Noche 34 — miércoles 17 de diciembre
Llamo a Rodrigo Pineda el martes a las once y media de la mañana, después de dormir cuatro horas y de ensayar la conversación tres veces en la cocina.
Y la conversación no se parece en nada a lo que había ensayado, porque en lo que había ensayado yo decía que no y él lo entendía enseguida, y en la de verdad Rodrigo dice «espera, espera, espera» cuatro veces en los dos primeros minutos y luego dice «no cuelgues» y se va a hablar con alguien y vuelve a los seis minutos.
Le digo la verdad, que es una técnica que llevo dos semanas practicando con resultados desiguales.
Que no puedo irme a Barcelona. Que no es un capricho ni una negociación: que en marzo del año pasado se me murió mi padre y en octubre se acabó mi matrimonio y llevo año y medio sin poder leer un libro entero, y que hace dos meses volví a leer, y que eso ha pasado en un sitio concreto de una ciudad concreta con unas personas concretas, y que ahora mismo yo no me juego una colección de clásicos: me juego seguir siendo alguien que puede leer.
Hay un silencio al otro lado.
—Nora, ¿por qué no me contaste nada de tu padre?
—Porque dejé de contestar correos.
—Ya. Eso ya lo sé, eso lo vivimos todos.
—Rodrigo, no puedo coordinar. Coordinar es estar en una mesa con las pruebas encima y yo no puedo estar en esa mesa.
—Vale.
—Vale.
—Pero traducir sí puedes.
Y ahí es donde la llamada se convierte en otra cosa.
Tardamos cuarenta minutos. Al final del cuarenta hay un acuerdo que no es el que me ofrecieron el veintiocho de noviembre y que no está mal: tres títulos al año, tarifa de colección —que es casi el doble de lo que yo cobro— y una revisión al mes de los textos ajenos, en remoto, con dos viajes al trimestre.
No hay nómina. No hay catorce pagas. Hay un contrato por obra y una lista de cuarenta libros de la que puedo elegir tres, y esa lista, dice él, es la mejor lista que ha hecho en su vida.
Es menos dinero y menos seguridad y menos todo. Y es traducir literatura, que es lo que yo sé hacer y lo que llevo seis años sin hacer.
—Una cosa más —digo.
—Dime.
—Quiero proponerte un título para la colección.
—Dispara.
— The Small Hours , de Edith Malloy. Mil novecientos treinta y seis. Nunca traducida al español.
Le oigo teclear.
—No la conozco.
—No la conoce nadie. Es una novela corta sobre un colmado nocturno de Londres y la mujer que lo lleva. Es buenísima, Rodrigo, y no lo digo como traductora, lo digo como lectora, que es una cosa que llevaba año y medio sin poder decir.
—¿Derechos?
—Autora muerta en el sesenta y uno. Sin herederos localizados y sin edición viva desde el cincuenta y ocho.
—Eso lo tengo que mirar.
—Míralo.
—¿Y tú cuánto llevas?
—Cincuenta y una páginas.
Silencio.
—¿Cómo que llevas cincuenta y una páginas?
—Que llevo cincuenta y una páginas.
—Mándamelas.
Las mando esa misma tarde. Cincuenta y una páginas de un cuaderno cuadriculado de tres euros, pasadas a limpio en dos horas y media, con una nota que dice: «Faltan las ciento cuatro primeras, que están hechas y no son mías. Ya te contaré.»
Y cuando le doy a enviar, sentada en mi salón entre once cajas de libros de mi padre que llevan cinco semanas sin caber, me pasa una cosa que no me esperaba y que no tiene nada que ver con ningún hombre.
Me tiembla la mano.
Me tiembla la mano porque acabo de mandarle a un editor una traducción literaria mía.
Después de un año y medio de catálogos de cosechadoras.
Y porque, sea lo que sea lo que conteste, yo ya la estoy haciendo, y la voy a terminar aunque me la rechace, aunque no la publique nadie, aunque acabe en una carpeta.
Esa es mi decisión y la he tomado yo sola, en mi casa, un martes por la tarde, sin que hubiera nadie delante poniéndome un café.
Que conste.
El miércoles a las siete y media de la mañana estoy en el obrador con la persiana a media altura.
Los he citado uno a uno, de la única manera que se puede citar a esta gente, que es en persona y de madrugada: a Marga y a Chelo aquí mismo; a Puri parándole el taxi en la parada del Prado a las cuatro de la mañana; a Awa saliendo del turno; a Ramiro, en su portal, a las siete menos cuarto, lo cual le pareció una falta de respeto absoluta hasta que le dije de qué se trataba; a Vega por la puerta de su instituto; a Jandro, que aceptó a la primera y que preguntó si habría comida.
Están los siete. Están sentados en las dos mesas del obrador y en tres cajas de plástico puestas del revés, con el horno detrás haciendo ruido y con un olor que a esta hora es un abuso.
—A ver —dice Puri—. ¿Esto qué es?
—Esto es una conspiración —digo.
—Ah, bueno.
Pongo el folio en el centro de la mesa. Arriba, con letra de imprenta: QUÉ HACE FALTA.
—Primera cosa. Él no puede saber nada de esto.
—Eso es feo —dice Ramiro.
—Es feísimo —digo—. Y es la única manera. Porque si se entera, lo para, y no lo para porque sea orgulloso: lo para porque cree de verdad que esto es cosa suya. Y no lo es.
—No lo es —dice Awa.
—Segunda cosa. Yo no me voy a Barcelona.
Silencio. Marga levanta las cejas medio milímetro.
—Y no me quedo por él —digo, y lo digo mirando a Marga, porque es a ella a quien se lo tengo que decir—.
Me quedo porque he hablado con mi editor y he montado otra cosa que puedo hacer desde aquí y que es lo que quiero hacer.
Y si el treinta y uno esa librería cierra, yo el dos de febrero voy a seguir en Madrid traduciendo.
Que quede claro, porque si esto sale mal no quiero que nadie me mire con lástima.
—Anda que no eres rara —dice Chelo.
—Tercera cosa. —Doy la vuelta al folio—. Los números.
Y los pongo encima de la mesa, porque llevo cuatro días haciéndolos y porque son lo único que tengo.
Que la oferta de las taquillas son tres mil cien euros al mes y diez años. Que eso no lo podemos igualar nadie, ni de broma, y que quien diga lo contrario está mintiendo.
Que la empresa que las pone tiene ochenta y tantos locales en Madrid y una cuenta de resultados que he mirado en el registro, y que su modelo es de metros cuadrados por código postal: si les fallan estos setenta metros, ponen las taquillas doscientos metros más allá y no pasa nada.
Que la señora Salaberri, en cambio, no tiene ochenta y tantos locales: tiene un edificio, una derrama de ciento veinte mil euros por una viga y un impuesto de sucesiones pagado con un préstamo.
O sea que la señora Salaberri no necesita tres mil cien euros: necesita un ingreso seguro, a largo plazo, que le permita dormir.
—O sea, que hay que ofrecerle otra cosa —dice Awa.
—Hay que ofrecerle otra cosa. Y hay que ofrecérsela con papeles, con números y con firmas, no con una recogida de firmas ni con un vídeo ni con un señor que conozca Puri.
—Oye —dice Puri.
—Cuarta cosa. —Miro alrededor—. ¿Cuánta gente entra en esa librería en un mes?
Se miran unos a otros.
—Muchísima —dice Vega.
—¿Cuántos son muchísima?
—Yo qué sé. Doscientos.
—¿Y cuántos pagarían diez euros al mes por que eso siguiera abierto?
Silencio. Un silencio distinto. El horno detrás.
—Yo —dice Ramiro, y saca la cartera ahí mismo, encima de la mesa del obrador, a las ocho menos veinte de la mañana.
—Don Ramiro, guarde eso.
—Yo pago un año por delante.
—Que lo guarde.
—Ciento veinte euros —dice, contando billetes—. ¿Ve usted como sé multiplicar?
Y ahí, con un señor de setenta y ocho años contando billetes encima de una mesa llena de harina, y Chelo llorando disimuladamente mientras coloca bandejas, y Jandro preguntando si en la asociación va a haber camisetas, y Marga diciendo que las cuentas las lleva ella o no hay trato, y Awa mirándome con una cara de médica que ha visto una posibilidad, es cuando esto deja de ser un folio.
—¿Y esto cómo se llama? —pregunta Vega, que ya está dibujando en una servilleta.
Miro por el cristal del obrador, hacia la travesía, hacia el escaparate apagado de enfrente.
—Serenos —digo.
Y Vega le da la vuelta a la servilleta y se pone a dibujar otra vez, y Ramiro saca el bolígrafo, y Marga aparta las bandejas del centro de la mesa para hacer sitio.