El librero de medianoche Noche 38 — domingo 28 de diciembre
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Noche 38 — domingo 28 de diciembre

El domingo entramos a las cinco de la tarde a lijar.

Es la primera vez que veo esta casa desmontada de verdad.

Han sacado a la acera las cuarenta y ocho sillas prestadas, han apilado las mesas en el fondo, y en el centro de la sala, encima de dos borriquetas, hay seis baldas de la sección catorce que van a ser el mueble de la microbiblioteca del hospital.

Somos cuatro: Elías, Jandro, Vega y yo.

—Contra veta no —dice Elías, por tercera vez.

—Yo lijo como quiero.

—Jandro, contra veta no.

—Es que se va más rápido.

—Y se raya más rápido.

Jandro lija contra veta durante veinte minutos más, hasta que ve el resultado a la luz del flexo, y entonces recoge sus cosas y se pasa a las esquinas sin decir una palabra, y Vega se ríe con la boca cerrada y no hace ningún comentario, que a los diecisiete años es una hazaña moral.

Yo lijo la balda más larga, la de arriba, apoyada sobre las borriquetas.

Y descubro tres cosas: que lijar madera es la mejor cosa que he hecho con las manos en un año y medio; que se me van las tres horas sin mirar el reloj; y que estas baldas llevan cincuenta y tres años sujetando diccionarios y tienen en el canto una marca cada tres centímetros, un surco fino, de los lomos.

—Eso no se quita —dice Elías, que ha venido a ver cómo voy.

—¿Y se deja así?

—Se deja así.

Pasa el pulgar por el canto de la balda, por los surcos, de izquierda a derecha, y luego me pasa el dedo a mí por el dorso de la mano y me lo pone encima de la madera para que lo note.

Y no hay nada raro en ese gesto. Es un hombre enseñándole a una mujer una marca en una tabla.

Le noto la palma áspera y la marca blanca del pulgar durante dos segundos y medio, y luego se va a por el barniz, y a mí se me queda un ruido dentro que no tiene nada que ver con el lijado.

Estamos así desde el veinticinco, desde la noche del café con miel: a un metro, trabajando, hablando de baldas. Sin tocarnos y tocándonos veinte veces al día por accidentes que no son accidentes.

El teléfono suena a las ocho y diez.

Está en el mostrador, boca arriba, y desde donde estoy veo la pantalla iluminarse y veo la palabra que pone.

Mamá.

Elías la mira. Sigue barnizando. La pantalla se apaga.

A los treinta segundos vuelve a sonar. Se apaga.

A la tercera —a la tercera— deja la brocha en el bote, se limpia las manos en el pantalón y sale a la calle a cogerlo, y le vemos por el escaparate hablando en la acera con la mano en la nuca, dos minutos y medio, asintiendo con la cabeza a cosas que no sabemos.

Vuelve. Coge la brocha. Sigue barnizando.

—¿Todo bien? —dice Vega.

—Sí.

Y ya está.

Vega y Jandro se van a las nueve y media, y las baldas quedan con la primera mano dada, y Elías friega las brochas en el fregadero de la trastienda con una minuciosidad excesiva, y yo me apoyo en el marco de la puerta con los brazos cruzados y espero.

Espero cuatro minutos enteros.

—Vive en Alicante —dice, sin girarse—. Desde el noventa y ocho.

—Vale.

—Con mi hermano Julián y con su mujer. Julián es cuatro años mayor. Tienen dos críos.

—Vale.

—Llama los domingos.

Aclara la brocha. La escurre. La aclara otra vez.

—Y no sabe nada —digo.

Y él para las manos debajo del grifo.

—No.

—¿Nada de nada?

—No sabe lo del burofax, no sabe lo del treinta y uno, no sabe lo de la asociación y no sabe que hace tres semanas iba a quedarme en la calle. —Cierra el grifo—. Sabe que Anselmo me dejó la librería y que me va bien.

—Elías.

—Tiene setenta y nueve años y una cosa en el corazón, Nora. Y está a cuatrocientos kilómetros. ¿Qué le cuento? ¿Que me quedo sin casa y que no puede hacer nada?

—Que te quedas sin casa.

—Ya.

—Y ya está. Eso es lo que se le cuenta a una madre.

Coge el paño. Se seca las manos.

—Mi padre se murió en el noventa y siete y yo tenía trece años —dice—.

Y en el noventa y ocho mi madre se llevó a Julián y me llevó a mí a Alicante, con mi tía, porque aquí no llegábamos.

Y yo volví a Madrid a los diecinueve a estudiar y no he vuelto a vivir allí.

—Dobla el paño en tres, otra vez, y lo deja alineado con el canto del fregadero—.

Y en veintitantos años esa mujer no me ha pedido nada.

Ni dinero, ni que fuera, ni que llamara más. Nada.

—¿Y tú a ella?

Silencio.

—Eso me parecía —digo.

Y él suelta el aire y se ríe una vez, sin ganas, mirando el suelo.

—Ya lo sé —dice.

—¿Lo sabes?

—Que ya lo sé, Nora. Que llevo tres semanas sabiéndolo. Que me lo dijiste tú el diez de diciembre y me lo dijo Ramiro el jueves delante de nueve personas y me lo lleva diciendo Awa desde antes que ninguno de los dos. —Levanta la vista—. Saberlo no es lo difícil.

—¿Y qué es lo difícil?

—Marcar el número.

A las once de la noche, con la sala oliendo a barniz y la puerta abierta a la calle para ventilar aunque haga tres grados, él se sienta en el escalón de la trastienda con el móvil en la mano.

Yo me quedo en la sala, colocando las mesas, haciendo ruido a propósito.

Le oigo marcar. Le oigo decir «mamá, soy yo».

Le oigo decir «no, no ha pasado nada» y luego, a los diez segundos, le oigo decir «bueno, sí», y a partir de ahí bajo el ruido de las mesas a cero y me quedo quieta en mitad de una librería a oscuras escuchando cómo un hombre de cuarenta y un años le cuenta a su madre, por primera vez, algo que le está pasando.

Tarda veintidós minutos.

Cuando sale del escalón tiene los ojos rojos y la cara de quien acaba de descargar un camión.

—Dice que por qué no se lo he contado antes.

—Claro.

—Y dice que Julián tiene un amigo abogado.

—Todo el mundo tiene un amigo abogado.

—Todo el mundo tiene un amigo abogado —repite, y se ríe, y esta vez sí con ganas.

Y luego se queda parado en medio de la sala, con el móvil en la mano y las mangas subidas y polvo de lija en los antebrazos, mirándome.

—Nora.

—No.

—No he dicho nada.

—Has dicho «Nora» con ese tono.

—¿Qué tono?

—El del veintiséis por la mañana. —Cojo el abrigo—. Y quedamos en el seis.

—Quedamos en el seis.

—Pues el seis.

Y él dice «vale», y coge una silla, y la coloca, y luego coge otra, y así hasta que se le pasa.

Me voy a las doce menos veinte, media hora antes de que abra, que es la primera vez que salgo de esta casa antes de que empiece la noche.

En la puerta, con la mano en el picaporte, me giro.

—Oye.

—Dime.

—¿Cómo se llama tu madre?

—Encarna.

—Encarna —repito—. Vale.

—¿Por qué?

—Por nada. —Abro la puerta—. Por saber una cosa más.

Y salgo a la travesía con las manos oliendo a barniz y con doce datos donde hace tres meses había uno, y ando cuatrocientos doce pasos hasta mi casa a las doce menos veinte de la noche de un domingo, que es una hora ridícula, una hora de gente normal, y me acuesto a la una como una persona que trabaja por las mañanas.

Y duermo del tirón.