Noche 32 — domingo 14 de diciembre
La primera noche no salgo de casa.
Traduzco desde las once hasta las siete de la mañana, catorce páginas, que es el récord de mi vida y que no es un mérito: es una manera de no estar. A las siete y media me duermo con la cara encima del cuaderno y me despierto a las cuatro de la tarde con la marca de la espiral en la mejilla.
La segunda noche, viernes, aguanto hasta la una y veinte y bajo a la calle.
No voy a entrar. Eso lo tengo clarísimo desde el rellano, y me lo repito en el ascensor, y me lo repito otra vez en el portal, y para que quede bien claro no me pongo el abrigo bueno sino el de andar por casa, que es una manera de firmarme un contrato.
Llego a la esquina de la travesía, la del quiosco, y me quedo ahí, apoyada en la persiana metálica.
Desde aquí se ve el escaparate entero. Se ve la luz, se ve el mostrador, se ve una parte de la sección de bolsillo, se ve pasar a la gente por dentro como en una pecera.
Está lleno. Es viernes: está Puri, está Jandro, está Ramiro con el sombrero, está la mesa del fondo con el flexo encendido y Vega detrás. Se mueven, hablan, alguien se ríe. Desde aquí no se oye nada.
Y él va y viene, de la máquina al mostrador y del mostrador a la escalera, y le veo servir cafés y coger libros de las baldas y subirse a la escalera de tijera, y desde ciento y pico metros de distancia, en el frío, con las manos metidas en las mangas, no tengo ninguna manera de saber si está bien o no.
A las tres menos veinte se apaga la luz.
Miro el móvil dos veces para asegurarme. Las tres menos veinte de un viernes.
Los viernes esa casa cierra a las cinco, a las cinco y media. Los viernes yo me he ido a las cuatro y he mirado hacia atrás y he visto las siete lámparas encendidas y a Ramiro discutiendo dentro.
Me voy a casa antes de que salga nadie.
El sábado vuelvo a la esquina del quiosco a las dos.
Está Puri, está Awa —que hoy no ha entrado a trabajar y ha venido igual, con ropa de calle—, están Marga y Chelo, que a las dos de la mañana deberían estar en el obrador y no lo están.
Están todos, de hecho, en una cantidad que no corresponde a un sábado normal, y que a mí, desde la esquina, me dice más que cualquier informe: el barrio ha entendido lo que pasa y ha venido a estar dentro.
La luz se apaga a las dos y media.
El domingo a las siete de la mañana, sin dormir, hago lo único que se me ocurre que no es entrar por esa puerta.
Voy al obrador.
Chelo está poniendo bandejas en la vitrina y me ve a través del cristal antes de que yo empuje, y hace una cosa rarísima: se limpia las manos en el delantal y sale a la calle.
—Hola, guapa.
—Hola.
—Pasa, anda, que hace un frío que pela.
Me sienta en la mesa de detrás de la vitrina, la de aquel día. Me pone un café que no he pedido y un suizo que no he pedido, y esta vez, por primera vez desde el treinta de noviembre, me mira a la cara.
—Yo lo de la persiana lo siento muchísimo —dice.
—Chelo.
—Que lo llevo pensando desde entonces, ¿eh? Que yo esa persiana la subo desde el noventa y seis a la misma hora y que ni se me pasó por la cabeza que…
—Chelo. Que no fue por la persiana.
Se sienta enfrente. Se le nota que quería que se lo dijeran.
—Ya —dice—. Ya lo sé. Ese chico está mal desde el burofax.
Marga sale del horno, se limpia las manos, coge una silla y se sienta con nosotras sin pedir permiso, que es su manera de participar en una conversación.
Y me lo cuentan.
Que el jueves no repartió ni un paquete de estraza. Que el viernes tampoco. Que el sábado le dio uno a Vega y ninguno más.
Que ha empezado a cerrar cuando se va el último y que últimamente el último se va temprano, porque —esto lo dice Marga con una precisión que me deja fría— la gente aguanta menos en un sitio cuando la persona que lo lleva está sirviendo cafés desde detrás de un cristal.
Que el viernes Ramiro le dijo algo delante de todos y él contestó «tranquilo, don Ramiro, que esto está controlado», y que Ramiro se calló y se puso el sombrero y se fue veinte minutos antes de lo que se va siempre.
Que Puri lleva tres noches entrando, mirando mi sitio de ahora, mirándole a él, y saliendo sin decir absolutamente nada, y que eso, en Puri, es como para llamar a una ambulancia.
Que Awa entró el sábado, se sentó en el taburete del mostrador y le dijo, en voz alta y delante de cinco personas, que si necesitaba dormir en su sofá el uno de enero, ahí estaba el sofá. Y que él le dio las gracias y le puso un descafeinado.
—Y de ti no pregunta —dice Chelo.
—Ya.
—Pero es que no pregunta a propósito, hija. Que se le nota. —Se echa hacia delante—. El sábado se le cayó una taza. Una taza, ¿eh? Ese hombre lleva cinco años sin caérsele nada.
Marga la corta con una mirada. Luego se dirige a mí como quien firma un albarán:
—Nora, ¿tú te vas a Barcelona?
Se me para el café a mitad de camino.
—¿Quién te ha dicho…?
—Nadie.
—Marga.
—Nadie me ha dicho nada. —Se encoge de hombros—. Aquí no hace falta que nadie diga nada. Se te ve en la cara desde hace dos semanas que tienes una cosa encima, y las cosas que se llevan encima dos semanas o son un médico o son una mudanza, y tú tienes buen color.
Me río. Es la primera vez en cuatro días.
—Me han ofrecido un trabajo. Bueno. Muy bueno.
—Pues cógelo —dice Marga.
—¿Sí?
—Claro que sí. —Se levanta, porque el horno la llama—.
Yo con veintiséis años tuve una oferta para irme a Bilbao y no la cogí, y no me arrepiento porque monté esto.
Pero eso no es lo mismo que decir que hice bien.
—Se para en la puerta del obrador—. Lo que no se puede es no cogerla por otra persona.
Eso sale mal siempre, y luego se lo cobras.
Y se mete en el horno.
Chelo me pone otro suizo que tampoco he pedido.
El domingo por la noche me pongo el abrigo bueno y llego a la esquina del quiosco a la una y media, y esta vez me quedo casi dos horas.
Es domingo. Dentro hay tres personas. Se van a las dos menos cuarto.
Y a las dos en punto se apaga la luz.
Las dos.
Me quedo mirando el escaparate apagado desde ciento y pico metros, con la espalda contra una persiana metálica y las manos metidas en las mangas.
Porque yo sé lo que hay en el marco de esa puerta. Sé que hay una columna de números que sube tres metros, escrita por dos hombres, y que dice a qué hora se fue el último cada noche desde mil novecientos setenta y algo. Sé que desde el seis de octubre esos números eran míos.
Y sé que ahora dicen: tres menos veinte, dos y media, dos.
Y que dentro de una semana van a decir la una y media, y luego la una, y luego una noche va a haber un número que sea las doce y veinte, y eso significará que abrió, no entró nadie y cerró.
Esa casa lleva cincuenta años sin decidir su horario de cierre.
Y ahora lo estoy decidiendo yo desde una esquina, sin entrar.
Vuelvo a casa andando despacio. Subo. Enciendo el flexo. Abro el cuaderno cuadriculado por la página cincuenta y uno.
Y no traduzco.
Lo que hago, a las tres de la mañana de un lunes, es coger un folio en blanco y escribir arriba, con letra de imprenta, tres palabras que llevan cuatro días formándose solas:
QUÉ HACE FALTA.
Y debajo, la primera línea:
1. Saber cuánto necesita ese local para pagarse.