El librero de medianoche Noche 44 — sábado 10 de enero
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Noche 44 — sábado 10 de enero

El contrato se firmó el jueves ocho a las once de la mañana en una asesoría de la calle Alcalá, en una sala de reuniones con una mesa para doce y con nosotros cuatro.

Fueron Marga, como presidenta; Ramiro, como secretario, con una carpeta de cartón azul y una estilográfica que le regalaron cuando se jubiló; Elías, que no firma nada porque el contrato no es suyo y que estuvo cuarenta minutos de pie junto a la ventana; y yo, que no pintaba nada y que fui porque Marga dijo «tú vienes».

Beatriz Salaberri leyó las cláusulas en voz alta, una a una, incluida la del archivador, sin que se le moviera un músculo.

Ramiro firmó con una lentitud calculada para que se notara.

Y al salir, en el ascensor, con la carpeta azul apretada contra el pecho, dijo:

—Cinco años.

—Cinco años —dijo Marga.

—Con prórroga.

—Con prórroga.

—Que son diez.

—Que pueden ser diez, don Ramiro.

—Que son diez —dijo él, y no hubo manera.

Comimos los cuatro en un menú de la calle ancha a las dos de la tarde.

Elías se durmió sentado en la silla durante ocho minutos entre el segundo plato y el postre, con la barbilla en el pecho, y ninguno de los tres dijimos nada ni le despertamos, y Marga se puso el dedo en los labios cuando el camarero vino a recoger.

El viernes no fui.

No pasó nada. Ni discusión, ni tensión, ni una mala cara.

Simplemente eran las once de la noche, yo llevaba desde las nueve de la mañana con la primera revisión de un texto ajeno de la colección —una traducción de un húngaro que me está costando la vida—, tenía los ojos hechos polvo y me estaba durmiendo en el sofá.

Y me acordé de lo que dije el seis de enero a las cinco menos veinte de la mañana en una librería vacía: que unas noches sí y otras no, y que las que no sería porque estaba durmiendo.

Así que me acosté a las once y media.

Y me quedé despierta hasta la una.

Porque una cosa es decirlo a las cinco menos veinte de la mañana con las emociones a tope y otra es estar tumbada a oscuras a las doce y diez sabiendo que a cuatrocientos doce pasos de aquí acaban de abrir una puerta.

A las doce y media cogí el móvil.

Ahora tengo su número. Lo tengo desde el siete de enero, que es el día en que descubrimos, muertos de risa, que llevábamos noventa y tres días sin tenerlo.

¿Mucha gente?

Once. Ramiro ha traído tortilla otra vez.

¿Cuajada?

No.

Dile que va por el séptimo intento.

Se lo he dicho. Dice que la culpa es de la sartén.

Y luego, a los dos minutos:

Duérmete, Nora.

Y me dormí.

El sábado llego a las doce y veinte y hay tres cosas nuevas.

La primera es que en el escaparate, apoyado en el cristal desde dentro, hay un cartel escrito a mano por Vega: CLUB DE LAS 00:30 · TERCER MIÉRCOLES · 12 PLAZAS · APUNTARSE EN EL MOSTRADOR. Debajo, una hoja con doce líneas y trece nombres, porque alguien ha escrito el suyo en el margen.

La segunda es que el mueble de la microbiblioteca está terminado y en pie junto a la puerta, con la segunda mano de barniz dada y una placa pequeña atornillada.

Y la tercera me la encuentro al entrar, porque me paro donde me paro siempre desde noviembre, que es en el marco de la puerta.

La columna sigue ahí. Tres metros de números escritos por dos hombres a lo largo de cuarenta y ocho años, subiendo por la madera como las marcas de un quicio.

Y encima del último —la raya que hizo Puri la madrugada del seis— hay un número nuevo, escrito anoche con lápiz de carpintero.

5:40.

Once personas. Ramiro con la tortilla del séptimo intento. Y la última se fue a las cinco y cuarenta de la mañana.

Me quedo mirando esa cifra más tiempo del que hace falta para leer cuatro dígitos.

Porque yo anoche no estaba.

Porque esa hora no es mía.

Y porque eso significa exactamente lo que parece: que anoche esta casa cerró tarde y no cerró por mí, y que hubo alguien —Ramiro, o Awa, o la señora Amparo, o un desconocido con un abrigo demasiado fino— que se quedó hasta las cinco y cuarenta porque no tenía dónde ir, y que un hombre le puso un café y esperó.

Entro. Suena la campanilla.

—¿Lo de siempre?

—Sí.

Y me pone delante la taza pequeña con el café de puchero y el hilo de miel hundiéndose despacio, y se gira a lo suyo, y yo me quedo con las dos manos alrededor de la taza mirándole la espalda.

—Elías.

—Dime.

—Cinco y cuarenta.

—Sí. —Alinea un lomo—. La señora Amparo se puso a hablar de su marido y no había manera de pararla.

—¿Y tú qué hiciste?

—Nada. —Empuja el lomo con dos dedos hasta dejarlo a ras—. Escuchar.

Y sigue colocando la sección diecinueve, y yo me tomo el café que lleva mi nombre y que nadie ha llamado nunca por mi nombre, y pienso una cosa que me habría parecido imposible el seis de octubre, y es que esta es la mejor noticia que me han dado en tres meses.

Que la luz de esta casa no depende de mí.

Que estuvo encendida cuarenta y ocho años antes de que yo llegara y que anoche estuvo encendida sin mí hasta las cinco y cuarenta.

Que yo no soy la que sostiene esto.

Que yo soy una de las que entra.

A las tres y media Vega discute con Jandro sobre si el club debería tener normas escritas. Ramiro tercia y dice que toda asociación necesita un reglamento de régimen interno y se ofrece a redactarlo esa misma noche, y Marga entra desde el obrador exclusivamente para decir que ni se le ocurra.

Awa llega a las cuatro menos cuarto y anuncia que el mueble del hospital lo instalan el lunes y que las supervisoras quieren una foto.

—De la placa —dice—. No de nadie.

—Perfecto —dice Elías.

—Ya sabía yo que ibas a decir eso.

Y a las cuatro y media, cuando ya se han ido todos y estamos fregando en un metro cuadrado de trastienda, él me pasa una taza y yo la cojo y no la suelto, y le miro, y le digo lo único que llevo dos días queriendo decirle y que no dije el seis porque el seis hablaba él.

—Yo también.

Y no hace falta que le diga qué.