El librero de medianoche Noche 35 — sábado 20 de diciembre
78%

Noche 35 — sábado 20 de diciembre

Las reuniones son en mi salón, entre las cajas.

No hay otro sitio. El obrador tiene horno y clientes, el taxi de Puri tiene cuatro plazas y en la librería, evidentemente, no.

Así que a partir del jueves mi casa se convierte en un cuartel general de siete personas que se sientan donde pueden: Ramiro en la única butaca, Awa y Vega en el sofá, Marga y Chelo en dos sillas de la cocina, Jandro en el suelo con la espalda contra la caja número seis, y Puri de pie, porque Puri no se sienta cuando hay que resolver algo.

—¿Y estas cajas? —pregunta Vega el primer día.

—Son de mi padre.

—¿Y no las abres?

—Están abiertas.

—Digo que si no las vacías.

—Todavía no.

—Vale.

Y a partir de ahí las cajas son mesas. Ramiro apoya el café en la cinco, Marga extiende papeles sobre la tres, y a nadie le parece raro, y a mí me pasa una cosa curiosa, que es que la primera noche me molesta y la segunda ya no.

Trabajamos jueves, viernes y sábado, entre las nueve de la mañana y las once, que es el hueco imposible en el que ninguno de los siete está donde tendría que estar.

El sábado a las once de la mañana el dossier tiene veintiséis páginas.

Lo primero es lo más difícil, y lo más difícil es lo que a nadie le apetece hacer: aceptar que no vamos a igualar los tres mil cien euros.

—Nunca —dice Marga, que lleva las cuentas y que las lleva como si nos fuera a auditar Hacienda mañana—. Ni con doscientos socios ni con cuatrocientos. Y quien diga que sí, que lo firme aquí.

Nadie lo firma.

Lo que sí podemos poner encima de la mesa es esto:

Mil quinientos euros al mes. Que es cuatro veces y media lo que se paga ahora y la mitad de la oferta de las taquillas.

Cinco años. Con revisión anual conforme al IPC. Ella pidió seguridad; le damos plazo.

Con aval. No de un librero de cuarenta y un años que no tiene nada, sino de una asociación cultural con estatutos, CIF, cuenta bancaria y junta directiva.

Presidenta: Margarita Buendía Roldán, panadera, veintiséis años de autónoma sin un solo impago.

Tesorera: Purificación Elorza. Secretario: Ramiro Sanchís Vela, perito jubilado, que redacta los estatutos en dos días y que se pone tan serio que hay que quitarle tres artículos por excesivos.

Con dinero ya recaudado. Porque un compromiso es una hoja de cálculo y un ingreso es un ingreso: a las once de la mañana del sábado hay ciento sesenta y tres personas que han domiciliado diez euros al mes, y cuarenta y una que han pagado un año por adelantado.

Dos mil trescientos euros en una cuenta que abrió Marga el jueves.

Ciento sesenta y tres.

Los reunimos en tres días. Puri en la parada del Prado y en dos emisoras de radiotaxi.

Awa en el turno de noche del hospital y en un grupo de residentes.

Vega en su instituto y, sobre todo, en el grupo de madres de su instituto, que resultó ser el filón de todo esto.

Marga y Chelo, en el obrador, a pelo, cliente por cliente, con un cartel escrito a mano.

Ramiro, en su portal, en la parroquia y en un bar de la calle ancha, con una lista y un bolígrafo, tratando a todo el mundo de usted.

Jandro llevó las hojas de un sitio a otro en bici durante tres días y se sabe el barrio mejor que ninguno de nosotros.

—Y falta el vídeo —dice.

—Jandro, no.

—Es que os digo yo que…

—No.

—Vale, pero cuando esto salga bien, lo grabo.

Con dos patas más , que son las que le dan a esto pinta de proyecto y no de colecta.

La primera es la microbiblioteca de la sala de espera de Urgencias.

Awa lo lleva planteando desde el jueves como quien no quiere la cosa, y el viernes vuelve con una cara rarísima y dice que ha hablado con la supervisora y con la gente de humanización, y que están encantados, y que llevan cinco años preguntándose de dónde salen esos libros.

—¿Y qué les has dicho?

—Que salen de una librería del barrio y que si quieren, en vez de aparecer misteriosamente, pueden aparecer con un convenio, un mueble decente y una persona responsable.

—¿Y?

—Y que me manden el borrador el lunes.

La segunda es el club de las cero treinta. Cuarto miércoles de cada mes, doce plazas, entrada con cuota o cinco euros suelto, un libro al mes, café incluido. Lo dirige el librero, faltaría más.

Y el catering lo pone el obrador a precio de coste, con factura, que es idea de Chelo y que Marga acepta a regañadientes porque «una cosa es querer a alguien y otra es regalar género».

Lo del cañón de proyección pasa el sábado a las diez y media.

—Para la lectura hace falta un cañón —dice Vega, que está diseñando el cartel en una tablet prestada—. Para poner el texto grande, para la gente de atrás.

—Eso vale un dinero —dice Marga.

—Yo conozco a uno —dice Puri.

Se hace un silencio de los buenos.

—Puri —digo.

—Qué.

—¿De qué conoces tú a uno con un cañón de proyección?

—De llevarlo en el taxi.

—¿Y a qué se dedica?

—A cosas audiovisuales.

—¿Qué cosas audiovisuales?

—Nora, hija, ¿tú vas preguntándole a la gente en qué trabaja mientras la llevas de Barajas a Príncipe Pío?

El cañón aparece el domingo por la mañana en el obrador, dentro de una bolsa de deporte, con el mando puesto y sin ninguna documentación. Marga lo mira como se mira una anguila.

—Puri.

—Está prestado.

—¿Prestado de dónde?

—Prestado de un sitio.

—¿Y hay que devolverlo?

—El día ocho.

—¿De enero?

—Eso ya no lo sé.

El sábado a las once de la mañana imprimo veintiséis páginas en la papelería de la calle ancha y las meto en un canutillo, y las siete personas que hay en mi salón se quedan mirando el dossier encima de la caja número tres como si fuera un recién nacido.

Y entonces Awa dice lo que llevamos tres días sin decir.

—Falta él.

Silencio.

—El contrato de arrendamiento hay que firmarlo —dice, muy tranquila—.

Y lo tiene que firmar o él o la asociación.

Y si lo firma la asociación, hay que poner ahí dentro a alguien que abra esa puerta a las doce de la noche todos los días del año.

—Se descalza un talón sin quitarse el zueco—.

Y eso, o lo hace él, o esto es una preciosa recogida de dinero para alquilar un local vacío.

—Y no lo va a hacer —dice Ramiro.

—Lo va a hacer —dice Chelo.

—Lo va a parar —dice Marga, que es la más realista de los siete y por eso lleva las cuentas—. En cuanto se entere. Lo va a parar y va a decir que él no puede aceptar el dinero de la gente del barrio, y va a tener razón hasta un punto, y a partir de ese punto va a estar diciendo una tontería.

Todos me miran a mí. Los siete. Es una cosa que llevo tres días notando y que hasta ahora no había ocurrido con tanta claridad.

—A mí no me miréis.

—Nora —dice Puri.

—Es que no me habla desde el diez.

—Ya.

—Y no es orgullo. Es que si voy yo, se convierte en otra cosa. Se convierte en «la mujer que se queda en Madrid le monta una asociación al librero», y entonces él tiene que decir que no. —Cojo el canutillo y lo dejo otra vez—. Esto tiene que ser del barrio, no mío.

—Es del barrio —dice Ramiro.

—Pues que se lo diga el barrio.

—¿Y cuándo? —dice Vega.

Y ahí, en mi salón, entre once cajas de libros de un hombre que fue cliente de esa casa durante veintiún años sin decírselo a nadie, Marga mira el calendario del móvil y dice la única fecha posible.

—El veinticuatro.

—¿En Nochebuena?

—El veinticuatro por la noche esa librería abre —dice—. Como todos los años. Y el veinticuatro por la noche ahí dentro va a estar toda la gente que no tiene otro sitio adonde ir.

Se levanta y se sacude la harina de los antebrazos, que a estas alturas es un gesto ornamental, porque llevamos tres días reunidos y ninguna de las dos ha pisado el horno desde las seis.

—Y a la gente que no tiene otro sitio adonde ir —dice— es muy difícil decirle que no.