El librero de medianoche Noche 42 — lunes 5 de enero
93%

Noche 42 — lunes 5 de enero

A las once y media de la noche hay gente en la acera.

Lo veo desde la esquina del quiosco, que es mi puesto de observación desde diciembre y donde llevo diez minutos parada porque no soy capaz de cruzar.

Hay quince o veinte personas esperando delante de una librería cerrada, en enero, a las once y media de la noche del día de Reyes, con las manos en los bolsillos y el aliento saliéndoles blanco.

Cruzo. Me abren paso. Alguien dice «es ella» y yo hago como que no lo oigo.

Dentro hay cuarenta y ocho sillas colocadas por un perito jubilado con cinta métrica, y una pared del fondo despejada para el cañón, y la estufa a tope desde las nueve, y Chelo colocando roscón cortado en bandejas con una precisión de cirujana.

A las doce en punto se abre la puerta y en once minutos no cabe nadie más.

Cuarenta y ocho sillas ocupadas. Gente de pie contra las estanterías, gente sentada en el suelo delante de la primera fila —Jandro y cuatro amigos suyos, todos con la espalda contra la sección de bolsillo—, gente en el escalón de la trastienda.

La señora Amparo en primera fila con un bolso en el regazo.

Vega con toda su familia. La madre de Vega llorando ya, antes de empezar, por si acaso.

Mi hermana, que ha venido desde Alcorcón en coche y que se ha traído a mi cuñado y que no conoce a nadie y que a los diez minutos está hablando con Marga como si fueran del mismo pueblo.

Awa con dos residentes del hospital. La mujer del abrigo bueno de otra temporada, sentada en la sexta fila con las manos en el regazo.

Dos libreros de la calle ancha. El del estanco.

Los dos chicos del apagón. El chaval de seguridad, que hoy libra.

Y al fondo del todo, de pie, junto a la puerta, con el abrigo de paño gris puesto y sin quitárselo en toda la noche, Beatriz Salaberri.

A las doce y veinte no se oye nada más que ruido.

Ochenta personas hablando en setenta metros cuadrados es un estruendo, y Marga intenta pedir silencio dos veces y no la oye nadie, y Ramiro se pone de pie y dice «¡señores!» y tampoco.

Y entonces Puri se sube a la banqueta del mostrador.

—Elías —dice—. Voy a coger el silbato.

Él la mira desde detrás de la caja. Tarda dos segundos.

—Cógelo.

Y Purificación Elorza descuelga del clavo un silbato de latón con el cordón deshilachado que lleva colgado ahí desde antes de que ninguno de nosotros existiera, se lo lleva a la boca y sopla una vez.

Es un sonido que no se parece a nada. Es agudo y es viejo y es corto, y raja el aire de una manera que a mí me pone la piel del brazo entera de gallina, y la sala se calla de golpe, en seco, ochenta personas a la vez.

En este barrio ese silbato ha sonado durante cuarenta años a las tres de la mañana, para decirle a la gente que había alguien despierto.

Puri lo deja en el mostrador con mucho cuidado, como se deja una cosa que no es de uno.

—Ya está —dice—. Que empiece.

Empieza Elías, y no lee cosas suyas.

Se pone de pie delante de ochenta personas —un hombre que en tres meses no ha dicho tres frases seguidas a nadie— con el libro verde en las manos, ese ejemplar de tela con el canto negro de polvo, y explica en cuatro frases lo que hay que explicar: que esta novela se publicó en Londres en 1936, que nunca se tradujo al español, que el señor que llevaba esta casa antes que él la tradujo a lápiz en los márgenes de este ejemplar durante veintidós años con un diccionario Sopena, y que llegó hasta la página ciento cuatro.

—Voy a leer la página ciento cuatro —dice—. Es lo último que tradujo Anselmo Roldán.

Y la lee.

La lee mal, como leen los hombres que no leen en voz alta nunca: demasiado deprisa, comiéndose el aire, con la voz plana. Es una página en la que no pasa nada: la mujer del colmado baja la persiana a medias, deja la puerta entornada y enciende la segunda lámpara, la de la trastienda, y espera.

Cuando termina, cierra el libro verde y dice:

—Ya está. Ahí se paró.

Y me mira.

Y yo me levanto con un cuaderno cuadriculado de tres euros en la mano.

Leo cuarenta minutos.

Empiezo por la ciento cinco, que es la que traduje en cinco servilletas de papel un domingo de noviembre sin permiso de mí misma, y sigo.

Vega maneja el cañón y va pasando el texto proyectado en la pared del fondo, encima de la sección veintitrés, para que lo lea quien quiera leerlo mientras lo oye.

Leo la escena del hombre que no se decide a salir a la calle.

Leo la de la niña que va a comprar leche a las dos de la mañana y a la que la dependienta no le cobra.

Leo el capítulo siete entero, que es el del ladrón, que es el mejor.

Leo aquella frase de la puerta on the latch que me costó cuarenta minutos y que al final dejé en entornada , y que aquí, esta noche, en esta habitación, no necesita ninguna explicación porque todo el mundo entiende perfectamente de qué está hablando.

Y leo el final.

El final son cuatro líneas y no las voy a contar. Solo diré que en esa novela nadie se salva ni se enamora ni se muere, y que lo único que pasa en doscientas páginas es que una mujer abre un sitio por la noche durante un invierno entero y que en ese sitio entra gente.

Cuando termino, en esta librería no se mueve nadie durante tres segundos largos.

Y luego, ochenta personas de pie.

De pie, en setenta metros cuadrados, con las sillas chocando y con Ramiro dándole a la sala con el bastón que no necesita, y Marga con las dos manos en la cara y Chelo llorando sin ningún disimulo y Jandro gritando desde el suelo, y la señora Amparo aplaudiendo por encima de la cabeza, y mi hermana mirándome desde la cuarta fila con una cara que no le he visto nunca.

Y al fondo, de pie junto a la puerta, con el abrigo de paño gris puesto, una asesora fiscal de cuarenta y siete años aplaudiendo despacio y sin quitarme los ojos de encima.

Él, III

La gente se fue tarde.

A las cuatro menos veinte quedaban doce, a las cuatro menos diez, ocho.

Marga y Chelo se llevaron las bandejas vacías y dejaron el roscón sobrante encima del mostrador tapado con un paño.

Awa se fue con los dos residentes. Ramiro salió del brazo de la señora Amparo diciendo que hacía años que no oía leer así, y por leer así se refería a la parte de Elías, y lo aclaró tres veces.

Beatriz Salaberri se fue sin acercarse a nadie. En la puerta, al pasar por delante del mostrador, dijo solo:

—El contrato se lo mando el jueves.

—Gracias.

—A usted.

Puri se quedó la última, como siempre, y a las cuatro y cuarto seguía barriendo migas de roscón con una escoba que había sacado de la trastienda, y no había ninguna necesidad de barrer nada a las cuatro y cuarto de la mañana.

—Puri.

—Ya me voy.

—No he dicho nada.

—Has dicho «Puri» con ese tono. —Dejó la escoba contra la estantería—. Que ya me voy.

Cogió las llaves del taxi del mostrador. Miró a Nora, que estaba en la mesa buena metiendo un cuaderno cuadriculado en un bolso, y luego lo miró a él, y luego levantó las cejas hasta el nacimiento del pelo.

Y se fue.

Elías apagó cuatro lámparas y dejó tres.

Recogió las últimas tazas. Purgó el vapor. Echó carbón a la estufa. Se secó las manos en el pantalón, y luego se las volvió a secar, y luego cogió el lápiz de carpintero del cajón y salió a la acera.

Fuera hacía cinco grados y olía a leña de algún sitio. La travesía estaba vacía.

Giró el cartel: CERRADO.

Y se puso delante del marco de la puerta, con la punta del lápiz apoyada en la madera, encima de la última hora escrita, que era la del veinticuatro de diciembre a las siete y treinta y cinco de la mañana.

Ochenta personas habían entrado en esa casa aquella noche. Todas se habían ido.

Menos una.

Estuvo así un rato. Un hombre de cuarenta y un años en una acera a las cuatro y veinte de la mañana del seis de enero, con un lápiz de carpintero en la mano y sin ningún número que escribir.

Se acordó de una letra inclinada en la última página de un cuaderno de hule.

Se acordó de tres años en los que un viejo abrió a las doce y cerró cuando se iba una mujer, y de que después el viejo se pasó veintisiete años solo detrás de un mostrador, colocando lomos con un dedo y traduciendo un libro que no supo terminar, y de que nunca se lo dijo a ella, y de que nunca se lo dijo a nadie, y de que se lo dejó escrito a lápiz en un cuaderno con la esperanza estúpida de que alguien lo quemara.

Se guardó el lápiz en el bolsillo.

Entró. La campanilla sonó. Nora estaba de pie en el centro de la librería con el abrigo puesto y el bolso al hombro, entre cuarenta y ocho sillas descolocadas.

—¿Nos vamos? —dijo ella.

Y él se quedó parado en el felpudo, con las manos vacías, en la casa de un muerto, delante de la mujer que llevaba tres meses decidiendo la hora a la que aquello cerraba.

Cuarenta y un años. Doce de guardias. Una noche de 2019 andando por Madrid siete horas y media.

Cinco años poniéndole el café a todo el que entraba por esa puerta y no pidiéndole nada a nadie, ni a Anselmo, ni a Marta, ni a Ramiro, ni a Awa, ni a un barrio entero que le había puesto ciento sesenta y cuatro nombres en una lista sin que él lo supiera.

Le salió en voz baja y le salió mal, con la voz rota por la mitad, y no la miró a la cara al decirlo, y fue lo primero que pidió para sí mismo en seis años.

—Quédate.