Noche 41 — sábado 3 de enero
El paquete se lo llevó Jandro el treinta y uno por la tarde, antes de las uvas.
Fue idea de Elías y la ejecutó como ejecuta él las cosas: sin consultarlo con nadie. Envolvió un libro en papel de estraza, dos dobleces, el cordel dos vueltas, el nudo que no es un lazo, escribió tres líneas a lápiz, y llamó a Jandro.
—¿Y esto dónde va?
—A una asesoría de la calle Alcalá. La dirección está en la tarjeta.
—¿Y quién es?
—Una clienta.
Jandro me contó después que la recepcionista le preguntó de parte de quién, y que él contestó «de una librería», y que la recepcionista dijo «¿de cuál?», y que él se quedó pensando y dijo: «De la que abre por la noche.»
Y que la recepcionista dijo «ah», y lo apuntó.
El sábado a las once de la mañana estamos veintitantos dentro de La Vigilia montando una lectura.
Es la primera vez en la historia de esta casa que se hace algo aquí a las once de la mañana, y el efecto es rarísimo, como ver a un actor de teatro comprando fruta: la luz de fuera entra hasta el fondo y descubre todas las miserias del local.
La humedad de la esquina. El desconchón.
Lo torcido que está el suelo, que en la penumbra parece carácter y a mediodía parece un problema.
Ramiro dirige la colocación de sillas con una autoridad que no le ha dado nadie.
—Cuarenta y ocho, he contado. Cuarenta y ocho sillas.
—Aquí no caben cuarenta y ocho, don Ramiro.
—Caben si se quitan las dos mesas del medio, y se quitan, porque yo lo he medido.
Y las mide otra vez, delante de todos, con una cinta métrica que ha traído de su casa, arrodillándose en el suelo con setenta y ocho años y con un crujido que se oye desde la calle.
Vega llega a las doce con los carteles. Son cincuenta, impresos en el copistería de la calle ancha, con un dibujo suyo: un escaparate encendido en una calle oscura, hecho a mano y escaneado, con las letras a mano también.
LAS HORAS PEQUEÑAS Edith Malloy, 1936. Novela nunca traducida. Lectura de la primera traducción al español La Vigilia · Travesía del Sereno, 3 Noche de Reyes · a las 00:30
Y abajo, más pequeño:
Traducción de A. Roldán y N. Ibarra.
Eso lo puso Vega por su cuenta, sin preguntarme, y cuando lo veo tengo que salir a la calle dos minutos con la excusa de mirar si viene Jandro.
El cañón de origen desconocido funciona, contra todo pronóstico. Lo probamos a la una con la persiana bajada, proyectando sobre la pared del fondo, encima de la sección veintitrés, y se ve estupendamente, y Puri asiste a la prueba con el orgullo de una madre.
—¿Veis? Y el hombre este ni lo va a echar de menos.
—Puri.
—Que lo devuelvo el ocho.
—¿De enero?
—Del mes que sea.
Chelo trae la lista del catering: café de puchero —que ya es oficialmente lo de esta casa desde el apagón—, «el de Nora» para quien lo pida con miel, roscón, y ciento veinte servilletas de papel del taco de la máquina, «que esas ya son de la casa y quedan bien».
Y Awa llega a la una y media con el convenio del hospital firmado por la dirección, en un sobre, y lo deja encima del mostrador sin decir nada, y Marga da un golpe en la madera con la palma abierta que se oye en toda la travesía.
Yo llevo tres días sin dormir bien por una razón distinta a las de los últimos meses: he terminado la traducción.
La terminé el jueves a las seis y veinte de la mañana, en la página ciento noventa y uno, con la última frase del libro, que es una frase corta que no voy a contar aquí.
Ochenta y siete páginas mías encima de las ciento cuatro de Anselmo.
Doscientas siete páginas de cuaderno cuadriculado, tres bolígrafos, tres meses.
Y el viernes por la mañana Rodrigo Pineda me llamó a las nueve y cuarto.
Que la novela está libre. Que Malloy murió en el sesenta y uno sin descendencia, que la editorial que la publicó desapareció en el setenta y cuatro y que el rastro de derechos se pierde en un fondo que su departamento legal cree gestionable.
Que le han pasado mis cincuenta y una páginas a dos lectores externos.
—¿Y?
—Y uno me ha escrito a las once de la noche, Nora. A las once de la noche, un jueves, para decirme que dónde estaba el resto.
Le mandé el resto el viernes a mediodía.
No es un contrato. Todavía no hay nada firmado y puede caerse por diez sitios, y llevo quince años en esto y sé perfectamente que las cosas se caen. Pero el viernes a mediodía yo mandé por correo electrónico una novela entera traducida por un librero muerto y por mí.
La carta llega el sábado a las dos y diez de la tarde.
La trae un mensajero, no correos: un sobre grande, acolchado, con el logotipo de la asesoría en la esquina. Firma Marga porque es la que está más cerca de la puerta.
Y la librería entera, veintitantas personas con sillas en las manos, se para de golpe.
—Ábrelo tú —dice Marga.
Elías lo abre con el cúter del mostrador, despacio, y saca dos cosas.
La primera es un juego de papeles grapados: cuatro folios con membrete, encabezados «Propuesta de arrendamiento de local de negocio», y una carta de acompañamiento de una sola página.
La segunda es un libro.
El bar de las grandes esperanzas , de J. R. Moehringer. El que él le mandó el treinta y uno. Devuelto.
Elías se queda con las dos cosas en las manos y no lee ninguna, y es Ramiro quien dice, desde una silla, con una impaciencia impropia de un secretario:
—¡Léalo en voz alta, por Dios bendito!
Y lo lee.
La carta dice, en el idioma en el que escribe esa mujer —frases completas, sin adjetivos, sin una sola concesión sentimental—, que ha estudiado la propuesta de la Asociación Cultural Serenos y que la acepta con condiciones.
Renta: mil quinientos euros mensuales, con revisión anual conforme al IPC.
Plazo: cinco años, con opción de prórroga por otros cinco a voluntad del arrendatario.
Arrendataria: la asociación, no la persona física de don Elías Ferrán —«dado que la continuidad del proyecto no debe depender de una sola persona, en interés de ambas partes».
Condiciones: seguro de responsabilidad civil, certificado de la instalación eléctrica antes del 1 de marzo, y comunicación anual de cuentas.
Y una cuarta condición, que es la que hace que Marga se siente en una silla:
Que el mueble archivador de préstamos permanezca en el local mientras dure el arrendamiento, cualquiera que sea la persona que lo gestione.
Silencio.
—Eso es… —empieza Awa.
—Eso es que ha metido en un contrato de arrendamiento un mueble —dice Ramiro, quitándose el sombrero—. Eso, señores, es amor a la documentación.
Y entonces Elías coge el libro devuelto.
Está lleno de señales: papelitos amarillos asomando por arriba, muchos, veinte o treinta.
Y dentro, en la primera página, sobre el papel de estraza doblado que él usó para envolverlo y que ella ha guardado, hay tres líneas escritas a bolígrafo azul, con una letra grande de persona que firma muchos papeles al día:
La página 212 es mi padre. Exactamente. No sé cómo lo sabía usted. Posología: ninguna. Me lo he leído entero en dos noches, que es lo que no había hecho desde la carrera. Y apúnteme en la lista. Diez euros al mes, como todo el mundo.
Nadie dice nada durante unos segundos.
Luego Puri, que está de pie encima de una silla porque estaba colgando una guirnalda y se le ha olvidado bajarse, dice lo único que se puede decir:
—Ciento sesenta y cuatro.