El librero de medianoche Noche 29 — sábado 6 de diciembre
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Noche 29 — sábado 6 de diciembre

El apagón empieza a la una y siete.

No es un parpadeo: es de golpe. Las siete lámparas, el tocadiscos, el cartel luminoso de la farmacia de la esquina, las farolas de la travesía entera.

Todo. Y luego ese silencio raro que se hace cuando se va la luz y una descubre que llevaba toda la vida oyendo cosas: la nevera pequeña de la trastienda, el zumbido de los tubos, el motor de algo.

—Ya está —dice Puri, en la oscuridad—. Que ya está.

—¿Ya está el qué?

—Que llevan desde el jueves cavando en la esquina de la calle ancha, y yo lo dije. Lo dije el jueves.

—No lo dijiste.

—Lo pensé, Ramiro, que es igual.

Elías se mueve. Le oigo abrir un cajón, rebuscar, y a los quince segundos se enciende una cerilla y detrás de la cerilla aparece su cara, que a la luz de una llama es una cara distinta.

—¿Tenéis velas? —pregunta Awa.

—Tenemos una caja de velas de 1998 —dice él— y una nota de Anselmo diciendo dónde están.

Las saca. Son velas gordas, blancas, de las de iglesia, y hay veintitantas, y las va poniendo en platillos de café por toda la librería: dos en el mostrador, una en cada mesa, tres en el suelo junto a la sección de bolsillo, una en la balda de la trastienda. Vega y yo vamos detrás encendiéndolas.

Y cuando terminamos, la casa es otra.

No es lo mismo la luz de siete lámparas bajas que la de veinte velas.

Con las lámparas, las estanterías eran una pared marrón; con las velas, los lomos brillan de uno en uno y el techo desaparece y la sala se acorta y se redondea, y todos nos vemos las caras de otra manera, más blandas, con las sombras cambiando de sitio cada vez que alguien pasa.

—Esto parece un velatorio —dice Ramiro.

—Esto parece bonito —dice Vega.

—Las dos cosas —dice Awa.

Y en la pizarra pequeña de al lado de la caja, iluminada por la vela del mostrador, siguen las rayas de tiza debajo de las tres palabras de siempre, y a mí me da la risa por dentro y no lo digo, porque hay chistes que se estropean si se cuentan.

A la una y media empiezan a llegar los náufragos.

Marga y Chelo, las primeras, porque sin luz el obrador no es nada: el horno es eléctrico y la masa está a medias y no hay nada que hacer hasta que vuelva. Llegan con dos bandejas de lo que iba a ser mañana y con esa mala leche de los autónomos a los que se les cae la noche.

—Cuatro horas de trabajo —dice Marga.

—Cuatro horas de trabajo —repite Chelo, y me pone una napolitana delante sin mirarme, porque lleva desde el domingo poniéndome bollos como quien paga una deuda.

Luego dos chicos que salían de un bar de la calle ancha y que ven la única puerta con luz.

Luego una señora mayor con una linterna de móvil que vive en el segundo del cuatro y que dice que en su casa a oscuras no se queda.

Luego una pareja con un bebé, el bebé despierto y furioso, que se calma a los diez minutos con el calor de la estufa y con Colometa, que se le acerca por curiosidad profesional.

Somos catorce.

—No hay café —anuncia Puri, que ha ido a la máquina—. Esto es eléctrico.

Y entonces Elías hace algo que no le he visto hacer nunca.

Va a la trastienda, vuelve con un puchero de acero, lo llena de agua y lo pone directamente encima de la estufa de carbón.

Cuando rompe a hervir, echa el café molido dentro, así, a lo bruto, y lo remueve con una cuchara de madera, y lo deja reposar, y lo cuela con un colador de tela que sale de un cajón que nadie sabía que existía.

—Eso es café de puchero —dice Ramiro, con una emoción que no le he oído ni hablando de su mujer.

—Eso es café de mi abuela —dice Marga.

—Está más fuerte que el otro —dice Elías—. Avisados quedáis.

Está buenísimo. Está espeso y amargo y sabe a otra época, y lo tomamos catorce personas en tazas desparejadas a la luz de veinte velas mientras fuera no hay una sola luz encendida en cuatro calles.

Y a las dos y cuarto, no sé de quién sale, empieza lo de leer.

Empieza Ramiro, porque a Ramiro no hay que pedírselo dos veces: se coloca de pie junto a la vela grande, se pone las gafas, abre por el capítulo de los quesos y lee doce minutos a tres ingleses transportando un queso en tren.

Lo lee fatal. Lo lee como leen los señores de setenta y ocho años que fueron peritos de seguros, arrastrando los finales y haciendo pausas donde no hay comas, y la sala entera se ríe a carcajadas, y él levanta la vista cada tres frases con una satisfacción que no le cabe en el sombrero.

Sigue Jandro, con su libro de los guardias, la parte del dragón, y hace las voces, y las hace bien, y la señora del segundo del cuatro se ríe hasta que tiene que secarse los ojos con un pañuelo de tela.

Sigue Vega, muy seria, con el libro de los juncos, tres páginas sobre bibliotecas antiguas, y se le nota que ha leído en voz alta poco en su vida y que lo hace con una dignidad enorme, y su madre —que ha bajado en cuanto se ha ido la luz— la mira desde la esquina con una cara que no se puede describir.

Puri se niega. Puri se niega dos veces, y a la tercera coge el libro del cura y lee cuatro páginas de un comisario siciliano comiendo, y lo lee poniéndole a todo el mundo acento de Vallecas, incluido el mar.

Awa lee un fragmento cortísimo de un libro de fragmentos, de esos que se leen en cuatro líneas y luego hay que estar callado un rato. Y nos callamos.

Y luego dicen mi nombre.

—Ni hablar.

—Nora.

—Que no.

—Que sí, mujer.

Tengo el bolso a los pies. Dentro está el cuaderno cuadriculado, con treinta y nueve páginas escritas de una novela inglesa de 1936 que estoy traduciendo yo sola en la mesa de la ventana.

No lo saco.

Saco el otro, el pequeño, el de las cartas de Nueva York a Londres, que llevo encima desde hace dos semanas como quien lleva un amuleto, y leo tres cartas. Las de los huevos y el jamón. Que son graciosas y que no son graciosas.

Y cuando levanto la cabeza, en la penúltima línea, veo que él se ha sentado en el suelo, contra la estantería de la pared del fondo, con las rodillas dobladas y una taza en la mano, y que no está mirando el libro.

A las tres y media se va la señora del segundo.

A las cuatro menos veinte, la pareja con el bebé dormido.

A las cuatro se van los dos chicos, Marga y Chelo —que ya han asumido que la noche está perdida—, Vega y su madre.

A las cuatro y cuarto, Awa. A las cuatro y media, Ramiro, con el sombrero puesto y una vela en la mano que Puri le quita en la puerta porque «hasta ahí podíamos llegar, don Ramiro, que se me incendia usted».

Y Puri la última, como siempre, con las llaves.

Se para en la puerta. Nos mira a los dos. Elías está apagando velas por la sala. Yo estoy recogiendo tazas.

—Buenas noches —dice.

—Buenas noches.

—Buenas noches —repite, más despacio, y se va.

Quedan cuatro velas encendidas.

Yo llevo tres tazas en la mano y voy hacia la trastienda por el pasillo estrecho, el que pasa entre el mostrador y la sección de poesía, que tiene metro y medio de ancho.

Él viene en dirección contraria con dos platillos.

Y en vez de girarse de lado, que es lo que se hace en un pasillo de metro y medio, y que llevamos dos meses haciendo cuatro veces por noche sin pensarlo, se para.

Yo también me paro.

Estamos a un palmo. Huele a cera quemada y a café de puchero y al jersey de siempre.

Le veo la mandíbula, y la marca blanca de la mano, y una vela reflejada en el ojo izquierdo, y la sombra de las dos figuras subiendo por los lomos de la sección de poesía y llegando hasta arriba, hasta donde no hay techo.

—Nora.

—No lo digas.

—¿Que no diga qué?

—Lo que ibas a decir. —Trago—. Que llevas dos días diciéndolo y no lo dices.

Deja los platillos en la balda, encima de los libros, que es algo que este hombre no ha hecho en su vida.

Y me pone la mano en la cara.

Solo eso, primero: la mano abierta en la mejilla, el pulgar en el pómulo, con un cuidado de material delicado que me da una rabia enorme durante medio segundo, porque yo no soy material delicado, yo soy una mujer de treinta y seis años con tres tazas en la mano.

—Puedes soltar las tazas —dice.

—No.

—Vale.

Y me besa así, con las tazas en medio.

Es un beso lento y torpe al principio, porque yo tengo las manos ocupadas y él tiene una mano en mi cara y la otra sin saber dónde ponerse, y porque llevamos dos meses en esto y hay una cantidad de cosas dichas y no dichas que no caben en un pasillo.

Y luego deja de ser torpe. Deja de serlo cuando yo giro la cabeza dos centímetros y él lo entiende, y cuando me pasa la otra mano por la nuca, por debajo del pelo, y ahí sí, ahí ya me da igual la vajilla y la dejo en la balda de poesía a ciegas, sin mirar, y suenan a porcelana y no se rompen.

Sabe a café de puchero, que es amargo, y a azúcar, porque él le echa azúcar y yo no.

En algún momento me apoyo en la estantería y un libro se cae al suelo detrás de mí y ninguno de los dos hace nada.

Colometa nos mira desde el orejero, y a Colometa la conocemos y no cuenta.

No sé cuánto dura. Sé que en algún momento paramos y que ninguno de los dos se separa: nos quedamos con la frente apoyada, respirando, y él dice algo que no es una palabra, y yo me río bajito contra su boca porque no se me ocurre otra cosa que hacer con lo que tengo dentro.

—Llevo desde el uno de noviembre —dice.

—¿Desde la risa?

—Desde la risa.

—Yo desde antes.

—¿Desde cuándo?

—No te lo pienso decir.

Y entonces, con un chasquido y un zumbido y una brutalidad absoluta, vuelve la luz.

Las siete lámparas de golpe. El tocadiscos, que arranca a media canción. La nevera de la trastienda. La farola de enfrente. El cartel de la farmacia.

Y nosotros dos, en un pasillo de metro y medio, iluminados como en un quirófano, con veinte velas todavía encendidas por toda la sala, tres tazas en la balda de poesía y un libro en el suelo.

Nos miramos.

—Qué oportunos —digo.

Y se ríe. Se ríe de verdad, con la cabeza hacia atrás, y es la segunda vez que le oigo reírse así desde que le conozco, y todavía no sé —porque son las cinco menos veinte de la mañana del siete de diciembre y llevo cuatro velas apagadas y una boca hinchada— que voy a tardar veinte días en volver a oírlo.