El librero de medianoche Noche 40 — miércoles 31 de diciembre
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Noche 40 — miércoles 31 de diciembre

A las ocho de la tarde del treinta y uno, un mensajero deja en el obrador un sobre acolchado a nombre de Elías Ferrán.

Dentro están las tres cartulinas beige, protegidas con un cartón, en el mismo orden en que se las llevó.

Y nada más. Ni una nota, ni una línea, ni una tarjeta.

Marga cruza la travesía con el sobre en la mano y vuelve al obrador a los diez minutos con la cara de quien no trae noticias.

—¿Nada?

—Nada.

—Pero eso es bueno, ¿no? —dice Chelo—. Que las haya devuelto tan rápido.

—Chelo, eso no es nada. Eso es una señora ordenada.

A las once y media, por primera vez desde mil novecientos setenta y siete, la puerta de La Vigilia se abre antes de las doce.

Se abre porque Puri se planta a las once y cuarto en la acera con una televisión pequeña debajo del brazo y aporrea el cristal.

—¡Que son las campanadas, Elías!

—Abro a las doce.

—¡Que las campanadas son a las doce, alma de cántaro! ¡Que si abres a las doce nos las comemos en la calle!

Hay un silencio de tres segundos a través del cristal. Es un silencio histórico. En esta casa el horario no se toca desde hace cuarenta y ocho años.

Abre a las once y media.

—Media hora —dice—. Por las uvas.

—Media hora —dice Puri, entrando ya—. Y donde hay un enchufe.

El enchufe es un problema, porque en esta librería hay tres y dos están ocupados por la estufa y la máquina, así que la televisión de Puri acaba enchufada a una regleta que sale del alargador del flexo de la mesa del fondo, y la pantalla se pone encima de una pila de diccionarios de la sección catorce, y Vega tiene que sujetarla con la mano durante toda la retransmisión porque la pila baila.

Somos veintitantos. Cada uno con su bolsita de uvas —Marga ha traído treinta, peladas, «que aquí nos va a dar algo»—, y con un vaso de plástico de sidra, salvo Ramiro, que ha traído su propia botella de algo, y Vega y sus hermanos, que llevan mosto.

Los cuartos empiezan y Ramiro se pone de pie.

—¡Los cuartos no se comen!

—¡Que ya lo sabemos, don Ramiro!

—¡Todos los años igual, todos los años se come alguien un cuarto!

—¡El año pasado fue usted!

—¡Eso es mentira!

Jandro se atraganta a la cuarta campanada y hay que darle en la espalda.

La señora Amparo se come las doce sin fallar una, con una técnica de profesional, y cuando termina levanta las manos como una gimnasta.

Awa se ríe tanto que se le caen tres uvas al suelo y Colometa las mira con desprecio absoluto.

Y a las doce y cinco segundos, cuando la sala entera está brindando y abrazándose y alguien ha puesto música y Chelo está besando a Marga en la frente, yo miro a Elías.

Está detrás del mostrador con un vaso de plástico en la mano, sonriendo a la gente que se abraza, y hace dos segundos que ha dejado de tener un contrato de arrendamiento.

Nadie lo dice. Es Nochevieja. Todo el mundo lo sabe.

Media hora después, cuando ya vuelve a ser una noche normal —o lo que aquí es una noche normal— y la televisión está desenchufada y el flexo recuperado, Ramiro se acerca al mostrador, deja el vaso y dice, en voz baja pero perfectamente audible:

—Feliz año, señor Ferrán. Y que conste que a partir de hoy usted está aquí en precario, jurídicamente hablando.

—Ya.

—Lo cual, por otra parte, es una figura preciosa.

—¿Precario es preciosa?

—Precario quiere decir que está usted aquí porque nadie le ha echado todavía. —Ramiro se pone el sombrero—. Como todos, hijo. Como todos.

A las cuatro y media ya solo quedan seis, y a las cinco menos cuarto, cinco, y a las cinco, tres: Awa, que se va enseguida, y nosotros dos.

Estoy fregando tazas en la trastienda. Él está al lado, secando, con el paño al hombro, y llevamos así diez minutos.

Detrás de nosotros está el mueble de los sesenta cajones.

—Beatriz ha devuelto las fichas —digo.

—Sí.

—Sin nota.

—Sin nota.

—Marga dice que eso no significa nada.

—Marga tiene razón.

Le paso una taza. La coge. La seca. La coloca en la balda de las desparejadas, que a estas alturas del año tiene una organización que solo entiende él.

—Elías.

—Dime.

—¿Tú qué vas a hacer si dice que no?

Y esta vez no contesta con una acción. Se apoya en el fregadero, con el paño en la mano, y se lo piensa de verdad, y tarda.

—Voy a vaciarlo yo —dice—. No voy a dejar que lo vacíen ellos. Eso lo tengo claro. Los libros van a Getafe, la máquina la quiere Marga para el obrador, el archivador…

Se para.

—El archivador no lo sé —dice—. Eso es lo único que no sé.

—Cabe en mi salón.

Me mira.

—Ya tienes once cajas.

—Pues doce cosas.

Y se ríe. Bajito, por la nariz, con la cabeza agachada, y es la primera vez desde el seis de diciembre, y a mí se me pone algo del revés en el pecho por dentro.

Y entonces él deja el paño en el borde del fregadero y dice:

—Nora.

—Qué.

—Yo llevo desde el diez de diciembre queriendo decirte una cosa.

Y aquí está.

Está a un metro, con el jersey de siempre, con la marca blanca de la mano izquierda y con la cara de un hombre que lleva tres semanas durmiendo cuatro horas, y detrás de él hay un mueble con sesenta cajones y encima de nosotros hay un piso que dentro de dos semanas puede no ser suyo, y en la esquina del mostrador de la otra habitación hay un burofax que ya ha vencido.

Y yo sé perfectamente lo que va a decir. Lo sé desde hace días.

Y también sé desde cuándo lo quiere decir: desde el diez de diciembre. Desde la noche en que me echó.

—No —digo.

—¿No?

—No me lo digas hoy.

Se queda quieto.

—No es que no quiera oírlo —digo, y me sale la voz más firme de lo que esperaba—. Es que llevas tres semanas perdiéndolo todo. La casa, el piso, el trabajo, la gata, Anselmo otra vez, todo. Y cuando una persona lo está perdiendo todo, se agarra.

—Yo no me estoy agarrando.

—Puede que no. Puede que sí. —Cierro el grifo—. Pero es que yo no quiero ser lo único que te queda, Elías. Yo eso ya lo he sido de alguien, y no salió bien, y me costó dos años darme cuenta de que a lo que se agarraba no era a mí.

Silencio.

—Vale —dice.

—Y hay otra cosa. —Me seco las manos en el trapo—.

Que dentro de seis días vas a saber si tienes una librería o no la tienes.

Y esas dos personas no son la misma persona.

El Elías que se entera de que sí y el Elías que se entera de que no van a ser dos hombres distintos durante un tiempo, y yo quiero saber cuál de los dos me lo está diciendo.

—¿Y si es el que no la tiene?

—Pues es el que no la tiene. —Le miro—. Pero que sea él quien lo diga, no el miedo.

Se pasa la mano por la cara. Se le queda una mano en la nuca. Y luego, muy despacio, con una sonrisa torcida que le dura medio segundo:

—Eres muy rara.

—Eso ya me lo dijiste el veinte de noviembre.

—Y sigo pensándolo.

—Dímelo el día de Reyes.

—¿El día de Reyes?

—El seis. Cuando sepas qué me estás diciendo.

Y él coge el paño, y lo dobla en tres, que eso no lo hace nadie con un paño, y lo deja encima del borde del fregadero, alineado con el canto.

—Vale —dice—. El seis.