Noche 31 — miércoles 10 de diciembre
Voy con un plan y el plan es decir la verdad.
Así que hoy entro y digo lo que no dije el veintiocho de noviembre.
Espero a que se vaya todo el mundo, que es lo cobarde y lo único posible.
Ramiro se va a las dos. Vega, que tiene el comentario entregado y un notable, a las dos y media, y me enseña la nota con una alegría que me da un poco de pena porque es la única cosa limpia que va a pasar en esta habitación esta noche. A las tres menos veinte estamos solos.
Él está secando la boquilla de la máquina, que no lo necesita.
—Elías.
—Dime.
—Me han ofrecido un trabajo.
Deja el paño. Y me mira. Por primera vez en cuarenta y ocho horas, me mira de frente.
—Es una editorial de Barcelona —digo—. Coordinar una colección de clásicos, cuarenta títulos en cinco años.
Traducir cuatro o cinco yo y revisar el resto.
Contrato, nómina, catorce pagas. Me escribió Rodrigo Pineda, que fue mi editor ocho años y que ha peleado mi nombre en una reunión después de un año y medio en que yo no era nadie.
—Nora, eso es…
—Espera. Empieza el dos de febrero. Y es presencial. Tres años en la sede, en Barcelona.
Silencio.
Y lo que pasa entonces en la cara de este hombre es lo peor que he visto en dos meses y medio, peor que la mañana del burofax, peor que la noche de difuntos.
Se le afloja algo. Se le suelta la mandíbula, se le van los hombros dos centímetros hacia abajo, y le veo, le veo entero, el alivio.
Alivio.
—Eso es buenísimo —dice.
—Elías.
—Es que es buenísimo, Nora. Eso es exactamente lo tuyo.
—Y ahora sí habla, ahora le sale todo seguido, ahora este hombre que responde con monosílabos tiene de repente una fluidez que da miedo—.
Eso es lo que tú tendrías que estar haciendo desde hace años en vez de traducir catálogos de cosechadoras.
Y Pineda ese tiene razón, y el que ha hecho bien es él, no tú, tú lo único que tienes que hacer es contestar que sí.
—No he dicho que vaya a decir que no.
—Pues dile que sí.
—Elías.
—Dile que sí y vete a Barcelona. —Coge el paño otra vez—. No me debes nada.
Y ahí está. Ahí está la frase, servida con el mismo cuidado con el que me sirve el cortado.
—¿Perdona?
—Que no me debes nada. Que has estado viniendo aquí dos meses y que aquí no se debe nada a nadie, esa es la casa.
—Habla más deprisa—. Que llegaste el seis de octubre y no podías leer un párrafo y el viernes pasado te leíste un libro entero en una noche.
Que estás durmiendo. Que estás traduciendo una novela que llevaba veinte años parada. Que estás bien, Nora.
—No me hables así.
—Te hablo bien.
—Me estás dando el alta.
Y se para.
Se para en seco, con el paño en la mano, y sé que he acertado porque a este hombre no le he visto pararse así en dos meses y medio.
—Eso es lo que estás haciendo —digo, y me tiembla la voz de rabia, no de otra cosa—. Llevas dos días haciéndolo. Revisión, buena evolución, tratamiento completo, y ahora el informe: paciente estable, duerme, lee, se le da el alta y que se vaya a Barcelona.
—Nora.
—Yo no soy tu paciente, Elías. —Me levanto—. Yo soy la mujer a la que besaste el sábado.
—Ya lo sé.
—¿Y entonces?
—Y entonces me quedan veintiún días —dice.
Lo dice bajo, y por fin lo dice mirando el mostrador, que es donde este hombre dice las cosas verdaderas.
—El treinta y uno cierro. Y no sé lo que voy a hacer el uno de enero, ni dónde voy a vivir, porque yo vivo aquí arriba y el piso también es del edificio.
Y en veintiún días hay que vaciar nueve mil doscientos catorce libros, y hay que decirle a Ramiro, y a Vega, y a la señora del segundo del cuatro.
Y tú tienes una editorial esperándote en Barcelona el dos de febrero.
—Levanta la vista un segundo—. Dime tú qué te ofrezco yo.
—Nada.
—Exacto.
—No, Elías: nada. —Y ahora sí me sale la voz entera—. No me tienes que ofrecer nada. Yo no he venido aquí a que me ofrezcas nada. Llevo dos meses viniendo a un sitio donde no se pregunta y no se debe, y me ha salvado la vida, y eso lo he decidido yo, y lo que yo te deba lo decido yo, no tú.
—Es que no me debes…
—¡Que eso lo decido yo!
Y el grito se queda flotando en una librería vacía a las tres menos cuarto de la mañana, con la gata levantando la cabeza en el orejero y la estufa zumbando, y me da una vergüenza espantosa y no me arrepiento nada.
Él no dice nada.
—¿Sabes cuál es el problema? —digo, más bajo—. Que tú a todo el mundo le acercas la estufa. A todo el mundo. Y cuando alguien intenta acercarte la estufa a ti, te subes a la escalera.
—Yo no…
—Un táper, Elías. Te traje un táper de garbanzos y abriste el frigorífico tres veces.
—Nora.
—Y ahora te vas a quedar solo veintiún días vaciando una casa que es de todo el barrio y le vas a decir a todo el mundo que es cosa tuya, y luego el uno de enero vas a estar en la calle con una gata, y sabes qué es lo peor, ¿lo sabes?
—Cojo el bolso—. Que lo vas a hacer perfecto.
Vas a hacerlo tan perfecto que nadie va a poder ayudarte, y la gente se va a ir a su casa pensando que ya estabas bien.
Me pongo el abrigo.
Él sigue detrás del mostrador. No ha movido los pies del sitio en diez minutos.
—Nora —dice—. Vete a Barcelona.
Y esa es la última.
—Ya —digo—. Eso ya lo has dicho.
Cojo el cuaderno cuadriculado de la mesa. Miro el libro verde, que está en la esquina del mostrador donde lo dejo todas las noches desde el nueve de noviembre, sujeto con su goma, y durante dos segundos considero llevármelo, y no lo hago, porque es de la casa y porque no soy una ladrona.
—Buenas noches.
No contesta.
Salgo. Cierro la puerta despacio, que es peor que darle un portazo, y lo sé.
Treinta y ocho pasos. Y no me doy la vuelta.
No me doy la vuelta y voy contando: cuarenta, cincuenta, sesenta, ciento veinte, doscientos, y a los trescientos y pico me doy cuenta de que estoy llorando desde la esquina de la calle ancha y de que no tengo pañuelos, y de que llevo un cuaderno cuadriculado apretado contra el pecho con las dos manos como si alguien fuera a quitármelo.
Cuatrocientos doce pasos hasta mi portal.
En el rellano, con la llave en la cerradura, me digo la única cosa cierta que se me ocurre a las tres y cuarto de la mañana, y me la digo en voz alta, y me la digo despacio, porque necesito oírla en el idioma en el que se dicen las verdades:
—No me voy de la ciudad.