivido en la garganta de la gente.
Se cruzó, al pasar junto al huerto, con dos novicios que llevaban entre los dos un cesto de coles hacia la cocina, y esperó a que pasaran antes de continuar hacia las dependencias de los escolans más jóvenes, donde recordaba haber visto antes a Pons, un muchacho más o menos de su edad que había llegado a Montserrat demasiado mayor para entrar en la escolanía, pero que cantaba de oído mejor que la mitad de quienes habían pasado por ella de niños.
Lo encontró remendando una cesta rota, sentado en la puerta de la despensa, con las piernas estiradas y la espalda contra el marco de la puerta.
—Otra vez Bernat con esa cara de estar resolviendo un pleito —dijo Pons, sin levantar la vista de la cesta—. ¿Qué queréis?
—Que cantéis algo. Inperayritz de la ciutat joyosa , la primera estrofa.
—¿Ahora?
—Ahora.
Pons cantó sin ceremonia ninguna, con esa voz clara y un poco descuidada que tenía.
También su versión coincidía con las demás en casi todo, y también, en el mismo punto exacto, se apartaba un poco de lo que Bernat esperaba oír; esta vez, además, de una cuarta manera distinta de las tres anteriores, aunque tan próxima a la de fra Andreu que, de no haber estado escuchando con tanta atención, Bernat quizá ni siquiera lo hubiera notado.
—¿Siempre la habéis cantado así? —preguntó, procurando que la pregunta sonara tan trivial como fuera posible.
—Pues... no sé. —Pons ladeó la cabeza, pensativo por primera vez desde que Bernat había llegado—.
Ahora que lo decís, alguna vez me han corregido ese trozo.
Un hermano viejo, no recuerdo cuál, me dijo una vez que yo lo cantaba mal, y yo seguí cantándolo como me salía, porque tampoco se nota tanto. ¿Por qué? ¿Lo canto mal?
—No, no. Es solo curiosidad.
—Pues vaya curiosidad más extraña —dijo Pons, volviendo ya a su cesta, sin interés alguno en seguir hablando de cuatro notas que, evidentemente, no iban a quitarle el sueño.
Bernat le dio las gracias y se alejó de allí con la sensación, cada vez más clara, de que era el único en todo Montserrat para quien aquello tenía la menor importancia.
Los demás cantaban lo que les salía, corregían de oído a quien se dejara corregir, y seguían adelante.
Era razonable, pensó, mientras cruzaba de nuevo el claustro hacia el scriptorium.
La voz humana no era una vitela. Cambiaba con los años, con quien la enseñara, con lo que cada garganta recordaba mejor o peor, y ninguna de esas variaciones importaba de verdad mientras la canción siguiera siendo, en conjunto, la misma canción, y siguiera cumpliendo su función de acompañar a los peregrinos en sus vigilias.
El problema, pensó, no estaba en las gargantas.
Estaba en el pergamino. Porque una vez que él trazara aquella línea en la copia definitiva, con la iluminación ya prevista, con la encuadernación ya encargada, aquella y no otra sería la versión que Montserrat cantaría de allí en adelante, generaciones de escolans que aprenderían de esas páginas exactamente lo que estuviera escrito en ella, sin margen ya para la pequeña deriva natural que él mismo acababa de comprobar en tres gargantas distintas en una sola tarde.
Lo que decidiera copiar dejaría de ser una entre varias memorias posibles y se convertiría, simplemente, en la memoria común.
Y con esa idea rondándole, llegó a algo parecido al alivio.
Si tres personas distintas recordaban la pieza de tres maneras ligeramente distintas, no había ningún motivo para pensar que su propia memoria fuera la equivocada, ni tampoco para pensar que la del maestro lo fuera.
Probablemente no era más que eso: generaciones distintas de escolans, enseñadas por distintos maestros de canto a lo largo de los años, habían ido puliendo aquel giro concreto cada una a su manera, y el maestro, al escribirlo, se había limitado a fijar la versión que él mismo había aprendido de joven, en algún otro lugar, antes de llegar a Montserrat.
No era una elección extraña. Era, simplemente, otra rama más de un árbol que llevaba mucho tiempo creciendo en direcciones ligeramente distintas sin que nadie se hubiera detenido nunca a mirarlo de cerca.
La explicación le pareció, durante un buen rato mientras subía la escalera hacia el scriptorium, suficiente.
Casi. Porque seguía teniendo delante el mismo problema práctico de antes, ahora con una razón más para complicarlo en vez de simplificarlo: si existían varias tradiciones igualmente válidas, ¿con qué autoridad iba a decidir él cuál de todas merecía quedar escrita para siempre?
Fra Andreu llevaba treinta años cantando su versión con la misma seguridad con que Jaume cantaba la suya, y ninguno de los dos tenía menos derecho que el maestro a considerar correcta su propia memoria.
Si iba a copiar fielmente lo que el maestro había dejado, al menos quería entender de dónde había sacado él aquella versión concreta, y no otra de las muchas que circulaban por el monasterio sin que nadie les hubiera prestado atención hasta ese día.
Se le ocurrió entonces algo que debería haber pensado antes: el maestro guardaba en un arcón bajo todos los pliegos sueltos con los que había ido preparando el cancionero durante meses.
Borradores, pruebas de pautado, alguna anotación hecha a toda prisa antes de decidirse por una versión definitiva.
Si había elegido conscientemente aquel giro y no otro, quizá quedara allí algún rastro de esa elección: una nota escrita al margen, un intento anterior tachado, cualquier cosa que le permitiera entender si el maestro había dudado también, como él estaba dudando ahora, o si simplemente había escrito la que mejor conocía.
El scriptorium estaba vacío a esa hora, y la luz ya había empezado a inclinarse hacia el otro lado del ventanal, más pálida que por la mañana.
Bernat se arrodilló junto al arcón bajo, apartó primero los cuadernos de otros trabajos anteriores del maestro, y fue sacando, uno por uno, los pliegos sueltos que recordaba haber visto allí semanas atrás, cuando había ayudado a ordenar sus cosas después del entierro.
Los fue extendiendo y ordenando sobre la mesa larga, comparando lo que tenía delante con la imagen que conservaba de aquel arcón la primera vez que lo abrió.
Faltaban hojas.
No podía decir cuántas exactamente, ni tampoco estaba seguro del todo de que su memoria de aquel día, con el disgusto todavía tan reciente, fuera del todo fiable en un detalle tan pequeño como el número de pliegos de un montón de borradores.
Pero recordaba con bastante claridad que había más pliegos entonces del que tenía ahora delante, y recordaba, sobre todo, que entre aquellos pliegos había visto páginas con anotaciones sueltas del cancionero.
Se quedó allí un rato sentado con los pliegos desordenados alrededor, sin saber muy bien qué hacer con aquella ausencia.
Podían haberse perdido al mover las cosas del maestro de un lado a otro.
Podía habérselas llevado alguien para otra cosa, un pliego de pergamino reutilizable no era un bien que alguien desperdiciara en un monasterio, y quizá simplemente las habían raspado y reaprovechado sin que a nadie se le ocurriera pensar que él las necesitaría después.
Podía ser incluso que su propia cabeza le estuviera jugando la misma clase de mala pasada que ya le había jugado con la melodía, y que en realidad nunca hubiera habido tantos pliegos como él creía recordar.
No tenía ninguna prueba de nada. Solo tenía la sensación, incómoda y precisa, de que había ido a buscar una respuesta sencilla y se había encontrado, en su lugar, con un hueco exactamente en el sitio donde más la necesitaba.