Noche 36 — miércoles 24 de diciembre
En casa de mi hermana cenamos a las nueve y media y a las once y veinte me levanto de la mesa.
—¿Ya?
—Ya.
—Nora, son las once y veinte de Nochebuena.
—Ya lo sé.
Mi cuñado está discutiendo con el mando de la tele, mis sobrinos llevan hora y media en su cuarto, y mi hermana me acompaña a la puerta con el paño de secar todavía en la mano, y ahí, en el recibidor, con los abrigos de todo el mundo colgados de un perchero, me dice:
—¿Vas a esa librería?
—Sí.
—¿La que abre a las doce?
—Sí.
Se queda un momento con el paño entre las manos.
—Papá iba a una librería de noche —dice.
Y a mí se me para todo.
—¿Tú lo sabías?
—Yo no sabía nada. —Se encoge de hombros—. Pero él salía. Los sábados. Volvía a las tres o a las cuatro y decía que había estado andando, y mamá decía que qué manía de andar. Yo pensaba que se veía con alguien, Nora. Durante años pensé eso y no te lo dije nunca.
—Iba a una librería.
—Ya. —Se ríe con la boca cerrada—. Pues mira, casi mejor lo otro, que era más fácil de explicar.
Y me abraza, que lo hacemos poquísimo, y me dice que le dé recuerdos a la gente que hay allí, aunque no conozca a nadie, y me pone en las manos un táper con dos raciones de lo que ha sobrado, porque en esta familia no se sale de una casa sin un táper.
Bajo. Ando cuatrocientos doce pasos con un táper y el abrigo bueno, por un Madrid en el que esta noche no hay nadie en la calle, absolutamente nadie, salvo un chico repartiendo comida en bici que me dice buenas noches y que no es Jandro.
Llego a la travesía a las doce menos tres minutos.
La luz está encendida. Está encendida desde antes de las doce, y eso no ha pasado en tres meses.
Y por el escaparate se ve una cantidad de gente que no cabe.
Entro a las doce en punto.
Suena la campanilla y se giran veinte cabezas, y luego veinticinco, y en dos segundos la conversación entera de esa habitación se apaga como se apagó la luz el seis de diciembre.
Están todos.
Está Marga con un delantal limpio, de los de salir.
Está Chelo repartiendo algo en una bandeja.
Está Puri con una chaqueta que no es la cazadora acolchada y con los labios pintados, lo cual me desarma más que ninguna otra cosa de esta noche.
Está Awa recién salida del turno de tarde.
Está Vega con su madre y con dos hermanos pequeños que están tocando todo lo que no hay que tocar.
Está Jandro. Está Ramiro con el sombrero en las rodillas, sentado en su silla, y a su lado hay una señora mayor a la que no conozco.
Y hay quince o veinte personas más: la del segundo del cuatro con su linterna; los dos chicos del apagón; un hombre solo, de unos sesenta, con una bolsa de plástico y un abrigo demasiado fino; una mujer joven con un bebé que no es el mismo bebé del seis de diciembre; una pareja de señores mayores cogidos del brazo; un chaval con un uniforme de seguridad que estará de guardia dentro de dos horas.
En el centro de la sala han juntado tres mesas. Encima hay comida de todas las casas del barrio: dos tortillas, una fuente de langostinos, turrón del duro y del blando, una bandeja de roscos del obrador, un tupper de croquetas con una nota pegada que pone «DE LA DEL 2º, NO SON DE BOTE».
Y hay sillas. Hay muchísimas más sillas de las que caben en esta librería: sillas de la trastienda, dos taburetes, tres sillas de plástico que alguien ha bajado de su casa, la butaca del rellano de arriba.
Y hay una silla vacía en la esquina, apartada, con el respaldo contra la sección de bolsillo. Vacía del todo. Sin abrigos encima, que es lo raro, porque en una sala con treinta personas todas las sillas vacías acaban con abrigos encima.
Elías está detrás del mostrador.
Tiene una camisa. Es lo primero que veo: una camisa azul, planchada, en un hombre que lleva tres meses en jersey. Está haciendo cafés. Tiene una cara de cansancio que no le he visto nunca y está igual de derecho que siempre.
Nos miramos por encima de treinta personas.
Y digo lo único que llevo catorce días sabiendo que iba a decir, y lo digo en voz alta, porque en esta sala no hay manera de decir nada bajito:
—No he venido por ti.
Alguien —Puri, seguro que Puri— hace un ruido con la garganta.
—He venido porque es mi sitio.
Silencio de tres segundos.
Y luego Chelo, que tiene el instinto social de una madre de familia numerosa, grita desde la mesa:
—¡Pues siéntate, hija, que se enfrían las croquetas!
Y la sala vuelve a arrancar como arranca un motor, de golpe, y alguien pone un disco, y Ramiro empieza a contarle a la señora mayor de al lado quién es cada uno, y Vega me quita el táper de las manos y lo lleva a la mesa central, y en el trayecto de la puerta a la mesa recibo cuatro besos, dos apretones de brazo y una palmada en la espalda de Marga que casi me tira al suelo.
Elías no se ha movido del mostrador.
La noche es larguísima y es de las mejores de mi vida.
A la una y media, Ramiro presenta oficialmente a la señora mayor: es su vecina, la del segundo, la que llamó al telefonillo a las tres de la mañana en noviembre porque le oía hablar solo.
—Y le dije: señora Amparo, esta noche usted no se queda ahí arriba.
—Y yo le dije que qué iba a hacer yo en una librería.
—Y aquí está usted.
—Aquí estoy.
A las dos, alguien pregunta por la silla vacía de la esquina.
Lo pregunta uno de los chicos del apagón, en voz alta, con esa despreocupación de los veintipocos, y la respuesta la da Marga desde la mesa, sin levantar la voz:
—Esa se pone siempre.
—¿Para quién?
—Por si acaso.
—¿Por si acaso qué?
—Por si viene alguien más —dice Marga—. Lo hacía el anterior. Ponía una silla de más y decía que en Nochebuena no se sabe.
Y el chico dice «ah, vale» y sigue a lo suyo, y yo me quedo mirando esa silla vacía un rato largo, y luego miro al hombre solo del abrigo demasiado fino, que lleva dos horas sentado en un rincón con una bolsa de plástico y que a la tercera vez que Chelo le ha ofrecido comida ha aceptado.
A las tres y cuarto se sirven cafés en vela.
Es Puri la que lo dice, y lo dice en voz alta y a la manera de Puri:
—¡Y esta noche los cafés van en vela todos, que estamos de fiesta y aquí no paga nadie!
Y hay que hacer muchos. Se acaban las tazas —las once que la gente esconde y las veinte desparejadas— y hay que fregar sobre la marcha, y ahí es donde pasa lo que tenía que pasar, que es que me pongo detrás del mostrador.
No lo pide nadie. Voy a llevar tazas, me quedo, cojo el paño y empiezo a fregar mientras él cuela, y a las tres y media llevamos veinte minutos trabajando en un metro cuadrado, y no nos hemos dicho una sola palabra, y nos hemos pasado seis tazas, dos platillos, el colador y la cuchara de madera.
A un metro de distancia.
Ni un roce. Ni una mirada de más. Solo el ruido del agua y la mano que se estira con una taza limpia y la mano que la coge.
A las cuatro y veinte, cuando ya solo quedamos doce, él dice, sin girarse, con las dos manos en el puchero:
—Gracias por venir.
—Ya te he dicho por qué he venido.
—Ya. —Cuela—. Gracias igual.
Y no decimos nada más en toda la noche.
A las siete menos cuarto se va la señora Amparo del brazo de Ramiro. A las siete se van Vega y su madre con los pequeños dormidos de pie. A las siete y veinte se va el hombre de la bolsa de plástico, y en la puerta se para y le da la mano a Elías, y le dice una cosa que no oigo, y se va.
Y a las siete y media, cuando el escaparate ya está gris y quedamos seis, Marga se limpia las manos en el delantal limpio y dice, en el tono con el que se dicen las cosas que se han decidido en otro sitio:
—Elías, mañana por la tarde tenemos que hablar contigo.
—¿De qué?
—Mañana.
—Marga, ¿de qué?
—De la casa —dice Puri.
Y las dos se van, y Chelo detrás, y Awa detrás, y me quedo yo poniéndome el abrigo con una lentitud completamente artificial.
—Nora.
—Mañana te lo cuentan ellos.
—¿El qué?
—Mañana, Elías.
Y salgo a la calle a las ocho menos veinte de la mañana del día de Navidad, con un táper vacío en la mano y el cielo de color de plomo, y a los treinta y ocho pasos me doy la vuelta, y él está en el vano de la puerta con el lápiz de carpintero, escribiendo en el marco por primera vez en catorce días.