III. La duda
V olvió a cantar el fragmento, esta vez cerrando los ojos, como hacía siempre que quería oírse a sí mismo sin que la vista le distrajera de lo que salía de la garganta.
La melodía le llegó sin esfuerzo, tal como la había cantado cien veces en las vigilias: hasta la tercera nota, donde algo volvía a torcerse, un giro que su voz quería tomar hacia un lado y que la pluma del maestro, en el pergamino que tenía delante, había escrito hacia otro.
No era mucho. Un solo intervalo, quizá dos.
Pero era exactamente ahí, siempre ahí, donde su memoria y la página dejaban de estar de acuerdo.
Dejó el cálamo sobre el soporte de cuerno para que no goteara y acercó más el cuaderno del maestro a la luz.
Lo primero que hizo, porque era lo primero que le habían enseñado a hacer, fue buscar un error material: un raspado mal disimulado, una corrección apresurada, algún indicio de que la mano del maestro se hubiera equivocado y hubiera vuelto atrás sin limpiar bien.
No encontró nada de eso. El trazo en aquel compás concreto era tan firme y tan seguro como en cualquier otro lugar de la página; ni la tinta se veía más pálida, señal de una segunda pasada, ni el pautado se apretaba de forma distinta como ocurría siempre que alguien escribía con prisa o con la mano insegura.
Quien hubiera trazado aquella nota lo había hecho con la misma calma con que había trazado las demás.
Se permitió entonces dudar de sí mismo antes que del maestro, que era lo que correspondía.
Podía estar cansado; y los ojos, después de tantas horas mirando el pautado, empezaban a hacer sus propias trampas.
Podía, también, recordar mal: había cantado Inperayritz desde niño, es verdad, pero la memoria de un escolà no era un lugar cerrado con llave, sino algo que se iba puliendo o desgastando, año tras año, y no era imposible que en algún momento hubiera aprendido una variante sin darse cuenta de que lo era.
Cabía incluso la posibilidad de que el propio maestro, en algún viaje anterior a Montserrat, hubiera conocido otra forma de cantar la pieza, alguna tradición distinta a la que aquí se seguía, y hubiera decidido, sencillamente, que aquella otra forma le parecía mejor.
Los maestros de canto hacían eso a veces.
No era ninguna herejía preferir un giro a otro.
Repasó el fragmento una tercera vez, ahora despacio, deteniéndose nota por nota como si deletreara una palabra difícil, y comprobó los signos uno por uno para asegurarse de que no había leído mal ninguno.
No lo había hecho. Lo que estaba escrito decía exactamente lo que él temía que dijera.
No había confundido un signo ni dejado que la vista le jugara una mala pasada.
Fuera en el claustro, se oyó el paso de dos hermanos que volvían de la cocina comentando algo sobre la leña, y el sonido ordinario le devolvió por un instante, la sensación de que el mundo seguía exactamente donde lo había dejado antes de sentarse aquella mañana.
Bernat aprovechó la interrupción para estirar la espalda y flexionar los dedos, que se le habían quedado rígidos de sujetar el cálamo sin moverlo, y cuando volvió a mirar el pergamino lo hizo ya con una idea distinta, más incómoda que la anterior: aquello no tenía el aspecto de un error.
Tenía el aspecto de una elección. Un descuido se nota, decía siempre el maestro, porque el trazo duda; una elección no duda nunca, aunque esté equivocada. Y aquel trazo no dudaba.
Eso no significaba gran cosa, se recordó a sí mismo antes de que la idea creciera más de lo que merecía.
Que el maestro hubiera escrito aquello a propósito no quería decir que hubiera escrito nada extraño ni que hubiera algo que entender más allá de la propia música.
Quería decir, únicamente, que aquella nota estaba allí porque alguien había decidido que estuviera, y que ese alguien no era él, y que por tanto no le correspondía a él, un simple copista, un novicio que todavía aspiraba a convertirse en monje, decidir que el maestro se había equivocado en algo que había escrito con semejante seguridad.
Y sin embargo tenía que copiar aquella línea.
Ese era el problema real, mucho más urgente que cualquier otro: dentro de un momento tendría que mojar de nuevo el cálamo y trasladar aquellas notas, tal cual, a la vitela limpia que tenía preparada, o cambiarlas según lo que su propia memoria le insistía en que debía sonar allí.
Si copiaba exactamente lo que el maestro había dejado escrito, y resultaba que aquello era en efecto un error, estaría entregando a Vicenç, y a todos los que cantaran de aquel libro durante generaciones, una equivocación disfrazada de verdad.
Y si corregía la línea según lo que él recordaba sin estar seguro de tener razón, estaría haciendo algo mucho peor: alterar sin permiso la voluntad de un maestro que ya no podía defenderse ni explicar por qué había escrito lo que había escrito.
No era la clase de decisión que un copista debía tomar solo, y menos aún un copista que todavía tenía que demostrar que merecía un lugar entre ellos.
Se quedó mirando la página un rato más, como si insistir con los ojos pudiera resolver algo que ya había comprobado tres veces, hasta que decidió, con el mismo sentido práctico con que resolvía cualquier otra duda de oficio, que no tenía forma de saber si el fallo estaba en el pergamino o en su propia cabeza a menos que contrastara su memoria con la de alguien más.
No hacía falta ir muy lejos. Cualquiera que hubiera cantado en las vigilias tantas veces como él conocería la pieza igual de bien, y si a esa persona le salía exactamente el mismo giro que a él, entonces el problema estaba, sin ninguna duda, en el modelo.
Y si no le salía... ya vería después qué hacer con eso.
Bajó al claustro y encontró a Jaume donde esperaba encontrarlo, sentado en el poyo de piedra junto al pozo, todavía con las manos alrededor de una escudilla vacía, reposando la comida con la espalda apoyada contra el muro.
—¿Habéis comido ya? —preguntó Jaume, sin levantarse.
—Después. Quiero pediros algo.
—Con esa cara, más vale que sea breve.
Bernat se sentó a su lado, porque le pareció que preguntar de pie, con prisa, daría a aquello más importancia de la que quería darle todavía.
—Cantad Inperayritz de la ciutat joyosa . Solo la primera estrofa.
—¿Ahora?
—Por favor.
Jaume se encogió de hombros, dejó la escudilla a un lado y cantó, sin darle más vueltas, con la misma naturalidad despreocupada con la que hacía casi todo.
Tenía buena voz, mejor de lo que él mismo parecía saber, y cantó la primera estrofa entera sin detenerse ni una vez, seguro de cada nota, exactamente como la había cantado durante años en las vigilias de los peregrinos.
Pero en la tercera nota, en el mismo compás exacto donde Bernat se había detenido delante del pergamino, Jaume cantó algo distinto de lo que Bernat esperaba oír.
No coincidía con la versión de su memoria.
Tampoco, ahora que lo escuchaba con atención, coincidía exactamente con lo que había leído escrito en la copia del maestro; era, si acaso, una tercera cosa, ligeramente distinta de las otras dos.
Y Jaume la había cantado sin la menor vacilación. Eso era casi lo peor.
—¿Qué ocurre? —preguntó Jaume, fijándose por fin en el rostro de Bernat—. ¿Lo he hecho mal?
Bernat no respondió enseguida. Se quedó allí sentado, con la escudilla de Jaume entre los dos y el ruido lejano de alguien partiendo leña al otro lado del claustro, dándose cuenta, con una claridad que no le gustaba nada, de que ya no tenía ni siquiera la certeza de saber él mismo cómo sonaba aquella canción.