El libro rojo de Montserrat I. La vocación
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El libro rojo de Montserrat

El libro rojo de Montserrat

Por Javi Bremner

© inepub.com

I. La vocación

L a luz de media mañana entraba por el ventanal del scriptorium y caía justo sobre el atril de Bernat. Durante un instante cada día, el pergamino parecía arder.

Bernat aprovechaba siempre ese momento para descansar la vista sin dejar de trabajar: cerraba los párpados a medias, dejaba que el calor le tocara la cara, y cuando volvía a mirar la página lo hacía ya despacio, línea por línea, comparando lo que sus propios trazos decían con lo que la copia del maestro Francesc, extendida a su izquierda, había dicho antes que él.

El resto de la sala se mantenía en esa penumbra que el otoño ya empezaba a instalar entre las piedras, una humedad que se notaba más en los dedos que en cualquier otra parte del cuerpo, y que obligaba a soplarse las manos de vez en cuando antes de que el cálamo empezara a temblar sin que él lo quisiera.

Corrigió una letra. La había cerrado demasiado pronto, y aunque nadie salvo él lo habría notado jamás —ni el propio Vicenç, prior de Montserrat, que a duras penas distinguía una nota de otra sin que alguien se la cantara primero—, raspó con cuidado la superficie hasta dejarla lisa otra vez.

Sopló el polvillo de piel seca y volvió a trazar la letra completa, ahora sí, tan redondeada como debía.

Tarareaba mientras copiaba, muy bajo, apenas un hilo de aire que le salía de la garganta; lo hacía desde niño, desde que era escolà y el maestro de la capella les enseñaba a cantar antes incluso de enseñarles a leer las propias notas que cantaban, y el hábito se le había quedado dentro como se quedan las cosas que se aprenden con el cuerpo y no con la cabeza.

Recordaba todavía, sin necesidad de buscarlo, la sensación exacta de aquellas primeras lecciones: la vara del maestro marcando el pulso contra el suelo de piedra, el frío de la sacristía antes del alba, la vergüenza de desafinar delante de los demás y el alivio, mayor que cualquier otro, de acertar por fin.

Cantaba para comprobar si lo que tarareaba coincidía con lo que su pluma trazaba.

Si algo chirriaba aunque fuera un instante, aunque no supiera decir por qué, paraba y volvía atrás.

Llevaba así desde la hora tercia, y no había vuelto a levantarse salvo para mojar el cálamo o para acercar más el atril a la luz cuando esta se movía.

Los demás habían ido bajando a la iglesia para el oficio de mediodía; él se había quedado, con permiso, porque el sacristán le había dicho que mejor terminara el cuaderno que tenía entre manos antes de que se secara del todo la tinta que había preparado esa misma mañana, y Bernat no necesitaba que se lo repitieran dos veces.

Prefería, de todos modos, el silencio de esas horas.

El scriptorium vacío tenía un tipo de tranquilidad que no se encontraba en la iglesia.

Pasó la mano por el borde del cuaderno que estaba copiando en limpio: un cancionero completo, encargado directamente por el prior Vicenç para reunir de una vez, en un solo volumen bien encuadernado, canciones apropiadas para las vigilias nocturnas ante la Virgen.

Los peregrinos pasaban allí largas horas y querían cantar; si nadie les ofrecía qué cantar, acababan recurriendo a las canciones que conocían de caminos, plazas y tabernas.

Vicenç quería que, dentro de la iglesia, tuvieran a su alcance cantos honestos y devotos.

No era un trabajo cualquiera. Se lo habían confiado a él. A él, y no a otro de más edad o de mejor mano precisamente porque el maestro de canto, antes de morir, había dejado claro que Bernat era quien mejor conocía de oído todas las piezas.

—Si lleváis este trabajo a buen término —le había dicho el prior— y Dios así lo quiere, veremos qué lugar puede haber para vos entre nosotros.

Bernat no había necesitado que se lo explicara con más palabras.

Lo había entendido perfectamente la primera vez, y lo seguía entendiendo ahora cada vez que mojaba el cálamo.

Aquel cuaderno no era solo un cuaderno. Era la prueba de que había vuelto a Montserrat para quedarse, y no para marcharse otra vez como se había marchado de niño, cuando la voz le cambió y ya no sirvió para cantar en la escolanía, y su padre decidió que más le valía aprender un oficio de provecho en Manresa.

Había vuelto por su propia voluntad, casi dos años atrás, convencido de que esta vez sabría hacerse un lugar que no dependiera de una voz que se le pudiera romper otra vez.

Un lugar hecho de manos firmes, de letra clara, de paciencia.

De ser, sencillamente, indispensable para algo que a la comunidad le importara.

Por eso raspaba dos veces si hacía falta. Por eso comparaba cada línea con el modelo antes de darla por buena, aunque tardara el doble que cualquier otro copista. No quería que nadie pudiera señalar una sola página de aquel libro y decir que estaba mal hecha.

El chirrido conocido de la puerta baja le anunció que alguien subía.

Era Jaume, que entraba sacudiéndose el frío del claustro con las manos todavía coloradas.

Tendría más o menos la edad de Bernat y tampoco era un hombre grande: de estatura mediana, cuerpo más bien estrecho y cabello oscuro, cortado corto alrededor de la tonsura recientemente hecha.

A cierta distancia, envueltos ambos en el mismo hábito y con una constitución parecida, apenas había forma de distinguirlo de Bernat.

Jaume tenía, eso sí, una expresión más abierta que él, una facilidad para sonreír que le aflojaba enseguida los rasgos.

—Todavía aquí —dijo Jaume—. Venía a ver si queríais bajar a comer algo antes de que los hermanos legos acaben con todo. Hoy han venido con más hambre que de costumbre.

—Voy en cuanto termine este folio.

—Eso dijisteis ayer.

—Y terminé el folio.

Jaume sonrió, sin insistir, y se apoyó contra el borde de la mesa larga donde se guardaban los cuadernos ya terminados, mirando distraídamente el montón que Bernat había ido apilando semana tras semana. No era un montón pequeño. Buena parte del cancionero estaba ya copiado.

—¿Cuánto os queda?

—Dos piezas.

—¿Solo dos, de todo esto? —Jaume soltó un silbido bajo—. Pues entonces sí que vais a terminar antes de que se os hiele la mano.

Eran las dos últimas piezas que el maestro había dejado preparadas, con su propia letra trazada sobre el pergamino, antes de morir, casi al empezar el otoño.

Lo habían encontrado en una de las dependencias bajas del monasterio, una estancia poco frecuentada que hacía las veces de almacén.

En su día, había servido para recibir provisiones desde el exterior, a través de una abertura que llevaba años cegada con piedra, y la puerta que la comunicaba con el resto del monasterio solo podía abrirse desde el corredor interior, evitando así que cualquier intruso pudiera acceder al monasterio.

El maestro había quedado encerrado allí después de que se cerrara a su espalda.

Cuando dieron con él ya era demasiado tarde.

Nadie supo explicar qué había ido a buscar ni cuánto tiempo había pasado antes de que alguien reparara en su ausencia, pero tampoco había parecido necesario buscar una explicación más complicada. Había sido un accidente.

La comunidad entera había llorado su muerte con la mesura de quien ha visto morir a muchos hermanos antes y sabe que la vida del monasterio no se detiene por ninguno de ellos.

Hubo misa, responsos, y después la vida siguió su curso, porque así tenía que ser.

Con las semanas, hasta la extrañeza de que el maestro hubiera terminado solo en aquella estancia fue perdiendo importancia.

Bernat, sin embargo, sí que pensaba en él cada vez que abría aquel cuaderno concreto, porque era su letra la que tenía delante, su mano la que había trazado aquellas dos últimas piezas con el mismo cuidado obsesivo con que enseñaba a corregir a sus escolans.

Le había enseñado a Bernat casi todo lo que sabía sobre cómo debía sonar una nota bien cantada frente a una simplemente correcta, y ahora Bernat terminaba sin él, lo que él mismo no había llegado a terminar.

Había en eso una tristeza pequeña, del tamaño exacto de un recuerdo, no del tamaño de una herida abierta.

—¿Venís o no? —insistió Jaume, empujándose para incorporarse.

—Bajo enseguida. Dejad que al menos empiece esta.

Jaume alzó las manos, en un gesto de rendición, y se marchó tal como había llegado, con los pasos rápidos de quien no tiene sitio asegurado en la mesa. Bernat lo envidió un instante, sin acritud, del mismo modo en que se envidia algo que no se puede tener sin dejar de ser quien se es.

Se quedó solo otra vez. Desde el ventanal se oía, lejana, la campana pequeña que marcaba el final del oficio, y poco después el sonido apagado de sandalias sobre la piedra del claustro, con hermanos que volvían a sus tareas de la tarde.

Bernat se levantó un momento, se acercó al ventanal y dejó que el aire frío de la montaña le entrara de golpe en los pulmones; desde allí se veía solo piedra y niebla baja, la ladera que se perdía hacia abajo sin que se distinguiera dónde terminaba la roca y empezaba el cielo, y ese paisaje, que a cualquier forastero le habría parecido hostil, a él le devolvía siempre la misma sensación tranquila de estar exactamente donde tenía que estar. Después volvió al atril.

Guardó el folio recién terminado con los demás, alisó un pergamino nuevo sobre la superficie de madera y la sujetó con los pesos de plomo en las esquinas para que no se le levantara mientras trabajaba.

Mojó la punta del cálamo en el cuerno de tinta, dejó que la gota sobrante cayera, y solo entonces acercó hacia sí el cuaderno original: la letra del maestro ya algo apagada en el trazo más fino, esperando a que alguien la trasladara, limpia y definitiva, a las páginas que sobrevivirían a todos ellos.

Antes de empezar, leyó en voz baja las primeras palabras, como hacía siempre para situar la pieza entera en la cabeza antes de trazar la primera letra.

—Inperayritz de la ciutat joyosa, de paradís ab tot gaug eternal...

La conocía, o creía conocerla, del mismo modo en que conocía casi todas las piezas de aquel cancionero: de haberla oído cantar en las vigilias, de haberla cantado él mismo alguna vez entre los peregrinos, sin darle más importancia que a cualquier otro canto devoto a la Virgen.

Empezó a copiar el primer verso, tarareando por debajo, como siempre, para comprobar que la mano seguía fielmente lo que la voz recordaba.

Y a la tercera nota se detuvo.

No sabía decir todavía qué era exactamente lo que le había hecho parar.

La letra del maestro no se prestaba a confusión, ni tampoco recordaba haber cantado nunca esa pieza exactamente así, aunque tampoco podía jurar con la misma seguridad que la recordara de otro modo.

Era más bien una sensación pequeña, incómoda, como la que se tiene al poner el pie en un escalón que no está exactamente donde el cuerpo lo esperaba.

Volvió a tararear el fragmento, esta vez más despacio, comparando cada nota con lo que su memoria insistía en devolverle, y la sensación, en lugar de desaparecer, se hizo un poco más precisa sin llegar a convertirse en nada que pudiera nombrar todavía.

Se quedó así, con el cálamo suspendido a un dedo del pergamino, la tinta empezando a secarse en la punta sin que él se diera cuenta, mirando fijamente las primeras notas de Inperayritz de la ciutat joyosa como si mirarlas con suficiente atención pudiera decirle, por fin, qué era exactamente lo que no encajaba.