II. El designio
S ubieron desde Monistrol con las primeras luces, entre una fila de peregrinos que se había ido formando sola a lo largo del camino y que avanzaba con el paso corto y obstinado de quien ha prometido algo y piensa cumplirlo aunque le duelan los pies.
Bernat tenía ocho años y había oído hablar de Montserrat toda su vida sin verla nunca de cerca.
Desde Manresa, donde vivían, la montaña era una forma azulada y lejana que aparecía por encima de los tejados en los días claros.
Su madre, una mujer menuda de ojos oscuros, la señalaba a veces con la barbilla, sin decir nada, como se señala a un pariente respetable que vive lejos y al que se visita poco.
De cerca era otra cosa. Las agujas de roca se alzaban sobre el sendero mucho más altas que cualquier campanario que él conociera, grises y rosadas según les diera el sol, con encinas agarradas a las grietas, y Bernat caminaba con la cabeza echada hacia atrás, tropezando cada pocos pasos.
Su padre, cargaba el hato con el pan y la manta y acabó poniéndole una mano en la nuca para obligarlo a mirar el suelo.
En una revuelta donde el sendero pasaba pegado a una pared de piedra, soltó sin pensarlo un «ah» largo, no dirigido a nadie, solo para probar qué hacía el aire en aquel lugar.
La roca se lo devolvió un instante después, más grave y más lento, como si alguien dentro de la montaña lo hubiera recogido y lo estuviera pensando antes de contestar. Su madre le apretó el hombro.
—Aquí no se grita, que es la casa de la Señora.
No volvió a gritar, pero durante el resto de la subida, en cada revuelta cerrada, se sorprendió conteniendo el aliento, esperando que la piedra dijera algo. Varias veces le pareció que lo hacía, aunque nunca tan bien como la primera.
Llegaron a la iglesia a media tarde, cuando el sol ya se había retirado del patio y los peregrinos que no cabían dentro esperaban fuera, sentados en el suelo con las alforjas entre las rodillas.
Era la víspera de la Natividad de la Señora y la gente había subido de todas partes: payeses con la ropa buena que solo se ponían para los entierros y las fiestas, mujeres descalzas que habían hecho de rodillas el último trecho, un ciego guiado por un muchacho que no dejaba de mirar a todos lados.
Dentro, la oscuridad lo recibió primero como un golpe de frío húmedo y después como un olor, mezcla de cera, lana mojada, incienso y cuerpos cansados, tan espeso que Bernat tardó en distinguir lo que había debajo: la piedra desnuda, los pilares gruesos, las lámparas de aceite colgadas muy arriba y, al fondo, sobre el altar, la imagen.
Era más pequeña de lo que esperaba. Fue lo primero que pensó, y se avergonzó enseguida del pensamiento, porque su madre ya se había santiguado y había inclinado la cabeza como se inclina ante una persona de verdad.
La Señora estaba sentada con el Niño sobre las rodillas y tenía el rostro ya oscurecido por los años, el barniz y el humo de tantas lámparas, de una manera que a Bernat no le pareció triste sino atenta.
Miraba al frente, por encima de la multitud, un poco más lejos de donde estaba cualquiera, como quien espera a alguien que viene más atrás.
Él esperó a que esa mirada lo encontrara, como decían que ocurría con los que tenían fe, y no ocurrió.
Su madre lo empujó con suavidad para que se arrodillara, rezaron juntos tres avemarías y la fila los arrastró hacia un lado para dejar sitio a los siguientes.
Pasaron la tarde en la iglesia, apoyados contra un pilar de la nave lateral donde su padre había conseguido un hueco.
Bernat tenía hambre, porque su madre había decidido que pasarían la vigilia en ayunas hasta entrada la noche y él lo había tomado muy en serio, más en serio que ninguno de los mayores.
Veía pasar piernas, faldas, bordones, niños llorando en brazos, y oía a su alrededor el rumor continuo de las oraciones dichas a medias y de las conversaciones en voz baja, que en aquel lugar no sonaban como conversaciones sino como una forma más de rezar.
Los monjes entraron cuando ya había caído la noche, en dos filas lentas, con los hábitos negros y las capuchas echadas hacia atrás.
La iglesia entera, que hasta entonces había sido un rumor de toses y voces, se quedó callada sin que nadie lo pidiera.
Hubo un silencio corto, el de muchas personas que toman aire a la vez, y después empezó el canto.
Bernat conocía el canto de su parroquia, el de un cura viejo y media docena de hombres que cantaban lo que sabían como sabían, y aquello no se parecía a nada.
Al principio le pareció un solo sonido ancho, que llenaba la nave de pared a pared, como el río de su ciudad cuando bajaba crecido en primavera y no se distinguía en él más que el ruido.
Pero a poco de escuchar, quieto contra la pierna de su padre, empezó a oír que dentro de aquel ruido había varios.
Las voces graves iban por debajo, firmes, sosteniéndolo todo, y por encima de ellas había otras más ligeras y más agudas que no eran de hombres.
Unas y otras no sonaban exactamente a la vez, sino con un retraso mínimo que la bóveda se encargaba de rellenar, de modo que cuando una frase terminaba seguía todavía un momento en la piedra, sin ninguna boca que la sostuviera.
Bernat no sabía que aquello tuviera nombre.
Sabía solo que le gustaba más que ninguna otra cosa que hubiera oído y que, si se concentraba, podía seguir una sola voz a través de las demás, perderla y volver a encontrarla un poco más allá.
—Son los niños de la escolanía —le susurró su madre, al ver adónde miraba—. Los que cantan arriba.
Después se inclinó hacia su padre y añadió algo más, en un tono distinto, que Bernat alcanzó a oír de todos modos.
—Algunos no son mucho mayores que él.
—Callad, mujer —respondió su padre, sin mover apenas los labios—. No habléis de eso delante del niño.
Bernat siguió mirando al frente con la cara muy quieta, como si no hubiera oído nada, y guardó la frase sin entenderla en el mismo sitio donde guardaba las cosas que los mayores decían cuando creían que él no escuchaba, y que casi siempre acababan siendo las más importantes.
Cuando los monjes terminaron y salieron en el mismo orden en que habían entrado, la iglesia se fue deshaciendo poco a poco en grupos que buscaban dónde pasar la noche.
Una vecina de Manresa, que había subido con otro grupo de la ciudad, reconoció a su madre desde el otro lado de la nave y la llamó con grandes gestos.
Las dos mujeres hablaron un rato, y su padre acabó yendo con ellas a ver si en la hospedería quedaba algún rincón con paja o al menos agua para beber.
Antes de irse, su madre se arrodilló delante de Bernat y le colocó bien el cuello de la túnica.
—No te muevas de este pilar. Reza lo que sepas y vuelvo enseguida.
Bernat se quedó donde le habían dicho. Las lámparas ardían ya más bajas y a su alrededor la gente se iba acomodando para dormir sobre mantas extendidas en el suelo, de modo que entre el pilar y el altar quedaba ahora un espacio abierto, lleno de bultos quietos y de pequeñas luces de ofrenda.
Se arrodilló y rezó. A la tercera avemaría perdió el hilo, porque tenía el estómago vacío desde antes de amanecer y se le había subido por las rodillas hasta convertirse en una especie de zumbido en los oídos.
En lugar de rezar se encontró recordando el canto, o más bien la última frase, la que se había quedado flotando en la bóveda cuando los monjes salieron: una nota larga que descendía despacio y que no terminaba de apagarse.
La tenía entera en la cabeza. Sin darse cuenta empezó a cantarla muy bajo, sin palabras, con la boca casi cerrada, como se canturrea para uno mismo en la cama, y entonces la iglesia se la devolvió.
No fue como el eco de la montaña. Aquel había sido un rebote, una cosa rápida y un poco tonta que volvía en cuanto uno la lanzaba.
Esto era distinto. La nota que él había dado subió hacia la bóveda y regresó, pero regresó más llena, con algo añadido, como si ya no estuviera sola, y se quedó en el aire más tiempo del que le correspondía.
Bernat dejó de cantar. La nota siguió. Contuvo la respiración y le pareció, aunque sabía que era imposible, que seguía sonando sin él, en alguna parte, sostenida por una voz que no estaba en la iglesia ni en ningún sitio al que se pudiera señalar con el dedo.
Las llamas del altar se inclinaron todas hacia el mismo lado, quizá porque alguien había abierto una puerta al fondo y el aire de la noche se colaba por algún resquicio.
La luz resbaló un momento sobre el rostro oscuro de la Señora, y a Bernat le pareció que de pronto ya no miraba por encima de las cabezas.
No habría sabido decir cuándo había sucedido.
Solo sabía que un momento antes la mirada de la Señora pasaba sobre él y un segundo después se había detenido en él.
No oyó nada que pudiera repetirse. Si alguien le hubiera preguntado después qué le había dicho la Señora, no habría tenido respuesta, porque no hubo frase ni voz, ni siquiera un pensamiento propiamente dicho, sino una especie de peso tibio que se le instaló en el pecho y que tenía forma de cosa dicha.
Algo le quedó entendido, de eso no tuvo dudas desde el primer instante: que no había subido hasta allí por casualidad, que aquel lugar tenía algo guardado para él, y que ese algo era cosa de oír más que de ver.
Le pareció que se le hacía una promesa sin decir en qué consistía, y que lo único que se le pedía a cambio era que volviera y que, al volver, escuchara.
En el silencio que siguió, la iglesia entera, con sus durmientes, sus lámparas bajas y su olor a cera, le pareció más grande y más suya de lo que le había parecido nada en el mundo.
Su madre volvió con su padre y con un trozo de pan envuelto en un paño, y lo encontró todavía de rodillas.
—¿Qué te pasa? Estás blanco como la cera.
—Nada, madre.
—Es el ayuno y la subida —dijo su padre, agachándose para mirarlo—. Que coma algo y se acueste, que ya ha hecho bastante por hoy.
Su madre le limpió la cara con el pulgar, y le puso el pan en las manos.
Bernat comió despacio, mirando de reojo hacia el altar, y no dijo nada más, porque no había nada que pudiera decir.
Una nota, una llama que se había inclinado, una mirada: dicho en voz alta habría sonado a nada, y sin embargo era lo más grande que le había sucedido en su vida.
Lo supo precisamente por eso, porque no cabía en ninguna de las palabras que tenía.
Se acostaron en un rincón de la nave lateral, sobre la manta, los tres muy juntos, con el hato de almohada.
Los peregrinos dormían a su alrededor con ese ruido blando y desigual de las muchas respiraciones, y lejos, en algún lugar del monasterio, una campana marcó una hora que Bernat no supo contar.
Pensó en los niños de voz clara que cantaban por encima de los hombres, y en lo que su madre había susurrado a su padre, y sin saber todavía por qué, aquella frase suelta se le enlazó con lo que acababa de ocurrirle, como dos cabos de un mismo hilo.
Se preguntó si la Señora lo sabía, y concluyó que sí. Y si quería que volviera, pensó con la seguridad sencilla de sus ocho años, solo podía ser porque algún día habría de quedarse en ese lugar.
Antes de dormirse volvió la cabeza una vez más hacia el fondo de la iglesia, donde la lámpara del altar seguía encendida.
Cerró los ojos con una certeza que no habría sabido defender ante nadie, y que nadie iba a pedirle que defendiera: la de que todo lo que en su vida estuviera destinado a ocurrir empezaba allí, en aquella montaña, y con la mirada de la Señora de Montserrat.