Noche 39 — martes 30 de diciembre
Y una última línea que Marga lee tres veces en voz alta en el obrador:
Preferiría que no me esperasen.
—¿Eso qué quiere decir? —dice Chelo.
—Eso quiere decir que quiere ver aquello funcionando —dice Awa—. No una función.
Así que la norma de esa noche la dictamos entre las siete personas de esta conspiración con una disciplina de comando, y la norma es: no pasa nada .
Nadie limpia más de lo normal. Nadie se pone ropa buena. Nadie la saluda por su nombre. Nadie menciona el dossier, ni la asociación, ni los mil quinientos euros, ni una sola vez. Nadie, y esto va por Puri, hace comentarios.
—Yo no hago comentarios.
—Puri.
—Yo opino, que es distinto.
—Esa noche no opinas.
—Que no opino.
—Ni con la cara.
—Ah, no, eso no lo puedo prometer.
Entra a las doce y cuarenta.
Abrigo de paño gris, el mismo del veinticinco de noviembre, y el pelo mojado otra vez, porque en esta ciudad llueve solo cuando aparece esta mujer. Se para tres segundos en la puerta, como la primera vez, mirando el techo, las estanterías, el suelo.
Y no pasa nada.
Eso es lo bonito y lo difícil: no pasa absolutamente nada.
Ramiro está discutiendo con Awa sobre si el pescado congelado es pescado.
Vega está en la mesa del fondo con el flexo y un examen de Historia el ocho de enero.
Jandro está sentado en el suelo contra la estantería de bolsillo.
Puri está mirando fijamente la pared con una intensidad sospechosa.
Yo estoy en mi mesa con el cuaderno cuadriculado.
Elías levanta la vista del mostrador.
—Buenas noches.
—Buenas noches.
—¿Qué le pongo?
—Un café con leche.
—Marchando.
Y se gira hacia la máquina. Y ya está. Y ella se queda dos segundos con la mano en el asa del maletín, esperando otra cosa que no llega, y luego se sienta en la mesa vacía de al lado de la puerta, que es la peor de la casa.
A los cuatro minutos, cuando le lleva el café, él dice:
—Ahí va a coger corriente.
—Estoy bien.
—Como quiera.
Y la deja ahí, en la peor mesa, con su café, tomando notas mentales que no toma nadie porque no ha sacado ni un papel.
Yo, desde mi sitio de ahora, con el bolígrafo parado sobre la página ciento cuarenta, veo cómo empieza a mirar.
Y lo que ve, durante tres horas, es esto:
A la una menos cuarto, la señora Amparo, que ahora viene tres noches por semana y que ha descubierto los libros de jardinería.
A la una y cinco, Marga y Chelo con la bandeja del día.
A la una y media, el chaval de seguridad, que entra veinte minutos antes de su turno, se toma un café de pie y se va.
A las dos menos veinte, la mujer del abrigo bueno de otra temporada, la del primer día que yo vi, que se acerca al mostrador, dice algo en voz baja, se bebe un café en tres tragos, hace ademán de sacar el monedero y encuentra a Elías de espaldas colocando lomos que no lo necesitan.
Y ve a Elías coger la tiza y tachar una raya en la pizarrita de al lado de la caja.
Se levanta. Va hasta la pizarra. La lee.
—¿Qué es esto?
—Cafés en vela —dice él.
—Ya, pero ¿qué es?
Y él se lo explica en cuatro frases y sin ningún énfasis, exactamente igual que se lo explicó Puri a una desconocida el nueve de octubre, y luego vuelve a lo suyo.
Beatriz Salaberri se queda un rato de pie delante de una pizarra vieja con doce rayas de tiza.
Lo de Jandro pasa a las dos y media y es completamente ajeno a todo.
Jandro no sabe quién es esa mujer. No se lo hemos dicho, porque a Jandro no se le puede pedir que disimule, y porque disimular era lo que no queríamos.
Así que Jandro hace lo que haría cualquier noche: ve a una señora sola en la peor mesa con cara de estar pasándolo regular, se levanta del suelo, coge su libro gordo de la portada llena de gente con espadas, arranca una servilleta del taco del mostrador, escribe algo con el boli y le deja las dos cosas delante.
—Toma.
—¿Perdón?
—Que te lo dejo. Pero me lo devuelves, ¿eh? Que ese es mío.
Y se vuelve al suelo.
Beatriz mira el libro. Mira la servilleta. La lee.
Yo estoy a cuatro metros y la letra de Jandro se lee desde Cuenca:
¡Guardias! ¿Guardias?, de Pratchett
Posología: 20 páginas al acabar el turno.
Si no funciona vuelve.
Sin las mayúsculas donde van, sin la coma del final, sin el usted. Una imitación torpe de un formato que ese chaval ha visto hacer cien veces y que ha copiado como se copian las cosas de la casa en la que uno crece.
Beatriz Salaberri se queda mirando esa servilleta mucho más tiempo del que hace falta para leer tres líneas.
Luego mete el libro en el maletín, con cuidado, y se lo lleva.
A las tres y veinte se levanta y va hacia el fondo, y le pregunta a Elías si puede pasar al baño, y él le dice que sí, que la puerta del fondo a la derecha.
Y tarda.
Tarda tanto que a Marga se le queda la taza a medio camino y Puri me busca con los ojos desde la otra punta de la sala.
Porque para llegar al baño hay que cruzar la trastienda. Y en la trastienda, contra la pared del fondo, hay un mueble de sesenta cajones de madera con anillas de latón y las carteleras escritas a mano con una letra inclinada y antigua.
Cuando vuelve, viene despacio y trae una cartulina beige en la mano.
—Perdone —dice.
Elías levanta la cabeza.
—Se me ha ido la vista —dice ella, y es la primera vez que la oigo decir una frase que no está construida—. He abierto un cajón. Lo siento.
—No pasa nada.
—Pone Salaberri.
—Pone Salaberri.
—Y es la letra de mi padre.
Deja la ficha en el mostrador y le da la vuelta para que la vea él, que es un gesto de asesora fiscal y que hoy no significa nada de lo que significaba el veinticinco de noviembre.
—Esta parte no —dice, señalando—. Esta es la del señor este.
—Anselmo.
—Esta es de Anselmo. Los libros que se llevaba mi padre y las fechas. —Traga—. Pero esto de aquí abajo es la letra de mi padre. Y estas dos también. Y esto.
Yo me he levantado sin darme cuenta y estoy a dos metros, y desde aquí veo lo que hay escrito al pie de esa ficha y al pie de otras dos que trae debajo, con un bolígrafo azul y una letra grande de hombre que firmaba muchos papeles al día:
Pagado. A. S.
Pagado. A. S.
Este también. A. S.
—Son fichas de otra gente —dice ella.
—Sí.
—De vecinos.
—Sí.
—Mi padre pagaba los libros que la gente de este edificio no podía pagar.
—No es una pregunta, así que Elías no contesta—.
Y no me lo dijo nunca. Y yo he estado un año revisando sus cuentas, señor Ferrán.
Todas. Cuenta por cuenta, porque para eso me dedico a lo que me dedico. Y esto no está en ninguna cuenta.
—No.
—¿Cuánto tiempo?
—No lo sé. —Elías mira el mueble a través de la puerta de la trastienda—. Hay sesenta cajones.
Beatriz Salaberri se queda de pie en medio de una librería a las tres y media de la mañana con tres cartulinas beige en la mano.
Y luego las deja en el mostrador, muy juntas, muy alineadas, y dice:
—¿Se las puedo devolver mañana? Me gustaría… —Se para—. Están por orden, ¿no?
—Están por orden.
—Se las devuelvo mañana.
—Vale.
Coge el maletín. Se pone el abrigo. En la puerta se para, con la mano en el picaporte, exactamente donde me paré yo el seis de octubre a las tres y diez de la mañana, y mira la librería entera una última vez: las siete lámparas, la estufa, la gata en el orejero, una chica de diecisiete años estudiando Historia bajo un flexo, un señor con sombrero discutiendo sobre el pescado congelado, un chaval sentado en el suelo.
Y no dice nada.
Se va.
La campanilla suena. Nadie habla durante cuatro segundos.
—¿Eso es bueno o es malo? —dice Vega.
—Eso es que se ha ido con el libro de Jandro —dice Puri.
—Ah.
—Que la gente que dice que no, no se lleva el libro.