El librero de medianoche Noche 43 — martes 6 de enero
96%

Noche 43 — martes 6 de enero

Son las cuatro y veinte de la madrugada, así que técnicamente ya es martes y ya es Reyes, y esas son las dos cosas que pienso mientras un hombre me mira el felpudo y dice una palabra.

Lo tercero que pienso es que ha tardado noventa y un días.

Y lo cuarto, que es lo que se me queda, es que esa palabra no es «te quiero», ni «no te vayas», ni ninguna de las que se dicen en las películas. Es un imperativo de tres sílabas dicho por un hombre que en tres meses no ha pedido nada, ni un favor, ni una mano con una caja, ni que le pasaran la sal.

—Vale —digo.

Levanta la cabeza.

—¿Vale?

—Vale.

Y le veo la cara buscando la trampa, y entonces caigo en la cuenta y me da la risa, y tengo que taparme la boca con la mano.

—¿Qué pasa?

—Nada. Que es tu palabra.

—¿Cuál?

—«Vale.» —Me quito el bolso del hombro—. Es lo que dices tú cuando no puedes decir otra cosa. Me lo dijiste el trece de octubre. Me lo dijiste con el táper. Se lo dijiste a Marta.

—Yo eso no te lo he contado.

—Me lo contaste el veinte de noviembre. Dijiste que ella habló y que tú dijiste vale.

Se queda quieto en el felpudo.

—Pues eso —digo—. Que ahora lo digo yo, y que cuando yo digo vale quiere decir vale.

Y él suelta el aire de una manera que se oye en toda la librería.

Le tengo que decir dos cosas más antes, porque soy quien soy y porque si no las digo ahora las voy a decir a las seis de la mañana y va a ser peor.

—Primera. En febrero empiezo con la colección, y son tres libros al año, y voy a Barcelona dos veces por trimestre, dos o tres días cada vez. Eso no se negocia y no es por ti ni contra ti: es mi trabajo y lo he montado yo.

—Ya lo sé.

—Y segunda: yo no voy a venir aquí todas las noches, Elías.

Y esa le sorprende más que la primera.

—Llevo tres meses viniendo todas las noches porque no podía dormir y porque no tenía dónde estar —digo—.

Y ahora duermo. Y tengo un trabajo que empieza por las mañanas y una traducción que entregar y once cajas en el salón que un día habrá que vaciar.

Así que voy a venir unas noches sí y otras no, y las que no, no va a ser porque pase nada. Va a ser porque estoy durmiendo.

Él se lo piensa. Y luego dice, muy serio:

—Eso es un problema.

—¿Por qué?

—Porque no voy a saber a qué hora cerrar.

Y ahí me tengo que sentar en una de las cuarenta y ocho sillas descolocadas, porque me ha hecho reír y llorar en la misma frase y a las cuatro y media de la mañana el cuerpo no está para esas transiciones.

Lo tengo en el bolso desde el día dos.

Lo compré el viernes en la librería grande de la calle ancha, a plena luz del día, como una persona normal, y llevo cuatro días paseándolo entre el portátil y el estuche sin saber si iba a hacer falta.

Voy al mostrador. Corto un trozo de papel de estraza del rollo. Lo envuelvo: dos dobleces, el cordel dos vueltas, un nudo que no es un lazo, y me sale fatal, y me da igual.

Cojo el lápiz de carpintero del bolsillo de su pantalón —del bolsillo de su pantalón, con él delante, y él me deja— y escribo encima, apoyando fuerte, con la letra más clara que me sale:

Devociones, M. Oliver

Está abierto por «Los gansos salvajes». Empieza por ahí.

Posología: una vez al día, hasta nueva orden.

Si no hace efecto, vuelva. Este no se devuelve.

Y se lo dejo en el mostrador. No a medio camino: delante de él.

Lo coge. Deshace el nudo tirando de un cabo, porque los nudos de esta casa se abren tirando de un cabo. Mira la portada. Lee las cuatro líneas dos veces.

—Está tachado.

—Está tachado.

—Aquí no se tacha.

—Pues hoy sí.

Abre el libro por donde está abierto. Lee el poema de pie, delante de mí, en una librería vacía a las cinco menos veinte de la mañana, y tarda lo que se tarda, que es poco, porque son treinta y tantos versos.

Y no dice nada de lo que dice el poema, y yo tampoco, y creo que eso es exactamente lo que Anselmo quería decir con lo de la posología: que no hay que explicar nada, que lo único que hay que decirle a alguien es cuánto y cuándo, y que el libro ya hace el resto.

Lo que hace es cerrarlo, dejarlo en el mostrador, y venir.

El segundo beso no es como el primero.

El primero fue a la luz de veinte velas, con tres tazas en la mano, con dos meses de tensión encima y con la luz volviendo a mitad de faena.

Este es a las cinco menos veinte de la mañana, con las siete lámparas encendidas —bueno, tres—, en una casa desordenada con cuarenta y ocho sillas por todas partes, y no hay nada que interrumpir porque ya no queda nadie en el barrio despierto.

Este me lo da con las dos manos en la cara y sin ninguna prisa.

Y en algún momento, entre una cosa y otra, yo digo «los platos» y él dice «los platos me dan igual», que es la frase más escandalosa que ha dicho este hombre en toda su vida.

Subimos por la escalera de dentro, la de la trastienda, la que da al piso.

Cruje en el tercer peldaño. Claro que cruje en el tercer peldaño.

Se me cae el bolso a mitad y no lo recojo. Él para en el descansillo para decirme una cosa y no la dice. En la puerta del piso se pelea con la llave siete segundos y yo me río contra su hombro, y él dice «no te rías» y se le nota que está sonriendo, y por fin abre.

La puerta se cierra.

Y ya está.

A las seis y diez me despierto porque no estoy en mi casa y porque siempre me pasa lo mismo la primera noche en cualquier sitio.

Está dormido. Boca abajo, con un brazo fuera, con la respiración de quien lleva veintitantos días durmiendo cuatro horas y por fin no.

Me levanto a por agua y me pierdo, porque este piso es un piso viejo con un pasillo largo, y acabo en un salón que tiene una mesa camilla, un sillón con una manta doblada y una estantería con más libros de los que caben.

Y una ventana que da a la travesía.

Me asomo.

Y ahí abajo, a las seis y catorce de la mañana del seis de enero, con el taxi aparcado con los cuatro intermitentes puestos en mitad de la calle, está Purificación Elorza cerrando La Vigilia.

Ha vuelto. No sé cuándo se ha ido ni cuándo ha vuelto, pero ha vuelto, y tiene las llaves —las llaves de la casa, esas que sé que existen porque Elías me contó en noviembre que hay tres juegos y que uno lo tiene ella desde que Anselmo se puso malo, «por si acaso»—, y está apagando la última lámpara.

Sale. Cierra con dos vueltas. Comprueba el picaporte.

Y luego se queda un momento delante del marco de la puerta.

Se saca algo del bolsillo de la cazadora. Desde aquí arriba no lo veo bien, pero yo sé lo que hay en ese marco, y sé lo que hay que hacer ahí todas las noches, y sé que esta noche no hay hora que escribir porque la última persona no se ha ido.

Puri levanta el brazo.

Y hace una raya.

Una raya corta y ancha, de lápiz de carpintero, encima de la columna de números, en el sitio donde tendrían que ir las cuatro y algo de la madrugada del seis de enero.

En esta casa una raya significa una cosa concreta y la sabe todo el mundo: la ponía don Anselmo en las fichas cuando un libro salía por esa puerta y no volvía.

Puri se guarda el lápiz. Mira hacia arriba, hacia la ventana del piso.

Yo me aparto medio segundo tarde.

Y desde abajo, en mitad de una travesía vacía del centro de Madrid a las seis y cuarto de la mañana del día de Reyes, oigo cómo se ríe una taxista de sesenta y tres años mientras se sube al coche y arranca sin mirar el retrovisor.