El librero de medianoche Noche 45 — viernes 19 de junio
100%

Noche 45 — viernes 19 de junio

El último viernes de la primavera hace veintiséis grados a la una de la mañana y la puerta de La Vigilia está abierta de par en par, sujeta con un tope de madera, porque en junio esto se convierte en un horno y porque, según Marga, «si el aire entra gratis, que entre».

Cuarenta y ocho sillas ya no caben nunca. Hoy hay treinta y una personas dentro y siete en la acera con sus vasos de plástico, sentadas en el bordillo, discutiendo la parte del libro que menos les ha gustado.

Es el tercer miércoles del mes trasladado a viernes por la EvAU, lo cual, según Ramiro, es una irregularidad estatutaria que consta en acta.

El club de las cero treinta lleva veinticuatro sesiones.

Empezó con doce plazas y una lista de espera de cuatro, y en marzo hubo que hacer dos turnos, y desde abril hay una norma que nadie discute: se leen tres libros que elige el librero y el cuarto lo elige por sorteo alguien de la sala.

En mayo salió el nombre de Jandro y eligió a Pratchett, y hubo una discusión de hora y media que Ramiro calificó de «la mejor sesión desde la fundación» y sobre la que sigue escribiendo un acta que ya va por la tercera página.

Hoy le ha tocado a Awa, que ha elegido un libro de fragmentos y que ha dirigido la sesión desde la esquina con una eficacia de jefa de guardia.

Las cosas, a día de hoy y por orden de importancia:

Vega sacó un 12,4 y tiene plaza en Filología Hispánica en la Complutense.

Vino a decirlo el lunes a las doce y cuarto, con la nota en el móvil, y no le salió la voz, y lo dijo su madre por ella, y luego hubo que sentar a la madre porque se mareó.

La mesa del fondo sigue siendo suya. Ha dicho que en septiembre viene igual, que a ella la universidad no le va a quitar el flexo.

Jandro aprobó el examen de Correos en marzo, plaza en un centro de reparto de Vallecas, turno de mañana, y ahora entra en la librería a las nueve de la noche en vez de a la una, y se queja del horario nuevo con una satisfacción que da rabia.

Los martes y los jueves, a las siete y media de la mañana, lleva en bici la caja de la microbiblioteca al hospital.

Va gratis y ha dicho tres veces que no quiere que se le agradezca, y Ramiro le contestó que eso lo había aprendido en mala casa.

La microbiblioteca de la sala de espera de Urgencias funciona desde el 3 de febrero.

Es un mueble de baldas de la sección catorce, lijado y barnizado por un hombre de cuarenta y un años durante dos semanas de enero, con una placa pequeña que dice ASOCIACIÓN CULTURAL SERENOS y ninguna otra explicación.

Los libros van envueltos en papel de estraza, con posología, sin firma.

Las supervisoras dejaron de llamarlo el fantasma de los libros en cuanto hubo convenio, y a Awa le parece una pena.

Ramiro hizo su primera tortilla decente el 14 de febrero, después de siete intentos documentados, y la trajo a las doce y media envuelta en un paño, y estaba cuajada, y él lo reconoció en voz alta delante de Puri, lo cual fue, según todos los presentes, el verdadero acontecimiento de la noche.

Awa duerme de un tirón los sábados. Lo dice ella. Dice que se acuesta a las nueve de la mañana del sábado y que se despierta el sábado por la noche sin saber quién es, y que eso es lo más parecido a la felicidad que ha conocido en la sanidad pública.

Beatriz Salaberri es socia número ciento sesenta y cuatro y no ha faltado a un club desde febrero.

Se sienta en la tercera fila. Discute los finales, y a mí eso me da escalofríos por motivos que ella no puede saber.

Ha traído dos veces a su hija, que tiene diecinueve años y que se aburrió la primera vez y la segunda no.

El cañón de proyección se devolvió el ocho. Nunca supimos de qué mes ni a quién.

Y en la pizarra pequeña de al lado de la caja, debajo de CAFÉS EN VELA y de sus rayas de tiza, hay desde febrero una segunda línea escrita con la letra de Chelo, que fue quien lo puso y quien se negó a quitarlo: EL DE NORA — PUCHERO CON MIEL. 1,20 €.

Se pide más que el cortado. Eso también consta en acta.

Y Las horas pequeñas , de Edith Malloy, traducción de Anselmo Roldán y Nora Ibarra, sale en la colección en marzo de 2027, con un prólogo de doce páginas que estoy escribiendo y que llevo cuatro meses sin ser capaz de terminar porque cada vez que llego al párrafo del fichero me tengo que levantar.

Las cajas de mi padre las vaciamos en abril, mi hermana y yo, en dos tardes.

Nos quedamos catorce libros cada una. Los demás los trajimos aquí, y Elías los metió en el fondo por secciones, y ahora hay novelas con el nombre de mi padre escrito a bolígrafo en la primera página circulando por este barrio dentro de las bolsas de gente que no lo conoció.

El trastero lo dejamos el 30 de abril. La bicicleta se la llevó mi cuñado.

Y el ejemplar en rústica apareció el 12 de mayo, en una caja de devoluciones del hospital.

Lo trajo Jandro con el resto, en la bici, sin saber lo que traía. Doce libros que la gente había dejado en la sala de espera, algunos nuestros y otros que había puesto ahí cualquiera, porque desde que hay mueble la gente devuelve y también deja.

Y ahí estaba: un libro de bolsillo hinchado por la humedad, con las tapas dobladas, con el título en inglés y con ciento cuatro páginas de una letra inclinada y antigua copiada a limpio en los márgenes.

En la primera página, arriba, con bolígrafo azul y con una letra que yo conozco desde que aprendí a leer, pone:

Para el que lo necesite. T. I.

Mi padre estuvo ingresado en ese hospital cuatro veces entre 2020 y 2024. La última, tres semanas.

Y en algún momento de alguna de esas veces, un hombre que no podía leer inglés y que llevaba veintiún años esperando los márgenes de un librero antipático dejó ese libro en la sala de espera de Urgencias, para el que lo necesitara, cinco años antes de que a nadie de esta casa se le ocurriera hacer eso mismo.

No se lo he contado a casi nadie. Se lo conté a Elías el trece de mayo a las cuatro de la mañana, en la trastienda, y él escuchó de pie, apoyado en el fregadero, y cuando terminé no dijo ni una sola de las cosas que se dicen.

Lo que hizo fue coger el libro, subir la escalera de tijera hasta la balda de arriba del todo, y ponerlo al lado del verde.

—Ahí no lo va a coger nadie —dije.

—Ahí no.

Terminé Mendel el de los libros el jueves pasado.

Llevaba desde noviembre en el mismo sitio de la sección de la pared del fondo, y llevaba desde noviembre sin que él me lo diera, con la misma frase cada vez que yo lo señalaba: «Ese duele. Todavía no.»

El jueves lo cogí yo sola. Ni me lo envolvió ni me escribió nada, porque no hizo falta.

Son cincuenta páginas y me las leí en una hora y cuarto sentada en el orejero verde con la gata encima, y duele exactamente lo que él decía que dolía, y lloré, y esta vez sí lo comentó alguien: Colometa se bajó de mis rodillas con cara de que aquello no iba con ella.

Y luego cerré el libro y me quedé un rato mirando las estanterías de una casa que abre a las doce de la noche, y pensé en Anselmo, y en mi padre, y en un señor de Viena que vendía libros de memoria, y en todo lo que se pierde cuando se cierra un sitio, y en que este no se ha cerrado.

Nueve meses. Eso es lo que llevo entrando por esa puerta.

Hoy la sesión acaba a las tres menos cuarto. Se van los de la acera. Se va Beatriz con su hija. Se van Marga y Chelo, que a las cinco tienen que estar en el obrador. Se va Awa. Se va Ramiro, del brazo de la señora Amparo, discutiendo el final del libro de fragmentos, que según él no es un final.

Vega recoge el flexo a las tres y cuarto. Puri se va la última, como siempre, con las llaves del taxi, y en la puerta se para y mira el marco de la puerta y luego me mira a mí, y no dice nada, porque hace meses que no le hace falta.

En ese marco, desde enero, hay más rayas que números.

Me quedo recogiendo tazas. Son once, porque la gente sigue escondiéndolas por vergüenza. Él purga el vapor y desmonta el portafiltros, y yo friego y él seca, y llevamos así un rato en un metro cuadrado de trastienda sin decirnos nada.

—¿Te quedas? —dice.

—Mañana tengo tren a las nueve.

—Ya.

—Y son las tres y media.

—Ya.

Me seco las manos en el trapo. Miro por la puerta de la trastienda la sala vacía: las siete lámparas, el orejero con la gata, cuarenta y ocho sillas descolocadas, un mostrador con el canto gastado en el sitio exacto donde apoyaría las manos alguien que lleva años apoyándolas ahí.

—Me quedo —digo.

Y él va a la sala, apaga seis lámparas, deja una, y sale a la acera a girar el cartel.

Yo le veo desde dentro, por el escaparate: se para delante del marco, se saca el lápiz de carpintero del bolsillo, lo mira, y se lo vuelve a guardar.

Esa casa abrió a las doce, como todas las noches desde mil novecientos setenta y siete.

Y esa noche cerró temprano, porque yo no me iba.