El librero de medianoche Noche 37 — jueves 25 de diciembre
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Noche 37 — jueves 25 de diciembre

Quedan a las seis de la tarde del día de Navidad, con la persiana a media altura y el cartel sin girar, porque a esa hora aquello no está abierto ni cerrado.

Yo llego a las seis y diez, cuando ya están todos dentro, y me quedo de pie al lado de la puerta con el abrigo puesto.

Es una decisión y me cuesta sostenerla durante cuarenta minutos.

Elías me mira una vez, al principio, en cuanto suena la campanilla, con una pregunta entera en la cara. Yo muevo la cabeza medio centímetro hacia los demás.

No es mío. Es de ellos.

—Bueno —dice Marga, que se ha sentado en la banqueta del mostrador, enfrente de él, con el canutillo encima de la madera—. Esto es para ti.

—¿Qué es?

—Léelo.

Y lo lee. Lo lee entero, de pie, sin sentarse, pasando páginas despacio delante de nueve personas que no dicen nada durante once minutos.

Veintiséis páginas: la asociación, los estatutos, los socios, las cuotas, el club de los miércoles, el convenio del hospital, la propuesta de arrendamiento a mil quinientos euros y cinco años, el aval, la cuenta abierta el jueves con dos mil trescientos euros dentro.

Cuando llega a la última página, la de la lista de nombres, se para más.

Hay ciento sesenta y tres. Vienen por orden de firma, con la letra de Marga, de Ramiro y de Vega mezcladas, y con dos columnas: nombre y cantidad.

Le veo la cara mientras lee esa página, y es lo más parecido a un derrumbe que le he visto en tres meses, y consiste, íntegramente, en que se pone a alinear con el dedo el canto del papel contra el canto del mostrador.

Cierra el canutillo.

—No puedo aceptar esto.

—Ya lo sabíamos —dice Awa.

—No es que no quiera. Es que no puedo. —Deja las manos planas sobre la madera—.

Aquí hay gente que ha puesto diez euros al mes y que en esta casa se bebe un café en vela porque no le llega.

Está en esa lista, Marga. Yo he leído los nombres.

Y vosotras me estáis pidiendo que coja ese dinero para que yo pueda seguir teniendo una librería.

—Para que el barrio pueda seguir teniendo una librería —dice Chelo.

—Es lo mismo.

—No es lo mismo —dice Marga.

—Marga…

Y entonces Ramiro se pone de pie.

Se pone de pie despacio, porque tiene setenta y ocho años y lleva una hora sentado, y se coloca el sombrero en la mano izquierda como quien va a hablar en un juicio, y lo que dice lo dice de usted, porque a Ramiro Sanchís Vela no se le quita el usted ni el día de Navidad.

—Yo llevo cincuenta años levantando actas —dice—. Y en cincuenta años he aprendido a distinguir una donación de una contraprestación, y esto que tiene usted en la mano es lo segundo, así que le agradecería que no me insultara.

—Don Ramiro.

—No he terminado. —Se ajusta el sombrero, que sigue en la mano—.

Mi mujer se murió hace catorce meses. El primer mes vinieron todos.

El segundo, la mitad. Al tercer mes yo bajaba a la calle a las once de la noche y no tenía dónde ir, y una noche vi una luz, y entré, y usted me puso un carajillo y no me preguntó nada, y me discutió un libro.

Y eso lo lleva usted haciendo conmigo catorce meses.

Se hace un silencio de esos en los que se oye la estufa.

—Y en catorce meses —dice Ramiro— no me ha dejado usted pagarle una sola vez lo que vale esto.

—Ramiro, un carajillo son…

—No estoy hablando del carajillo y usted lo sabe.

—Levanta un dedo—. Le he traído tortilla y ha dicho que no tenía hambre.

Le ofrecí en noviembre pagarle el fontanero de la trastienda y me dijo que ya estaba arreglado, y no estaba arreglado, que yo lo he visto gotear en diciembre.

Y ahora le traemos esto y me dice que no puede.

—Es distinto.

—No es distinto. Es lo mismo cuatro veces. —Y aquí baja la voz, y es peor—. Usted lleva cinco años dándonos cosas y no nos ha dejado devolverle ni una. Y eso, hijo, tiene un nombre feo, y el nombre no es generosidad.

Elías no dice nada.

—Recibir también es un favor que se hace —dice Ramiro—. Y usted a nosotros no nos lo ha hecho nunca.

Y se sienta.

Y en esa librería, durante unos veinte segundos, no se mueve nadie.

Elías está de espaldas a la máquina, con las dos manos apoyadas en el mostrador y la cabeza baja. Le veo la nuca, el pelo mal cortado, la camisa de ayer sin planchar hoy. En la esquina del mostrador, debajo del canutillo, sigue el burofax doblado en tres.

Lo coge.

Lo despliega, lo mira como si no se lo supiera de memoria, y luego levanta la cabeza y mira a la sala entera, y lo dice.

—Necesito ayuda.

Tres palabras.

En tres meses le he oído hablar de Anselmo, de su noche de 2019, de doce años de guardias y de una mujer que se fue con dos maletas, y no le había oído nunca decir una frase que empezara por «necesito».

—Ya era hora, coño —dice Puri.

Y se rompe todo. Marga se echa hacia atrás con las manos en la cara, Chelo aplaude una sola vez y se para, Jandro dice «¡vamos!» como si hubiera marcado alguien, Vega saca el móvil, Awa se ríe con los ojos cerrados y Ramiro se pone el sombrero.

—Que conste en acta —dice.

—Que conste —dice Marga.

A partir de ahí es una reunión de trabajo y dura dos horas y media, y es, con diferencia, la reunión mejor organizada en la que he estado en mi vida, y eso que la mitad de los asistentes discuten a gritos.

Marga lleva las cuentas y no admite objeciones.

Ramiro registra la asociación el veintinueve a primera hora en la delegación, con los estatutos ya firmados por la junta.

Awa manda el borrador del convenio del hospital al correo de Marga esa misma noche.

Vega imprime cincuenta carteles. Jandro reparte.

Chelo prepara el catering del club de los miércoles.

Y Elías escribe una lista con lo que hay que hacer en el local: la humedad de la esquina, el fontanero de la trastienda —Ramiro carraspea audiblemente—, la instalación eléctrica que hay que certificar para poder hacer actividades, y el mueble de la microbiblioteca del hospital, que va a hacer él con las baldas viejas de la sección catorce.

A mí no me asignan nada, porque yo llegué después.

—Nora hace el escrito —dice Marga, sin levantar la vista de las cuentas.

—¿Qué escrito?

—A la señora esa. El que va delante del dossier. —Me señala con el boli—. Que tú eres la que sabe poner las palabras en el sitio.

Y ahí, por primera vez en toda la tarde, Elías me mira a mí, y esta vez no aparto la vista, y lo que me sale es lo único razonable:

—Vale.

Lo escribo esa misma noche en la mesa de la estufa, con la librería abierta y con siete personas dentro celebrando algo que todavía no ha pasado.

Son cuatro párrafos y me llevan dos horas.

Sin lástima, sin adjetivos, sin una sola frase que suene a súplica: la propuesta económica, el aval, el plazo, la contraprestación, y una última línea que dice que la asociación entiende su posición y que le agradece de antemano el tiempo, tanto si acepta como si no.

Lo leo tres veces. Quito dos adjetivos más.

A las dos y media, sin decir nada, él me pone algo en la mesa.

No es un cortado doble.

Es una taza pequeña con café de puchero, de ese que hizo la noche del apagón, espeso y negro, y lleva por encima un hilo de miel que se hunde despacio.

—¿Y esto?

—Prueba.

Lo pruebo.

Es amargo y es dulce al final y es la cosa más rara que he bebido en mi vida y está buenísimo, y me deja un calor en el pecho que no es del café.

—¿Cómo se llama?

—No se llama nada. —Coge el paño—. Se me ocurrió el otro día.

—¿El otro día cuándo?

Y no contesta, y se va a la máquina, y yo me quedo con la taza entre las dos manos mirando la espalda de un hombre que en tres meses no me ha dicho una sola cosa bonita de frente y que acaba de inventarme un café.